Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 36 #2
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—Que es verdad y ese es el problema. —Celia se apoyó en el respaldo de la silla, de pie, como el jueves—.

Damián, tú no me has hecho nada ilegal. No me has mentido, no me has falsificado un documento y no me has echado.

Ordenaste cuatro papeles que eran verdad y los mandaste un domingo por la noche.

—Los ordené para tenerlos.

—Puede. —Se encogió de hombros—. Y aunque fuera así, yo no puedo volver el lunes a esta oficina y trabajar contigo sabiendo que si vuelve a pasar algo así vas a hacer exactamente lo mismo. No porque seas mala persona. Porque tienes cuarenta y una nóminas y porque es lo que hay que hacer.

Damián no contestó.

—Y hay otra cosa, y esta es mía y no tuya. —Celia miró la mesa—. Yo llevo seis años siendo la persona que resuelve. Y he descubierto este mes que la persona que resuelve es también la que firma, y la que firma sola es la que se queda sola. Y eso no lo arreglas tú dándome un despacho.

Estuvieron unos segundos en silencio.

—¿Tienes algo? —dijo él.

—Tengo finiquito y tres meses de ahorro.

—Eso no es tener algo.

—Tengo una conversación pendiente con una productora de seis personas que me escribió en octubre y a la que no contesté porque estaba montando un vídeo sobre castañas. —Cogió el bolso—. Eso tampoco es tener algo. Es una conversación.

Damián se levantó y le tendió la mano por encima de la mesa, y ella se la dio.

—Los contratos de Nadia, Tomás, Quique y Amaya llegan hasta el veinticuatro y los paga la campaña —dijo Celia—. Está firmado con Óliver.

—Ya lo sé.

—Y Amaya va acreditada en el máster. Dirección de arte, con su nombre.

—Eso lo he visto en la ficha esta mañana.

—Lo he puesto yo esta mañana.

—Ya me lo imaginaba —dijo Damián.

—Una última cosa —dijo Celia, ya de pie—. Y te la digo porque te la debo.

—Dime.

—Gracias por lo del veinticinco de septiembre.

Damián levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque me dijiste que no íbamos a mover el nombre de Amaya, y no lo movimos. Ni tú ni yo, ni cuando se puso feo. —Se colgó el bolso—. Y esa chica tiene veintisiete años y va a seguir trabajando en esto treinta más.

—Eso lo habría hecho cualquiera.

—No. —Celia abrió la puerta—. Eso no lo habría hecho cualquiera, y yo llevo dos meses aprendiendo la diferencia.

Salió a las seis y treinta y cuatro.

Iñigo seguía en el pasillo.

No preguntó nada. No dijo cómo ha ido . Se separó de la pared, echó a andar a su lado hacia la escalera y a la altura del rellano le dijo una sola cosa, que fue que había un sitio en Ponzano donde ponían unas croquetas decentes.

El máster se estrenó el lunes veinticuatro a las seis de la tarde.

Duraba tres minutos y cuarenta y ocho segundos, lo vieron cuatro veces más personas de las que habían visto el episodio uno, y a las nueve de la noche había en internet una discusión bastante seria sobre doce segundos de una señora con un carro de la compra.

Lo vieron desde el sofá de su casa, con el móvil bocabajo encima de la mesa.

A las seis y cuatro, Amaya mandó al grupo del equipo una captura de la ficha del máster con su nombre en el campo de dirección de arte, sin escribir nada. Nadia contestó con un corazón. Quique contestó ese cargo lo puse yo, de nada . Tomás no contestó.

A las seis y veinte llamó Nadia.

—¿Lo has visto?

—Lo estoy viendo.

—Yo lo he visto tres veces y me he puesto tonta en la tercera, así que no me hagas hablar. —Se oía a un niño de fondo—. Oye, una cosa. Lo de la señora del carro. ¿Le has mandado el vídeo?

—Se lo mandó Julián esta mañana.

—¿Y qué ha dicho?

—Que se le oye muy bien —dijo Celia—. Y que le diga usted a la del carro que la próxima vez no espere veinte minutos.

Nadia se rió con ganas y colgó.

Y a las once y media, cuando ya estaban recogiendo la cena, entró un mensaje de un número de Segovia que Celia no tenía guardado.

Soy Fermín Aldaz. He visto el vídeo. Sale el nombre del pueblo dos veces y sale mi apellido en el banco. Está bien. F.

Le enseñó el móvil a Iñigo sin decir nada.

—¿Le contestas? —dijo él.

—No sé qué se contesta a eso.

—Gracias.

—Gracias es poco.

—Gracias es exactamente lo que hay —dijo Iñigo.

Escribió gracias y lo mandó, y Fermín Aldaz no volvió a contestar, ni aquella noche ni nunca, que era también, seguramente, lo que había que hacer.

A las nueve, la discusión sobre los doce segundos ya no iba de la campaña.

Iba de otra cosa que Celia no había previsto y que se pasó tres días leyendo con una sensación difícil de nombrar: la gente contaba dónde había esperado ella.

En un rodaje de una serie en su calle. En una boda ajena que cortó el paseo marítimo.

En una feria de su pueblo. En un anuncio de coches que ocupó el aparcamiento del centro de salud un martes por la mañana.

No era indignación. Era, en su mayor parte, gente contando una cosa pequeña que le había pasado y que hasta ese lunes no le había parecido que se pudiera contar.

Rosa Bao publicó el informe final de CONTRALUZ el martes veinticinco a las once en punto.

Tenía nueve páginas, incluía la cronología completa del veto, la nota de conflicto con su fecha y una última línea que decía que el medio daba por concluido el acuerdo y que no volvería a firmar uno igual con el mismo anunciante en los dos años siguientes.

Doscientas personas del sector lo leyeron. Ciento y pico dijeron lo que Rosa había dicho que iban a decir. Y unas cuantas, no muchas, dijeron la otra cosa, que era que la única campaña de aquel año en la que se sabía quién había firmado qué era aquella.

Lo que pasó en los días siguientes fue, en su mayor parte, lo que ya estaba pasando antes.

Marisol Quero vendió ciento y pico llaveros con la torre buena y le quedaron noventa y tantos de los otros, que siguió poniendo en el escaparate, y que siguió explicando a quien preguntaba.

Charo cerró dos de las siete habitaciones el quince de diciembre y las volvió a abrir en Semana Santa.

Julián Nespral consiguió la subvención del aparcamiento de la era en marzo, con un retraso de dos meses sobre lo previsto, y en abril seguía teniendo cuatro voluntarios de sesenta años.

Fermín Aldaz no volvió a hablar con la prensa y en enero puso un cartel pequeño en su portal que decía aquí vive gente .

Y Iñigo no recuperó su investigación. Elvira Sanz publicó una segunda pieza en diciembre, con dos fuentes nuevas, y él le mandó un mensaje diciéndole que estaba bien y que la del tejado esloveno seguía sin sostenerse.

Y Damián Cifuentes conservó la agencia, la cuenta y las cuarenta y una nóminas.

Nadia Ferrer terminó el contrato el veinticuatro, cobró la última nómina el treinta y empezó en enero en una productora de publicidad de coches, con un horario peor y un sueldo mejor.

El quince y el dieciséis de noviembre los había pasado con sus hijos, porque lo había arreglado ella en octubre, y le había costado el favor que no quería deber.

Tomás Cobo apareció acreditado en el máster como técnico de sonido directo y ambiente, con el cargo bien escrito, y en diciembre se fue a Bruselas cuatro días.

Quique cobró las horas del miércoles.

Y Amaya Torres, cuyo nombre figuraba en la ficha del máster en el campo de dirección de arte, mandó la solicitud del máster de Barcelona el nueve de diciembre y se lo dijo a Celia por teléfono con una mezcla de culpa y alegría que a Celia le pareció, oyéndola, exactamente lo que tenía que sentir una persona de veintisiete años.

Paula escribió el jueves veintisiete a las once y cuarto de la mañana.

El correo iba dirigido a Celia y a Iñigo, con copia a Rosa Bao y a Óliver, y tenía cinco líneas.

Decía que el máster estaba funcionando por encima de lo previsto en todo menos en conversión.

Decía que para la ola de enero querían preparar tres piezas cortas de pago.

Y decía que solicitaban formalmente la ampliación de derechos de la toma de veinte segundos del episodio seis para montaje recopilatorio y soportes de pago, con una compensación económica que figuraba en la línea cuatro y que era, objetivamente, mucho dinero por veinte segundos.

Lo leyó en el metro, de pie, entre Cuatro Caminos y Nuevos Ministerios, y se le pasó la parada.

La cifra de la línea cuatro era, en números redondos, cuatro meses de su sueldo anterior. Para los dos, ocho. Por veinte segundos de dos personas de pie bajo un paraguas roto sin decir nada.

Y no era una trampa. Ese era el precio de mercado de una imagen que funciona, calculado por una directora de marketing que llevaba once años calculando esas cosas y que lo había puesto en el correo precisamente porque no quería que después nadie dijera que había pagado poco.

Se bajó en Nuevos Ministerios, cruzó al andén de vuelta y estuvo los cuatro minutos de espera haciendo una cuenta que no le hacía ninguna falta hacer y que hizo igual: cuatro meses de sueldo eran, exactamente, algo más que sus tres meses de ahorro.

Él lo leyó en su cocina.

Se llamaron a las once y media y estuvieron cuarenta segundos al teléfono.

—¿Tú qué quieres hacer? —dijo él.

—Yo lo tengo clarísimo. ¿Y tú?

—También.

—Pues ya está.

Contestaron a las doce y cuarto, los dos en el mismo correo, con las dos firmas.

Adjuntaron una foto de las dos hojas plastificadas del nueve de noviembre, firmadas con rotulador encima de una mesa de camping en una era del Bierzo, con las tres casillas y una sola marcada, con el código de tiempo escrito en el margen por Nadia Ferrer.

Y escribieron tres líneas:

Autorizamos la toma exclusivamente para el episodio semanal, tal como consta en la autorización firmada el 9 de noviembre. No autorizamos su uso en el montaje recopilatorio ni en soportes de pago.