Capítulo 20 · Algo más que verano
Leo
Nico tarda dos segundos en responder.
Yo los cuento.
No porque quiera hacerlo. Porque mi cabeza convierte el silencio en tiempo antes de que pueda evitarlo.
—Estamos trabajando en ello —dice al fin.
La mujer sonríe.
—Eso ha sonado muy acorde con el concurso.
—Deformación laboral —responde Nico.
Sus dedos buscan los míos debajo del borde de la mesa. Los encuentra durante un segundo, una respuesta privada más clara que la frase pública. Yo cierro la mano alrededor de la suya, pero la cámara ya está girando hacia Dani y tenemos que separarnos para dejar espacio.
No debería molestarme. Nico no se ha avergonzado. Ha dormido conmigo; nos hemos despertado juntos, me ha besado antes de un turno y hace un momento me ha elegido con un gesto que nadie le exigía. El problema no está en lo que ha hecho. Está en el vacío que mi miedo completa por su cuenta.
Lo sé mientras ocurre.
Saberlo no basta para detenerlo.
El momento pasa. Ella continúa con otra pregunta, esta vez para Dani, y la cámara gira. Nadie se ríe de nosotros. Nadie exige una etiqueta. Nico no me ha negado ni ha escondido que ocurre algo.
Aun así, la frase se me queda debajo de la piel.
Estamos trabajando en ello.
Como si estuviéramos a prueba y alguna versión futura tuviera que ganarnos el sitio.
Me obligo a escuchar a Dani. Elle explica cómo cambió el orden de lectura de las comandas durante la prueba. Leila habla del control de la información y Mara destaca que la propuesta pertenece al equipo completo. Cuando me preguntan qué ha sido lo más difícil, miro a Nico.
—Aceptar que una idea puede mejorar cuando deja de ser solo tuya —respondo.
Él sostiene mi mirada. No sé si entiende que ya no hablo únicamente del cuenco.
Al terminar la grabación, volvemos al trabajo. Nico se acerca mientras repongo tapas.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Has colocado la misma pila dos veces.
Miro mis manos. Las tapas ya estaban completas.
—Estoy cansado.
—Leo.
—Estamos trabajando.
No utilizo el plural como castigo, pero su expresión indica que lo recibe así.
—Vale —dice—. Después.
Después tarda cuatro horas en llegar.
Hay una avalancha al comienzo de la noche, una recogida duplicada y un recipiente de maíz que se vuelca dentro de su propia estación.
Nada grave. Suficiente para que cada conversación quede aplazada.
Nico y yo cumplimos las normas que redactamos.
No confundimos un problema personal con el turno.
Nos pedimos las cosas con claridad. No dejamos que Leila o Dani ocupen el espacio entre nosotros.
Cuando cerramos, estoy demasiado cansado para saber si eso es una victoria.
Mara se marcha con Leila. Dani espera fuera una llamada. Nico baja las últimas sillas mientras yo termino de comprobar el cierre de las cámaras.
Mi teléfono vibra en el bolsillo.
Pienso en la entrevista, pero no me atrevo a mirarlo hasta acabar. Primero el registro. Después la puerta. Luego el mensaje.
No es un mensaje. Es un correo del centro de formación.
Resolución de admisión.
Lo abro junto a la mesa donde envié la solicitud. Durante un segundo solo veo bloques de texto. Después encuentro la frase.
He sido admitido.
Las clases comienzan en octubre. Horario de tarde, tres días entre semana y una práctica algunos sábados. Tendré que reducir turnos y organizarme con Mara, pero puedo seguir trabajando. Hay una reserva de plaza que debo completar en una semana.
Leo el calendario completo. Durante meses he imaginado esa formación como una puerta que, si llegaba a abrirse, ordenaría el resto de mi vida.
En la pantalla no parece una solución. Parece trabajo: módulos que no conozco, evaluaciones, desplazamientos y sábados en los que no estaré disponible.
También parece exactamente lo que quiero.
Mi primer pensamiento es calcular qué turnos puedo conservar.
El segundo es que algunos fines de semana de visita a Nico coincidirán con las prácticas.
El tercero me enfada conmigo mismo. Acabo de recibir una oportunidad propia y ya la estoy midiendo según la distancia de otra persona. No quiero que Nico renuncie a nada por mí. Tampoco quiero construir mi futuro solo alrededor del hueco que deje.
Abro el documento de reserva. La matrícula no depende del concurso; puedo pagarla con mis ahorros si reduzco otros gastos.
La gratificación, si ganamos, aliviaría el primer trimestre, pero no decide si estudio o no.
Mara tendrá que aprobar el cambio de disponibilidad.
Mi madre celebrará primero y preguntará por los horarios después.
Por primera vez entiendo que en octubre yo tampoco estaré exactamente donde estoy ahora.
Nico no es el único que se mueve.
—¿Qué pasa? —pregunta Nico.
Le enseño la pantalla.
Su cara se ilumina antes de que termine de leer.
—Te han aceptado.
—Sí.
—Te han aceptado.
Esta vez lo dice más alto. Me abraza con tanta fuerza que el teléfono queda atrapado entre los dos. Yo me río. La tensión del vídeo se rompe durante unos segundos.
Dani asoma por la puerta.
—¿Ha ocurrido otra incidencia sentimental?
—Me han admitido —digo.
Elle vuelve a entrar, me abraza también y envía un mensaje al grupo antes de que pueda impedirlo. Leila responde con una sucesión de signos de exclamación. Mara escribe una felicitación y pide que mañana le lleve los horarios.
—Hay que celebrarlo —dice Nico.
—Son casi las once.
—Tenemos cinco ingredientes y acceso a cuencos.
—Todo está registrado y cerrado.
—Tienes razón. Qué atractivo.
Terminamos comprando dos bebidas en una máquina y sentándonos en el escalón exterior. Dani se despide cuando llega su transporte. Nico y yo quedamos solos con el aire tibio de la noche.
—Dirección de Cocina —dice, chocando su botella con la mía—. Sabía que entrarías.
—Tú ordenaste el porfolio.
—Tú hiciste todo lo que había dentro.
—El concurso ayudó.
—Tú pediste ayuda en la prueba. También cuenta.
—Tendré que dejar dos tardes —digo—. Y algunos sábados.
—Mara lo organizará.
—Eso significa menos sueldo.
—¿Puedes asumirlo?
—Sí, si mantengo suficientes turnos. He hecho números antes de solicitarlo.
—Claro que has hecho números.
—No todo el mundo diseña su vida con círculos de colores.
Nico sonríe, pero no convierte mi decisión en una extensión de la suya. Me pregunta por las asignaturas, cuál me interesa más y qué parte me intimida. Le digo que temo ser el que solo sabe trabajar deprisa entre personas con una formación mejor.
—Vas a ser el que sabe trabajar y ha ido allí para aprender —responde—. No tienes que llegar sabiendo lo que van a enseñarte.
Es casi la misma frase que yo le diría sobre sus prácticas. Me pregunto si seremos capaces de seguir hablándonos así cuando no podamos sentarnos en el mismo escalón.
Bebo. No me gusta el sabor, pero necesito hacer algo antes de hablar.
—Lo de la cámara —empiezo.
Nico deja su botella a un lado.
—No sabía qué responder.
—Lo sé.
—No quería decir que esto fuera un experimento.
—También lo sé.
—Entonces no estás bien.
Su manera de observar es distinta a la mía. Yo escucho una máquina que cambia de ritmo; él ve una línea fuera de sitio. Los dos sabemos cuándo alguien intenta fingir normalidad.
—¿Qué somos? —pregunto.
Nico mira la calle vacía.
—Nos gustamos.
—Sí.
—Estamos saliendo.
—Sí.
—He dormido contigo.
—Lo recuerdo.
—¿Necesitamos otra palabra esta noche?
—No es la palabra. Es lo que hacemos cuando te vayas.
Se pasa una mano por el pelo.
—Ya hemos hablado de eso.
—Sí. Miré billetes y te propuse visitarte cuando conociéramos los horarios.
—Y te dije que me gustaría.
—También me pediste que no lo convirtiera en una promesa enorme. Lo respeto. Pero no hablamos de qué hacemos el resto de los días ni de si los dos queremos seguir intentándolo.
—No quiero comportarme como si el uno de septiembre se apagara todo.
—El dos.
—¿Qué?
—Me incorporo el dos.
—No es importante.
—Para mí sí.
—Vale. El dos de septiembre. ¿Qué hacemos?
Nico se levanta y da dos pasos. No se marcha. Solo necesita mover el cuerpo para pensar.
—No lo sé.
—Podemos probar la distancia que ya empezamos a planear.
—Noventa y dos días.
—No son una vida.
—Para algunas cosas es mucho.
—Podemos llamarnos. Puedo ir un fin de semana cuando tenga dos días libres. Tú puedes venir si tus horarios y el dinero lo permiten.
—Estás diseñando un calendario para algo que acaba de empezar.
—Estoy proponiendo opciones.
—Y si no funciona, ¿qué? ¿Voy a ser como tu amigo? ¿La persona que dejó de responder lo suficiente?
La pregunta me duele porque tiene razón en una parte y se equivoca en otra.
—No eres él.
—Pero estás esperando que repita la historia.
—Y tú estás intentando terminarla antes de empezar el capítulo difícil.
Nico aprieta los labios. El local apagado queda detrás de nosotros, el cristal convertido en un espejo oscuro.
—No puedo prometerte cómo voy a sentirme allí —dice—. No sé qué horario tendré, a quién conoceré ni si llegaré agotado todos los días. No quiero decirte lo que quieres oír y fallarte después.
—No te estoy pidiendo una garantía.
—Suena como si sí.
—Te estoy pidiendo intención.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que una garantía dice que nada cambiará. La intención dice que, si cambia, no desapareceremos sin hablar.
Nico baja la mirada. Sé que la frase encuentra las cajas de sus mudanzas, las habitaciones sin decorar y todas las despedidas que hizo antes de tiempo.
Modero la voz.
—Puedes irte. Debes irte. Yo también voy a empezar algo nuevo y tendré menos tiempo. No quiero que ninguno renuncie. Solo quiero saber que no vas a guardarnos como una cosa bonita que ocurrió este verano.
—No haría eso.
—Eso has contestado delante de la cámara: que estamos trabajando en ello. Como si solo existiéramos hasta encontrar una versión mejor.
—Me pilló por sorpresa.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué conviertes dos segundos en una sentencia?
—Porque llevo semanas contando los días aunque no quiera.
Nico vuelve a sentarse, pero deja un espacio entre nosotros. No es enorme. Es peor: cabe una mano, una decisión o una despedida.
—Me gustas —dice—. Mucho más de lo que pensaba permitir.
—Tú también me gustas.
—Pero no sé hacer lo que me pides.
La honestidad debería bastar. La respeto. Incluso la quiero. Sin embargo, hay una diferencia entre no conocer el futuro y negarse a caminar hacia él.
Miro nuestras botellas, la puerta cerrada y el reflejo de dos chicos sentados juntos sin tocarse.
—No necesito que me prometas para siempre —digo—. Pero necesito más que un verano que puedas guardar en una caja.