Un poke para dos Capítulo 2 · El nuevo
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Capítulo 2 · El nuevo

Leo

El nuevo consigue tirar medio kilo de mango antes de que abramos y, aun así, lo primero que recuerdo de él es la forma en que me responde.

La mayoría de quienes empiezan se disculpa incluso por ocupar espacio. Nico también pide perdón, sí, pero después levanta la barbilla y me informa de que yo he abierto la puerta en su dirección. No intenta librarse de la culpa. Solo se niega a llevársela entera.

Eso me hace gracia.

También me parece peligroso.

Tengo veintiún años y dos veranos de ventaja en el local. No soy encargado, instructor ni propietario de la receta secreta del arroz. Mara deja claro que Nico y yo pertenecemos a la misma categoría y que, si trabajo a su lado, es porque conozco el servicio, no porque pueda mandarlo.

Aun así, el segundo día entra once minutos antes y me descubre revisando su zona.

—¿Buscas otro mango? —pregunta.

—Compruebo que las tapas estén donde deben.

—Están alineadas por tamaños.

—Eso veo.

—Entonces has terminado.

Se ata el delantal. Hoy el uniforme sigue demasiado blanco, pero lleva una mancha diminuta en la zapatilla izquierda. El accidente ha sobrevivido al lavado.

—Mara dice que trabajamos juntos en el concurso —continúa.

—Mara dice muchas cosas.

—Normalmente con la voz de quien espera que se cumplan.

No puedo discutir eso.

La apertura suena como siempre: agua, etiquetas, el clic de las cubetas al encajar y Leila preguntando cuánto tofu queda preparado. Dani prueba una entrada de sonido con el zumbido de la cámara y Mara le recuerda que la música del concurso no puede interferir con el trabajo real.

Nico observa más de lo que habla. Ayer parecía dibujar el espacio con los ojos; hoy ya sabe dónde encontrar las etiquetas y qué puerta no debe bloquear. Me tranquilizaría más si no recolocara cada pila tres milímetros después de tocarla.

—No se van a escapar —le digo.

—No intento detenerlas. Intento que quepan.

—Caben desde antes de que llegaras.

—Entonces mi trabajo está hecho.

Sonríe sin mirarme. Tiene hoy el pelo más rebelde y un mechón le cae junto a la ceja. No debería notar esas cosas a las nueve de la mañana. El cuerpo, por desgracia, no consulta el horario.

La primera hora transcurre con calma. Nico atiende dos pedidos y comete solo un error: empieza a añadir maíz a un cuenco que no lo lleva, pero se detiene antes de tocar el resto. Pregunta, retira el cuenco según indica Mara y vuelve a empezar sin intentar esconderlo.

—Podría haberlo aprovechado para otro pedido —dice después.

—Solo si coincidiera y siguiera bajo control. No convertimos a un cliente en el destino de un error porque nos dé pena registrar una merma.

—Entendido.

No protesta, no compone una teoría sobre el maíz ni se pone a la defensiva. Lo anota mentalmente y sigue. Empiezo a sospechar que mi primera impresión —bonito, lento, temporal— quizá solo acierta en dos cosas.

A media mañana entra una chica con una mochila grande. Espera a que terminemos el pedido anterior y se acerca despacio.

—Antes de elegir, tengo alergia al sésamo —dice—. ¿Podéis decirme qué opciones hay?

Nico sostiene un cuenco vacío. Se queda quieto un instante. Ayer habría mirado a Mara antes de respirar. Hoy deja el cuenco en la zona correspondiente y responde:

—Claro. Primero vamos a consultar la información actualizada. Trabajamos con distintos ingredientes en un espacio compartido, así que no podemos prometer ausencia total de trazas.

La frase no sale recitada. Sale cuidadosa.

Me mira, no para pedirme la respuesta, sino para avisarme de que va a necesitar la carpeta de información. Se la acerco sin abrir por él. Mara se coloca a una distancia desde la que puede intervenir. La chica explica que conoce el riesgo y quiere revisar bases, proteínas, salsas y toppings.

Nico consulta cada elemento. No adivina. Cuando una salsa le genera duda por una advertencia, la descarta sin convertir su incertidumbre en una promesa. Mara confirma qué medidas podemos aplicar y cuáles no garantizan un entorno libre de contacto cruzado.

—Podemos cambiar utensilios, lavarnos las manos de nuevo y preparar el pedido en la zona indicada —explica Nico—. Aun así, el local utiliza sésamo. Si con esa información prefieres no pedir, lo entendemos.

La chica vuelve a leer la ficha y decide una combinación sencilla con ingredientes comprobados.

Seguimos el procedimiento. Yo preparo los utensilios limpios; Nico se lava las manos, se cambia los guantes y confirma cada paso.

No convierte la escena en un espectáculo.

Tampoco acelera porque detrás hayan llegado dos personas.

Al entregarle el cuenco, repite la información importante.

—Gracias por no decirme solo que sí —responde ella.

Cuando se marcha, la cola avanza. Nico tarda diez segundos en recuperar el ritmo.

—Has hecho bien en no improvisar —digo.

—Escuché a Mara ayer.

—Mucha gente escucha. Es más raro que luego recuerde.

—¿Eso era un cumplido?

—No te acostumbres.

Mara pasa junto a nosotros.

—Buen manejo —le dice a Nico—. La próxima vez, coloca la carpeta en el soporte después de consultarla. No sobre la mesa auxiliar.

—Sí.

Se le nota igual de satisfecho por la primera frase que preocupado por la segunda. Me reconozco demasiado en eso y aparto la vista.

La hora punta llega sin pedir permiso. Entran comandas digitales, una familia ocupa media cola mientras decide y Dani empieza a cantar números con una precisión que no encaja con el caos de su taquilla.

Nico trabaja conmigo en la línea. Sus movimientos todavía tienen pausas, pero ya no pide autorización a cada ingrediente.

—Integral, pollo, pepino, mango —digo.

—Lo tengo.

—Salsa aparte.

Coloca el recipiente junto a la tapa antes de que yo pueda recordárselo.

—Sé leer —añade.

—Es una habilidad valiosa en diseño.

—La enseñan el primer año.

Seguimos. En un pedido coloca el mango como si cada cubo hubiera pagado una entrada diferente; en el siguiente se adapta al ritmo. Cuando falta una tapa mediana, no cruza los brazos sobre mi zona: pide paso, la recoge y vuelve. No es rápido aún. Es seguro. La diferencia importa.

Después del servicio, Mara nos da veinte minutos para leer las bases del concurso.

Tiempo de trabajo, no deberes escondidos para casa.

El documento pide una propuesta compartida, dos opciones de proteína —una de ellas vegetal—, ingredientes ya disponibles o fáciles de incorporar, coste razonable y un montaje que sobreviva a una cola real.

—También puntúan el vídeo —dice Dani—. Ahí entro yo.

—Primero necesitamos una receta —respondo.

—La historia de la receta también cuenta.

—Nuestra historia empieza con fruta en el suelo.

—Eso es cine.

Nico hojea el calendario del concurso. En el margen del documento escribe un número pequeño: 57.

—¿Qué es eso? —pregunto.

Tapa la cifra con el pulgar.

—Nada.

—Es un cincuenta y siete. Sé leer. Primer año.

Mara responde por él mientras comprueba la planificación.

—Los días que quedan hasta el treinta y uno de agosto. Su último turno coincide con la final.

Miro a Nico.

—¿Te vas justo después?

—Si me aceptan en las prácticas y consigo pagar el depósito, sí.

Lo dice como quien enumera dos ingredientes. Sin entusiasmo y sin tristeza. Un plan colocado fuera de nuestro alcance.

—¿Y si no te aceptan? —pregunto.

—Buscaré otra cosa.

—Eso no es un plan.

—Es el plano general.

Nico dobla el documento justo por la línea de fechas. No quiere hablar del resultado posible, pero tampoco juega a que el trabajo sea una aventura sin consecuencias. El número no es una ocurrencia bonita en el margen. Es una cuenta que necesita que cada turno salga bien.

—Cincuenta y siete días son muchos —digo.

—Depende de para qué.

—Para aprender a transportar mango, suficientes.

Nico me apunta con el bolígrafo.

—No vuelvas a abrir una puerta cerca de mí y veremos.

Nos inclinamos sobre el documento. Él llena el margen de círculos; yo tacho ingredientes que añadirían pasos innecesarios. Discutimos durante siete minutos sobre si el aguacate debe formar parte de una receta que podría quedarse sin él en mitad de un turno.

—A todo el mundo le gusta —dice Nico.

—A todo el mundo le gusta hasta que está duro o se acaba.

—Ese es un problema logístico, no emocional.

—No has visto a una persona recibir la noticia de que no queda.

Leila se acerca y lee nuestras notas.

—Recordad que el tofu no puede ser «lo mismo sin salmón». Si la versión vegetal parece una disculpa, la propuesta no sale de aquí.

Nico escribe la frase. Yo la repito en voz baja para memorizarla.

La reunión termina sin receta. Mara quiere dos ideas de cada uno para el siguiente turno y una sola propuesta conjunta al final de la semana.

Durante la pausa abro en el teléfono la convocatoria de Dirección de Cocina.

Llevo semanas haciendo lo mismo: leo los requisitos, imagino que envío la solicitud y cierro antes de llegar al botón.

Piden que explique qué puedo aportar. Sé enumerar lo que hago; no sé convertirlo en una razón para elegirme.

Nico aparece a mi lado para llenar su botella y ve el título en la pantalla.

—¿Vas a presentarte?

Bloqueo el teléfono.

—Quizá.

—Eso significa no.

—Significa quizá.

—En diseño, si un cliente dice quizá, significa que no quiere pagarte.

—Aquí no eres mi cliente.

—Menos mal. Tu comunicación necesita trabajo.

Se marcha antes de que pueda responder. Vuelvo a abrir la convocatoria. Esta vez llego hasta la sección de motivación antes de guardarla.

Nico guarda el papel en una carpeta rígida. El número queda visible otra vez.

Cincuenta y siete.

Yo llevo dos veranos viendo entrar y salir gente. Unos se marchan a estudiar, otros encuentran un horario mejor y algunos dejan de aparecer sin despedirse. Nunca cuento cuánto falta. Es una manera eficaz de no convertir a nadie en una cuenta atrás.

Nico se cuelga la mochila.

—Mañana traeré ideas —dice.

—Que puedan montarse con dos manos humanas.

—Tú tienes seis. Te dibujaré luego.

Se marcha antes de que pueda preguntar qué significa eso.

El local recupera el zumbido del cierre. Cincuenta y siete días deberían sonarme a casi dos meses.

En cambio, ya suenan como un temporizador.