Un poke para dos Capítulo 17 · Desayuno para dos
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Capítulo 17 · Desayuno para dos

Nico

La tira de fotografías lleva cuatro días pegada en mi pared.

No en el interior del armario ni detrás de la puerta, donde podría fingir que no significa nada. Está sobre el escritorio, perfectamente visible, sujeta con una cinta de papel amarilla que combina con la última foto, la de los dos riéndonos.

Leo la descubre en cuanto entra en mi habitación.

—Has decorado —dice.

—No exageremos. Es una intervención mínima.

—Has puesto algo en una pared.

—La estructura del edificio sigue a salvo.

Deja la mochila junto a la silla. Ha venido a ayudarme a comparar alojamientos para las prácticas y a ensayar posibles preguntas de su entrevista, si alguna vez llega.

Ese era el plan oficial. El plan real incluye una película abierta en el ordenador, dos vasos en la mesa y el hecho de que mi madre no vuelve hasta mañana porque trabaja fuera esta noche.

No he ocultado ninguno de esos datos.

Leo tampoco ha fingido no entenderlos.

Nos sentamos en el suelo porque la cama queda demasiado cerca para empezar por ella. Extiendo tres anuncios de habitaciones impresos. Las fotografías tienen perspectivas imposibles, colores saturados y camas estiradas hasta parecer pistas de aterrizaje.

—Esta ducha no cabe en ese cuarto de baño —digo.

—Quizá se pliega.

—Y esta ventana está copiada de otro anuncio. Mira la luz.

—¿Puedes saberlo por la luz?

—Puedo saberlo por el reflejo. Y porque en una foto da a un patio y en la otra al mar.

Leo aparta ese papel.

—Descartado.

—El segundo pide demasiado depósito.

—¿Aunque ganemos el concurso?

—No voy a contar con un premio que todavía no existe.

—Bien.

—¿Eso era una prueba?

—No. Pero la has superado.

El tercer alojamiento es pequeño y queda a media hora del estudio. El anuncio parece honesto: una habitación sin grandes adjetivos, escritorio estrecho, cocina compartida y un depósito que podría pagar con el sueldo de agosto si no surge ningún problema.

—Es gris —dice Leo.

—Puedo trabajar con gris.

—Eso espero.

Marco el número para escribir al día siguiente. Después recogemos los papeles y abrimos su lista de posibles preguntas.

—¿Por qué quieres entrar en la formación? —leo.

Leo endereza la espalda.

—Porque quiero ampliar mis conocimientos y adquirir nuevas competencias.

—No.

—¿No qué?

—Eso lo ha respondido un folleto. ¿Dónde está Leo?

—Leo está intentando parecer una persona seria.

—Leo sabe preparar una estación en quince minutos mientras explica a Dani por qué no puede cambiar el sonido de las comandas por un maullido.

—Fueron diecisiete minutos.

—Gracias por demostrar mi argumento.

Repetimos. Esta vez habla de ritmo, de crear platos que soporten la presión de un servicio y de aprender por qué algunas combinaciones funcionan más allá de la costumbre. Su voz cambia. Aparecen las manos. Marca tiempos invisibles sobre su rodilla.

—Ese eres tú —digo cuando termina.

—Has dejado de escuchar a mitad.

—Te estaba mirando.

Leo me quita la hoja de preguntas y la coloca boca abajo.

—Se acabó el ensayo.

—Aún no hemos practicado qué harías si un proveedor falla.

—Improvisaría una respuesta excelente.

—Eso contradice todo lo que sé de ti.

—También sé vivir al límite.

Su idea de vivir al límite consiste en dejar los papeles desalineados sobre el escritorio y darle al reproductor sin leer la sinopsis de la película.

Nos sentamos contra la pared, con dos cojines en el suelo.

A los veinte minutos ninguno sigue la historia.

Leo comenta que el restaurante de una escena tiene una mesa bloqueando una salida; yo digo que los títulos de crédito iniciales están mal espaciados.

—Somos insoportables —concluye.

—Tú más.

—Estamos en tu habitación.

—Por eso puedo expulsarte.

—Tendrás que levantarte.

No lo hago. Leo tampoco se mueve. La película continúa sola mientras hablamos de cosas pequeñas: el primer plato que supo preparar sin ayuda, la cámara usada que Nora quiere comprar, la vez que yo confundí dos aulas durante una semana y preferí llegar tarde antes que admitirlo.

No intentamos convertir cada frase en una confesión importante.

Cuando aparecen los créditos, la habitación está casi a oscuras. Leo alarga el brazo para detener la reproducción y su mano queda junto a la mía.

—¿Quieres que me vaya? —pregunta.

No hay decepción anticipada en su voz. No intenta que una respuesta pese más que la otra.

—No —digo—. Quiero que te acerques.

Lo hace despacio.

La película sigue detenida en la pantalla. El ventilador mueve apenas la esquina de uno de los anuncios. Estamos tan cerca que su rodilla toca la mía.

—¿Eso forma parte del ensayo? —pregunta.

—Es una técnica para comprobar la concentración.

—Estoy perdiéndola.

—Entonces funciona.

Me besa. No con la prudencia de la primera vez ni con la urgencia de alguien que cree que se le acaba el tiempo. Me besa despacio, dejando que yo marque la distancia. Cuando apoyo la mano sobre su pecho, el latido se parece poco al Leo que cronometra cada gesto.

Nos movemos hasta sentarnos en el borde de la cama. Él se aparta lo suficiente para mirarme.

—¿Está bien?

—Sí.

—Si quieres que pare…

—Te lo diré.

—Vale.

Le quito un pliegue imaginario de la camisa. Leo sonríe.

—¿Y tú? —pregunto.

—También te lo diré.

Vuelve a besarme. Mis manos dejan de buscar lugares seguros y encuentran los suyos, siempre después de una pregunta, una mirada, una respuesta.

Afuera, las luces de un vehículo cruzan la pared.

En el techo tiembla la sombra de una silla que arrastran arriba.

La habitación conserva sus formas, pero durante un rato ninguna señala una salida.

Cuando Leo me pregunta si quiero que se quede, miro la tira de fotografías sobre el escritorio.

—Quiero —respondo.

Cierro la puerta.

El resto de la noche no necesita explicarse para ser nuestro.

Por la mañana despierto con una línea de luz cruzando la pared. Durante unos segundos no sé por qué hay una camiseta azul sobre la silla. Después noto el peso del brazo de Leo sobre mi cintura y recuerdo todo a la vez.

No siento pánico.

Eso es lo que me asusta.

Leo duerme de lado, con el pelo aplastado y la pequeña línea tatuada a pocos centímetros de mi mano. Sin el ruido del local alrededor parece más joven. Menos seguro. Tengo la tentación de levantarme antes de que abra los ojos, ordenar la habitación y recuperar una distancia reconocible.

En lugar de eso, me quedo.

Leo despierta cinco minutos después.

—Hola —dice con voz ronca.

—Tienes una marca en la cara.

—Buenos días para ti también.

—Es de la almohada. Parece un mapa.

—¿De algún sitio al que te vas?

La pregunta sale medio dormida. Lo noto porque él mismo frunce el ceño al oírla.

—De ningún sitio conocido —respondo.

Le doy un beso antes de que pueda disculparse.

Preparamos el desayuno en la cocina. Leo insiste en que los huevos necesitan menos calor. Yo corto fruta y la ordeno por colores hasta que él mezcla las piezas a propósito.

—Monstruo —digo.

—Se llama ensalada.

—Se llama caos.

—Sabe igual.

—Ese argumento explica muchas de tus decisiones estéticas.

Comemos frente a frente. La mesa es pequeña y nuestras rodillas chocan debajo. Leo roba el último trozo de pan. Yo guardo una fotografía mental de la escena y enseguida me enfado conmigo mismo por hacerlo, como si conservar algo significara admitir que puedo perderlo.

—Quiero una foto —dice Leo.

—Tengo el pelo imposible.

—Precisamente.

Apoya el teléfono contra el frutero y activa el temporizador. Me coloco a su lado. No sé qué expresión usar. En las imágenes del mercado había una cabina dando instrucciones y cuatro destellos para probar. Aquí solo estamos nosotros, una mesa desordenada y dos platos con restos de desayuno.

Leo me pasa un brazo por los hombros justo antes de que la cámara capture la escena.

En la fotografía no miro al objetivo. Lo miro a él.

—Otra —digo.

—Pensaba que no te gustaba.

—No he dicho eso.

La segunda sale movida porque intento apartarle el último trozo de fruta. En la tercera, Leo se ríe con la cabeza echada hacia atrás. No son imágenes bonitas en el sentido que utilizo para los trabajos. Son mejores: no están intentando vender nada.

Leo me envía las tres.

Guardo la primera en una carpeta que creo en el teléfono. Cuando tengo que escribir un nombre, dudo.

Verano sería fácil. También sería una forma de encerrar todo esto dentro de una estación.

La llamo Nosotros .

El nombre me produce un vuelco. Considero cambiarlo por «Desayuno», que sería exacto y no exigiría nada. No lo hago. Una carpeta no es un contrato, pero tampoco quiero esconderme de una palabra solo porque incluye a otra persona.

Leo ve la pantalla.

—Buen nombre —dice.

—Es provisional.

—Claro.

No se burla. Toma otra fotografía, esta vez de las dos tazas juntas, y me la envía sin comentario. La añado a la misma carpeta. Después dejo el teléfono boca abajo y vuelvo a la mesa.

Quedarse durante un desayuno no debería sentirse valiente. Para mí, hoy, lo es.

—¿Te arrepientes? —pregunta.

Dejo el tenedor.

—No.

—Estás muy callado.

—Estoy intentando no convertir esto en una despedida anticipada.

Leo asiente. No dice que no lo haga. No me asegura que todo saldrá bien.

—Podemos desayunar —responde—. Solo eso, ahora.

—Podemos desayunar.

Mi teléfono vibra en el salón, pero está demasiado lejos y lo ignoro. Un segundo después suena el de Leo sobre la encimera.

—Si es Dani, dile que no hemos practicado la receta —digo.

Leo mira la pantalla. La expresión le cambia antes de abrir el mensaje.

—No es Dani.

—¿Qué pasa?

Me entrega el teléfono.

El centro de formación agradece su solicitud y lo convoca a una entrevista. Fecha, hora, documentación. Leo recorre el texto con el dedo hasta detenerse en el horario.

El mismo día de nuestra siguiente prueba autorizada para el concurso.

—Te han llamado —digo.

Leo sigue mirando la pantalla, como si una invitación pudiera desaparecer si respira demasiado fuerte.

—Me han llamado —repite.