Un poke para dos Capítulo 1 · Medio kilo de mango
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Un poke para dos

Un poke para dos

Por Thom Ramus

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Capítulo 1 · Medio kilo de mango

Nico

Hay prendas que dan seguridad. La camiseta del uniforme me hace parecer un folio con piernas.

Está tan blanca, tan lisa y tan nueva que da miedo respirar cerca.

También llevo el delantal sin una arruga, las zapatillas limpias y el pelo oscuro recogido con más empeño del necesario.

Me he mirado tres veces antes de salir de casa.

No para comprobar si estoy guapo —sería una aspiración excesiva a las ocho de la mañana—, sino para asegurarme de que nadie pueda detectar a simple vista que no tengo ni idea de lo que hago.

Llego diecisiete minutos antes.

Quince sería puntualidad responsable. Diecisiete delata pánico.

La puerta todavía está cerrada y no veo ningún timbre. Pruebo a empujar. Nada. Acerco la cara al cristal, protegiéndome del reflejo con las manos, y una voz suena a mi espalda.

—Abrimos dentro de una hora.

Me vuelvo demasiado deprisa.

El chico lleva dos cajas de envases apoyadas contra el pecho. Tiene el pelo corto y ondulado, la piel tostada y una línea negra tatuada en el antebrazo, tan pequeña que parece una marca hecha para recordar dónde acaba la manga. Me mira como si yo fuera el primer problema sencillo del día.

—No vengo a pedir —digo.

—Eso dicen muchos hasta que ven el mango.

—Vengo a trabajar.

Su mirada baja hasta mis zapatillas, sube por el delantal doblado sobre el brazo y se detiene en la camiseta blanca.

—Ah. El nuevo.

No sé si me molesta más que no conozca mi nombre o que «el nuevo» le parezca suficiente.

—Nico.

—Leo.

Equilibra una caja sobre la cadera, abre y me deja pasar. El local sin clientes es el reverso de un decorado: luces a medias, cubetas vacías, superficies de acero y el zumbido constante del frío. Huele a arroz recién hecho y a algo cítrico que no sé identificar.

—Mochila allí. Manos primero. Mara te explicará todo lo demás.

—Sé lavarme las manos.

—Buen comienzo.

La mujer que aparece desde la zona de preparación tiene treinta y pocos, una coleta firme y la clase de expresión que convierte cualquier excusa en una pérdida de tiempo.

—Tú eres Nico Vidal —dice.

Al menos ella tiene mi nombre.

—Diecinueve años, estudiante de diseño y disponibilidad hasta el treinta y uno de agosto. Soy Mara. Mientras estés en turno, preguntas antes de inventar. Si dudas con una comanda, paras. Si dudas con un ingrediente, paras. Si dudas sobre si debes parar, también paras.

—¿Y si dudo sobre dónde dejar la mochila?

Señala el mismo armario que Leo.

—Ya tienes dos opiniones coincidentes.

Me presenta al resto. Leila, de veintidós, comprueba etiquetas con una concentración que hace parecer frívolo todo lo que ocurre a su alrededor. Dani, veinte, controla las comandas digitales y lleva una pequeña grabadora colgada del cuello pese a que todavía no hay nada interesante que grabar.

—Estoy reuniendo sonidos para una pieza —explica Dani—. No te preocupes si te acerco un micrófono a una tapa.

—Me preocuparé solo si la tapa responde.

Elle sonríe.

—Este quizá dure.

Mara me enseña la apertura sin ahogarme en instrucciones.

Comprobamos temperaturas, revisamos la rotación de lo preparado y colocamos cada utensilio con su ingrediente.

La línea avanza de izquierda a derecha: base, proteína, complementos, salsa, acabados.

Todo tiene un lugar, aunque el lugar de algunas cosas parezca decidido por una persona que odiaba los codos humanos.

Leo se mueve al otro lado sin tropezar jamás. No parece rápido porque corra. Parece rápido porque nunca tiene que volver atrás.

—Primero observa —me dice Mara—. Después haces uno con Leo.

—Podría hacerlo con él sin observar —dice Leo.

—Y podría pedirte que limpies la cámara durante toda la mañana.

—Observar es fundamental.

Preparamos un cuenco de práctica que servirá para la comida del equipo. Mara canta la combinación: arroz integral, pollo cocinado, pepino, edamame, mango, salsa aparte y sésamo. Leo monta la mitad inicial y me deja los complementos.

Distribuyo el pepino, dejo el mango frente al verde y giro el cuenco unos grados para equilibrar el color.

Leo cuenta en voz baja.

—No lo hagas.

—No hago nada.

—Estás contando segundos.

—Estoy respirando con precisión.

—Pues respira más despacio.

Mara examina el resultado.

—Está bonito. El cliente se lo comerá antes de que podamos exponerlo en un museo. Otra vez, con menos ceremonia.

En el segundo intento reduzco las decisiones. En el tercero cierro la tapa sin pelearme con ella. En el cuarto, Leo deja de mirar mis manos.

Eso me gusta más de lo razonable.

A media mañana, Leila me pide que lleve una cubeta de mango desde la mesa de preparación hasta la cámara de apoyo. Está cerrada, etiquetada y pesa medio kilo. La sujeto con las dos manos como si transportara una maqueta final.

Leo abre la puerta justo cuando paso.

No chocamos. Técnicamente.

Él se aparta a la derecha, yo intento corregir a la izquierda, volvemos a elegir el mismo lado y mi codo golpea el borde de la cubeta. La tapa se levanta. Los cubos de mango describen en el aire una composición amarilla de una belleza que dura menos de un segundo.

Después caen al suelo.

Nadie habla.

Dani pulsa la grabadora.

—El sonido ha sido increíble.

—Dani —dice Mara.

—Ya la apago.

Miro el mango alrededor de mis zapatillas. Medio kilo. He conseguido convertir mi primer turno en una merma antes de que entre el primer cliente.

—Lo siento —digo—. Ha sido…

—Un accidente —termina Leila—. No lo recojas con las manos.

Mara me da indicaciones: retiramos la cubeta, registramos la merma, limpiamos la zona y usamos otra preparada en condiciones. No hay gritos. Eso casi empeora mi vergüenza.

Leo sostiene la puerta para que Leila pase con el material de limpieza.

—He abierto hacia ti —me dice.

—Yo llevaba una caja transparente y amarilla. Tenía ventaja visual.

—Compartimos la culpa.

—El mango no parece de acuerdo.

Una esquina de su boca se mueve.

—Mañana lo intentamos con algo menos dramático. Pepino, quizá.

La puerta se abre al público poco después.

Al principio solo llegan dos personas y consigo atenderlas sin cambiarles la vida para mal.

Pregunto, repito, consulto cuando no sé.

Una clienta duda entre arroz de sushi y hojas; otro pide la salsa aparte y lo compruebo dos veces.

Leo trabaja cerca, pero no me quita nada de las manos.

Cuando la fila crece, mi cabeza quiere convertir cada cuenco en una página perfecta. La realidad no coopera. El arroz invade las hojas, el salmón no respeta el centro y el mango vuelve a aparecer como si no hubiera presenciado la muerte de sus compañeros.

Aprendo algo útil: el orden no significa inmovilidad. Significa saber qué no puede perderse cuando todo se mueve.

Al terminar el tramo fuerte, mi camiseta ya tiene una gota de ponzu cerca del bolsillo.

—Ahora sí pareces empleado —dice Leo.

—Pensaba que lo demostraba el contrato.

—El contrato no se ve desde la calle.

Comemos por turnos. Después Mara reúne al equipo junto a la mesa de descanso. Deja una carpeta en el centro.

—Este verano habrá un concurso entre todos los locales —dice Dani.

Mara lo mira.

—Entre todos los que presenten una propuesta.

—Era una forma de hablar.

—Pues prueba otra.

El concurso busca un poke de temporada creado por los equipos.

Habrá una primera selección por propuesta, un vídeo, una cata con clientes, una prueba de servicio y una final el treinta y uno de agosto.

La receta ganadora se ofrecerá durante un periodo limitado.

La gratificación se repartirá entre todo el equipo, y parte del premio incluye formación profesional.

Pienso en el depósito de la habitación de mis prácticas. En el correo que todavía no he recibido. En la cifra que he calculado tantas veces que podría dibujarla de memoria.

No puedo pedirle ese dinero a mi madre. No porque no quiera ayudarme, sino porque cada mes cambia la cantidad que entra en casa y yo ya he aprendido a no construir planes sobre un ingreso que todavía no existe.

El sueldo cubre una parte. La gratificación podría completar la otra.

De pronto, un concurso de comida ocupa el mismo lugar mental que una llave.

Mara reparte funciones.

Leila vigilará que la propuesta tenga una alternativa vegetal pensada desde el principio. Dani preparará la pieza audiovisual si superamos la selección. Mara revisará costes, seguridad y viabilidad.

—Nico y Leo harán el primer concepto —concluye.

Leo y yo hablamos a la vez.

—¿Por qué nosotros?

—Porque uno coloca medio kilo de mango en el suelo y el otro cree que puede resolverlo todo corriendo —responde Mara—. Quizá juntos lleguéis a una velocidad comestible.

Leo cruza los brazos.

—No he dicho que quiera participar.

—La formación del premio encaja con lo que llevas meses mirando sin solicitar.

Su expresión cambia tan poco que quizá solo lo noto porque llevo toda la mañana pendiente de él.

Mara se vuelve hacia mí.

—Y tú has preguntado durante la entrevista por todas las horas disponibles.

—Me gusta trabajar.

—Te gusta cobrar. Es más sano admitirlo.

Dani golpea la mesa con los dedos, improvisando una fanfarria.

—Tenemos equipo.

Leo me mira.

—¿Sabes cocinar algo que no sea visualmente equilibrado?

—¿Sabes mirar algo durante más de tres segundos?

—Esto va a salir muy bien —murmura Leila.

El turno termina entre limpieza, registros y una explicación de Mara sobre lo que se espera para la primera propuesta. Salgo con olor a arroz en las manos y una mancha amarilla que he descubierto en el lateral de una zapatilla.

Frente a la puerta, miro el calendario del teléfono.

Cincuenta y ocho días.

Eso es lo que queda hasta el concurso, el final de mi contrato y la fecha en la que debería marcharme a empezar otra vida, si consigo el dinero y las prácticas salen adelante.

Dentro, Leo levanta la cubeta vacía del mango para enseñársela a Dani. Los dos se ríen. Él me ve al otro lado del cristal y alza una ceja, como si la historia ya nos perteneciera a ambos.

Apago la pantalla.

Cincuenta y ocho días deberían bastar para no encariñarme con nada.