36 #3
Esta decisión no es negociable y no depende de la compensación ofrecida.
Gracias por preguntar.
—¿Has visto la cifra? —dijo Celia, cuando ya lo tenían escrito.
—La he visto.
—¿Y?
—Y no cambia nada. —Se oyó una silla al otro lado—. ¿A ti te cambia algo?
—No. —Celia se apoyó en la pared del pasillo de su casa—. Pero quiero decirlo en voz alta una vez, porque no tengo trabajo desde el martes y porque si no lo digo ahora me lo voy a decir a mí misma en enero.
—Dilo.
—Es mucho dinero y no lo quiero.
—Vale.
—Y no lo quiero por una razón muy poco noble, que es que si vendemos esos veinte segundos, entonces la única cosa de todo el otoño que hicimos solo para nosotros pasa a ser lo último que vendimos.
Iñigo tardó un momento.
—Esa razón es bastante noble.
—A mí me parece que es de orgullo.
—Puede ser las dos —dijo él.
Paula contestó a las doce y cuarenta con una sola palabra: Entendido.
Y a las doce y cuarenta y uno con otra línea, que Celia no esperaba y que estuvo mirando un rato:
Para que conste, es la primera vez en once años que alguien me enseña su propia autorización.
El viernes por la mañana, Celia contestó por fin al correo de octubre.
Se llamaba Marea, eran seis personas, estaban en un bajo de Carabanchel y hacían documental por encargo y piezas para instituciones. Le habían escrito el catorce de octubre, en mitad de la salida tres, para preguntarle si le interesaba tomar un café.
Le contestó en cuatro líneas disculpándose por las seis semanas de retraso.
Le contestaron a los veinte minutos con una hora y un sitio para el martes siguiente, y con una frase que Celia leyó dos veces: ya sabíamos que estabas liada, lo hemos visto todo.
No era un trabajo. No era una oferta. Era un café el martes a las once con seis personas que no podían pagarle lo que cobraba en brUMA, y Celia lo apuntó en un calendario que a partir del veinticinco iba a estar vacío y lo miró un rato con una mezcla de vértigo y de algo bastante parecido al alivio.
Aquella noche cenaron en casa de Iñigo y estuvieron un rato largo sin decir nada importante.
Después Celia dejó el vaso.
—Oye.
—Dime.
—Que se acabó el proyecto.
—Se acabó el lunes.
—Ya. —Se giró en el sofá—. Digo que se acabó el pacto.
Él levantó la vista.
—Vale.
—Y quiero decirlo entero, porque llevo ocho semanas viendo lo que pasa cuando las cosas no están escritas. —Celia se enderezó—. Yo no quiero estar con nadie más. Ni ahora ni mientras esto sea esto. Y quiero saber si tú también.
—Yo tampoco quiero estar con nadie más.
—Dilo bien.
—Estoy contigo y no estoy con nadie más, y no quiero estarlo. —Iñigo se encogió de hombros—. Y no me pidas que lo diga más veces, porque me sale fatal.
—Te ha salido perfecto.
—Ha sonado a acta.
—Es que a mí las actas me tranquilizan mucho —dijo Celia.
—Oye, y ya que estamos con actas —dijo Iñigo—. Yo también quiero decir una cosa.
—Dila.
—Que yo no me voy.
Celia levantó la vista.
—Nadie ha dicho que te vayas.
—Ya. Lo digo yo. —Se echó hacia delante, con los codos en las rodillas—. Llevo once años yéndome de los sitios en cuanto tengo lo que he ido a buscar, y llevo ocho semanas diciéndote que ese es mi defecto como si fuera una anécdota simpática que se cuenta en una cena.
—Iñigo.
—Y este es el momento en el que yo me iría.
—Señaló vagamente la ventana—. Se ha acabado el proyecto, se ha publicado el máster, mi medio ha sacado su informe y ya no hay nada que supervisar.
Todo hecho. Todo firmado. Esta es exactamente la semana en la que yo, históricamente, me pongo a buscar otro tema.
—¿Y?
—Y me quedo. —Se encogió de hombros—. Y no te lo digo como una hazaña, porque no lo es. Te lo digo porque el día que se me olvide quiero que puedas recordármelo con fecha.
Ella lo miró un momento largo.
—Eso ha sonado a acta otra vez.
—Es que llevamos ocho semanas viviendo dentro de un contrato.
Se rieron los dos y después se quedaron callados, y ella hizo la última cosa que llevaba dos días preparando y que le costó más que la dimisión.
—Y quiero pedirte algo.
—Pídemelo mal.
—El viernes que viene. —Cogió el móvil y lo dejó otra vez—. He mirado trenes. Hay uno el viernes a las seis y cuarto y otro de vuelta el domingo por la tarde, y hay sitio en los dos. Y no voy a decirte adónde, porque no lo he mirado.
—¿Cómo que no lo has mirado?
—Que no he mirado el destino. He mirado que hay trenes.
—Celia se pasó la mano por la cara—. Iñigo, yo no sé hacer esto.
Yo sé reservar. Sé mirar cinco alojamientos, comparar, elegir el que tiene mejor acceso y llevar impresos los horarios del autobús comarcal.
Y lo he hecho en cuatro provincias este otoño y ha sido todo trabajo.
—Ya.
—Así que elige tú el sitio. Y el sábado por la tarde no hacemos nada.
—¿Nada de nada?
—Nada. No una tarde con margen. Una tarde sin plan.
Él tardó lo suficiente en contestar como para que a Celia le diera tiempo a arrepentirse dos veces.
—Vale —dijo él—. Pero te aviso de una cosa.
—Dime.
—Que voy a elegir mal.
—Ya lo sé.
—Y que voy a mirar el tiempo.
—Eso también lo sé —dijo Celia—. Por eso te lo pido a ti.