35
No fue por dramatismo. Fue porque a las once y media se había dormido en el sofá con el portátil encima, como llevaba dos noches, y porque se despertó a las dos y cuatro con el cuello torcido y con la sensación exacta de haberse perdido algo.
Lo vio en la barra de notificaciones.
Versión subsanada — montaje recopilatorio. C. Olmedo.
Se levantó, se lavó la cara, se hizo un café que no necesitaba y se sentó a la mesa de la cocina con la pantalla girada hacia la pared, que era una manía que tenía para ver cosas por primera vez.
Antes de darle al play hizo una cosa que llevaba haciendo once años y que aquella noche le costó más de lo normal, que fue abrir la libreta por una página en blanco y escribir arriba lo que iba a comprobar.
1. Minuto 2:11. ¿Restituido el contexto?
2. ¿Se ha usado material sin autorización vigente?
3. ¿Alguna otra supresión que altere sentido?
Tres líneas. Nada más.
Lo que no escribió, porque no era vetable y porque llevaba dos días sabiendo que no lo era, fue la pregunta que de verdad tenía: si aquella mujer, después de perder la sociedad un jueves a las doce y media, había montado un corte digno o una venganza.
Le dio al play a las 02:14.
Duraba tres minutos y cuarenta y ocho segundos y a los once segundos Iñigo entendió lo que había hecho.
Eran los mismos planos.
Los cuarenta y uno, en el mismo orden, con la misma duración. La calle mojada de Segovia. Las manos moradas. La barrera del hayedo. La plaza en la luz de las cinco. El aparcamiento. La hoguera. El tren con niebla.
No había cambiado ni uno.
Y eso, que era una decisión de montaje aburridísima y que nadie salvo cuatro personas en toda España iba a notar, significaba una sola cosa: que Celia Olmedo no le había traído a su cliente una película distinta para que eligiera la que le gustara más.
Le había traído exactamente su misma película, con lo que había alrededor.
Se echó atrás en la silla.
Y siguió viendo, y a partir del minuto uno fue reconociendo, uno detrás de otro, todos los sitios donde había puesto una objeción en siete semanas.
El aparcamiento del uno de noviembre llevaba delante un rótulo con la fecha y detrás la panadería abriendo un día extra, que era literalmente su propuesta de subsanación, palabra por palabra, incluida la parte que él pensaba que le iban a discutir.
Los tres segundos en negro de Encarna seguían ahí, con la misma línea que habían escrito a las cinco y veinte de una madrugada de noviembre y que él había aprobado con la cabeza en otra parte.
En el minuto tres había seis segundos de una tabla de horarios de autobús, en pantalla, con la nota a pie de tabla legible: domingos y festivos sin servicio .
Él llevaba desde el cinco de noviembre queriendo poner ese dato en un informe y no lo había puesto todavía, porque estaba esperando a tener la tabla bien capturada.
Y en el minuto tres y veinte iban dos segundos de audio en los que se oía a la propia Celia decir ¿le importa esperar aquí un segundito? .
Eso último no se lo había pedido nadie.
Después llegó el minuto uno cuarenta y no lo vio venir, porque no había ningún aviso.
La plaza en escorzo, la torre al fondo, el banco a la derecha, la luz por el hueco de la calle de la iglesia. Cuarenta segundos. Un plano bueno, uno de los mejores del otoño, y él no lo había visto nunca, porque no se había emitido nunca.
Corte seco.
El mismo plano otra vez.
A los treinta y ocho segundos entró por la izquierda una mujer con un carro de la compra y se quedó parada al borde del cuadro. Se la veía esperar. Se oía a alguien del equipo pedirle un segundo, señora. Se oía a la mujer decir que llevaba veinte minutos y que vivía en el número cuatro.
Y se acababa.
No había rótulo. No había música. No había una sola palabra entre las dos versiones.
Lo puso otra vez. Y otra.
Lo que hizo después, porque era lo que sabía hacer, fue comprobar.
Abrió la carpeta de material del proyecto, que seguía teniendo por la cláusula del plazo, y buscó el bruto de la salida cuatro.
Toma treinta y uno. Plaza en escorzo, cámara al oeste, cincuenta y dos segundos, pista de ambiente tres.
Ahí estaba, con su parte de cámara y con la observación escrita por Tomás Cobo el veinticinco de octubre: ruido de calle, no aislado .
Después buscó la carpeta de consentimientos y encontró, en el separador de la salida cuatro, una hoja escaneada que el martes no estaba.
Fecha, veinte de noviembre. Hora, veintidós diez.
Alcance, montaje recopilatorio. Casillas marcadas, una de tres.
Una señora de Oteruelo de la Hoz que vivía en el número cuatro.
Firmada por teléfono con dos testigos, con el código de tiempo escrito en el margen con la letra de Nadia Ferrer y con una nota debajo: la interesada solicita que su nombre no figure en pantalla.
Aquella hoja le llevó bastante más rato que el vídeo.
A las diez de la noche de un jueves, con el plazo corriendo, con la sociedad perdida esa misma mañana y con veinte horas por delante, aquella gente había parado a llamar a un pueblo de doscientas ochenta y una personas para preguntarle a una señora de ochenta años si podían usar doce segundos en los que no se le veía la cara.
A la cuarta se levantó y se quedó de pie en la cocina, con las manos en el respaldo de la silla, y estuvo así un rato que después no supo calcular.
Lo que le había pasado no tenía nada que ver con la campaña.
Llevaba once años escribiendo sobre esto.
Ocho meses reuniendo cuarenta y siete gigas para demostrar que las imágenes se eligen y que elegir es recortar, y cuando por fin tuvo que explicarlo, en septiembre, delante de un hilo con ochocientas mil personas, había necesitado dieciséis publicaciones, cuatrocientas palabras y dos líneas trazadas encima de una sombra.
Y aquella mujer lo había puesto en doce segundos y sin decir nada.
Se sentó otra vez y estuvo un rato haciendo la cuenta.
El martes a las siete y cuarenta él había retirado una firma. Lo había hecho bien, con fundamento, con la cláusula en la mano y después de descartar tres argumentos que no aguantaban. Se había ido de una sala habiendo dicho lo que había que decir.
Y en las cincuenta y cuatro horas siguientes, mientras él escribía en una libreta y esperaba a que se cumpliera un plazo, una mujer a la que habían apartado de su propia cuenta se había pasado dos días y dos noches en una sala de montaje resolviéndolo, con un montador que facturaba por horas, una directora de arte que no tenía por qué estar y un técnico de sonido que se había escuchado cuarenta y una horas de ambiente por su cuenta.
Y había perdido la sociedad a mitad de camino y había seguido.
Su retirada había protegido un principio. Eso era cierto y lo seguiría siendo el martes cuando lo escribiera. Pero también lo había protegido a él, que a las siete y cuarenta del martes se había ido a su casa con la conciencia en orden y sin nada que hacer durante tres días.
Y eso no lo iba a escribir en ningún informe, porque no cabía en ninguna cláusula.
A las tres menos cuarto llamó a Rosa Bao, que descolgó al cuarto tono con voz de estar despierta.
—Ya lo he visto —dijo ella.
—¿Cómo que ya lo has visto?
—Me lo mandó ella a mí también. En copia, a las once y cuarenta. —Se oyó un mechero—. Llevo desde la una despierta.
—¿Y?
—Y es bueno.
—Es más que bueno.
—Iñigo, no me hagas decirlo dos veces, que son las tres de la mañana.
—Rosa exhaló—. Es bueno, subsana lo que pusiste en el acta y hace un par de cosas más que no pediste.
Los once segundos del aparcamiento llevan la fecha delante y la panadería detrás, que es literalmente tu propuesta de subsanación. Con eso ya se acabó el veto.
—Ya lo sé.
—Entonces firma y vete a dormir.
—Rosa.
—Dime.
—Dímelo tú.
Hubo una pausa de tres segundos.
—Vale —dijo Rosa—. Te lo digo. Si firmas esto y a las siete y cuarenta de la tarde el cliente lo aprueba, tú eres el supervisor que retiró la firma el martes y la volvió a poner el viernes de madrugada, después de que la responsable del proyecto perdiera la sociedad por defender tu posición.
Y esa frase la va a escribir alguien, y no va a ser una frase falsa.
—Ya.
—Y si no firmas, el corte no sale, sale el de tres minutos o no sale ninguno, y a las siete y cuarenta se publica automáticamente nuestra retirada, que es lo que llevo desde el martes preparando y para lo cual, te lo digo ya, tengo un comunicado escrito y revisado por el abogado.
—¿Y qué me recomiendas?
—Nada.
—Rosa.
—Te digo que nada. —No lo dijo con dureza—.
Yo he hecho mi parte, que era decirte lo que cuesta antes de que pase y no después.
Te lo dije el martes a las siete y te lo he vuelto a decir ahora.
Lo que no voy a hacer es decidirlo por ti, porque si lo decido yo, dentro de seis meses tú vas a estar contándote que lo hiciste porque te lo mandó tu jefa, y yo no te voy a dar esa salida.
Delante tenía la pantalla en negro y no la apartó.
—Vale.
—Rosa, hazme una pregunta.
—No.
—Hazme una.
—Iñigo, son las tres de la mañana y tú lo que quieres es que yo te haga una pregunta que te dé permiso. —Se oyó una silla—. Y no te la voy a hacer, porque las preguntas que te doy yo te las contestas tú como si fueran mías.
—Vale.
—Pero te voy a decir una cosa que no es una pregunta y que llevo dos días queriendo decirte. —Rosa bajó la voz—. El martes, cuando levantaste el acta, yo pensé que lo estabas haciendo bien y que lo estabas haciendo por costumbre. Las dos cosas.
—Ya.
—Y llevo desde el martes esperando a ver cuál de las dos era.
—¿Y ya lo sabes?
—Todavía no —dijo Rosa—. Lo voy a saber a las cinco de la mañana, como tú.
Hubo unos segundos de silencio.
—Y una cosa más, y esta sí es una orden. —Rosa cambió de tono—. Sea lo que sea, hazlo antes de las cinco. Porque si lo dejas para las nueve de la mañana ya no lo vas a estar decidiendo tú, lo va a estar decidiendo el cansancio.
Colgó.
Iñigo estuvo desde las tres y diez hasta las cuatro y veinte sin hacer absolutamente nada.