Un poke para dos Capítulo 13 · Lo que sabe un beso
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Capítulo 13 · Lo que sabe un beso

Nico

La primera tarjeta de valoración cae dentro de la caja con la esquina doblada.

Me dan ganas de sacarla, alisarla y volver a colocarla.

No porque vaya a cambiar la puntuación, sino porque llevo toda la mañana intentando que nada parezca improvisado: los carteles alineados, las muestras separadas, los nombres legibles, el cuaderno abierto por la página correcta.

El problema es que los clientes no forman parte de una composición.

Mueven las cosas. Preguntan. Cambian de opinión.

Dejan una servilleta donde yo había calculado un espacio vacío perfecto.

—Respira —dice Leo a mi lado.

—Estoy respirando.

—Eso que haces es conservar oxígeno por si se termina.

Lleva el uniforme de siempre, pero hoy todo parece quedar mejor colocado sobre él. Quizá sea culpa del meñique que anoche mantuvo junto al mío. Quizá sea culpa de la frase que dejé en el parque y que no hemos mencionado desde entonces.

Mara nos ha asignado funciones concretas.

Leo monta las muestras. Yo explico la propuesta y controlo que las tarjetas de las dos versiones no se mezclen.

Leila permanece cerca para resolver dudas con la documentación.

Dani registra tiempos y recoge algunos planos del servicio sin grabar a nadie que no haya dado permiso.

La receta cabe en un cuenco pequeño: arroz de sushi aliñado, pepino, edamame, mango, col lombarda encurtida, sésamo y una cantidad medida de salsa cítrica.

La proteína puede ser salmón apto para consumo crudo, conservado en frío sin romper la cadena de frío y preparado con los utensilios correspondientes, o tofu marinado. La cebolla crujiente se ofrece aparte.

Sobre el papel parece sencillo.

En la realidad, el primer cliente quiere saber si puede cambiar el arroz por hojas. El segundo pregunta si la salsa lleva soja. El tercero decide probar ambas versiones y después no distingue qué cuchara corresponde a cuál.

—Paramos un momento —digo cuando una mujer pregunta si la salsa contiene soja—. Voy a consultar la información para responderle bien.

Leo ya ha dejado de montar esa muestra. Leila comprueba la ficha y propone una alternativa segura dentro de la información disponible. La mujer agradece que no intentemos adivinar.

Cuando se marcha, Leo me mira.

—Bien.

Es una sola palabra, pero ocupa más que cualquiera de sus correcciones.

La cata continúa. Un hombre marca que quiere más salsa.

Una chica escribe que el mango está perfecto y lo subraya con tres signos de exclamación.

Una pareja discute durante un minuto si la col es morada o violeta y termina dando la máxima puntuación a la presentación.

Un niño señala el tofu y pregunta si es queso; su padre le explica que no antes de probarlo también.

Empiezo a disfrutar cuando acepto que el orden no consiste en inmovilizarlo todo. Puedo recolocar tarjetas. Puedo limpiar una gota. Puedo ver cómo el verde, el amarillo y el morado cambian cada vez que una mano gira un cuenco.

Entonces un vaso de agua cae sobre la mesa de valoraciones.

No es una catástrofe. Solo parece una durante el primer segundo.

Leo aparta las muestras. Yo levanto la caja de tarjetas antes de que el agua llegue a la base.

Leila entrega papel a la clienta que ha golpeado el vaso y le asegura que no pasa nada.

Dani desconecta el cable del pequeño soporte de grabación por precaución.

En menos de un minuto la superficie vuelve a estar seca.

—Lo siento muchísimo —dice la mujer.

—De verdad, está resuelto —respondo.

Se marcha con su muestra y una servilleta nueva. Miro la caja. Las tarjetas continúan a salvo, aunque una gota ha dejado una mancha en la esquina blanca.

—No la saques —dice Leo.

—¿El qué?

—La tarjeta. Te estoy viendo pensar.

—Está manchada.

—También tiene una valoración.

Me conoce demasiado para llevar tan pocos días. Dejo la tarjeta donde está.

La mancha se seca con una forma irregular y, al cabo de un rato, dejo de verla como un defecto. Es la prueba de que la cata ha ocurrido de verdad, con personas de verdad y no dentro de uno de mis diseños.

Leo trabaja a mi lado con un ritmo que ya reconozco. Dos movimientos para la base. Uno para la proteína. Tres complementos sin golpear las pinzas. Una pausa mínima antes de la salsa. Cuando la cola crece, no acelera; elimina todo gesto que no sirve.

Yo sí sirvo, al parecer, porque no me elimina.

—Últimas seis muestras —anuncia Mara.

—Siete —corrige Dani.

—Una es para ti.

—Últimas seis muestras —acepta.

Una adolescente se acerca al mostrador con su amiga. Ambas observan primero los cuencos y luego a Leo y a mí.

—¿Lo habéis inventado vosotros? —pregunta una.

—Todo el equipo —respondo.

—Él dibuja cosas imposibles y nosotros las hacemos comestibles —añade Leo.

Le doy un codazo pequeño que solo alcanza su manga.

—Él cuenta segundos porque teme que alguien descubra que disfruta decorando.

Las dos chicas se ríen.

—Pues pegáis —dice la amiga.

Leo se queda con las pinzas suspendidas medio segundo.

—Los sabores —aclara ella—. Que los sabores pegan.

—Claro —digo—. Nosotros también hablábamos de eso.

No miro a Leo hasta que se alejan. Cuando lo hago, tiene la boca apretada para no sonreír.

—Profesionalidad impecable —murmura.

—No sabía que fueras tan sensible a la opinión del público.

—Solo cuando el público tiene razón.

La respuesta me persigue durante el resto de la cata.

Al cerrar la caja de valoraciones, Mara nos prohíbe contar tarjetas delante de clientes.

Esperamos hasta que el local queda vacío, limpiamos, guardamos cada producto y completamos los registros.

La impaciencia se mezcla con el sonido del agua, las puertas de las cámaras y el roce de las bayetas sobre el acero.

Después extendemos las tarjetas sobre una mesa.

Dani introduce los resultados. Leila lee comentarios. Mara vigila que no descartemos los menos favorables solo porque molestan.

—Presentación: alta —resume—. Sabor: alto. Facilidad para comer: alta. La salsa divide opiniones.

—Podemos ofrecerla medida y dejar un poco aparte —dice Leo.

—Salsa aparte —añado—. Volvemos al principio.

Nos miramos. El nombre del primer capítulo de nuestro cuaderno, aunque ninguno lo haya llamado así, regresa convertido en solución.

—Probadlo mañana —ordena Mara—. Por hoy, basta.

Leila y Dani se marchan juntos. Mara cierra su despacho y nos recuerda que quien salga último debe comprobar la puerta. Leo se pone la mochila. Yo guardo el cuaderno, pero no tengo ninguna prisa por irme.

—¿Caminamos? —pregunto.

Leo mira hacia la salida.

—Pensaba que las caminatas después del cierre no habían salido muy bien.

—La última terminó con información nueva.

—Terminó conmigo volviendo a casa y analizando una frase durante dos horas.

—¿Solo dos?

—Dos y media.

Salimos. El aire de la noche está más fresco que el del local y huele a suelo recién regado.

No hay un destino. Doblamos una esquina, cruzamos una plaza casi vacía y seguimos por una avenida en la que la mayoría de los comercios ya ha bajado las persianas.

El silencio que camina entre nosotros es únicamente nuestro.

Leo no intenta acercarse. Esa es otra de las cosas que me gustan de él: cuando le marco una línea, no la borra para averiguar cuánto puede invadir.

Soy yo quien tiene que moverla.

Nos detenemos junto a un banco. Una luz blanca cae desde una farola y convierte su tatuaje en un trazo de tinta sobre el antebrazo.

—He estado pensando en la prueba a ciegas —digo.

—¿En la salsa?

—En que a veces decides mejor cuando no sabes qué se supone que tienes que elegir.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

Leo se queda quieto. El tráfico lejano forma un rumor continuo, como una cámara frigorífica enorme escondida detrás de los edificios.

—Nico…

—No he cambiado de opinión sobre irme.

—No te he pedido que lo hagas.

—Lo sé.

—Ni siquiera te he pedido nada.

—Por eso quiero pedirlo yo.

Se le corta la respiración. Apenas, pero llevo demasiados turnos observando su ritmo para no notarlo.

Doy un paso. El espacio entre nosotros deja de ser una página, una puerta o cualquier otra cosa que pueda fingir que no entiendo.

—Leo, ¿puedo besarte?

Sus ojos bajan a mi boca y regresan a los míos.

—Sí —dice—. Por favor.

Apoyo una mano en su brazo. Él me toca la cintura con cuidado, como si también estuviera preguntando, y yo termino de acercarme.

El primer contacto es breve. Cálido. Tan sencillo que durante un instante me pregunto por qué he construido tantas razones alrededor. Leo no intenta retenerme cuando me aparto un centímetro. Espera.

Vuelvo a besarlo.

Esta vez ya no hay sorpresa. Solo su pulgar moviéndose sobre mi camiseta, mi mano subiendo hasta su nuca y una felicidad absurda que me obliga a sonreír en mitad del beso. Leo también sonríe. Nuestras frentes quedan juntas.

No se parece a los besos que había ensayado en mi cabeza durante los últimos días.

En ellos siempre sabía qué hacer con los brazos, cuánto debía durar y en qué momento apartarme.

Este tiene una pausa torpe cuando nuestras narices chocan y otra cuando yo me río.

Leo espera cada vez. No intenta convertir mi permiso inicial en un permiso para todo lo demás.

—¿Sigue estando bien? —pregunta.

—Sí.

—Vale.

—Puedes dejar de parecer tan sorprendido.

—Dame unos minutos.

—Tengo que irme antes de septiembre.

La broma sale sola. Me arrepiento en cuanto la oigo. Leo, sin embargo, no se cierra.

—Entonces tendré que administrarlos bien —dice.

Me besa una tercera vez, más breve. Cuando se aparta, no siento que me haya atrapado ni que yo haya firmado algo que no entiendo. Solo siento que he elegido estar exactamente aquí.

Eso es nuevo.

—¿Te acompaño? —pregunta.

—Sí.

Reanudamos el camino sin soltarnos del todo. A veces nuestras manos se separan para rodear a alguien o cruzar una esquina; después vuelven a encontrarse. No hay música ni destello que señale el cambio. La ciudad sigue igual. El que ya no encaja exactamente dentro del dibujo anterior soy yo.

—Esto complica mucho la prueba —murmuro.

—No. La prueba estaba clara.

—¿Desde cuándo?

Leo me mira como si la respuesta llevara semanas delante de mí.

—Llevo queriendo hacer eso desde el mango.