Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 34
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Lo que le faltaba estuvo cuatro horas sin aparecer.

Lo buscó como se busca eso, que es mal: puso el corte entero once veces, cambió tres fundidos, alargó dos segundos el rótulo de Oteruelo, lo volvió a acortar, movió la tabla de horarios del minuto tres al minuto dos y la devolvió a su sitio.

A las cinco y media probó la idea evidente, que era poner los dos cortes uno detrás de otro y dejar que se vieran seguidos, y la descartó en once minutos: el brillante duraba tres minutos y cuatro, el suyo tres cuarenta y ocho, y nadie en un consejo de siete personas a las cinco de la tarde iba a ver siete minutos de vídeo.

A las seis probó la segunda idea evidente, que era hacer una versión de un minuto solo con los rótulos, y la descartó en cuatro, porque era exactamente lo que Iñigo llamaba darse una palmada en la espalda.

A las siete menos cuarto llamó a Amaya para preguntarle si veía algo, y Amaya, desde su casa y con la televisión de fondo, le dijo que lo había visto siete veces y que a ella le pasaba lo mismo y que no sabía decirle qué.

A las siete y media entendió cuál era el problema y no le sirvió de nada entenderlo.

El corte contaba. Contaba muy bien. Decía el nombre del pueblo, decía cuántos habitantes tenía, decía que el domingo no había autobús y decía que había habido una fotografía que se había borrado.

Todo eso era información.

Y enfrente había tres minutos y cuatro segundos que no informaban de nada y que eran preciosos, y a las cinco de la tarde del jueves veinte, siete personas de un consejo iban a ver los dos y a preguntarse por qué el segundo era mejor.

Necesitaba una cosa que no se pudiera discutir. Una cosa que no fuera un rótulo.

A las ocho menos cuarto llevaba dos horas y media dando vueltas sola en una habitación, y de que en ocho semanas era exactamente lo que había hecho siempre, y de que la última vez que le había salido bien había sido en una plaza de Segovia con un paraguas y por casualidad.

Cogió el teléfono a las ocho menos diez.

Estuvo un rato largo con la pantalla delante, porque hay una diferencia entre pedirle a alguien que venga a trabajar y pedirle a alguien que te saque de un sitio, y ella llevaba treinta y cinco años sin hacer lo segundo.

Escribió: Tomás, necesito una cosa y no sé cuál es. ¿Puedes subir?

Lo borró.

Escribió: ¿Estás despierto?

Lo borró también, porque eran las ocho menos diez de la tarde y aquello era ridículo.

Al final mandó el primero.

Tardó cuatro minutos en llegar la respuesta y decía: bajando del coche.

Tomás entró a las ocho y veinte con el abrigo puesto, un disco duro en la mano y cara de no haber dormido, y no dijo hola.

—Salida cuatro —dijo—. Domingo, la segunda vuelta, cuando cambiamos a la plaza.

—¿Qué pasa en la salida cuatro?

—Que yo grabo ambiente aunque no me lo pidas. —Enchufó el disco—. Llevo desde el martes con esto.

—¿Desde el martes?

—Desde que me contó Amaya lo del corte de tres minutos. —Se sentó sin quitarse el abrigo—. Yo lo que sé hacer es buscar en pistas, Celia. No sé montar y no sé escribir un correo a un cliente. Lo que sé es que si hay algo en cuarenta y una horas de ambiente de siete salidas, lo encuentro yo.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque hasta ayer no lo tenía.

Puso el archivo.

Al principio no se oía nada más que el aire y el roce de la manga de alguien. Después, muy lejos, una voz de mujer decía que llevaba veinte minutos esperando. Alguien contestaba que un segundo, señora. La mujer decía que le daba igual el segundo, que ella vivía en el número cuatro.

Doce segundos.

Puso la mano en el ratón y no la movió.

—Ponlo otra vez.

Tomás lo puso otra vez.

—¿Esto es del veintiséis?

—Del veinticinco. Sábado por la tarde, entre las seis y las seis y media. Está en la pista tres, debajo del plano de la plaza.

—¿Qué plano?

—El bueno. El del escorzo con el banco a la derecha. —Tomás abrió otra ventana—. El que dijiste que no rodáramos porque era el compuesto y luego lo rodó Rubén de todas formas por si acaso.

Ella lo miró.

—¿Ese plano existe?

—Ese plano existe, está en el bruto, no lo hemos usado nunca y debajo lleva esto.

Se apoyó en el respaldo.

—Tomás.

—Dime.

—¿Tú sabías lo que estabas buscando?

—No. —Se sirvió del termo—. Yo lo que sabía era que el problema era que faltaba algo. Eso me lo dijo Amaya el martes, y lo dijo llorando, que es cuando la gente dice las cosas bien.

—¿Y entonces?

—Y entonces me puse a escuchar. —Se encogió de hombros—. Cuarenta y una horas de ambiente. Empecé por la salida siete, porque era la última, y no había nada. Luego la seis, y estaba el magosto, que es todo ruido. La cinco no la toqué porque en la cinco no íbamos a meter mano.

—¿Por qué?

—Porque en la cinco está lo de la señora de la foto y eso ya lo hemos hecho bien —dijo Tomás—. Y entonces me metí en la cuatro, que era la que tenía cuatro días de material, y estuve el martes por la noche y el miércoles entero, y a las diez de la mañana de hoy me apareció esto.

Lo que hicieron entre las nueve y las once fue lo contrario de improvisar.

—Antes de nada, procedencia —dijo Celia—. Parte de cámara.

Lo sacaron de la carpeta del proyecto. Salida 4, jornada del sábado 25, toma 31, plaza en escorzo, cámara al oeste, duración cincuenta y dos segundos, pista de ambiente 3 activa. Observaciones de sonido, escritas por Tomás aquel día: ruido de calle, no aislado .

—El plano está autorizado —dijo Celia—. Es un plano general de la plaza, sin personas identificables, y la plaza está en las treinta y una hojas.

—El plano sí. La voz no.

—La voz no.

Tomás se echó atrás.

—¿Y quién es?

—Ni idea. Vive en el número cuatro.

Se miraron los dos.

—El número cuatro de la plaza es el portal de Fermín Aldaz —dijo Celia.

—Se puede usar sin identificarla —dijo Tomás—. No se le ve, no dice su nombre y son doce segundos.

—Se puede usar, sí.

—Pues ya está.

—No. —Celia cerró el bloc—. Tomás, hace cinco semanas yo borré dos minutos y medio de una mujer que había firmado una hoja esa misma mañana, porque cuando la firmó no sabía lo que estaba firmando. Y esa mujer sí que no se identificaba.

—Ya.

—Y hace tres semanas Iñigo borró la mejor foto de la campaña porque una señora de ochenta y un años lo llamó a las siete y cuatro.

—Ya lo sé.

—Pues no me puedo pasar ocho semanas montando un vídeo sobre esto y meter en el minuto uno cuarenta la voz de una señora que no lo sabe. —Cogió el teléfono—. Aunque sea legal. Aunque no la reconozca nadie. Aunque el plazo venza mañana.

Tomás asintió despacio.

—Vale. ¿Y cómo la encontramos?

—Vive en el número cuatro.

Llamó a Julián Nespral a las nueve y veinte de la noche, se disculpó dos veces por la hora y le hizo una sola pregunta: quién vivía en el número cuatro además de Fermín.

Julián tardó ocho segundos.

—La madre. Y una prima de la madre, en el segundo. Y en el bajo hay una señora que se llama Aurora y que estará por los ochenta.

—¿Y me puede dar el teléfono de la de abajo?

—Le puedo dar el mío y llamo yo, que si a doña Aurora le llama un número de Madrid a las nueve y media no lo coge.

La llamó Julián a las nueve y media y se lo pasó a Celia a las nueve y treinta y cinco.

Se lo explicó entero, como se lo había explicado a Rocío en el patio de una bodega hacía cinco semanas: que había un micrófono de ambiente, que la había grabado sin que ella lo supiera, que duraba doce segundos, que se la oía decir que llevaba veinte minutos esperando y que vivía en el número cuatro, y que a ella no se la veía en ningún momento.

—¿Y usted qué quiere hacer con eso? —dijo doña Aurora.

—Quiero ponerlo en el vídeo final. Y para eso necesito que usted me diga que sí, y si me dice que no, no pasa nada y se acabó.

Hubo un silencio.

—¿Sale mi nombre?

—No, si usted no quiere.

—Pues no. —Otra pausa—. ¿Y se me ve la cara?

—No se le ve nada. Se le oye.

—¿Y se oye lo que dije? ¿Lo del segundo?

—Se oye entero.

—Ah, pues eso sí —dijo doña Aurora—. Porque yo aquel día venía de la farmacia y estuve esperando en la esquina como una tonta, y luego se lo conté a mi hija y me dijo que por qué no había dicho nada, y yo sí que dije.

Nadia rellenó la hoja por teléfono a las diez y diez, desde su casa, con Tomás y Celia como testigos, con la fecha, la hora, el alcance, el código de tiempo y una casilla marcada de tres.

Doña Aurora la firmó al día siguiente por la mañana en el ayuntamiento, delante de Julián, y mandó la foto a las nueve y cuarenta.

Para entonces el corte ya estaba enviado.

Cuando colgó con doña Aurora, a las nueve y cincuenta y dos, Celia se quedó un momento con el teléfono en la mano.

—¿Qué? —dijo Tomás.

—Nada. Que ha dicho que sí en catorce segundos.

—Ya.

—Y que llevo ocho semanas convencida de que esto era complicadísimo.

Tomás enroscó el tapón del termo.

—Es que no es complicado —dijo—. Es solo que hay que llamar. Lo complicado es lo otro, lo de no llamar y luego tener que explicarlo.

Y volvió a su pantalla, que era su manera de dar por terminada una conversación.

Nadia llamó a las diez y cuarto, después de rellenar la hoja, con la voz de quien tiene a dos críos durmiendo en la habitación de al lado.

—Ya está mandada al ayuntamiento. La firma mañana a primera hora delante de Julián.

—Gracias.

—Celia.

—Dime.

—¿Tú sabes que llevas veintiocho horas trabajando en una cosa que no te va a devolver el puesto?

—Sí.

—Vale. —Se oyó una puerta cerrarse despacio—. Solo quería que lo hubieras dicho tú en voz alta una vez.

Lo montaron a las once y veinte y tardaron ocho minutos.

No hicieron nada complicado. Pusieron el plano de la plaza en escorzo tal como estaba: cuarenta segundos, la torre al fondo, la piedra húmeda de la tarde, el banco a la derecha y una luz que entraba por el hueco de la calle de la iglesia.

Y a continuación pusieron el mismo plano otra vez, doce segundos más largo.

En esos doce segundos entraba por la izquierda una mujer con un carro de la compra y se quedaba parada al borde del cuadro. Se la veía esperar. Se oía a alguien del equipo pedirle un segundo, señora. Se oía a la mujer decir que llevaba veinte minutos y que vivía en el número cuatro.

Los pusieron seguidos, sin rótulo, sin música y sin una sola palabra entre los dos.

Lo vio dos veces enteras.

—¿Explicamos algo? —preguntó Tomás.

—No.

—Vale.

Lo vieron una tercera vez y ninguno de los dos comentó nada.

—Una cosa —dijo Celia, cuando ya lo habían visto tres veces—. Si mañana esto sale y alguien pregunta de quién es la idea, es tuya.

—No es mía.

—El audio es tuyo. Lo has buscado tú dos días.

—El audio lo he buscado yo. La idea de ponerlos seguidos y no explicarlo es tuya, y esa es la parte difícil. —Tomás se quitó por fin el abrigo—. Y además me da igual de quién sea. Yo cobro por jornada.

—Tomás.

—Que me da igual, Celia. —Lo dijo sin ninguna aspereza—. Lo que no me da igual es que pongas mi nombre en los créditos del máster con el cargo bien escrito, que en el episodio cuatro ponía técnico de sonido directo y yo hago directo y ambiente, y son dos cosas.

Lo apuntó.

Después Tomás se levantó, fue a la máquina del pasillo, volvió con dos vasos y se sentó otra vez a su izquierda, y a las once y media, cuando Celia empezó a exportar, dijo la única cosa que dijo en toda la noche que no fuera de trabajo.

—Cómete el táper, que lleva ahí desde las seis.

—No es mío.

—Es de Amaya. Lo ha dejado para ti y me lo ha dicho por mensaje, así que cómetelo.

Antes de exportar hizo una última cosa.

Volvió al minuto uno cuarenta, quitó la transición que había entre las dos versiones del plano y dejó un corte seco. Después lo vio otra vez.

Con la transición, las dos versiones parecían una comparación. Con el corte seco parecían lo que eran, que era el mismo sitio dos veces.

—Mejor —dijo Tomás, sin que nadie le hubiera preguntado.

Celia exportó a las once y veinticinco.

Escribió el correo a las once y treinta y cinco. Iba dirigido a Paula Requena, con copia a Rosa Bao, a Óliver y a Damián, y tenía tres líneas.

Decía que adjuntaba la versión subsanada del montaje recopilatorio conforme al acta de veto del dieciocho de noviembre. Decía que en el minuto uno cuarenta había dos versiones del mismo plano, y que las dos eran material aprobado y autorizado.

Y decía que las vieran seguidas y en ese orden.

Le dio a enviar a las 23:40.

Después se quedó sentada en la sala a oscuras, con el zumbido de los focos apagados, delante de una pantalla en negro.

Estuvo un rato mirando la bandeja de enviados con el correo en negrita.

Había mandado cosas peores. Había mandado, ocho semanas antes y a las tres menos nueve de la mañana, cuatro palabras que le habían costado la carrera, y las había mandado con la satisfacción concreta de estar cerrando bien algo difícil.

Aquello era lo contrario, y era la primera vez en su vida que mandaba una cosa sabiendo exactamente lo que estaba mandando.

Faltaban veinte horas y cinco minutos para que venciera el plazo. Iñigo no lo había visto. Paula no había contestado. La ola de recuerdo llegaba a las diez de la mañana y ella ya no tenía nada que hacer con ella.

Abrió el táper. Era arroz con algo. Estaba frío y se lo comió entero.