Un poke para dos Capítulo 22 · Irse no es abandonar
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Capítulo 22 · Irse no es abandonar

Leo

La cata empieza con el golpe seco de seis cucharas alineadas sobre una bandeja.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

Las cuento porque contar es más sencillo que mirar a Nico al otro lado de la mesa.

La persona enviada por la organización del concurso revisa la ficha de producción con Mara.

No lleva traje ni expresión de juez implacable.

Lleva el pelo recogido, una carpeta con manchas antiguas y la atención de quien detecta enseguida una tabla mal calculada.

Hoy evalúa si podemos reproducir la propuesta con consistencia durante la final: tiempos, cantidades, temperatura, presentación y respuesta ante alérgenos.

No es una escena espectacular. Es trabajo. Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

—Primera simulación en cuatro minutos —avisa Mara.

El temporizador arranca.

La cocina recupera su idioma. Tapa contra encimera.

Pinzas en recipiente. El siseo breve de un cajón refrigerado al cerrarse.

Dani canta las comandas ficticias; Leila verifica modificaciones y yo marco el ritmo de montaje.

Nico coloca las etiquetas visuales que diseñó para distinguir las variantes sin depender del color de una sola pegatina.

Nos coordinamos bien. Demasiado bien.

—Base uno —digo.

—Lista —responde Nico.

—Salsa aparte para la tercera.

—Confirmada.

No hace falta que nos toquemos. No hace falta que terminemos las frases. Cada ausencia de roce se convierte en otro sonido de la cocina.

La evaluadora detiene una cuchara antes de probar.

—¿Qué haríais si una persona declara alergia al sésamo?

Nico responde sin precipitarse.

—Detener el pedido, consultar la información oficial de alérgenos y explicar que, aunque usemos utensilios separados y limpiemos la zona, no podemos prometer ausencia total de trazas en un espacio compartido. Si hay alguna duda, no improvisamos.

Ella asiente y anota. Es la misma clase de respuesta que dio durante su primer turno. Entonces me molestó que el nuevo supiera parar mientras yo solo pensaba en avanzar. Ahora me cuesta no sonreír.

—Treinta segundos —dice Dani.

Terminamos las seis muestras a la vez. Nico gira dos cuencos apenas un centímetro para que la composición quede orientada hacia quien prueba. Yo compruebo el borde y retiro una gota. Nuestros dedos quedan a una distancia ridícula.

Ninguno cruza el espacio.

La evaluadora intercambia dos etiquetas sin avisar. En la segunda ronda nos entrega una ficha con una modificación y observa si el sistema depende de que recordemos el orden anterior. Yo empiezo a dar instrucciones demasiado rápido.

—Espera —dice Nico.

Mi cuerpo interpreta la palabra como algo personal antes de que él señale la bandeja.

—La etiqueta tres corresponde a la muestra cinco después del cambio. Si seguimos tu orden, entregamos bien el cuenco y mal la información.

Compruebo la secuencia. Tiene razón.

—Reinicio lectura —digo—. Dani, repite desde la modificación.

Dani lo hace. Leila verifica. Perdemos doce segundos y evitamos un error real. La evaluadora anota sin expresar aprobación ni censura.

En la ronda siguiente, Nico se queda sin una de las tarjetas visuales porque la evaluadora la retira.

No intenta improvisar un color nuevo. Pide la copia de respaldo, espera confirmación y continúa.

Yo noto el impulso de cubrir su puesto mientras busca, pero me quedo en el mío. Ayudar no significa invadir cada hueco.

—Dos cuarenta y nueve —anuncia Dani al final.

Cinco segundos mejor que la primera ronda, a pesar de las modificaciones.

La evaluadora prueba, mide, pregunta y vuelve a probar. Cuando cierra la carpeta, yo llevo tanto tiempo conteniendo el aire que me mareo un poco.

—La propuesta está lista para la final —dice—. Enviaré dos observaciones menores sobre el orden de montaje. Buen trabajo de equipo.

Buen trabajo de equipo.

Mara le da las gracias. Dani espera a que salga para levantar ambos brazos. Leila choca su hombro contra el de Nico. Yo recojo las cucharas antes de que alguien piense en celebrarlo conmigo.

—Ríos —dice Mara—. Las cucharas no van a huir.

—Ya.

—Cinco minutos de descanso.

—No me hace falta.

—No era una consulta.

Salgo al pasillo trasero, donde el motor de refrigeración mantiene un zumbido constante. Hay ritmos que sostienen y ritmos que solo sirven para tapar pensamientos. Apoyo la cabeza contra la pared.

La puerta se abre. Espero que sea Nico y detesto la esperanza en el mismo instante en que Leila aparece con dos vasos de agua.

—Toma.

—Gracias.

Se queda delante de mí. Leila no ocupa silencios por accidente.

—Puedes decirlo —murmuro.

—¿Qué cosa?

—Lo que llevas ensayando desde que empezó el turno.

—No he tenido que ensayarlo. Estás confundiendo compromiso con inmovilidad.

Bebo agua. Está demasiado fría.

—Qué bien que no hayas necesitado ensayar.

—Y estás siendo desagradable conmigo porque no puedes serlo con él.

—No estoy siendo desagradable.

Leila levanta una ceja.

—Has colocado las cucharas por tamaño.

Miro la bandeja que sigo sujetando. Tiene razón.

—Solo quiero saber si, dentro de dos semanas, voy a seguir teniendo novio.

—No tienes novio ahora mismo.

La precisión me cae como agua helada por la espalda.

—Gracias.

—Habéis hecho una pausa. No te ha dejado por irse y tú no has terminado con él por quedarse. Estáis intentando averiguar si sabéis querer sin usar el miedo para poner condiciones.

—Yo no le he pedido que renuncie.

—No. Pero a veces le pides una certeza que solo podría darte fingiendo.

Aprieto el vaso.

—¿Y él qué me pide? Porque parece que Nico puede decidir que todo es temporal y yo tengo que aceptarlo con una sonrisa madura.

—Él intenta controlar la despedida. Tú intentas controlar la permanencia. Los dos sois agotadores.

Me río una vez, sin ganas. Leila bebe de su vaso como si acabara de comentar el tiempo.

—Cuando mi amiga se fue —digo—, no pasó nada al principio. Mensajes todos los días. Luego cada semana. Después yo escribía y ella respondía con un corazón. Un día dejó de hacerlo. No hubo pelea ni final. Solo entendí que ya no estaba en su vida.

Leila asiente, sin ofrecer una frase bonita.

—Nico no es ella.

—Ya lo sé.

—No, lo sabes como dato. No sé si lo sabes cuando tienes miedo.

El motor se apaga. El silencio repentino me deja oír el roce de las servilletas al otro lado de la puerta, la risa baja de Dani, la voz de Nico preguntando dónde guardamos la carpeta del concurso.

—Irse puede acabar en abandono —digo.

—Sí.

La miro. Esperaba que me contradijera.

—Qué gran ayuda.

—También puede acabar en una llamada, una visita mala, una discusión y otra llamada. No lo sabes. Eso es lo que no soportas.

—¿Y qué hago con eso?

—Dejar que el compromiso sea una conducta y no una garantía.

Mara abre la puerta.

—Se ha terminado el recreo filosófico. Leila, inventario. Leo, quiero hablar de tus horas de formación.

Leila me quita la bandeja.

—Y deja de clasificar cubiertos por tamaño. Asusta al equipo.

La sigo dentro.

Mara me enseña el horario provisional. La semana siguiente tendré dos mañanas de formación y entraré más tarde al local. También faltaré a parte del último ensayo.

Las clases regulares no empiezan hasta octubre, como decía la admisión. Estas dos mañanas son sesiones previas de evaluación y orientación que el centro ofrece a quienes ya han reservado plaza. Aceptarlas ha sido decisión mía; Mara solo está encajando las horas.

—Puedo cambiarlo —digo de inmediato.

—No —responde Mara—. Dani cubrirá las comandas y yo supervisaré montaje hasta que llegues. Solicitaste esa formación para aprender, no para demostrar que puedes estar en dos sitios a la vez.

Miro la cuadrícula. Durante semanas he pensado en la marcha de Nico como la única alteración del verano. Ahora mis propios turnos empiezan a moverse. El equipo se adaptará a mi ausencia durante unas horas. Nadie lo llamará abandono.

En la parte inferior hay una casilla para indicar qué quiero aprender durante el primer módulo. Había escrito controlar el servicio completo . Lo tacho antes de que Mara pueda leerlo y pongo coordinar sin centralizar .

—Eso parece difícil —dice ella.

—Por eso lo he puesto.

—Bien. En la formación te corregirán personas que no saben lo bueno que eres aquí. Intenta no explicarles tu biografía cada vez.

—No hago eso.

—Acabas de abrir la boca para explicármelo.

La cierro.

Mara firma el horario y me entrega una copia.

—Cambiar de sitio durante unas horas no te vuelve menos necesario —añade—. Ser necesario tampoco significa que el equipo tenga que fallar cuando no estás.

Guardo la hoja. Otra frase útil que preferiría no necesitar.

—De acuerdo.

—Intenta decirlo como si lo creyeras.

—De acuerdo.

—Un avance pequeño.

El servicio de la tarde entra con un ritmo irregular: dos pedidos, silencio, cinco de golpe. Nico y yo mantenemos el acuerdo. Hablamos con claridad. Nos avisamos antes de cruzar. Cuando una tapa cae, los dos nos agachamos y él se aparta primero.

—Perdón —dice.

—No hace falta.

Sí hace falta para otras cosas, pero no sé todavía cuáles ni cómo pedirlas.

Al cerrar, Nico deja el cuaderno junto a mí. No lo abre. Solo apoya dos dedos sobre la cubierta y vuelve al vestuario.

Me siento en la mesa de la esquina. Paso las páginas llenas de cantidades, flechas, manchas y comentarios.

En una de las primeras, Nico escribió que un centímetro también puede ser una decisión.

Más adelante hay una caricatura mía discutiendo con un grano de arroz.

Llego al margen donde ha dibujado dos líneas.

Tomo el bolígrafo.

Podría escribirle una explicación. Podría pedir perdón antes de saber por qué. Podría dejar la página intacta y fingir que el cuaderno solo sirve para la receta.

Escribo primero No te vayas . Lo tacho. Después Espérame . También lo tacho. Ninguna de las dos frases dice lo que necesito aprender; las dos intentan colocar su vida al servicio de mi miedo.

Pruebo con Te creeré si vuelves y la tinta me parece todavía peor. Nico no debería tener que regresar para que yo reconozca que lo vivido es verdad. Arranco la esquina donde he hecho las pruebas, sin tocar ninguna de sus notas, y empiezo de nuevo.

Escribo una frase debajo del símbolo:

Irse no es abandonar.

La leo varias veces. No pone que irse nunca duela. No pone que todo vaya a salir bien. Es una posibilidad, no una promesa.

Cierro el cuaderno y me pregunto si seré capaz de creerla cuando el que se vaya sea él.