Capítulo 21 · Pausa
Nico
La botella de Leo rueda un centímetro por el escalón y se detiene contra su zapatilla.
Su última frase sigue entre nosotros. Necesita más que un verano que yo pueda guardar en una caja. Detrás, el local apagado nos devuelve en el cristal como dos figuras separadas por el marco de la puerta.
No repito que me gusta. Ya lo he dicho. Tampoco puedo responderle otra vez que no sé qué ocurrirá. Lo sabe.
—No sé prometerte diciembre —digo.
Leo apoya los antebrazos sobre las rodillas.
—No te he pedido diciembre.
—Me has pedido más.
—Te he pedido que no decidas que se acaba antes de irte.
Miro la etiqueta de mi botella. Una esquina se ha levantado con la humedad. Quiero alisarla. Quiero hacer cualquier cosa que no sea admitir que entiendo la diferencia.
—Me voy dentro de once días. Empiezo unas prácticas, voy a compartir piso con gente que no conozco y todavía no sé ni qué horario tendré. No puedo prometer llamadas cada noche. No puedo decirte cuándo vendré. Ni siquiera sé si el dinero me llegará para viajar.
—Vale.
—Y tú tienes las sesiones previas de la formación. En octubre empiezas las clases y vas a reducir horas aquí. Puede que te encante, puede que te cambien los turnos, puede que conozcas a otra gente.
Su boca se tensa.
—También vale.
—No parece que te valga.
—Porque estás enumerando razones para borrarnos, Nico. No para intentarlo.
La frase encuentra justo el sitio donde guardo todas las despedidas.
Mi madre cerrando cajas con cinta. Las llaves de pisos que dejamos sobre mesas ajenas.
Amigos a los que prometí escribir hasta que escribir se convirtió en una obligación y luego en silencio.
Me digo que marcharme primero por dentro evita la sorpresa.
La verdad es que solo reparte el dolor en más días.
—No quiero borrarnos.
—Entonces dime qué quieres.
Lo miro. Quiero su risa en la parada, sus dedos en mi nuca, el modo en que escucha el ruido de la cocina y sabe qué falta. Quiero desayunar con él y despertarme sin contar. Quiero que el calendario no convierta cualquier deseo en una deuda.
—Te quiero ahora.
Leo cierra los ojos un segundo.
—Eso es verdad —dice—. Y no es suficiente para mí si el día treinta y uno vas a actuar como si nunca hubiéramos elegido nada.
La palabra me golpea por su precisión: elegido. No me acusa de no sentir. Me acusa de tratar lo que siento como un accidente.
—¿Qué quieres que diga? —pregunto—. ¿Que va a salir bien?
—No. Quiero que digas que, cuando haya un problema, hablaremos antes de declarar el final. Que vas a dejarme participar en algo que también me pasa a mí.
Un vehículo gira al final de la calle. La luz recorre el cristal y, durante un segundo, nuestros reflejos quedan dentro del mismo rectángulo.
—No sé hacerlo.
—Ya.
No lo dice con crueldad. Eso lo empeora.
Podríamos quedarnos en el escalón hasta que vuelva a amanecer. Yo seguiría buscando una promesa que no se pareciera a una trampa y Leo seguiría necesitando una intención que no sonara a despedida.
—No puedo fingir que me da igual —dice—. Ni estar contigo estos días mientras tú practicas cómo dejarme.
Asiento, porque su límite es limpio aunque me corte.
—Y yo no puedo prometer continuidad solo para que hoy duela menos.
—Entonces no la prometas.
Hay una salida fácil: besarlo, aplazar la conversación, convertir los once días en una fiesta con el final fuera de plano. Hace una semana me habría parecido valiente. Ahora sé que sería otra forma de esconderme.
—¿Pausa? —pregunto.
Leo traga antes de responder.
—Pausa fuera del trabajo. Hasta la final.
—Seguimos con la receta.
—Y con el cuaderno.
—Sin castigarnos.
—Sin hacer como si no pasa nada.
—¿Y qué significa exactamente fuera del trabajo? —pregunta Leo.
La precisión me incomoda porque demuestra lo fácil que sería utilizar una palabra bonita y dejarle a él todas las dudas.
—No besarnos. No quedar a solas para fingir que solo hablamos de la receta. No escribirnos de madrugada porque uno de los dos esté triste y luego actuar como si no contara.
—¿Y ver a otras personas?
No hay celos en su tono. Solo necesita saber en qué acuerdo está entrando.
—Yo no quiero —digo—. Si tú quieres, prefiero que me lo digas antes.
—Yo tampoco quiero.
—Entonces seguimos siendo exclusivos durante la pausa.
La frase suena ridícula y seria al mismo tiempo.
—¿Se lo contamos al equipo? —pregunta.
—Saben que pasa algo. Podemos decir que hemos decidido darnos espacio. No necesitan el acta completa.
—Leila probablemente la exija.
—Le damos un resumen ejecutivo.
Leo casi sonríe. La sonrisa no llega a formarse.
—Y no usamos la final como premio —añade—. No volvemos porque ganemos ni terminamos porque perdamos.
Me sorprende cuánto necesito oírlo. Convertir el amor en premio habría sido otra forma de no elegirlo: dejar que un jurado, una receta o el azar tomaran por nosotros una decisión que no les pertenece.
—De acuerdo.
—Hablamos después, pase lo que pase.
Ahí está otra promesa pequeña. Esta sí puedo hacerla.
—Después de la final hablamos.
—Y si entonces seguimos queriendo cosas distintas, lo decimos —añade Leo.
La posibilidad se clava porque no viene acompañada de una amenaza. Podríamos hacer todo con cuidado y aun así no encontrar una forma común.
—Sí.
—La pausa no es para que tú aprendas a prometer ni para que yo aprenda a conformarme.
—Es para dejar de hacernos daño mientras terminamos el trabajo.
—Y para pensar sin utilizar un beso como respuesta.
Miro su boca. El cuerpo presenta una objeción inmediata y poco útil.
—Eso ha sido innecesariamente específico.
—Te conozco.
—No tanto.
—Lo suficiente para saber que quieres besarme ahora.
—Tú también quieres.
—Sí.
Que lo admita sin acercarse duele más que una negación. También vuelve el límite de los dos, no una puerta que él me cierra.
—Entonces está claro —digo.
—No. Está acordado. No es lo mismo.
Tiene razón otra vez. Empiezo a pensar que la pausa debería incluir una prohibición temporal de que tenga razón.
Saco el cuaderno compartido de la mochila. Lo llevaba para guardar la última ficha del servicio. Busco un margen libre y trazo dos líneas verticales. Me arrepiento antes de terminar la segunda.
No parecen un símbolo de pausa. Parecen barrotes.
Leo las mira, pero no intenta corregir el dibujo.
Extiendo la mano. Es absurdo estrechársela al chico al que he besado en una cocina, en una acera y medio dormido contra una almohada. Pero necesito que el límite tenga una forma que ambos podamos reconocer.
Leo mira mi mano y no la acepta.
Por un instante se me vacía el pecho.
Después se acerca y me abraza.
No hay urgencia ni intento de convencerme.
Apoya la mejilla contra mi pelo y yo cierro los puños a su espalda para no convertir el abrazo en otra petición.
Su corazón va rápido. El mío también. Somos dos personas tomando una decisión adulta con cuerpos que no tienen ninguna intención de comportarse como adultos.
—No te estoy castigando —murmura.
—Lo sé.
—Y no quiero que renuncies a irte.
—Lo sé.
—Eso no hace que sea fácil.
—También lo sé.
Nos soltamos. Leo recoge su botella. Yo intento enderezar la esquina levantada de la mía; la presiono hasta que la uña se me queda blanca y aun así vuelve a despegarse.
La calle conserva el calor del día. Guardo el cuaderno y nos ponemos de pie. Hablamos de cantidades, de la entrega del pepino y de la hora de la cata profesional de mañana. No se le quiebra la voz. A mí tampoco. Nuestra profesionalidad resulta tan impecable que da ganas de romper algo.
Leo toma la dirección contraria sin ese segundo de espera en el que solíamos decidir si caminar juntos. Lo veo alejarse hasta que gira la esquina.
Nora me llama cuando llego a casa. Contesto tumbado sobre la colcha, todavía vestido.
—¿Qué ha pasado? —pregunta, sin saludo.
—¿Por qué tiene que haber pasado algo?
—Porque me has mandado una foto completamente negra y has escrito «mira qué bonito».
Reviso el mensaje. Había intentado fotografiar el reflejo de la luna en una ventana. Solo se distingue mi propia silueta.
—Hemos hecho una pausa.
Nora tarda un momento.
—¿La querías?
—La he propuesto yo.
—No es lo mismo.
Le cuento la conversación sin convertir a Leo en exigente ni a mí en cobarde. Cuando termino, Nora suspira.
—Los dos tenéis razón y los dos estáis hechos polvo. Qué fastidio.
—Preferiría que eligieras bando.
—Elijo el bando en el que dejas de creer que no prometer para siempre significa no poder prometer nada.
—Buenas noches, Nora.
—Te quiero también.
Cuelga antes que yo.
Me levanto para cambiarme y encuentro una camiseta de Leo doblada en el respaldo de la silla. La dejó la mañana del desayuno. La he usado dos veces porque olía a su detergente, detalle que me habría parecido insoportable en cualquier otra persona.
La tomo y pienso en escribirle para devolvérsela. Sería un mensaje práctico, permitido por cualquier tratado de paz. También sería una excusa a las once y media de la noche.
La guardo en el cajón.
Cuando éramos pequeños y volvíamos a mudarnos, mi madre me pedía que eligiera qué llevar en la mochila y qué podía esperar dentro de una caja.
Yo metía siempre demasiadas cosas importantes encima: cuadernos, fotografías, una lámpara absurda una vez.
No confiaba en que las cajas llegaran. Quizá sigo haciendo lo mismo con la gente.
O la llevo pegada al cuerpo o la declaro perdida antes de cerrar la cinta.
Esta vez la camiseta puede quedarse en un cajón durante once días. No tengo que usarla ni devolverla esta noche. Puedo soportar que algo importante exista fuera de mi campo de visión.
Abro la foto negra. Si aumento el brillo, aparece un rectángulo de ventana, una luna borrosa y mi cara superpuesta. No es la imagen que quería, pero contiene más de lo que vi al hacerla.
Pienso en las dos líneas que he dibujado en el cuaderno. Una pausa no borra la canción; solo deja un silencio en medio.
La pregunta es si, cuando termine, sabremos entrar otra vez a tiempo.