Capítulo 3 · Cincuenta y ocho días
Nico
Nora responde a mi primer mensaje del día con una fotografía de una caja de mudanza.
Debajo escribe: «Tu madre quiere saber si conservas los apuntes de primero o puede tirarlos».
Son las ocho y nueve. Estoy sentado en el borde de la cama, con un calcetín puesto y el otro en la mano. La caja de la foto lleva mi nombre en tres caligrafías distintas. Ha pasado por dos casas y un trastero.
«Que no tire nada», contesto.
«Eso dijiste la última vez».
«Esta vez es definitivo».
Nora tarda cuatro segundos.
«También dijiste eso».
Mi madre cambia de piso porque cambia de empleo, de alquiler o de idea sobre cuánto puede pagar. Nunca me ha faltado una cama. Lo que suele faltar es una pared en la que tenga sentido colgar algo. A los diecinueve ya sé embalar una habitación sin mirar las instrucciones de las cajas.
Las prácticas, si me aceptan, son en otra ciudad, demasiado lejos para ir y volver cada día.
He guardado el anuncio de una habitación y calculado el depósito que tendría que abonar una semana después de recibir la respuesta; todavía no he escrito.
El sueldo de verano me permite llegar si no gasto de más.
El premio del concurso convertiría el cálculo en algo menos parecido a caminar por el borde de una regla.
Nora lo sabe. Por eso fotografía las cajas antes de que mi madre las mueva. Dice que así, al menos, existe constancia de que mis cosas estuvieron juntas en algún momento.
Me pongo el segundo calcetín y cierro la conversación. Hoy no puedo llegar pensando en casas temporales. Tengo una hora punta por delante y dos ideas para un concurso que podrían pagar el depósito de otra habitación temporal.
Cuando entro, Leo señala el reloj.
—Nueve minutos antes. Vas mejorando.
—Mi objetivo es llegar exactamente a la hora el treinta y uno de agosto.
—Con cincuenta y seis días de entrenamiento, quizá lo consigas.
No esperaba que recordara el número. Me ato el delantal sin responder.
La primera idea que traigo es bonita. La segunda también. Leo considera que eso constituye un defecto compartido.
—Esta tiene nueve elementos —dice, mirando mis bocetos.
—Tiene siete ingredientes y dos acabados.
—Mis manos no conocen esa diferencia.
—Tus manos necesitan ampliar vocabulario.
—Mis manos sacan cuarenta pedidos sin ponerse filosóficas.
Mara guarda nuestras hojas.
—Las veremos después del servicio. Ahora necesito que estéis aquí, no dentro de un dibujo.
La mañana empieza tranquila. Demasiado. El local acumula silencio como una pantalla antes de cargar algo grande. A las doce y cuarenta entran tres personas. A las doce y cuarenta y dos suenan dos comandas. A las doce y cuarenta y cinco Dani coloca cinco bolsas en la zona de recogida.
—Se abre la función —anuncia.
—Números, no teatro —dice Mara.
—Ciento seis, ciento siete, ciento ocho.
La fila crece. Leo se coloca en bases y proteínas; yo recibo los cuencos en complementos y final.
Leila repone. Mara atiende en el mostrador y entra en línea cuando hace falta.
Dani ordena las comandas digitales con la memoria de quien podría recitar el pedido de una persona que vino el martes pasado.
Durante los primeros minutos, el sistema funciona. Leo canta, yo confirmo.
—Sushi, salmón, pepino y edamame.
—Lo tengo.
—Integral, pollo, maíz, mango. Salsa aparte.
Coloco el recipiente pequeño sobre la tapa correspondiente.
—Aparte.
Entonces llegan dos pedidos casi idénticos.
Mismo tamaño, misma base, mismo salmón, mango y pepino.
Uno lleva mayonesa picante integrada. El otro, ponzu aparte y sin sésamo por preferencia.
Las etiquetas impresas quedan una junto a otra.
Desde mi posición solo se ve el principio de las observaciones.
Leo termina la proteína del primero y alarga la mano hacia la mayonesa.
—Espera.
Se detiene con los dedos sobre el dosificador.
—¿Qué?
Giro las dos etiquetas. La que está más cerca no pertenece al cuenco adelantado. Dani las ha colocado por número de salida, pero uno de los recipientes ha cambiado de posición cuando Mara ha dejado paso a una clienta.
—Están cruzados.
Leo comprueba nombres y números.
—Bien visto. Este va aparte.
Corregimos el orden antes de añadir nada. Pongo el recipiente de salsa sobre la tapa, pero sé que no basta. En cuanto retiremos la tapa para cerrar, la señal desaparece.
Miro la zona. Hay dos soportes bajos que usamos para separar recogidas y pedidos presenciales. Uno está vacío.
—Mara —llamo—. ¿Puedo dejar los que llevan salsa aparte en el soporte vacío hasta el cierre? La etiqueta siempre delante.
Ella mira la cola, después el espacio.
—Mientras no mezcles canales ni tapes la numeración. Pruébalo y avisad todos.
—Salsas aparte, soporte derecho —digo.
—Recibido —responde Dani.
Leo mueve el primer cuenco allí. La diferencia se ve antes de releerla. No es un código secreto ni una decoración; es una decisión compartida.
Seguimos.
La cola cambia de forma, pero no desaparece. Una clienta pregunta tres veces cuál salsa pica menos. Un hombre añade un segundo cuenco cuando ya hemos cerrado el primero. Alguien pide aguacate extra y mira la cubeta como si quisiera calcular si recibirá una porción justa.
Mi cabeza registra colores, sí, pero empieza a registrar también recorridos. El espacio que necesita Leila para reponer. El giro que hace Leo antes de cerrar. El hueco donde Dani deja una bolsa cuando aún falta una bebida. Cada cosa se relaciona con otra aunque nadie vea las líneas.
—Quedan cuatro porciones de mango —aviso.
Leila ya está abriendo la cámara de apoyo.
—Reposición lista.
—Tres tapas grandes —dice Leo.
—A tu izquierda.
—Eso es mi derecha.
—Llevas toda la mañana trabajando al revés.
Se ríe en mitad de una comanda. Mara levanta una ceja. Seguimos sin discutir la orientación del universo.
El tramo fuerte dura treinta y siete minutos. Lo sé porque Dani anuncia la cifra cuando cierra la última bolsa.
—Nuevo récord de no perder a nadie.
—No medimos eso —dice Mara.
—Deberíamos.
La clienta de los dos pedidos casi idénticos vuelve desde una mesa con los recipientes vacíos. Durante un segundo pienso que hemos cometido algún error.
—Solo quería daros las gracias —dice—. Una salsa era para mi hermana y la otra para mí. Siempre terminamos intercambiándolas.
Dani señala el soporte.
—Hoy tenemos tecnología punta.
—Hoy alguien ha leído las observaciones —corrige Mara.
La mujer sonríe y se marcha. El agradecimiento dura menos que una notificación, pero cambia el tamaño de lo que acabamos de hacer.
No he salvado un proyecto ni diseñado una campaña.
He conseguido que dos personas reciban su comida como la pidieron.
Por primera vez desde que empiezo, el trabajo no me parece solo la forma de pagar lo siguiente.
Apoyo las manos contra mis piernas, lejos de la superficie de trabajo. Me tiemblan. No mucho. Lo suficiente para recordarme que mi cuerpo ha estado tomando decisiones antes de que yo pudiera dibujarlas.
Leo bebe agua y me tiende la botella cerrada que he dejado en el estante.
—Has parado la salsa a tiempo.
—Sé leer.
—Segundo cumplido retirado.
—Ya lo había archivado.
Mara revisa el servicio durante la reposición.
Mantendremos el soporte para salsa aparte solo si la posición sigue siendo clara en todos los turnos; primero debemos probarlo con el equipo completo.
No lo presenta como mi invento ni como una revolución.
Me parece bien. Las soluciones útiles no necesitan una placa con el nombre.
Después mira mis manos.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo necesito durar cincuenta y seis días.
La frase sale antes de que pueda corregirla.
Leila deja de cerrar una cubeta. Dani mira hacia mí desde las pantallas. Leo baja la botella.
—Necesitas trabajar cincuenta y seis días —dice Mara—. No resistir un accidente industrial.
—Ya. Era una forma de hablar.
—Pues prueba otra —repite Dani, devolviéndole su frase del primer día.
Mara casi sonríe.
Durante la pausa, saco el teléfono. Nora ha enviado otra foto. Esta vez sostiene una carpeta azul que reconozco.
«Porfolio de primero. ¿Salvamos?»
«Sí».
«Voy a cobrarte almacenamiento».
Le cuento lo de la hora punta y el sistema de salsas. No menciono que Leo ha recordado mi cuenta atrás ni que se ríe inclinando un poco la cabeza hacia atrás. Nora detecta omisiones como otras personas detectan faltas de ortografía.
«¿Y el chico del mango?»
«Trabaja aquí».
«Eso no responde a nada».
«Es la única información relevante».
«Tú decides qué es relevante cuando quieres huir».
Bloqueo la pantalla. Nora estudia fotografía y cree que todo lo que queda fuera del encuadre sigue existiendo. Es una teoría peligrosa para una mejor amiga.
Por la tarde revisamos las ideas del concurso. Leo ha dibujado tres círculos con palabras dentro. Parecen señales de tráfico diseñadas por una persona con prisa.
—Este tiene salmón, pepino, edamame y ponzu —explica.
—Eso ya existe en miles de cuencos.
—Porque funciona.
—El concurso no premia «cosas que ya funcionan».
—Tampoco premia construir una catedral con mango.
Mara nos escucha durante un minuto.
—Mañana quiero una sola dirección compartida. No dos recetas que hayan aceptado sentarse en la misma hoja.
Leo recoge mis bocetos antes de que pueda hacerlo yo. Los alinea con los suyos.
—Te los devuelvo mañana.
—Puedo llevármelos.
—Así me obligo a mirarlos más de tres segundos.
Hay un desafío en su voz, pero también una concesión. Me guarda las hojas dentro de su carpeta sin doblar las esquinas.
Al cerrar, salimos casi a la vez. El aire conserva el calor del día. Leo camina a mi lado hasta el primer cruce.
—Lo de antes —dice—. Lo de durar.
—Ha sido una frase.
—Una mala.
—Gracias por la crítica literaria.
—No tienes que demostrar que puedes aguantar. Si el turno se te viene encima, lo dices.
Me molesta que suene sincero.
—No necesito que me cuides.
—Perfecto. Porque no era una oferta. Necesito que no dejes al equipo sin saber que te estás bloqueando.
—Eso ha sido menos bonito.
—Y más útil.
Se despide con una mano. Yo continúo andando y abro el mensaje de Nora otra vez.
La frase sigue allí: según Nora, decido qué es relevante cuando quiero huir.
Escribo una respuesta, la borro y guardo el teléfono.
Me quedan cincuenta y seis días.
Por primera vez, contar hacia atrás no hace que el final parezca más cercano. Hace que me pregunte qué podría ocurrir antes.