Capítulo 12 · Prueba a ciegas
Leo
El correo que confirma que el vídeo ha superado la fase llega a primera hora, junto con la autorización para preparar la cata con clientes. Dani reproduce un sonido de victoria en el teléfono. Mara nos deja celebrarlo exactamente diez segundos.
Cambiar el rabanito por lombarda ha conservado el color y reducido un gesto, pero también ha movido la acidez del conjunto.
Los dieciocho mililitros de ponzu siguen siendo el punto de partida, no una respuesta intocable.
Hoy no reiniciamos la receta: comparamos solo aquello que ha dejado de encajar.
Mara numera las salsas como si fueran pruebas de un delito.
A, B, C y D. Cuatro recipientes idénticos, cuatro cucharillas limpias para cada persona y una hoja donde tenemos que puntuar acidez, dulzor, textura y lo fácil que sería repetir el resultado durante un turno. No permite que Nico decore nada. Tampoco me deja explicar cuál prefiero.
—Si habláis antes de que todos prueben, os descuento puntos imaginarios —dice.
—¿Para qué sirven? —pregunta Dani.
—Para comprar premios imaginarios.
—Este trabajo tiene beneficios increíbles.
La cata se celebra una hora antes de abrir, con todo autorizado, etiquetado y frío donde debe estar frío. Las muestras de salmón y tofu se mantienen separadas. Leila coloca junto a cada salsa la ficha correspondiente y comprueba que la información esté actualizada.
Nico observa la mesa con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Desde que envió mi porfolio, la incomodidad entre nosotros ha cambiado de forma. Ya no es una pared. Es una puerta cerrada que los dos fingimos no mirar.
Pruebo la salsa A. Demasiado dulce. La B tiene una acidez rápida que desaparece enseguida. La C se queda en la lengua más de lo necesario. La D parte de los dieciocho mililitros de ponzu y suma unas gotas de lima para alargar la acidez sin cubrir el mango ni el pepino.
Marco la D.
Nico también.
—Qué sorpresa —dice Leila cuando recoge las hojas—. Los padres de la criatura están de acuerdo.
—Somos compañeros de proyecto —responde Nico.
Lo dice demasiado rápido.
Dani me mira por encima de su vaso de agua. Yo pruebo a concentrarme en el ruido de las cucharillas al caer en el recipiente de utensilios usados.
Mara suma las puntuaciones.
—Gana la D. Pero aún sobra un paso en el montaje y el rabanito en abanico queda oficialmente enterrado.
Nico se lleva una mano al pecho.
—Era joven. Tenía toda la vida por delante.
—Tardaba veintidós segundos —digo.
—No hace falta hablar mal de él ahora que no está.
Se me escapa una risa. Nico vuelve la cabeza hacia mí, satisfecho, como si ese sonido formara parte de la prueba y acabara de obtener la puntuación más alta.
Probamos la salsa ganadora con nori y sin él.
Con la lombarda y la lima, el acabado que antes completaba el sabor ahora repite una nota y añade un gesto.
Sin nori, una pequeña cantidad de sésamo aporta el final tostado sin tapar las dos proteínas.
Lo tachamos en la ficha. Me cuesta, pero no discuto con el cuenco.
Ensayamos la versión definitiva para la primera cata: arroz de sushi aliñado, una cantidad contenida de salmón o tofu marinado, pepino, edamame, mango, col lombarda encurtida, sésamo y la salsa D.
Probamos la cebolla crujiente como acabado opcional porque no todas las personas la quieren y porque pierde textura si espera demasiado.
Nico diseña dos tarjetas sencillas para que los clientes identifiquen las versiones sin confundirlas. Yo ajusto las cantidades. Leila revisa la información. Dani cronometra y reproduce desde el teléfono una fanfarria cada vez que bajamos de noventa segundos.
La cuarta fanfarria consigue que Mara amenace con confiscar el altavoz.
Por la tarde, después de cerrar, llevamos nuestras propias cenas a una zona de césped situada a diez minutos.
No transportamos muestras ni pescado crudo.
Mara ha dejado claro que una reunión de equipo no convierte un parque en una extensión de la cocina.
Cada cual lleva su cuenco ya terminado y Dani carga con una manta demasiado pequeña para cinco personas.
—Podemos sentarnos muy juntos —dice elle—. Así se consolida la cultura de empresa.
—O puedo sentarme en el suelo —responde Mara.
—Así se consolida la jerarquía.
Terminamos formando un círculo irregular.
El calor del día sigue atrapado en la tierra, pero corre una brisa ligera.
Hay familias cenando, dos perros que intentan negociar con todo el mundo y un grupo de adolescentes jugando con una pelota luminosa.
Las copas de los árboles ocultan casi por completo los edificios que rodean el parque.
Nico se sienta a mi derecha.
No pegado a mí. Tampoco lejos.
Antes de abrir los cuencos, Dani propone una norma.
—Cada persona tiene que contar algo que no sepamos del resto de su vida.
—No —dice Mara.
—Eso ya es información nueva: Mara odia la intimidad.
—Mara odia las dinámicas obligatorias fuera de horario.
Leila levanta la mano.
—Suspendí química la primera vez y estuve a punto de dejar la formación de nutrición antes de empezarla de verdad.
Dani baja el teléfono. Nico también presta atención. Leila cuenta que repitió el examen sin decírselo a casi nadie porque le daba vergüenza necesitar otra oportunidad. Mara no ofrece una moraleja. Solo dice que aprobar a la segunda también es aprobar.
Dani confiesa que la primera pieza que envió a una muestra recibió una respuesta de una sola palabra: «ruido».
Por eso quiere aprender producción de sonido sin dejar de escuchar lo que los demás llaman molestias.
Reproduce tres segundos de una grabación hecha durante el cierre: agua sobre acero, una puerta y el golpe de una tapa.
En sus auriculares parece el inicio de una canción.
—¿Y tú? —me pregunta Nico.
—Estoy esperando que una solicitud decida si tengo una vida interesante.
—Eso no cuenta.
—Sé reconocer el momento exacto en que una tanda de arroz necesita cinco minutos más solo por el olor.
—Eso tampoco cuenta —dice Leila—. Es trabajo.
Miro a Mara.
—¿Puedo negarme por motivos sindicales?
—No soy tu representante —responde.
Acabo confesando que aún guardo un billete de tren de cuando tenía diecisiete años. No explico de quién me despedí ni por qué no lo he tirado. Nico no pregunta. Solo acerca un poco su rodilla a la mía.
Cuando llega su turno, dice que puede recordar el color de todas las habitaciones en las que ha vivido, pero no la dirección de la mitad. Lo dice como una curiosidad. Yo oigo lo que hay debajo.
La manta sigue siendo demasiado pequeña, pero nadie se mueve para buscar más espacio.
Miro el círculo y entiendo que no nos hemos reunido porque Mara haya programado una actividad ni porque el concurso exija cohesión.
Estamos aquí porque, después de pasar horas entregando cenas a otras personas, alguien escribió en el grupo «¿comemos juntos?
» y todos dijimos que sí. Nico lleva pocos días, pero nadie le ha pedido que demuestre cuánto tiempo piensa quedarse antes de hacerle sitio.
Yo tampoco debería hacerlo.
Leila reparte trozos de bizcocho que ha preparado su hermana. Dani intenta grabar el sonido de los aspersores para un ejercicio de producción y Mara prohíbe hablar del concurso durante veinte minutos.
Duramos seis.
—El color morado funciona —digo.
Nico mastica antes de responder.
—Me gustaría enmarcar este momento.
—No he dicho que tuvieras razón.
—Has dicho que el color funciona. En mi idioma es una declaración de amor.
Leila tose. Dani se atraganta de mentira. Mara no levanta la vista de su cena.
—Fuera de horario no gestiono incidentes sentimentales —dice.
Nico baja la mirada al cuenco. La luz de las farolas le dibuja una línea cálida en la mejilla. Pienso en la otra noche. En su cuerpo detenido a medio paso del mío. En la frase que utilizó para apartarse y en el esfuerzo que he hecho hoy para no convertirla en una ofensa.
—Yo también tengo que reconocer algo —digo.
—¿Delante de todos? —pregunta Dani—. Espera, voy a grabar.
—Sobre el diseño.
Dani guarda el teléfono con decepción.
—Pensaba que solo querías hacer bonito el cuenco —continúo—. No entendía que estabas intentando que se leyera mejor. Igual que hiciste con mi solicitud.
Nico deja el tenedor.
—Y yo pensaba que eras territorial porque te gustaba mandar.
—No mando.
—Lo sé. Ahora.
—Solo tengo razón con mucha frecuencia.
—Eso aún está por demostrar.
La tensión se deshace con las risas. No desaparece; se vuelve habitable.
Más tarde, Mara se marcha primero y Leila acompaña a Dani a buscar una parada. Nico y yo nos quedamos recogiendo la manta. Él dobla una esquina hacia dentro. Yo tomo la opuesta. El primer intento produce un rectángulo torcido.
—Esto no habla muy bien de nuestra coordinación —dice.
—En el local hay líneas en el suelo.
—¿Necesitas instrucciones para doblar una manta?
—Necesito un compañero que no tire antes de tiempo.
Nico se queda quieto. La frase ha salido sin intención, pero los dos la oímos completa.
—Perdona —digo.
—No tienes que pedir perdón por todo lo que encaja demasiado bien.
Lo intentamos otra vez. Esta vez acompasamos los movimientos. Cuando juntamos las esquinas, nuestros dedos se rozan. No retiro la mano enseguida. Nico tampoco.
El parque se ha vaciado un poco. Los aspersores marcan un ritmo constante a lo lejos. Pienso en la solicitud enviada, en la cata, en la final que todavía no sabemos si alcanzaremos. Pienso, sobre todo, en los cincuenta y tantos días que quedan y en lo fácil que sería contarlos como una amenaza.
—Lo de la otra noche… —empiezo.
Nico suelta la manta y se sienta de nuevo. Yo hago lo mismo.
—Fui brusco.
—Fuiste claro.
—No son lo mismo.
—A veces sí.
—No quería decir que no me gustaras.
El corazón me da un golpe limpio, como el cierre de una tapa.
Nico mira al frente. La pelota luminosa de los adolescentes cruza la oscuridad en un arco verde.
—Solo quería decir que sé cómo terminan las cosas cuando alguien se va —añade.
—Yo también.
No le cuento toda la historia. No hablo de la persona que prometió mantener el contacto y después convirtió cada mensaje en un silencio más largo. No quiero usar una ausencia antigua para obligar a Nico a quedarse.
—Entonces entiendes que no quiera empezar —dice.
—Entiendo que tengas miedo. No sé si es lo mismo.
Nico gira la cabeza. Sus ojos parecen más oscuros bajo la farola.
—Tú no tienes miedo.
—Claro que sí.
—No lo parece.
—Porque soy bueno trabajando con prisa.
Sonríe, pero la sonrisa dura poco.
—Cuando mi madre encontraba otro empleo, llenábamos cajas —dice—. Al principio decoraba las habitaciones nuevas. Después dejé de hacerlo. Era más fácil recoger.
No intento explicarle que esta vez será distinto. No tengo derecho ni pruebas. Me limito a apoyar la mano sobre la manta, con la palma hacia arriba, entre los dos.
Nico la mira.
No la toma, pero coloca la suya al lado. Nuestros meñiques se tocan.
—Quizá mentí un poco —dice.
—¿Sobre qué?
Respira hondo. La noche parece contener el aire con él.
—Sobre no empezar nada con fecha de caducidad.