Un poke para dos Capítulo 9 · Sonríe para el vídeo
29%

Capítulo 9 · Sonríe para el vídeo

Nico

Nora afirma que una persona puede detectar el deseo por la forma en que alguien espera su turno para hablar.

—Eso no es fotografía —le digo por videollamada—. Es superstición con buena luz.

—La fotografía es superstición con buena luz.

Estoy en casa, diez minutos antes de salir hacia el rodaje. He apoyado el teléfono contra tres libros y Nora me examina desde su habitación, rodeada de cajas que siguen perteneciendo a mi madre.

—No hay deseo —añado.

—No he dicho que lo haya.

—Lo has colocado en la conversación.

—Tú lo has recogido muy rápido.

Le enseño las dos camisetas blancas del uniforme. Son idénticas salvo porque una conserva una sombra de ponzu que solo veo yo.

—La de la izquierda —decide.

—Es la manchada.

—Entonces la otra. ¿Quién dirige?

—Dani. Elle estudia sonido y ha preparado un guion.

—¿Y el chico del mango?

—Leo.

—Ya tiene nombre. Crecimiento narrativo.

Le corto antes de que pueda convertir el rodaje en una prueba pericial.

El local está iluminado por el sol de primera hora cuando llego. Las sillas siguen sobre parte de las mesas. Dani ha colocado el teléfono en un soporte, una grabadora fuera de plano y dos cartulinas blancas para rebotar la luz. Todo está en la zona pública, lejos de la preparación real.

Leila revisa los dos cuencos de demostración. Mara revisa a todo el mundo.

—Grabamos antes de abrir —dice—. Lo que se utiliza está medido. Cuando termine la franja, recogemos y empezamos la apertura normal. Si algo sale mal, repetimos la toma, no las normas.

Leo aparece desde la trastienda con el uniforme recién cambiado. El pelo todavía está húmedo y la línea tatuada de su antebrazo asoma cuando se remanga.

—Llegas tarde —le digo.

—Faltan doce minutos.

—Es una observación artística.

—Entonces carece de efectos laborales.

Dani nos da el guion. Yo debo abrir con una frase sobre dos formas de mirar el mismo cuenco. Leo explica que una idea también tiene que sobrevivir a la hora punta. Leila presenta salmón y tofu con el mismo peso. Mara no habla a cámara, decisión que ha defendido con éxito.

—No memoricéis cada palabra —dice Dani—. Quiero que sonéis como vosotros.

—¿Podemos reconsiderarlo? —pregunta Leo.

La primera toma dura nueve segundos.

—Empezamos con dos maneras diferentes de… —digo.

Leo entra antes de tiempo.

—Y una sola… Perdón.

—No pasa nada —responde Dani—. Otra.

En la segunda, yo digo «dos recetas» en vez de «dos maneras». En la tercera, Leo mira a cámara como si le acabara de pedir información sobre una alergia. En la cuarta, una tapa cae en la zona de lavado y todos giramos la cabeza.

—El sonido es aprovechable —dice Dani.

—El vídeo no —contesta Mara.

Nora tenía razón sobre esperar el turno para hablar. Leo me mira mientras digo mi frase, pero no está esperando el texto. Espera el momento en que yo deje de tensar los hombros. Cuando sonrío, entra con naturalidad.

—Una idea bonita no sirve si frena la línea —dice.

—Y una receta rápida no sirve si nadie quiere repetirla —respondo.

—Por eso la hemos hecho juntos.

Dani levanta la mano.

—Esa vale.

Nos miramos como si hubiéramos ganado algo. La cámara sigue grabando.

—Y eso también —añade elle.

Dani quiere después un plano corto de las manos escribiendo en el cuaderno. Coloca el soporte por encima de la mesa y nos pide que señalemos dos notas distintas sin tapar la portada.

—No sabemos actuar con los dedos —dice Leo.

—Se nota menos que con la cara.

Yo abro por la página de la receta. Leo señala los dieciocho mililitros; yo, el nori. Al movernos, nuestros índices se tocan. Los dos retiramos la mano, esperamos y volvemos a entrar a la vez.

—Esto es peor que la puerta del mango —murmuro.

—Esta vez no llevas medio kilo de nada.

—Llevo una reputación.

—Pesaba menos.

Dani mantiene la cámara grabando.

—No habléis del plano —dice—. Escribid algo.

Leo toma mi lápiz y añade junto a la medida: «La exacta, aunque Nico se burle». Yo escribo debajo: «Probar antes de contar». Su mano queda a un lado de la mía, la línea tatuada cerca del margen. Por primera vez no pienso en cómo dibujarla. Pienso en tocarla.

No lo hago.

Leila entra en cuadro para indicar la alternativa de tofu y nos desplaza con un movimiento de hombros.

—La receta es del equipo —recuerda.

—Gracias por rescatar el argumento —dice Dani.

Repetimos el plano con las tres manos. La de Leila coloca una T dentro del dibujo del cuenco. Leo rodea las dos proteínas. Yo trazo una flecha común hacia los complementos.

—Esa es la toma —decide Dani—. Se entiende sin explicar quién ha tenido cada idea.

Me gusta. También me incomoda que el plano en el que Leo y yo parecemos más cercanos sea precisamente el que deja claro que no estamos solos dentro de la historia.

Pasamos al montaje. Los dos cuencos ya tienen bases y proteínas preparadas para la demostración conforme a la planificación. Debemos añadir complementos, salsa y nori. Nada de fingir que cocinamos pescado en cuarenta y cinco segundos ni ocultar el trabajo de Leila.

—Nico, mango y pepino —indica Dani—. Leo, ponzu y final. Leila entra con el tofu. Movimiento limpio y miráis arriba al cerrar.

—Eso hacemos veinte veces al día —dice Leo.

—Entonces una saldrá bien.

La primera sale bien hasta la salsa. Leo acciona el dosificador y yo giro el cuenco demasiado pronto. Una línea de ponzu cruza el borde, cae sobre mi guante y termina en la parte frontal de mi camiseta.

Miro la mancha.

Leo me mira a mí.

—No digas nada.

—La camiseta te ha aceptado.

Me río antes de poder evitarlo. Él coge papel, pero se detiene a la distancia correcta.

—¿Puedo?

—Es salsa, no una intervención quirúrgica.

—No responde.

—Sí.

Limpia la parte superficial sin extenderla y me alcanza la camiseta de repuesto que Mara ya había exigido tener preparada. Su mano no toca mi cuerpo. Precisamente por eso noto cada centímetro entre los dos.

Dani baja la cámara.

—No puedo usar la mancha —dice—, pero todo lo anterior parece el inicio de una comedia romántica.

Leila se tapa la sonrisa con el dorso de la mano. Mara consulta el reloj.

—Cinco minutos para cambiarse y retomamos. La comedia abre al público a las once.

Me llevo la camiseta limpia al vestuario. Tengo un mensaje de Nora.

«¿Sigues vivo?»

Le envío una foto recortada de la mancha.

«El vestuario ha sufrido».

Responde con seis corazones amarillos y la palabra «mango», aunque la salsa no lleva mango. No pienso corregirla.

La siguiente toma funciona. Después grabamos a Leila explicando que las dos proteínas se han trabajado desde el principio. Dani toma planos cortos del cuaderno, evitando datos internos, y graba el sonido de una tapa al cerrar. Mara comprueba cada encuadre antes de autorizarlo.

Al final debemos probar la receta. Leo toma la versión con tofu; yo, la de salmón. Dani nos pide una reacción natural.

—Llevamos una semana probándola —digo.

—Fingid sorpresa —responde elle.

Probamos. Leo abre mucho los ojos y se lleva una mano al pecho.

—Nunca había experimentado nada igual.

—Pareces enamorado —digo.

El silencio dura una fracción de segundo.

—De la salsa ponzu —añade él.

—Claro.

Dani detiene la grabación.

—Esa toma va a una caja fuerte.

—Esa toma se borra —dice Leo.

—Veremos qué decide dirección.

—Yo soy dirección —interviene Mara.

—Entonces la guardo para mi montaje personal y privado, con vuestro permiso.

Leo y yo negamos a la vez.

Cuando terminamos, faltan veinte minutos para la apertura.

Recogemos el material y cambiamos de modo.

Las cartulinas desaparecen, las sillas bajan y el local deja de parecer un escenario.

Trabajo toda la mañana con la segunda camiseta, consciente de que Leo sabe que debajo de la primera mancha había aceptado que se acercara.

No ocurre nada extraordinario en el servicio. Eso es mentira. Ocurre que cada vez que nos miramos recordamos la palabra enamorado y los dos encontramos otra cosa que hacer.

Durante la pausa, Dani nos enseña un primer montaje sin música. Dura cincuenta y tres segundos. Se ve el mango, el nori, las dos proteínas y nuestras manos trabajando sin cruzarse. Al final, Leo dice «por eso la hemos hecho juntos» y yo lo miro antes de sonreír.

Nora vuelve a tener razón. El deseo puede detectarse en cómo alguien espera su turno. También en cómo olvida que hay una cámara.

El teléfono vibra sobre la mesa. Nora ha visto la captura que Dani nos ha autorizado a compartir dentro del equipo y me escribe en privado.

«No mira el cuenco».

«Está esperando su frase».

«Te está mirando a ti».

Bloqueo la pantalla. Vuelvo a abrirla.

«Aunque fuera verdad, me voy».

Nora tarda más esta vez.

«Eso no responde a si te gusta».

No escribo nada. La ausencia de respuesta ocupa la conversación entera. Al levantar la vista, Leo sigue mirando el montaje, pero golpea dos dedos contra la mesa con un ritmo que ya sé reconocer cuando está nervioso.

Me pregunto si Nora también podría fotografiar eso o si algunas cosas solo se ven cuando ya estás dentro del encuadre.

—Hay que recortar ocho segundos —dice Dani.

—Quita mi cara —propone Leo.

—Tu cara es la continuidad.

—Quita la mía —digo.

—La vuestra es una defensa coordinada y poco convincente.

Leila señala una explicación repetida y Dani la elimina. El vídeo queda en cuarenta y cuatro segundos. Mara lo aprueba para envío. Todos damos consentimiento para la versión final.

Al cerrar esa noche, Leo se cambia antes de salir. Lleva una camiseta oscura y vaqueros, sin delantal, sin gorra y sin ninguna razón profesional para quedarse junto a mi taquilla.

—¿Caminas? —pregunta.

—Normalmente.

—Me refiero a si vienes conmigo.

Miro el teléfono. Nora ha enviado una captura del vídeo con nuestras caras dentro de un rectángulo.

«Primer acto», escribe.

Guardo el móvil.

—Un rato.

Leo abre la puerta. Esta vez se aparta al lado correcto.

—He aprendido —dice.

Salgo junto a él, sin mango en las manos y sin uniforme detrás del que esconderme.