Un poke para dos Capítulo 15 · Una noche fuera del menú
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Capítulo 15 · Una noche fuera del menú

Nico

Fuera del uniforme, Leo lleva una camisa azul con las mangas dobladas y no se parece en nada a alguien que pese ingredientes.

Llega tres minutos antes. Yo llevo allí nueve, aunque he pasado seis caminando alrededor de la entrada para no parecer desesperado.

El mercado nocturno ocupa una explanada abierta, cubierta por guirnaldas de bombillas y toldos claros.

Hay puestos de comida, ilustraciones, cerámica y ropa de segunda mano.

Nada combina con nada y, de algún modo, el conjunto funciona.

—No estás cronometrando —digo a modo de saludo.

Leo mira la hora.

—Acabas de hacerlo tú.

—Era una comprobación visual.

—Claro.

Nos quedamos frente a frente un segundo más de lo necesario. La otra noche nos besamos. Hoy hemos trabajado cinco horas fingiendo que eso no cambiaba la manera en que nos mirábamos. Ahora no hay mostrador, pinzas ni una fila de comandas que nos diga qué hacer con las manos.

Leo resuelve el problema. Me ofrece la suya.

—¿Vamos?

La tomo.

El gesto es tan normal que me desarma más que el beso.

Caminamos entre los puestos. Leo se detiene donde venden panes rellenos y pregunta por los ingredientes antes de elegir. Yo compro una limonada demasiado ácida porque el color del vaso me gusta. Él la prueba con una pajita distinta y hace una mueca.

—Esto podría limpiar una plancha.

—La presentación es preciosa.

—Tu epitafio.

Antes de buscar una mesa, inventamos un juego. Cada uno tiene que elegir en los puestos un objeto que represente al otro, sin comprarlo. Leo acepta porque cree que será fácil.

Se equivoca.

Yo le asigno un reloj de cocina con forma de gallina.

—No me representa.

—Controla el tiempo y parece enfadado incluso cuando está haciendo algo útil.

—La gallina sonríe.

—Con condescendencia.

Leo recorre tres tenderetes antes de decidirse por una libreta de tapas grises y páginas de colores.

—Por fuera intentas parecer provisional —explica—. Por dentro no paras de colocar cosas.

La propietaria del puesto nos mira, quizá esperando que compremos algo después de convertir su mercancía en una sesión de terapia. Leo termina pagando la libreta y me la entrega.

—La norma decía que no había que comprarlo.

—La norma la inventaste tú. Yo solo he dejado de respetarla.

Paso el pulgar por el borde de las páginas. Son rojas, amarillas, verdes y azules, alternadas sin un patrón que pueda detectar.

—No te acostumbres a regalarme cosas —digo.

—Cuesta menos que tu limonada.

—Eso ha sido un error financiero.

Guardo la libreta en el bolsillo trasero. Tener algo elegido para mí pesa muy poco y demasiado al mismo tiempo.

Encontramos una mesa alta al borde del mercado. Desde allí las luces forman líneas diagonales sobre las cabezas. Leo parte su cena por la mitad y coloca una parte en mi plato sin preguntarme, aunque antes confirma que puedo comerla. Yo le doy la limonada como castigo.

—¿Siempre has querido estudiar cocina? —pregunto.

—No.

—Respuesta elaborada.

—De pequeño quería conducir trenes. Después quise montar escenarios. Después pensé que no quería estudiar nada.

—¿Y ahora?

Leo mira el mercado. Un hombre gira verduras sobre una parrilla; una chica coloca hojas de menta en vasos de fruta; alguien golpea dos veces una campana pequeña para anunciar que un pedido está listo.

—Ahora sé que me gusta esto —dice—. No solo cocinar. Hacer que muchas cosas ocurran en el momento correcto. Que el resultado sea igual de bueno cuando hay una persona esperando o veinte.

—Eso suena bastante a ti.

—¿Rígido y obsesionado con el tiempo?

—Fiable.

La palabra le llega. Lo veo en la forma en que baja la mirada al plato.

—Mi madre dice que nací con cuarenta años —contesta.

—Eso explica por qué juzgas mi uso del rabanito.

—El rabanito era indefendible a cualquier edad.

Le doy un empujón con el hombro. Leo se ríe y el ruido del mercado deja de parecer tan grande.

Después recorremos los puestos de ilustración. Me detengo ante una serie de láminas hechas con planos superpuestos. Leo espera sin meter prisa. Cuando le explico cómo un espacio vacío puede dirigir la mirada, escucha de verdad, no con esa paciencia educada de quien aguarda su turno para hablar.

—Por eso ordenaste mi porfolio así —dice.

—Tenías demasiadas cosas importantes compitiendo entre ellas.

—¿Y ahora?

—Ahora una conduce a la siguiente.

—Tú haces eso con todo.

—¿Qué cosa?

—Intentar que se entienda dónde termina.

Dejo la lámina en su soporte.

—No hemos venido a hablar de mis problemas de composición.

—No sabía que tuviéramos un programa.

—Yo siempre tengo un programa.

Leo no sonríe. Me mira con una paciencia distinta, sin exigirme que continúe. Podría cambiar de tema. Podría señalar otra ilustración o arrastrarlo hasta un puesto de pulseras horribles.

En lugar de eso, lo llevo hacia una zona más tranquila, donde han colocado bancos bajo árboles pequeños. Las guirnaldas llegan hasta allí convertidas en puntos de luz.

—Ya te conté que mi madre trabajaba por temporadas y que nosotros nos movíamos con sus contratos —digo—. Lo que no te dije es cuántas veces.

Leo se sienta a mi lado.

—¿Cuántas veces os mudasteis?

—Seis. O siete, si cuento los tres meses en casa de mi tía. Dejé de aprenderme los caminos largos. Colegio, supermercado, parada. Con eso bastaba.

—Y dejaste de decorar las habitaciones.

Recuerda lo que le conté en el parque.

—Sí. Nora decía que parecían pisos piloto.

—¿Ella estuvo en todos?

—Apareció en el cuarto. Se negó a perderme en el quinto y en el sexto.

—Lista.

—Pesada.

—También.

Le doy la vuelta a una pulsera de papel que me han puesto al entrar. Podría arrancarla con facilidad, pero sigo pasando el pulgar por el cierre adhesivo.

—Cuando sabes que vas a irte, la gente te trata como si ya te hubieras ido un poco —digo—. Supongo que aprendí a hacerlo antes que ellos.

Leo apoya los antebrazos sobre las rodillas.

—Yo te hablé del amigo que dejó de responder —dice—. Se mudó cuando teníamos diecisiete. Al principio hablábamos todos los días. Luego una vez por semana. Después fui yo quien dejó de insistir.

—Lo siento.

—No era una mala persona. Solo construyó una vida nueva y yo dejé de caber en ella.

—Eso no tiene por qué pasar siempre.

Leo gira la cabeza hacia mí.

Me doy cuenta de lo que he dicho al mismo tiempo que él.

—No —responde—. Supongo que no.

Seguimos sentados mientras el mercado cambia de ritmo.

Las familias con niños empiezan a marcharse y llegan grupos que hablan más alto.

Un músico prueba acordes junto a un puesto cerrado.

Leo me pregunta por el diseño, no por las prácticas, y le cuento que me gusta construir identidades visuales para lugares pequeños porque cada decisión se nota.

Una carta, un rótulo, la forma de entregar una bolsa.

—¿Te gustaría hacer eso allí? —pregunta.

—En las prácticas, sí. Si me dejan acercarme a proyectos reales y no paso tres meses renombrando archivos.

—Se te da bien cambiar nombres.

—Solo cuando son malos.

—¿El de nuestra receta es malo?

Todavía utilizamos «versión cítrica» en las fichas. Dani ha propuesto seis nombres, cuatro imposibles de pronunciar y uno que Mara ha prohibido imprimir.

—Aún no tiene nombre —digo—. Tiene ingredientes.

—Eso no es muy propio de ti.

—No quiero obligarla a ser algo antes de saber qué es.

Leo me mira de una forma que convierte la conversación en otra cosa.

—Eso sí es nuevo —dice.

Abro la libreta de páginas de colores. En la primera, roja, dibujo el contorno de un cuenco. Leo añade dos líneas para dividir los ingredientes. No es el cuaderno del concurso; no hay medidas ni tiempos. Es solo un dibujo torcido hecho sobre nuestras rodillas.

—Podríamos llamarlo «Gallina enfadada» —propone.

—Cita terminada.

—Pero aún no hemos llegado a las fotos.

—¿Qué fotos?

Señala la cabina al otro extremo. Hasta entonces yo no la había visto. Me irrita que sea él quien encuentre el mejor elemento visual de la noche.

—Puede que te conceda diez minutos más —digo.

Leo hace una reverencia absurda. Antes de llegar a la cabina se detiene en un puesto de postales y elige una completamente blanca.

—¿También me representa? —pregunto.

—No. Esta es para escribir cuando estés fuera.

—¿Una sola postal para noventa y dos días?

—Podemos empezar por una.

La compra y me entrega el lado sin texto. No me obliga a prometer que la enviaré. La guardo dentro de la libreta de colores, en el único sitio donde el blanco no parece una ausencia.

Nos besamos bajo una guirnalda que parpadea en una secuencia defectuosa.

No es una escena perfecta. La música de un puesto cambia de canción en el peor momento, alguien arrastra una silla y la pulsera de papel se me engancha en su manga.

Aun así, cuando Leo me toca la mejilla, todo encuentra su lugar.

Continuamos caminando hasta que empiezan a desmontar algunos puestos. Entramos en una cabina de fotografías instalada junto a los artesanos. La cortina no cierra del todo y el asiento es demasiado estrecho.

—Cuatro fotos —leo en la pantalla—. No hagas nada raro.

En la primera, Leo mira a la cámara y yo a él.

En la segunda, los dos intentamos ponernos serios.

En la tercera, me besa justo antes del destello.

En la cuarta estamos riéndonos.

La máquina expulsa dos tiras. Leo me entrega una.

—Para tu próxima habitación —dice.

La guardo en la cartera en vez de responder.

Mi teléfono vibra.

Durante un instante pienso que será Nora preguntando por la cita. En la pantalla aparece el asunto de un correo que llevo semanas esperando.

Confirmación de prácticas de diseño.

Lo abro. Leo no intenta leer por encima de mi hombro.

La plaza es mía. Noventa y dos días en un estudio de otra ciudad, incorporación el dos de septiembre. La ayuda económica llegará al final del primer mes, así que seguiré necesitando el depósito y todos los turnos que pueda hacer. Debo confirmar la aceptación antes de las doce de esta noche.

El mercado continúa apagándose alrededor. Una bombilla tras otra.

—¿Buenas noticias? —pregunta Leo.

No escondo el teléfono. Tampoco hago una broma.

Se lo muestro.

—Tengo que aceptar antes de medianoche.