Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 35 #2
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No volvió a ver el corte. No releyó el acta. Se sentó en la cocina con la libreta abierta por la página de las tres líneas y estuvo hora y diez minutos mirando la pared de enfrente, que era una cosa que no había hecho desde que tenía veintitantos años.

Lo que estuvo haciendo, aunque tardó en admitirlo, fue buscar una razón para no firmar hasta las diez.

Las encontró todas. Que un supervisor prudente espera al dato.

Que firmar a las cuatro y media era innecesario cuando el plazo vencía a las siete y cuarenta de la tarde.

Que las decisiones de madrugada son malas decisiones y eso lo sabe todo el mundo.

Que si esperaba a las diez y la ola le daba la razón, la firma sería más sólida, más defendible y más fácil de explicar en el informe del martes.

Todas eran ciertas y todas servían para lo mismo.

A las cuatro y veinte se dio cuenta de que llevaba una hora construyendo, con una elegancia considerable, la versión número doce de la misma cosa que llevaba once años haciendo, que era encontrar un motivo impecable para no comprometerse todavía.

Se levantó, se lavó la cara otra vez y abrió el formulario.

Firmó a las 04:30.

Fueron cuatro minutos de formulario, los mismos cuatro minutos que el martes, con el mismo sistema y con las mismas casillas, y con una diferencia que Iñigo tuvo delante todo el rato: el martes había sabido exactamente lo que iba a pasar después, y aquella madrugada no tenía ni idea.

No sabía qué iba a decidir Paula Requena. No sabía si el consejo de VIALTA había mirado siquiera el archivo. No sabía qué iba a decir la ola de recuerdo, que llegaba a las diez y que él no iba a ver.

Lo que sí sabía era que quedaban quince horas y diez minutos de plazo, y que el acta de subsanación firmada a las cuatro y media de la madrugada de un viernes, cuando podía haberla firmado a las nueve con el informe de Berta Nogal encima de la mesa, iba a llevar esa hora impresa para siempre.

Acta de subsanación. Pieza afectada: montaje recopilatorio, versión del 20 de noviembre. Cláusula séptima, apartado c. Restitución de contexto verificada en el minuto dos y once. Observaciones del supervisor: ninguna.

Firma del supervisor. Firma de la dirección del medio, que Rosa metió a las 04:34 desde su casa sin decir nada.

Acuse a las 04:35.

Veto subsanado. Publicación automática desactivada.

Esa línea estuvo un momento en la pantalla antes de que la cerrara.

Después cogió el abrigo y bajó a la calle.

Llovía otra vez, con la insistencia sin drama de siempre, y desde su portal hasta Zurbano había veintidós minutos andando que hizo en dieciocho.

En brUMA había una luz encendida en la segunda planta.

Subió por la escalera porque a esas horas el ascensor pedía tarjeta, y la sala 2 tenía la puerta entornada y las luces del techo apagadas y las de las mesas encendidas.

Celia estaba de espaldas, con la chaqueta puesta, delante de una pantalla en negro.

—He firmado —dijo Iñigo, desde la puerta.

Ella se giró.

Tenía la cara de treinta y cinco horas sin dormir y un táper vacío encima de la mesa de mezclas.

—¿Cuándo?

—A las cuatro y media.

—¿Antes de la ola?

—Antes de la ola.

Se levantó despacio.

—Iñigo, la ola llega a las diez. Podías haber esperado cinco horas y firmar sabiendo.

—Sí.

—¿Y por qué no lo has hecho?

—Porque si firmo a las diez y cinco, firmo porque el dato me da la razón. —Se metió las manos en los bolsillos—. Y no quiero haber firmado por eso. Quiero haber firmado por lo que he visto a las dos y cuarto.

—¿Lo has visto entero?

—Cuatro veces.

—¿Y?

—Y hay una cosa que quiero preguntarte antes de decirte lo que pienso. —Iñigo se apoyó en el marco—. Los cuarenta y un planos son los mismos.

—Sí.

—Los mismos, en el mismo orden y con la misma duración.

—Sí.

—¿Por qué?

Celia tardó un segundo, como si no esperara esa pregunta.

—Porque si le cambio los planos, mañana Paula compara dos películas y elige la suya —dijo—. Y porque si le cambio los planos, dentro de un mes yo no voy a poder decir que el problema no eran los planos.

—¿Y eso lo pensaste tú?

—Eso lo pensé yo el miércoles a las once de la mañana y me costó el doble de trabajo.

Iñigo asintió despacio.

—Es lo mejor que has hecho en toda la campaña —dijo—. Y no me refiero al minuto uno cuarenta.

Los dos se quedaron quietos, a tres metros, en una sala de montaje a las cinco menos cinco de la mañana.

—No sabemos si va a salir —dijo ella.

—No.

—Puede que a las cinco de la tarde Paula diga que no, y entonces tú has retirado la firma, la has vuelto a poner, y yo he perdido la sociedad, y sale el corte de tres minutos igual.

—Puede.

—Y tú tienes que escribir un informe el martes explicando esto.

—Sí.

Se rió muy poco, sin ninguna alegría, y se pasó las manos por la cara.

—Es que llevo dos días haciendo cuentas —dijo—. Y me salen dos maneras de que esto acabe bien y las dos dependen de otra gente.

—Ya.

—Y las he hecho todas menos una.

—¿Cuál?

Celia bajó las manos.

—Te quiero.

Lo dijo sin adornarlo y sin ponerlo en condicional, de pie en mitad de una sala de montaje, con el pelo sucio y una mancha de arroz en la manga, y después no añadió absolutamente nada, que era la parte que le costaba y que llevaba treinta y cinco años sin saber hacer.

Iñigo tardó dos segundos.

—Yo también te quiero —dijo—. Y no lo digo porque lo hayas dicho tú.

—Ya lo sé.

—No, escúchame. —Cruzó la sala—. Lo sé desde el dieciocho de octubre y lo escribí en un papel en una casa de piedra con una chimenea que tiraba mal, y me pasé la noche pensando que no iba a decírtelo hasta diciembre, porque teníamos un pacto y porque yo cumplo los pactos y porque así no tenía que decidir nada.

—Iñigo.