Capítulo 14 · Treinta y un días
Leo
El arroz tarda lo mismo en estar listo después de un beso.
Es una falta de consideración por su parte.
Yo llevo despierto desde las seis, he leído cuatro veces el último mensaje de Nico y todavía noto su mano en mi nuca cuando cierro los ojos.
Sin embargo, el temporizador suena a la hora prevista.
El agua está medida. El aliño no cambia de proporción.
El primer turno del día exige exactamente lo mismo que ayer.
La conversación del teléfono tampoco ayuda.
Nico: ¿Dormido?
El mensaje llegó a la una y doce.
Leo: No.
Nico: Bien.
Leo: Esa es toda tu aportación.
Pasaron tres minutos antes de que llegara la respuesta.
Nico: No sabía si escribir después de un primer beso era demasiado o si no escribir era peor.
Leo: Escribir «bien» no resuelve ninguna de las dos cosas.
Nico: Estoy aprendiendo.
Después me mandó una fotografía de la tarjeta de la cata, con la casilla de «presentación» marcada en la puntuación más alta.
Nico: Mi valoración de la noche.
Yo respondí con una imagen del mango que aún quedaba preparado para el día siguiente.
Leo: Mi prueba de que tienes antecedentes.
La última frase fue suya.
Nico: Buenas noches, Leo.
No incluía una promesa ni una pregunta. Aun así, la he releído tanto que podría reproducir la posición exacta de cada letra.
Nico entra a las diez y diecisiete.
No a las diez y cuarto, como suele hacer para tener margen. A las diez y diecisiete, porque probablemente ha dado dos vueltas antes de atreverse a cruzar la puerta. Lleva el uniforme impecable y una expresión tan neutra que no deja adivinar nada de la otra noche.
—Buenos días —dice.
—Buenos días.
Leila, que está revisando una entrega, levanta los ojos de la hoja.
Dani gira muy despacio en nuestra dirección.
Mara aparece desde el almacén.
—Si habéis roto algo, lo comunicáis. Si no, empezamos.
—No hemos roto nada —responde Nico.
—Aún —añade Dani.
Nico va a dejar la mochila. Al pasar a mi lado, su mano roza la mía. Puede ser accidental. No lo es.
El servicio de mediodía nos obliga a posponer cualquier conversación.
Mejor. Las cosas importantes me resultan más fáciles cuando puedo ordenarlas dentro de una secuencia: primero las bases, después las proteínas, luego los complementos, por último la salsa.
Con Nico no sé qué paso corresponde ahora.
Trabajamos como siempre. O casi. Cada vez que dice «detrás» para avisar de que pasa, soy demasiado consciente de su voz. Cuando me entrega una tapa, nuestros dedos encuentran una precisión innecesaria. Leila nos observa una vez y señala con la barbilla la fila de pedidos.
—Profesionales —dice.
—Muchísimo —contesta Nico.
—No era una pregunta.
Al terminar la hora punta, Mara nos concede el descanso por turnos. Nico me espera en la mesa pequeña del fondo. Ha colocado dos vasos de agua con la misma distancia respecto al borde.
—Tenemos que hablar —dice.
—Eso suele anunciar problemas.
—Podemos llamarlo reunión de seguimiento del beso.
Me siento frente a él.
—Suena peor.
—Mucho peor.
Sonríe y la tensión pierde un poco de fuerza.
—No quiero que esto afecte al trabajo —continúa—. Ni al concurso.
—Yo tampoco.
—Durante el turno, somos compañeros.
—Ya lo éramos antes.
—Sabes a qué me refiero.
Lo sé. Aun así, me gusta que lo diga. No quiere esconderme; quiere cuidar el espacio que compartimos con más gente.
—Nada de desaparecer en el almacén —enumera—. Nada de darte la razón porque me gustes.
—Eso no ocurriría ni bajo amenaza.
—Nada de utilizar a Dani como mensajero si discutimos.
—Dani cobraría comisión.
—Y nada de dejar de hablar sin explicarlo.
La última frase cambia el aire. Nico baja la vista a su vaso. Pienso en su miedo a empezar y en el mío a recibir un último mensaje que no sepa que es el último.
—Eso es importante —digo.
—Sí.
—Por mi parte, nada de decidir por ti lo que significa que te vayas. Y nada de pedirte que cambies tus planes.
Nico levanta los ojos.
—¿Estamos redactando un contrato?
—Tú has empezado.
—Me gustan los márgenes claros.
—Lo había notado.
—Falta una cláusula.
—¿Cuál?
—Una cita. Fuera del uniforme y sin hablar de tiempos de montaje.
Antes de responder, añado una condición propia.
—Si algo nos incomoda, lo decimos entre nosotros.
—Eso ya estaba en lo de no usar a Dani.
—No exactamente. Nada de asumir que el otro debería adivinarlo.
Nico gira el vaso entre las manos.
—Yo hago eso.
—¿Esperar que la gente adivine?
—No. Adivinar por ellos. Decidir que se cansarán, que tendrán otros planes o que no merece la pena explicar algo porque terminará igualmente.
—Entonces dejamos de hacerlo.
—Lo dices como si fuera quitar un ingrediente.
—No digo que sea fácil. Digo que, si ocurre, lo señalamos.
—¿Con una tarjeta roja?
—Si hace falta.
—Diseñaré una bonita.
Acepto con un movimiento de cabeza. No somos expertos en nada de esto. Precisamente por eso, establecer límites no lo vuelve frío. Lo vuelve posible.
La pregunta debería ser fácil. Llevo queriendo besarle desde el primer día. Lo besé anoche. Aun así, noto el pulso en las muñecas.
—El viernes —digo—. Hay un mercado nocturno junto al paseo.
—¿Es bueno?
—No lo sé. Nunca he ido.
—Perfecto. Así ninguno puede comportarse como experto.
Cuando volvemos al frente, Dani nos está esperando con los brazos cruzados.
—¿Se ha aprobado la fusión?
—Se ha aprobado que trabajes —dice Leila.
—Entonces me opongo.
Nico ocupa su estación. Yo la mía. Mara no pregunta nada, pero, al pasar junto a nosotros, deja una frase en voz baja.
—Sois adultos y tenéis la misma categoría. Vuestra vida es vuestra. La seguridad, los horarios y el respeto del equipo son míos.
—Entendido —digo.
—Perfectamente —añade Nico.
Mara se aleja y él me mira de reojo.
—Creo que esa era la versión oficial de «me alegro por vosotros».
—No estaría tan seguro.
—Yo he visto ternura.
—Has visto sueño.
Por la tarde probamos la salsa servida en cantidad menor, con una pequeña porción adicional aparte.
Los comentarios de la cata tenían razón: así cada sabor se distingue mejor y el montaje sigue dentro del tiempo.
Nico anota el cambio en el cuaderno. Bajo la línea escribe algo y lo tapa con la mano cuando me acerco.
—Información confidencial.
—Es un cuaderno compartido.
—La confidencialidad termina a las ocho.
A las ocho y un minuto, abre la página.
Cita. Viernes. Prohibido cronometrar.
Debajo ha dibujado dos figuras diminutas bajo una guirnalda de luces. Una tiene el pelo rizado. La otra lleva en el antebrazo una línea negra exageradamente larga.
—Mi tatuaje no es así.
—Licencia artística.
—Parece que me ha pintado un niño con un rotulador.
—Un niño con mucho talento.
Leila pasa detrás y ve el dibujo.
—Qué discreción tan admirable.
Nico cierra el cuaderno. Tiene las orejas rojas. Guardo ese detalle para mí.
Poco antes del cierre llega el correo del concurso. Mara lo abre en el ordenador del despacho y nos llama. La pantalla muestra nuestra puntuación, los comentarios resumidos y el siguiente paso: una prueba de servicio dentro de dos semanas. Debajo aparece el calendario oficial completo.
Si superamos esa fase, la final se celebrará el 31 de agosto. Ya conocíamos la fecha; verla confirmada junto a todas las etapas la convierte en algo más que una línea de las bases.
—Es el último día de Nico —dice Dani.
Nadie responde de inmediato.
La fecha ocupa una línea pequeña en la pantalla. No debería pesar. Es solo un número, una manera práctica de ordenar el verano. Pero mi cabeza empieza a contar turnos, pruebas, viernes y posibles mañanas.
Nico está a mi lado. Su brazo casi toca el mío.
—Treinta y un días —dice.
No sé si habla del concurso, de nosotros o de las dos cosas.
Mara amplía el calendario y repasa las etapas.
La prueba de servicio tendrá lugar dos semanas antes.
Quienes la superen recibirán las condiciones de la final: un montaje ante jurado, una cata pública controlada y una valoración de viabilidad.
La gratificación se repartirá entre el equipo, no solo entre quienes firman la receta.
—Necesito confirmar disponibilidad —dice—. Nico, tu contrato termina ese día. ¿Puedes completar el turno?
Él lee las fechas de su correo laboral en el teléfono.
—Sí. Viajo al día siguiente y las prácticas empiezan el dos.
—Entonces queda registrado. No voy a pedirte que amplíes nada después del cierre.
—Gracias.
Dani dibuja un círculo alrededor del treinta y uno en una copia impresa.
—Final, despedida y posible crisis colectiva. Día ligero.
—No habrá crisis durante el servicio —dice Leila.
—La programaremos para las once.
Nico hace una broma sobre cobrar horas extra por emociones, pero yo escucho «viajo al día siguiente» repetido por debajo. La marcha ya tenía fecha. Ahora también tiene un viaje al día siguiente y una incorporación el día dos.
Al cerrar, no caminamos juntos. Él tiene que alcanzar su transporte y yo me quedo cinco minutos con Mara para ajustar una entrega. Antes de salir, Nico abre la puerta otra vez y asoma la cabeza.
—Lo del viernes sigue en pie —dice.
—Pensaba que los límites estaban claros.
—Esta es una comunicación formal.
—Viernes. A las ocho.
—Sin cronómetro.
—No prometo nada.
Se marcha sonriendo.
En casa abro una captura del vídeo que Dani nos envió. Nico mira hacia mí en lugar de mirar a la cámara. La guardo en favoritos, cierro la galería y vuelvo a abrirla. No hay ninguna razón para esconderla: mi familia sabe quién soy, Nico no es un secreto y una imagen no puede exigirme nada.
En la pantalla, yo parezco alguien que acaba de descubrir una noticia demasiado buena y aún no ha pensado cuánto puede durar.
El teléfono se ilumina.
Nico: Treinta y un días dan para muchas cosas.
Escribo tres respuestas y borro las tres. Al final envío la única que no intenta protegerme.
Leo: Espero que sí.
Nico tarda un minuto en contestar.
Nico: Empezaremos por el viernes.
No es una evasiva. Es el límite que puede ofrecer esta noche y, por primera vez, intento recibirlo sin compararlo con todo lo que deseo después. Dejo la captura abierta y apago la lámpara.
Lo peor es que yo ya sé que treinta y un días no van a bastarme.