Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) Epílogo
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Epílogo

Epílogo

El tren salía a las seis y cuarto y Celia llegó a Chamartín a las cinco y media, que era cuarenta y cinco minutos antes de lo necesario y que fue lo único que no consiguió evitar.

Se compró un café, se sentó en un banco del vestíbulo y estuvo veinte minutos mirando el panel de salidas sin buscar nada.

Era la primera vez en dieciséis años que se subía a un tren un viernes sin llevar encima un plan de rodaje, una hoja de permisos o un archivo que revisar en el trayecto, y el cuerpo se le notaba raro por eso. Se descubrió dos veces buscando en el bolso una carpeta que no existía.

El martes había ido a Carabanchel a tomar un café con seis personas y había vuelto con una propuesta de tres meses, a media jornada, cobrando poco menos de la mitad de lo que cobraba en septiembre, para producir una serie de piezas para un ayuntamiento del sur de Madrid sobre polígonos industriales.

Había dicho que sí el jueves.

No se lo había contado a nadie más que a Iñigo y a su hermana, y las dos veces se había oído decirlo en un tono defensivo que no le gustó nada, como quien explica por qué ha aceptado algo pequeño.

Iñigo apareció a las seis menos cinco con una bolsa pequeña y una bolsa de papel.

—¿Qué llevas ahí?

—Rollos de canela.

Ella se rió.

—¿En serio?

—Los venden en el de la esquina de Bravo Murillo. —Se sentó a su lado—. Y antes de que digas nada: sí, ya sé que van a llegar aplastados.

—Van a llegar destrozados.

—Van a llegar aplastados —dijo Iñigo—. Los he metido encima de todo.

El destino lo había elegido él y no se lo había dicho hasta el martes, y cuando se lo dijo fue en un mensaje de cuatro palabras que decía únicamente el nombre del pueblo, sin adjetivos y sin enlace.

No lo buscó.

Le costó dos días y medio. La primera tarde llegó a escribir las cuatro letras en el buscador y cerró la pestaña.

La segunda estuvo a punto de mirar el tiempo, y no lo miró porque él ya se lo habría mirado.

Y el jueves por la noche, haciendo la bolsa, se dio cuenta de que llevaba treinta y cinco años sin subirse a un tren sin saber qué había al final.

—¿Por qué ahí? —le preguntó en el andén.

—Porque estuve en dos mil dieciséis haciendo unas fotos y me acuerdo de una cosa.

—¿De qué cosa?

—Ya lo verás.

—Iñigo.

—Que ya lo verás.

La cosa estaba cerrada.

Era un lavadero del siglo XVIII, con seis pilas de piedra y un tejado a dos aguas sostenido por columnas, y era, según Iñigo, lo más bonito que había fotografiado en aquella provincia en toda su vida.

Estaba en obras desde septiembre. Había una valla metálica, un cartel de una empresa de restauración, dos andamios y una lona verde tapándolo entero.

Los dos se plantaron delante de la valla el sábado a las once y veinte de la mañana, con la lona dando golpes con el viento.

—Vaya —dijo Celia.

—Te avisé de que iba a elegir mal.

—No has elegido mal. Está en obras.

—Que es una manera de elegir mal.

Estuvieron un rato mirando la lona.

—¿Quieres que busque otra cosa? —dijo Celia, y se oyó decirlo, y se calló ella sola—. Perdona.

—¿Perdona por qué?

—Por nada.

Él se rió.

—Dilo.

—Que llevo diez segundos calculando qué hay a menos de veinte minutos y con qué frecuencia pasa el autobús —dijo Celia—. Y que no lo voy a hacer.

—Vale.

—Y que me está costando bastante.

—Ya lo veo.

Desayunaron por segunda vez en un bar de la plaza, porque no había otra cosa que hacer y porque eran las once y media.

Estuvieron una hora. Después dieron una vuelta por el pueblo, que tenía tres calles y una iglesia cerrada, y a la una y cuarto se metieron en el único sitio que había abierto, que era una tienda que vendía a la vez pan, pilas y garrafas de lejía, y compraron una lata de aceitunas sin ninguna razón.

Comieron a las dos y media.

Y a las cuatro y veinte, sentados en la habitación de una casa rural con dos camas de noventa que habían juntado sin comentarlo, Celia miró por la ventana y dijo:

—Bueno.

—Bueno.

—Pues ya está la tarde sin plan.

—Ya está.

—Es rarísimo.

—Es rarísimo —dijo Iñigo.

Estuvieron dos horas en aquella habitación sin hacer nada.

Fue, con diferencia, lo más incómodo del fin de semana y lo que Celia recordó mejor un año después.

A las cuatro y media se levantó a mirar por la ventana.

A las cuatro y cuarenta se sentó otra vez.

A las cinco menos veinte le preguntó a Iñigo si quería que bajaran a por algo, y él le dijo que no, y ella dijo vale y estuvo dos minutos y medio dándole vueltas a si aquello era un no de verdad o un no de cortesía.

A las cinco menos diez cogió el móvil, abrió el correo por costumbre y lo cerró sin leer nada.

—¿Cuánto llevamos? —dijo.

—Cuarenta minutos.

—¿Solo?

—Cuarenta y dos.

—Es larguísimo.

—Es larguísimo —dijo Iñigo, que estaba tumbado en la otra cama con un libro abierto por la misma página desde la una y media—. Yo llevo desde el jueves haciendo como que leo.

—¿Y por qué no lo has dicho?

—Porque tú me pediste una tarde sin plan y me pareció que decirte que estaba aburrido era estropeártela.

Y ella se rió.

—Estamos fatal.

—Estamos fatal.

Empezó a llover a las cinco menos cuarto.

Salieron a las siete porque a Celia le entró una inquietud física que no supo colocar en ninguna parte y porque él lo notó antes que ella.

—Vamos a dar una vuelta.

—Está lloviendo.

—Ya.

Bajaron la escalera y en el perchero de la entrada estaba el paraguas amarillo, que Celia había sacado de la funda el viernes por la mañana y había metido en la bolsa sin pensarlo mucho.

Tenía el mango negro de la ceniza del Bierzo. Tenía la varilla partida de Oteruelo colgando por fuera de la tela como un hueso mal puesto. Tenía dos manchas grises en el faldón que Amaya llevaba desde el nueve de noviembre prometiendo quitar con agua y jabón.

Lo abrió en la puerta y aguantó cuatro minutos.

En la esquina de la iglesia, con una racha de viento de las que no avisan, se le dio la vuelta entero, se le partió una segunda varilla y la tela se rasgó desde el borde hasta la mitad.

Los dos se quedaron parados debajo de aquello.

—Bueno —dijo Celia.

—Ya no.

—Ya no.

Lo cerró como pudo, con la tela colgando por un lado, y lo llevó en la mano el resto del paseo como se lleva una cosa que ya no sirve y que no se puede tirar en mitad de una calle.

Anduvieron veinte minutos mojándose. Ella tenía el pelo pegado a la frente y él llevaba el cuello del abrigo levantado y no servía de nada, y en algún momento, delante del bar de la plaza que ya estaba cerrado, Celia se paró.

—Oye.

—Dime.

—Te quiero.

—Y yo a ti.

No lo dijeron con ninguna solemnidad. Lo dijeron como se dice una cosa que ya está dicha y que se dice otra vez porque apetece, y después siguieron andando, y ninguno de los dos añadió nada.

Cuando volvieron, la bolsa de papel llevaba desde las seis y cuarto de la tarde anterior en el fondo de la mochila de Iñigo, debajo de un jersey, un neceser y una cámara.

Sacó la bolsa y la puso encima de la mesa.

Los cuatro rollos de canela estaban aplastados, deformes y pegados unos a otros, con el azúcar hecho una pasta y un lado hundido del todo.

Los miraron los dos.

—Se pueden separar —dijo Iñigo.

—Se pueden.

—Con un cuchillo.

—Con un cuchillo se pueden separar perfectamente.

Ninguno de los dos fue a por el cuchillo.

Lo pensó. Estaba a metro y medio, en un cajón que había abierto esa misma mañana buscando una cucharilla, y separarlos habría llevado cuarenta segundos y habrían quedado cuatro rollos presentables en un plato.

Miró el cajón el tiempo exacto que tarda una persona en decidir no hacer una cosa que sabe hacer perfectamente.

—¿Qué? —dijo Iñigo.

—Nada.

—Ibas a por el cuchillo.

—Iba a por el cuchillo.

—Y no vas.

—No voy —dijo Celia, y cogió uno con la mano.

Se los comieron así, de pie en la cocina de una casa rural, con la lluvia fuera y el paraguas amarillo roto apoyado en el marco de la puerta, chorreando encima de un felpudo que no era de nadie.

—Están buenísimos —dijo Iñigo.

—Están aplastados.

—Están aplastados y buenísimos.

Se limpió el azúcar de los dedos en el pantalón, que era una cosa que no había hecho en toda su vida adulta, y miró el paraguas del marco de la puerta.

Lo había cogido de un cajón de atrezo el veinticuatro de septiembre a las siete y media de la tarde, en una oficina de la calle Zurbano, con la sensación agradable de estar tomando prestado algo suyo, y para llevarlo a una celebración que se canceló mientras ella iba andando.

Ahora estaba en el suelo de una casa que no era de nadie, roto por dos sitios y con la tela rasgada hasta la mitad.

Pensó, muy de pasada, que había que tirarlo.

Y no lo dijo, y él tampoco, y a la mañana siguiente lo metieron en la bolsa como estaba, sin funda, con la varilla asomando, y se lo llevaron a Madrid.

El correo llegó el domingo a las siete y veinte de la tarde, en el tren de vuelta, entre Ávila y Madrid.

Lo vio porque tenía el móvil en la mano y porque el asunto llevaba una palabra que no había visto nunca.

La Aurora — propuesta

Lo leía una mujer que se llamaba Teresa Belmonte y que se presentaba en la primera línea como propietaria de una pista de hielo de Madrid que se llamaba así y que llevaba abierta desde mil novecientos setenta y uno.

Decía que la pista cerraba definitivamente al terminar la temporada siguiente, en marzo del año que viene y pico, porque el edificio se vendía y porque ella tenía setenta y ocho años.

Decía que había visto los siete episodios y el máster.

Decía que quería que alguien documentara el último invierno de aquel sitio. Las parejas que se habían conocido allí. Las pedidas que habían salido bien y las que no. Las clases de los sábados por la mañana. Los cuarenta y tres años que llevaba una señora llamada Puri limpiando aquel hielo.

Y decía, en el último párrafo, que no había prisa: que la temporada empezaba en octubre del año siguiente y que ella les escribía con once meses de antelación porque a su edad prefería tener las cosas habladas.

Lo leyó entero y después le pasó el móvil a Iñigo sin decir nada.

Él lo leyó dos veces.

—Once meses —dijo.

—Once meses.

—Eso es mucho tiempo.

—Es muchísimo tiempo —dijo Celia.

Y estuvieron un rato mirando por la ventanilla, donde ya era de noche y donde el campo pasaba negro con las luces de las urbanizaciones al fondo, exactamente igual que el tres de octubre camino de Segovia, cuando quedaban siete fines de semana y ninguno de los dos sabía absolutamente nada.

—¿Contestamos? —dijo Iñigo.

—Mañana.

—Vale.

Se guardó el móvil en el bolsillo del abrigo, donde había un billete de tren usado y un envoltorio de papel con azúcar pegado, y se apoyó en su hombro.

Y en algún momento de esos veinticuatro minutos, Celia pensó, sin ninguna intención de decirlo en voz alta, que había un sobre cerrado en una caja de madera de una casa de piedra a ciento y pico kilómetros de allí, con su letra por fuera y con una fecha apuntada en un cuaderno por una mujer llamada Sagrario.

Se acordaba perfectamente de lo que había escrito. Lo había escrito de espaldas, en ocho o nueve minutos, sin parar ni una vez.

Y no pensaba decírselo a nadie hasta que llegara.

Quedaban veinticuatro minutos hasta Madrid.