Un poke para dos Capítulo 16 · La respuesta correcta
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Capítulo 16 · La respuesta correcta

Leo

Quedan treinta y siete minutos para medianoche y Nico me mira como si la respuesta fuera mía.

No lo es.

El correo ocupa toda la pantalla: fechas, horario, ayuda económica, documentos pendientes. Noventa y dos días fuera. Leo una vez cada línea porque mi cabeza necesita convertir el golpe en información ordenada.

—Es la plaza que querías —digo.

—Sí.

—La que solicitaste antes de entrar en el local.

—Sí.

—Y te sirve para los estudios.

—Mucho.

Devuelvo el teléfono.

—Entonces acéptala.

Nico parpadea.

—¿Así de fácil?

No. Nada de lo que siento en ese momento es fácil. Puedo escuchar cómo desmontan un puesto a nuestras espaldas, el chasquido de las barras metálicas al plegarse, las ruedas de una caja sobre el suelo. Cada sonido parece quitar una pieza a la noche que acabamos de tener.

—No he dicho que sea fácil —respondo—. He dicho que la aceptes.

—Leo…

—No voy a convertirme en la razón por la que renuncies a algo que querías antes de conocerme.

—No estaba pensando en renunciar.

—Bien.

—Estaba pensando en nosotros.

La palabra cae entre los dos y detiene todo lo demás.

Nosotros.

No «el concurso». No «lo de esta noche». No una cita que quizá pueda repetirse. Nosotros.

—Puedes pensar en las dos cosas —digo—. Pero hay una decisión que vence dentro de treinta y seis minutos.

Nico vuelve a mirar la pantalla. Se muerde el interior de la mejilla.

—¿Y si dentro de un mes esto es distinto?

—Lo será.

—No me estás ayudando.

—Dentro de un mes todo es distinto, aunque nadie se vaya. Mara puede cambiar horarios. Dani puede entrar en un curso. Puede que a mí ni siquiera me llamen para la entrevista. Tú puedes descubrir que me odias cuando no llevo uniforme.

—Llevas una camisa azul. Aún no tengo datos suficientes.

—Exacto.

Nico sonríe apenas. Me acerco y apoyo una mano sobre la suya, no sobre el teléfono.

—No necesitas decidir esta noche cuánto vamos a durar —digo—. Solo si aceptas las prácticas.

—¿Y tú?

—Yo decido que quiero volver a verte mañana.

—Mañana trabajamos juntos.

—Qué conveniente.

—¿Y pasado mañana?

—Podemos decidirlo mañana.

Parece decepcionado y aliviado al mismo tiempo.

Entiendo ambas cosas. Una parte de mí quiere prometerle que encontraremos una manera, que noventa y dos días no son nada, que yo no voy a cansarme de escribir.

Otra recuerda mensajes enviados a alguien que dejó de responder.

No quiero que ese recuerdo redacte nuestro futuro.

Tampoco quiero sustituirlo por una promesa que aún no sabemos cumplir.

Nico abre el formulario. Revisa sus datos. Marca las casillas. Antes de pulsar el último botón, me mira.

—Hazlo tú —digo.

—No iba a pedirte que…

—Lo sé. Por eso te lo recuerdo.

Pulsa «aceptar».

La confirmación aparece a las once y treinta y uno.

—Ya está —dice.

—Ya está.

Es la misma frase que pronunciamos cuando envié mi solicitud, pero esta vez el futuro no se abre en una pantalla. Esta vez parece una puerta que va a cerrarse detrás de él.

Me obligo a no pensarlo así.

—Ahora faltan los documentos —dice Nico, desplazando la pantalla—. Seguro médico, datos del centro, una fotografía y la dirección donde voy a vivir. Esa parte está sin completar.

—¿Tienes alguna habitación?

—Hay una posible. He escrito esta mañana. El depósito es asumible si cobro agosto completo.

La respuesta automática en mi cabeza aparece enseguida: puedo prestarte una parte. No la digo. Llevamos dos besos y una cita. Convertir mi miedo a que se marche en dinero no haría que se quedara más cerca; solo añadiría una deuda donde ahora hay una elección.

—Puedo ayudarte a revisar el anuncio —ofrezco—. O a comparar el trayecto.

—Eso sí.

—Y si no sale, buscamos más.

—Buscamos —repite.

No «me lo solucionas». No «me esperas». Un verbo pequeño, limitado a la siguiente tarea.

Nico descarga el documento de aceptación. El nombre del archivo ocupa media pantalla y contiene una sucesión de números. Se ríe al verlo.

—Mi primer trabajo será enseñarles a nombrar documentos.

—Quizá sea una prueba de selección secreta.

—La he superado al no romper el teléfono.

Guarda una copia en dos lugares. Después abre el calendario y señala la incorporación.

—Noventa y dos días exactos. Si no cambian nada, termino el dos de diciembre.

Mi cabeza calcula antes de que yo pueda detenerla. Semanas. Posibles fines de semana. Clases si me aceptan. No verbalizo ninguna cifra.

—Entonces el dos de diciembre decidirás lo siguiente —digo.

—¿Y hasta entonces?

—Mañana, luego pasado mañana. Te he explicado el sistema.

Nico apaga la pantalla.

—Es un sistema desesperantemente sensato.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Enhorabuena —digo, y lo abrazo.

Nico tarda un segundo en responder. Luego me rodea la espalda con los brazos y esconde la cara junto a mi cuello. La plaza está casi vacía. Nadie nos presta atención. Me permito sujetarlo con fuerza durante unos segundos, sin transformar el abrazo en una petición.

—Gracias —murmura.

—Te van a ir bien.

—Aún no he ido.

—Ya estás corrigiendo al futuro.

—Alguien tiene que hacerlo.

Lo acompaño hasta su parada. Cuando llega su transporte, Nico sube, encuentra un asiento junto a la ventana y levanta la tira de fotografías contra el cristal. Yo saco la mía del bolsillo.

El vehículo se marcha.

No desaparece para siempre. Conozco su horario de mañana. Sé qué camiseta llevará y qué estación ocupará. Aun así, tengo que quedarme quieto hasta que las luces rojas doblan la esquina.

Mi teléfono vibra antes de que llegue a casa.

Nico: Ya echo de menos la camisa azul.

Me río solo en la acera.

Leo: Mañana puedo traerla debajo del uniforme.

Nico: Eso incumple alguna norma.

Leo: Preguntaremos a Mara.

Nico: Retiro la petición.

Es una conversación inútil. No resuelve septiembre, el alojamiento ni la posibilidad de que nuestras vidas cambien. Precisamente por eso me gusta. No todos los mensajes necesitan sostener el futuro. Algunos solo sirven para que el trayecto hasta casa no parezca una despedida.

En casa no consigo dormir. Abro el archivo de mi solicitud, aunque ya no puedo cambiarlo. Miro las fotografías de la receta y las páginas que Nico ha ordenado. En la última, bajo mi frase sobre cocinar bien cuando el tiempo aprieta, ha dejado una línea pequeña:

Diseñar también es decidir qué merece quedarse.

No sé si la escribió antes o después de besarme.

A la mañana siguiente llego demasiado pronto. Preparo la primera tanda, compruebo temperaturas y reviso el listado del día. Cada tarea produce un sonido conocido: agua, acero, papel, puerta. Me apoyo en ese ritmo.

Nico entra con dos cafés y una bolsa de panecillos.

—Celebración de prácticas —dice.

—No puedes traer comida a la zona de preparación.

—Por eso la estoy llevando a la mesa del personal, señor normativa.

—Buenos días a ti también.

Deja todo donde corresponde y regresa. No hay nadie cerca. Me da un beso rápido, apenas un roce.

—Buenos días —repite.

—Eso rompe al menos una cláusula.

—Aún no ha empezado el turno.

Mira el reloj de pared. Faltan cuatro minutos.

—Técnicamente cierto —admito.

—Voy aprendiendo.

Durante el descanso, cuenta al equipo lo de las prácticas. Leila lo felicita. Dani pregunta si el estudio necesitará sonido y Mara quiere las fechas exactas para organizar el cierre de su contrato temporal. Nadie dramatiza. Nadie mira hacia mí con pena. Lo agradezco.

Mara abre el cuadrante y anota la fecha de salida.

—El treinta y uno haces tu último turno completo —dice—. El día uno queda libre para que prepares el viaje. Si llegamos a la final, no se alargará el cierre por una celebración improvisada.

—Puedo quedarme si hace falta —responde Nico.

—No hará falta. La planificación existe para algo.

Leila señala el calendario.

—Yo puedo entrar antes ese día para la preparación.

—Y yo puedo ocuparme del material del concurso —añade Dani—. El sonido de una despedida puede ser mi proyecto final.

—No hay despedida todavía —dice Nico.

Lo dice sonriendo, pero sus dedos se cierran alrededor del vaso de cartón. Por debajo de la mesa acerco mi zapatilla a la suya. No es una caricia. Solo un punto de contacto que nadie más necesita ver.

Nico no se aparta.

Mara continúa con el horario, asignando tareas sin convertir la vida personal de nadie en un problema.

Me doy cuenta de que parte de mi miedo esperaba otra cosa: que el equipo empezara a tratar a Nico como alguien que ya no pertenece.

No ocurre. Leila le pide que cubra una mañana la semana siguiente.

Dani le envía tres ideas de sonido para la prueba de servicio.

Mara añade su nombre a esa planificación.

Seguimos contando con él mientras está aquí.

Tal vez eso sea lo que yo también tengo que aprender.

Durante el resto del turno intento practicarlo.

No pregunto cada hora si está bien. No convierto la fecha en tema de todas las conversaciones.

Cuando Nico sugiere cambiar el tamaño de una tarjeta, discuto la propuesta porque no estoy de acuerdo, y él defiende el diseño sin tratarme con un cuidado especial.

Acabamos eligiendo un tamaño intermedio.

Parece una tontería. También parece un ensayo de algo más difícil: dos personas pueden elegir caminos distintos sin que cada diferencia anuncie el final.

—Noventa y dos días —dice Dani—. He tenido actualizaciones de programas que han tardado más.

—Muy tranquilizador —contesta Nico.

—Puedo diseñaros un sistema de comunicación —continúa elle—. Alarmas, informes semanales, banda sonora para discusiones.

—No necesitamos un sistema —digo.

Nico abre la boca, pero no responde. Veo la duda antes de que la esconda detrás del vaso.

Por la tarde trabajamos en la versión con salsa aparte. Fluye mejor. Nico coloca la tarjeta amarilla en el punto exacto para que nadie confunda las dos proteínas. Yo bajo cuatro segundos el montaje sin sacrificar nada. Cuando terminamos, chocamos los nudillos.

Es un gesto de compañeros. También es otra cosa.

Al cerrar, Nico saca el cuaderno y dibuja un calendario diminuto en una esquina. Tacha el día de ayer. Después me ofrece el lápiz.

—¿Qué hacemos con hoy? —pregunta.

Podría escribir una promesa. Podría dibujar una flecha hasta diciembre. En lugar de eso, marco un círculo alrededor de la fecha.

—Hoy estamos aquí.

Nico observa el círculo. Luego añade otro alrededor, más ancho, imperfecto.

En la pared, el calendario del concurso ha cambiado de mes.

Quedan treinta días.