Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 35 #3
90%

35 #3

—Y esta noche he entendido que llevo cinco semanas usando ese pacto igual que llevo once años usando la integridad. —Se paró a un paso—. Para no tener que quedarme.

Ella levantó la vista.

—¿Y ahora?

—Ahora ya no hay nada que supervisar —dijo Iñigo—. He firmado. A partir de las cuatro y media yo aquí no pinto nada. No tengo veto, no tengo informe hasta el martes, no tengo ninguna razón profesional para estar en esta habitación a las cinco de la mañana.

—Ya.

—Y estoy en esta habitación.

Ella se acercó el último paso y él la abrazó, y estuvieron así un rato bastante largo, sin decir nada más, con la pantalla en negro detrás y el zumbido de los focos apagados.

—Una cosa —dijo Celia, al cabo.

—Dime.

—Que esto no cambia nada de lo de mañana.

—Ya lo sé.

—Yo no tengo la cuenta, no tengo la sociedad y a las cinco de la tarde puede salir el otro corte igual.

—Ya lo sé.

—Y no quiero que dentro de tres semanas pienses que te dije esto porque estaba hundida a las cinco de la mañana.

Él se separó lo justo para verle la cara.

—Celia, llevo cinco semanas sabiendo lo que siento y esperando a diciembre por un pacto que hiciste tú y que era razonable. —Le apartó el pelo de la frente—. Si tú hubieras esperado a las diez, yo habría esperado a diciembre y te lo habría dicho igual, en tu portal, probablemente peor.

—¿Peor cómo?

—Con una frase preparada.

—Ay, Dios.

—Muy preparada —dijo Iñigo—. Llevaba tres versiones.

Salieron a las cinco y veinte y anduvieron hasta la casa de Celia, que estaba a veintiséis minutos y que hicieron en treinta y cinco porque ninguno de los dos tenía prisa y porque no tenían paraguas.

Llegaron mojados.

El piso estaba a dieciséis grados y olía a cerrado. En el pasillo, contra la pared, seguían las dos cajas de cuatro años con la cinta amarilleada, y encima de la de la derecha, la bolsa de siete semanas y un paraguas amarillo dentro de una funda.

Él lo vio y no dijo nada.

—No es gran cosa —dijo Celia.

—Es tu casa.

—Es un sitio donde duermo.

—Ya. —Se quitó el abrigo—. Eso también es una casa.

No pasó nada rápido. Estuvieron veinte minutos en la cocina con dos tazas y el calentador puesto, y a las seis y cuarto se fueron a la habitación, y lo que hubo después fue breve, tranquilo y sin ninguna urgencia, porque llevaban los dos treinta y tantas horas despiertos y porque no había nada que celebrar todavía.

Iñigo preguntó una vez. Celia contestó una vez.

Y hubo, en algún momento, un silencio de unos segundos en el que ninguno de los dos hizo nada, y que era, mirándolo después, la primera vez en ocho semanas que estaban los dos en la misma habitación sin que hubiera una hora de entrega, un permiso que caducara o un plazo corriendo.

Y a ella se le puso, absurdamente, un nudo en la garganta.

—Estoy bien —dijo, antes de que él preguntara.

—No he dicho nada.

—Ya. Es que ibas a decirlo.

—Iba a decirlo, sí.

Y después, cuando ya estaba amaneciendo detrás de la persiana, ella dijo la única cosa que dijo en toda la mañana.

—Yo pensaba que ibas a esperar a las diez.

—Ya lo sé.

—Lo pensé anoche, a las once y media, cuando mandé el correo. Pensé: va a esperar a la ola. Y me pareció bien. Me pareció lo más razonable del mundo.

—Y aun así lo mandaste a las once y cuarenta.

—Y aun así lo mandé.

Él miró el techo un rato.

—¿Sabes lo que me ha jodido de verdad esta noche? —dijo—. Que llevo ocho meses y cuarenta y siete gigas para explicar una cosa que tú has puesto en doce segundos con un carro de la compra.

—Eso no es verdad.

—Es literalmente verdad.

—No. —Celia se giró—. Tú explicaste que se hacía. Yo he enseñado cómo se siente. Y solo se puede enseñar cómo se siente cuando ya alguien ha explicado que se hace, porque si no, la gente ve a una señora esperando y piensa que la señora tiene prisa.

No contestó a eso.

Antes, cuando ya estaban los dos quietos y con la luz apagada, Celia dijo una cosa en voz muy baja.

—Tengo que decirte algo y no es romántico.

—Dilo.

—Que a partir del veinticinco no tengo trabajo.

—Ya lo sé.

—No, escúchame, porque llevo dos días sin decírselo a nadie. —Se movió un poco—. Yo llevo dieciséis años sabiendo qué voy a hacer el lunes. Dieciséis. Y el veinticinco se me acaba, y no tengo nada, y lo que me da miedo no es el dinero, que lo tengo para tres meses.

—¿Qué es?

—Que yo no sé quién soy los martes por la mañana. —Se quedó callada un segundo—. Llevo desde los diecinueve años siendo la que resuelve. Y si no hay nada que resolver, no sé qué queda.

Él no dijo ninguna de las cosas que se dicen.

—Yo tampoco lo sé —dijo—. Y llevo desde septiembre sin investigación.

—Menudo par.

—Menudo par.

Se durmieron a las siete menos veinte, con la persiana medio subida y sin poner ninguna alarma, y a las nueve y cuarenta Celia se despertó de golpe, con el corazón acelerado y la certeza absoluta de que se le había olvidado algo importantísimo, y estuvo cuatro segundos sin acordarse de qué.

Después se acordó de que ya lo había mandado todo.

Miró la hora. Faltaban veinte minutos para las diez.

Se dio la vuelta y se volvió a dormir.