Un poke para dos Capítulo 10 · Fuera del uniforme
32%

Capítulo 10 · Fuera del uniforme

Leo

Fuera del uniforme, Nico camina más despacio.

En el local siempre tiene una dirección: de las bases a los complementos, de la taquilla a la línea, de una etiqueta a la siguiente. En la calle puede detenerse ante un cartel mal compuesto, cambiar de acera por una sombra o mirar durante diez segundos una ventana iluminada sin explicar qué busca.

—Vas muy rápido —dice.

Reduzco el paso.

—Tú vas muy lento.

—Estoy mirando.

—No hay nada.

—Eso te parece porque vas muy rápido.

La noche conserva el calor, aunque corre aire entre los edificios.

No mencionamos el vídeo durante las dos primeras manzanas.

Hablamos del turno, de una clienta que ha pedido la misma salsa tres veces porque olvidaba haberla elegido y de Dani convirtiendo el golpe de una tapa en un efecto dramático.

Nico lleva una camiseta verde clara. El pelo, libre de la gorra, se le riza junto a las sienes. Sus manos no sostienen nada. De vez en cuando se toca el bolsillo como si buscara el lápiz.

—Lo tienes en la mochila —digo.

—¿Qué?

—El lápiz.

—No lo estaba buscando.

—Claro.

—Comprobaba que tuviera llaves.

—También están en la mochila.

—Empiezas a saber demasiadas cosas.

Eso es precisamente lo que quiero.

Pasamos junto a una máquina de bebidas y compro dos limonadas. Nico intenta pagar la suya; le digo que puede invitarme otro día. La frase contiene un futuro pequeño. Él lo nota, porque mira la botella antes de aceptarla.

—Solo si no contiene mango —dice.

—No garantizo ausencia de referencias emocionales al mango.

—Voy a asumir el riesgo.

Nico pregunta cuánto llevo en el local. No cuánto tiempo trabajo allí, que ya lo sabe, sino cómo empecé.

—A los diecinueve —respondo—. Pensaba quedarme un verano.

—Eso suena conocido.

—Necesitaba pagar parte del alquiler del curso siguiente. Compartía piso con un conocido. Él estudiaba, yo había dejado un ciclo que no me gustaba y ninguno sabía cocinar algo que requiriera más de una sartén.

—¿Y sigues compartiendo con él?

La pregunta llega antes de que yo haya decidido contar esa parte.

—No. Se mudó al año siguiente. Yo me quedé en otro piso compartido y seguí en el local.

—¿Porque se te daba bien?

—Al principio. Luego también porque me gustaba.

Nico hace girar la botella entre las palmas.

—La gente habla de quedarse como si fuera falta de ambición.

—Y de marcharse como si siempre fuera avanzar.

—A veces solo es encontrar un alquiler que puedas pagar.

—Eso no queda bien en las frases inspiradoras.

—Puedo diseñar un cartel. «Persigue tus sueños dentro de una distancia razonable del transporte público».

—Con tres signos de exclamación.

—No vuelvas a mencionar esa etapa de mi carrera.

Nos reímos. La conversación podría haber terminado allí, en un chiste fácil. En cambio, Nico añade:

—Yo no me voy porque crea que aquí no hay nada. Me voy porque quiero aprender aquello. Son dos cosas distintas.

—Lo sé.

Y lo sé de verdad. El miedo no contradice la frase; solo habla por encima de ella algunas veces.

Seguimos hasta una plaza con bancos vacíos. Nos sentamos en el borde de una fuente apagada. Desde aquí el ruido del tráfico llega suave, sin órdenes ni pitidos. Yo sé trabajar con ruido. El silencio me obliga a elegir qué decir.

—El vídeo ha quedado bien —empiezo.

—Dani ha hecho que parezcamos competentes.

—Lo somos.

—Eso ha sonado muy seguro para alguien que quería borrar su cara.

—No me gusta verme.

—A nadie le gusta al principio.

—Tú te miras como si fueras una corrección pendiente.

Nico bebe limonada. La observación lo alcanza; lo sé porque deja de mover el pie.

—Estudio diseño —dice—. Es deformación profesional.

—No hablo del encuadre.

—Entonces no sé de qué hablas.

Podría retroceder. Hacer una broma sobre la salsa, proponer otra prueba o devolvernos al terreno donde ambos sabemos mover las manos. No quiero.

—De ti —digo.

Nico sostiene mi mirada. No parece sorprendido. Parece alguien que llevaba rato viendo acercarse una pregunta y esperaba que yo la hiciera bien.

—¿Siempre sabes cuándo te gusta un chico? —pregunta.

La palabra chico no pesa entre nosotros. Los dos somos abiertamente gais; en el equipo nadie ha necesitado un anuncio y fuera de él tampoco vivimos escondiéndolo. El problema nunca ha sido quién puede vernos. Es qué estamos dispuestos a ver nosotros.

—No —respondo—. A veces sé primero cuándo quiero quedarme un poco más.

—¿Y ahora?

—Ahora llevo cuatro manzanas caminando en dirección contraria a mi casa.

Nico gira la cabeza para mirar de dónde venimos.

—Pensaba que vivías hacia aquí.

—Vivo al otro lado del local.

—Eso es una estupidez.

—No quería terminar en la puerta.

Se ríe, pero después baja la vista. La botella cruje entre sus manos.

—Tengo diecinueve años —dice—, cambio de casa con demasiada facilidad y dentro de menos de dos meses quizá me vaya durante tres. No soy una decisión bien planificada.

—Yo tengo veintiuno, comparto piso con un chico que deja platos en el fregadero como instalación artística y no he enviado una solicitud que quiero desde hace meses. Tampoco soy una decisión.

—Has empezado la memoria.

—Porque tú la has ordenado.

—Yo hice preguntas.

—Las correctas.

El agua de la fuente no corre. Una hoja seca gira en el fondo empujada por el aire. Nico la sigue con la mirada hasta que queda atrapada junto al desagüe.

—Nora dice que me voy antes de marcharme —dice.

—¿La fotógrafa?

—Mi mejor amiga. Cuando sé que algo termina, empiezo a tratarlo como si ya hubiera terminado. Cambio menos cosas de sitio. Hago menos planes. Dejo de comprar comida para toda la semana.

—Eso parece incómodo.

—Es eficaz.

—¿Para qué?

Tarda en responder.

—Para no echar de menos una vida que ya he recogido.

Pienso en la amistad que terminó con mensajes cada vez más espaciados.

En la primera semana después de la mudanza, cuando todavía enviábamos audios largos.

En el mes siguiente, cuando yo preguntaba y la respuesta llegaba dos días después.

En el último mensaje, que conserva una marca de leído sin nada debajo.

—Yo hago lo contrario —digo—. Si alguien se va, intento que prometa que nada cambiará.

—Eso tampoco parece eficaz.

—No lo es.

—¿Quién se fue?

—Un amigo. Era la persona a la que llamaba para todo. Se mudó, encontró otra gente y dejó de responder. No hubo pelea. Solo menos sonido cada semana.

Nico no dice «lo siento» de inmediato. Me deja terminar.

—Desde entonces, cuando alguien habla de irse, oigo primero la parte en la que desaparece —añado.

—Yo no he desaparecido todavía.

—Ya lo sé.

El aire cambia. No de temperatura; de distancia. Estamos sentados lo bastante cerca para que nuestras rodillas se rocen. Nico no se aparta. Yo tampoco.

—Quiero besarte —digo.

Su respiración se detiene un instante.

—Eso ha sido directo.

—Estoy fuera del uniforme. Puedo probar otro método.

—¿Y si te digo que no?

—No te beso.

—¿Y mañana?

—Trabajamos. Sin cobrarte la respuesta ni hacerte sentir raro.

Nico me mira como si revisara una letra pequeña que no encuentra. Yo no me acerco. Quiero que la decisión recorra toda la distancia que queda.

—Pregunta —dice.

—¿Puedo besarte?

Sus ojos bajan a mi boca. Durante un segundo creo que va a decir que sí. Su mano se mueve sobre la piedra y queda muy cerca de la mía.

—No.

La palabra es baja y clara.

—Vale.

No retiro la mano de golpe ni finjo que había entendido otra cosa.

Nico cierra los ojos un momento.

—No es porque no quiera.

—No tienes que explicarlo.

—Quiero hacerlo.

Espero.

—No empiezo cosas con fecha —dice—. No cuando ya conozco el último día.

—El último día del contrato no tiene por qué ser el nuestro.

—Eso suena bien ahora.

—También puede sonar bien después.

—O puede convertirse en una promesa que ninguno sabe cumplir.

No puedo ofrecerle una garantía. Precisamente porque quiero besarlo, no quiero usar el deseo para venderle una seguridad que no tengo.

—Entonces no te prometo nada —digo—. Solo te he preguntado por esta noche.

—Y yo te he respondido con todos los meses siguientes.

—Sí.

—¿Te enfada?

Pienso antes de responder. Me duele. Me avergüenza un poco haber imaginado el beso con tanta seguridad. También sigo queriendo estar sentado aquí.

—Me habría gustado otra respuesta —digo—. No significa que la tuya esté mal.

Nico pasa el pulgar por la etiqueta de la botella.

—No quiero que ahora te alejes para demostrar que lo has entendido.

—Puedo respetar un no sin convertirme en hielo.

—La mayoría dice eso antes de ponerse rarísima.

—Yo ya era raro antes.

Sonríe. No es la sonrisa del vídeo, preparada para una toma. Es pequeña y cansada.

—Entonces mañana normal —dice.

—Normal con desacuerdos sobre la receta.

—Y sin comentarios de Dani.

—Eso no puedo prometerlo.

No hemos conseguido lo que yo quería. Sí hemos conseguido saber dónde estamos, y el lugar no se parece a una humillación ni a un final.

—Lo siento.

—No pidas perdón por decir que no.

La frase le afloja los hombros. Nos quedamos sentados. La tensión no desaparece; cambia de forma. Ya no es una pregunta escondida.

—Podemos seguir andando —propongo.

—Vas en dirección contraria.

—Puedo acompañarte hasta tu cruce.

—Eso añade otras tres manzanas.

—Sé contar.

Nos levantamos. Caminamos sin tocarnos, pero tampoco dejamos una distancia exagerada.

Nico cuenta una historia sobre Nora fotografiando durante una semana la misma persiana porque estaba convencida de que la luz cambiaba.

Yo le cuento que mi compañero de piso lleva cinco días usando una taza como maceta sin tierra.

En su cruce, nos detenemos.

—Mañana seguimos siendo equipo —dice.

—Mañana discutimos sobre el nombre.

—Y terminamos tu solicitud.

—Eso también.

—Buenas noches, Leo.

—Buenas noches, Nico.

Se aleja. No lo llamo, no intento cambiar su respuesta y no me quedo esperando que se vuelva.

Mi teléfono vibra cuando ya he recorrido una manzana hacia mi casa. Dani ha enviado el enlace privado del vídeo final al grupo del equipo.

La imagen de portada nos muestra a Nico y a mí inclinados sobre el mismo cuenco. Él está hablando. Yo no miro la receta.

Lo miro a él.

Nico no empieza cosas con fecha.

El problema es que, al ver esa imagen, entiendo que para mí esto ya ha empezado.