Capítulo 23 · Quedarse no es renunciar
Nico
El mensaje sobre el alojamiento llega mientras intento alinear seis rodajas de rabanito sin mirar la página abierta del cuaderno.
Lo siento mucho. Al final la habitación no queda disponible. Mi prima vuelve antes y se instalará aquí. Espero que encuentres algo.
Debajo hay una cara triste, pequeña y amarilla, como si el color pudiera compensar que dentro de nueve días tengo que presentarme en otra ciudad con una maleta y ningún sitio donde dejarla.
—Te has pasado —dice Dani.
Miro la tabla. He cortado el doble de lo previsto.
—Genial.
—Podemos conservar lo que corresponde, bien etiquetado, y parar aquí. Lo demás no lo uses para castigarte.
—No estaba…
Dani señala mi teléfono con la barbilla.
—Tienes cara de correo administrativo.
Mara cruza desde la cámara con una caja en brazos.
—¿Qué ocurre?
Podría decir que nada. La palabra ya está preparada detrás de los dientes. Entonces veo el cuaderno abierto en la balda: Irse no es abandonar , con la letra firme de Leo bajo mis dos líneas.
—Se ha caído mi alojamiento para las prácticas.
Mara deja la caja.
—¿Cuándo tienes que estar allí?
—Dentro de nueve días.
—¿Qué necesitas ahora?
No dice «ya lo solucionaremos». No promete una habitación que no tiene. Me obliga a separar el desastre en piezas.
—Veinte minutos para llamar a la persona que coordina las prácticas. Y encontrar anuncios que no sean una estafa ni cuesten todo lo que voy a ganar.
—Tienes quince ahora y otros quince después del servicio. Dani, termina esa preparación. Nico, oficina.
—Puedo hacerlo en el descanso.
—Esto es más urgente que ver vídeos mientras comes de pie.
—Yo nunca…
Mara me mira.
—Oficina.
La coordinadora responde al tercer intento.
No puede alojarme, pero me envía una lista de residencias, bolsas de habitaciones y un contacto de otra persona en prácticas que busca compañero.
Anoto precios, distancias y depósitos. Cuando cuelgo, tengo siete opciones, tres probablemente imposibles y el corazón a la altura de la garganta.
Antes de salir de la oficina, dibujo un rectángulo en una hoja.
No es una habitación concreta, solo los mínimos que necesito: cama, una superficie donde trabajar, enchufe, armario, luz.
Al lado escribo los máximos: depósito, mensualidad, tiempo de transporte.
Convertir el miedo en límites no lo hace pequeño, pero evita que ocupe toda la página.
La primera residencia de la lista contesta que solo acepta estancias de un curso. La segunda tiene disponibilidad, aunque el precio supera mi presupuesto incluso contando una gratificación que aún no hemos ganado. La persona en prácticas ya ha encontrado compañero.
Durante treinta segundos me convenzo de que eso demuestra que llego tarde a todo.
Después llamo a la coordinadora otra vez y pregunto si puedo incorporarme un día más tarde en caso de emergencia. Me dice que sí, pero que primero agotemos opciones. Anoto también esa salida. No es el plan que quiero; saber que existe impide que el problema se convierta en un abismo sin bordes.
Doblo el dibujo y lo guardo en el bolsillo. No puedo controlar qué habitación aparece, pero sí reconocer una opción viable cuando la vea y hacer las preguntas que protegen mi dinero y mi trabajo. Esa diferencia no resuelve nada todavía. Al menos me devuelve una tarea concreta.
Al salir, el equipo se ha enterado sin organizar una asamblea. Leila me pasa una hoja dividida en columnas.
—Coste, depósito, transporte, condiciones y señal de alarma —dice—. Si te piden dinero antes de una videollamada y un contrato, se descarta.
Dani levanta mi teléfono.
—Nora ha llamado dos veces.
—¿Por qué tienes tú mi teléfono?
—Lo dejaste junto a los rabanitos. Le he dicho que estás vivo y mal alojado.
Leo trabaja en la otra punta. No interviene. Durante un segundo me duele que respete tan bien la pausa. Después se acerca, deja una hoja junto a la de Leila y vuelve a su puesto.
Es un cálculo de lo que puedo pagar sin contar con el premio del concurso.
No ofrece prestarme dinero. No me dice qué elegir. Solo ha separado el primer mes, el depósito, el transporte y un margen para comer. En la última línea ha escrito: El premio todavía no existe. Tú sí.
Tengo que tragar antes de poder doblar la hoja.
—Gracias —digo.
Leo asiente.
—He usado las cifras que me contaste. Compruébalas.
Eso es todo. Vuelve a la salsa. Yo vuelvo a los rabanitos.
La hora punta me salva durante dos horas.
No puedo imaginarme durmiendo en una estación mientras entran comandas y Mara canta tiempos.
Mis manos encuentran el orden aprendido: base, proteína, complementos, salsa, revisión.
Un cliente pregunta por un alérgeno y detenemos el pedido para consultar la ficha.
Una niña insiste en que las rodajas formen una flor.
Se la hago con cinco pétalos desiguales y ella decide que es perfecta.
Quizá la perfección es solo una composición que cumple su función.
En el descanso, Nora aparece en videollamada con el pelo recogido y la cámara temblando.
—He revisado doce anuncios —dice—. Cuatro son fotografías robadas, dos habitaciones tienen una ventana que da a una pared y una persona llama «zona de descanso» a un colchón bajo una escalera.
—Qué lujo.
—Te he enviado tres razonables. Tú llamas. Yo puedo mirar las imágenes y detectar si han escondido humedades con contraste.
—No tienes que hacer esto.
—No. Quiero hacerlo. Aprende la diferencia.
La misma lección me persigue con distintas voces.
Llamo al primer anuncio. Ya está ocupado.
En el segundo exigen seis meses por adelantado.
El tercero es una habitación pequeña en un piso compartido, a cuarenta minutos de las prácticas y con un escritorio plegable que parece diseñado para una casa de muñecas.
El depósito cabe en mis ahorros si mantengo un margen mínimo.
La persona que alquila acepta hacer una videollamada esa tarde y enviar contrato antes de cualquier pago.
—No es bonito —me advierte.
—Trabajo en diseño. Puedo mirarlo como un desafío.
Se ríe. No lo convierto en una señal del destino.
Después del turno, Nora se conecta para la visita virtual.
Leila revisa el contrato desde una mesa del local y Dani busca la combinación de transporte.
Mara finge cuadrar horas mientras escucha.
La habitación es estrecha, pero tiene luz.
El armario cierra. La cocina compartida está limpia.
Pregunto por gastos, normas, visitas, duración y devolución del depósito. Nadie habla por mí.
Leo sale del vestuario cuando estoy terminando.
—Sí —digo a la pantalla—. Si me envías la versión firmada, hago la transferencia de la señal indicada en el contrato.
Al colgar, el equipo tarda medio segundo en estallar.
Dani golpea la mesa con las palmas. Nora celebra desde el teléfono con tanto volumen que el altavoz distorsiona. Leila dice que aún hay que guardar todos los recibos. Mara me recuerda que mañana entro a mi hora. Leo sonríe desde la puerta.
Mi madre llama justo entonces. Me aparto hacia la entrada, aunque todos siguen a la vista.
—Puedo intentar mandarte algo —dice en cuanto le cuento que he encontrado habitación.
Conozco ese algo . Significa mover una factura, retrasar una compra, decir que no necesita lo que sí necesita.
—El depósito cabe en mis ahorros —respondo—. Va a quedar poco margen, pero el contrato está revisado. Si ganamos, tendré más aire. Si no, sigo pudiendo ir.
—Ojalá pudiera solucionártelo yo.
—Ya me has enseñado a llamar hasta que alguien conteste.
Se ríe y luego respira como si estuviera guardando una culpa.
—Puedo llevarte ropa de cama para que no la compres —ofrece.
Eso sí puedo aceptarlo sin convertir su ayuda en un agujero nuevo.
—Vale. Y la lámpara pequeña, si todavía funciona.
—La de tus mudanzas.
—Esa.
Cuando cuelgo, envío al grupo una captura del acuerdo con los datos privados cubiertos. No espero a tener la llave en la mano para contar que algo puede salir bien. Compartir una noticia antes de que esté blindada me da más vértigo que la transferencia.
No me han salvado. Yo he hecho las llamadas, he comparado, he preguntado, he elegido y voy a pagar con mi dinero. Pero tampoco lo he hecho solo.
La diferencia me abre un espacio nuevo por dentro.
—Gracias —digo, y esta vez miro a todo el mundo—. En serio.
—Nos lo devuelves ganando la final —dice Dani.
—Sin presión.
—La presión bien medida mejora el sonido.
—Eso no tiene ningún sentido —apunta Leila.
—Pero ha sonado profesional.
Recogemos. Cuando solo quedamos Leo y yo junto al cuaderno, el silencio no es cómodo, pero tampoco está vacío.
Abro la página de las dos líneas.
—He leído lo que escribiste.
—Era para ti.
—Lo suponía. Mara no suele comunicarse mediante frases vulnerables.
Leo sonríe apenas.
—También era para mí.
Tomo el bolígrafo. Quiero contestar sin convertir la página en una conversación que no estamos preparados para tener en voz alta. Debajo de su frase escribo:
Quedarse no es renunciar.
Leo lee por encima de mi hombro. Noto su calor sin que llegue a tocarme.
—¿A qué te refieres? —pregunta.
—A que puedes quedarte aquí, preparar tu formación, empezarla en octubre y querer otras cosas. No estás parado porque no seas tú quien coge un tren.
—Y tú puedes irte sin borrar esto.
—Estoy intentando entenderlo.
—Yo también.
Cierro el cuaderno. En la cubierta hay una mancha de salsa que ya no sale, una esquina doblada y el título que escribí cuando los dos nombres todavía me parecían un problema de composición.
—La habitación tiene un escritorio horrible —digo.
—Puedes trabajar en la cama.
—Eso es una agresión a la espalda y al diseño.
—Entonces volverás con una postura excelente por puro rencor.
Me río. El sonido nos sorprende a los dos.
No nos besamos. No deshacemos la pausa porque hoy haya salido algo bien. Leo se pone la mochila y yo guardo el contrato en una carpeta. Salimos juntos hasta la esquina; allí, cada uno toma su camino.
Por primera vez, verlo quedarse no se parece a verlo renunciar a mí.