Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 36
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La ola llegó a las diez y cuatro y Celia la leyó a la una menos veinte, en la cocina, en pijama, con el pelo mojado y con un hombre haciendo tostadas detrás.

Eran tres páginas.

Elementos recordados del B , por orden: la señora esperando con el carro, la tabla de horarios, el pueblo que se llamaba de alguna manera, los tres segundos en negro.

Elementos recordados del A : el fuego, las castañas, el paraguas amarillo.

Confianza a 48 horas. B: sesenta y cuatro. A: cuarenta y tres, ocho puntos menos que en la primera lectura.

Y debajo, otra vez con la letra de Berta Nogal, el párrafo que Celia leyó tres veces:

Advertencia. Estos datos no contradicen la primera ola.

El extracto A sigue generando más intención inmediata.

Lo que muestran es que esa intención se degrada más deprisa y que el recuerdo se concentra en elementos genéricos, no atribuibles a un destino concreto.

Con una muestra de cincuenta personas, esto es un indicio, no una demostración.

Se sentó en el suelo de la cocina con las tres páginas en la mano.

—¿Qué pone? —dijo Iñigo.

—Que tengo un indicio.

—¿Bueno?

—Bueno. —Levantó la vista—. Y llega cinco horas y media tarde para todo lo que importaba.

Se lo mandó a Paula Requena a la una y cuarto, con dos líneas, sin interpretar nada, con la advertencia de Berta señalada en amarillo.

Y después no hizo absolutamente nada durante cuatro horas, que fue lo más difícil de toda la semana.

Lo intentó todo. Recogió la cocina, que tardó once minutos. Hizo una lavadora. Abrió el portátil, escribió tres líneas de un correo a la productora de seis personas que le había escrito en octubre, lo borró y lo dejó en borradores. Miró dos veces el teléfono para comprobar que tenía cobertura.

A las tres y cuarto se sentó en el pasillo, delante de las dos cajas, con un cúter en la mano.

Estuvo cuatro minutos así.

Después dejó el cúter encima de la caja de la derecha, se levantó y se fue al salón, y esa fue toda la relación que tuvo con aquellas cajas en el mes de noviembre.

A las cuatro y media, Iñigo, que llevaba dos horas leyendo en el sofá sin pasar página, dijo desde el otro lado del salón:

—¿Quieres que me vaya?

—No.

—Vale.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque estás esperando una llamada y hay gente que necesita esperar sola.

Lo pensó de verdad, que era lo mínimo que le debía a la pregunta.

—Yo he esperado sola muchas veces —dijo—. Quédate.

Paula llamó a las 17:20.

Celia estaba en el sofá con el portátil apagado encima de las rodillas y descolgó al primer tono.

—Va el suyo —dijo Paula.

—¿Perdón?

—Que va el suyo. Acabamos de terminar. —Se oía un pasillo—. Le voy a contar cómo ha ido porque se lo debe la campaña, no yo.

—Cuénteme.

—Ha sido cuatro contra tres. —Paula lo dijo sin ningún énfasis—.

Y no ha sido por el recuerdo, aunque el recuerdo ha ayudado.

Ha sido por dos cosas. La primera, que el corte de tres minutos deja la campaña sin explicación: siete semanas contando cómo se hace algo y un final que no cuenta nada.

Eso lo ha dicho el consejero financiero, que es el que menos me quiere.

—¿Y la segunda?

—La segunda la he dicho yo. —Una pausa—. Que si publicamos tres minutos de paisaje sin nombre, en enero tenemos que responder por qué. Y con el suyo, no.

Tardó en contestar.

—¿Y las reservas?

—Las reservas van a ser peores en diciembre.

—Paula lo dijo como quien lee una temperatura—.

Eso lo hemos asumido en la reunión y consta en el acta.

Su corte convierte peor. Va a vender menos billetes en las tres semanas de campaña que el otro, y yo voy a tener que explicar ese número en enero, y lo voy a explicar.

—Ya.

—No me lo agradezca.

—No iba a hacerlo.

—Bien. —Se oyó una puerta—. Celia, le voy a decir dos cosas más y son las últimas de este proyecto.

—Adelante.

—La primera es que yo no he elegido su montaje porque sea más honrado. Lo he elegido porque tiene menos riesgo a doce meses y porque puedo defenderlo. Si el suyo hubiera sido honrado y malo, hoy iría el otro y yo estaría exactamente igual de tranquila.

—Lo sé.

—Y la segunda. —Paula tardó dos segundos—. Que en once años no había trabajado con nadie que me pusiera por escrito la página uno de un informe que le perjudicaba. Y que si algún día monta usted algo, llámeme.

—Paula.

—Dígame.

—¿Puedo preguntarle una cosa que no es de trabajo?

—Puede preguntarla. No le prometo contestarla.

—El lunes, en la sala, cuando dijo usted delante de mí que un paisaje bonito sin nombre era exactamente lo que había en septiembre. —Celia se cambió el teléfono de oreja—. ¿Lo dijo para adelantarse a mí o lo dijo porque lo pensaba?

Hubo una pausa larga.

—Las dos cosas —dijo Paula—. Y si me hubiera preguntado eso el lunes le habría dicho solo la primera.

Colgó sin despedirse, que era como colgaba siempre.

Celia se quedó con el teléfono en la mano y miró a Iñigo, que estaba en el marco de la puerta y que llevaba desde las cinco y cuarto sin moverse de allí.

—Va el mío —dijo.

Y se le quebró la voz en la segunda palabra, cosa que no le había pasado en ocho semanas y que la pilló completamente desprevenida.

Entregó a las seis menos cuarto.

Subir el máster a la carpeta de entregas fueron cuatro minutos. Cerrar el acta con VIALTA y con CONTRALUZ, dos. Lo que le llevó el resto fue el anexo.

El anexo era el listado de material con las autorizaciones vinculadas: ciento cuarenta y una hojas escaneadas y numeradas por Nadia Ferrer desde el cuatro de octubre.

Celia tenía que comprobar que cada plano del máster apuntaba a la suya antes de firmarlo, y era un trabajo de becario, y lo hizo ella.

Tardó veinte minutos y no le pesaron.

Las de Segovia estaban las primeras y eran las peores: veintiuna hojas del cuatro de octubre, escritas de pie, con la letra corrida de la lluvia y dos números de teléfono incompletos.

La de Milagros, la señora del carro de la fruta, estaba dos veces: la del domingo, ilegible, y la del lunes a las once y media, firmada en una mesa prestada de la frutería, seca y perfectamente legible, con la fecha puesta en el sitio correcto.

Después venían las de la bodega. Catorce, todas del sábado por la mañana, todas con las tres casillas marcadas.

Entre ellas, la de Rocío Alarcón, con las tres casillas marcadas y sin ningún plano vinculado, porque de aquella mujer no se emitió nunca ni un fotograma. Grapada detrás, la hoja de retirada del domingo por la mañana, con la hora de la llamada, el motivo en blanco y tres firmas.

Las treinta y una de Oteruelo, con las dos que se habían retirado el seis y el once de noviembre marcadas en rojo por Nadia y con una nota al margen: no vinculadas, no utilizadas.

La de doña Aurora, del jueves anterior a las diez y diez de la noche, rellenada por teléfono, con el código de tiempo escrito en el margen y la línea que pedía que su nombre no figurara en pantalla.

Las doce del Bierzo, y detrás de ellas, plastificadas y con la letra de rotulador de los dos, las dos hojas del nueve de noviembre con una sola casilla marcada.

Y al final, las cuarenta y una de la última salida.

En ciento cuarenta y una hojas no estaba la de Fermín Aldaz, y su portal salía tres veces en el máster, siempre al fondo y nunca enfocado.

Celia comprobó las ciento cuarenta y una, marcó la casilla de conformidad y firmó el anexo a las seis y cuatro minutos.

Era, mirándolo con frialdad, el único documento de toda la campaña que nadie iba a leer nunca.

Después escribió la otra cosa.

Le costó menos que las once líneas del martes.

Tenía cuatro párrafos y decía que presentaba su dimisión con efectos el veinticinco de noviembre, un día después del estreno del máster; que había completado la entrega del proyecto; que agradecía seis años; y que quedaba a disposición de la agencia para el traspaso ordenado de lo que hiciera falta.

No decía por qué.

Antes de mandarlo lo leyó en voz alta, de pie, en una sala de montaje vacía, que era el truco de la jefa de dos mil quince y que en un mes había usado tres veces.

Sonó a lo que era: cuatro párrafos administrativos sin una sola frase que se pudiera citar y sin una sola que la dejara bien.

Comprobó, por costumbre, que no había puesto a nadie en copia oculta.

No lo había puesto. Y comprobó también, porque llevaba ocho semanas comprobando cosas, que el correo salía desde su cuenta de la agencia y no desde la personal, y que la firma automática de abajo seguía llevando el cargo de directora de producción y la frase pequeña sobre no imprimir el correo si no era necesario.

Esa firma iba a caducar el veinticinco.

Lo mandó a las seis y cuatro y bajó al despacho de Damián a las seis y ocho, porque aquello no se manda y ya está.

Él la acompañó hasta la segunda planta y no pasó de ahí.

—¿Quieres que baje a la calle? —dijo.

—No.

—¿Quieres que entre?

—Tampoco.

—Vale.

Y se quedó allí, apoyado en la pared de enfrente, con las manos en los bolsillos, sin sacar la libreta y sin mirar el móvil, durante los veintiséis minutos que duró.

No había estado en aquel despacho desde el jueves a las doce y media, y en cinco días la habitación se había vuelto un sitio distinto sin que hubiera cambiado nada de sitio.

Damián estaba con la puerta abierta y el móvil bocarriba, que era la señal contraria de la del veinticinco de septiembre.

Damián leyó el correo delante de ella y tardó un rato en decir nada.

—¿Esto es por lo de ayer?

—Es por todo.

—Celia, la sociedad está aplazada, no está muerta. En marzo...

—En marzo no.

—Escúchame. —Se echó atrás—. Te voy a hacer una oferta y quiero que la escuches entera antes de decir que no, porque es buena y porque no te la hago por caridad.

Se la hizo entera y era buena.

Dirección de producción de la casa, sin la cuenta de VIALTA, con el mismo sueldo, con una revisión en junio y con una frase que Damián dijo dos veces: que en seis meses nadie se acordaría de aquello.

—Y no te lo digo por decir —añadió—. Yo llevo veintiséis años en esto y te aseguro que en seis meses nadie se acuerda de nada.

—Ya lo sé.

—¿Entonces?