Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 33
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Berta Nogal cumplió a las nueve y dos minutos.

El informe tenía nueve páginas y la primera era, tal como Celia le había pedido, una lista de lo que no valía: muestra pequeña, panel online sin representatividad garantizada, un solo pase por extracto, sin control de orden de visionado, y sin medición de recuerdo, que requiere una segunda ola a las cuarenta y ocho horas .

Celia leyó esa página dos veces antes de pasar a la segunda, porque sabía que iba a ser la que le enseñaría a Paula primero.

La segunda página tenía cuatro filas.

Clic simulado. Extracto A, el brillante: cuarenta y uno por ciento. Extracto B, el contextualizado: veintisiete.

Intención declarada de reserva. A: treinta y cuatro. B: veintidós.

Confianza en la marca tras el visionado. A: cincuenta y uno. B: sesenta y ocho.

Rechazo declarado. A: diecinueve. B: siete.

Debajo, un párrafo de Berta con su letra de siempre, que era decir las cosas sin adornarlas: A convierte mejor de forma inmediata y genera casi tres veces más rechazo.

B convierte peor y genera más confianza.

Con esta muestra y en menos de veinticuatro horas, ninguno de los dos resultados permite predecir comportamiento a medio plazo.

Lo leyó de pie, en la cocina de su casa, a las nueve y cinco de la mañana, y lo que sintió fue una cosa muy concreta y bastante desagradable.

Había perdido.

No del todo, no de forma limpia, pero había perdido en la única columna que a Paula Requena le servía para el día veinte, y llevaba dos días diciéndose que a lo mejor no.

Estuvo un rato con la taza en la mano sin bebérsela.

Lo que le había pasado por dentro al leer el cuarenta y uno contra veintisiete no había sido decepción. Había sido algo más incómodo y más rápido, que había durado unos ocho segundos y que consistía en pensar en cómo presentar aquella tabla.

Se le habían ocurrido tres maneras.

Podía enseñar solo las dos filas de abajo. Podía enseñar las cuatro pero empezando por confianza. Podía enseñar las cuatro en orden y dedicar los tres primeros minutos a explicar por qué la primera fila no medía lo que parecía medir, que además era verdad y estaba en la página uno.

Las tres eran legítimas. Cualquier persona de su oficio habría hecho cualquiera de las tres y ninguna era mentir.

Estuvo un rato largo con la tercera delante, porque era la buena, la defendible, la que ella habría recomendado a un cliente.

Después abrió el correo y le mandó a Paula Requena el informe entero, en pdf, sin quitar nada y sin cuerpo de mensaje, a las nueve y veintiuno de la mañana. Dos horas antes de la reunión, para que lo leyera antes que ella se lo contara.

Y solo entonces se sentó a preparar qué iba a decir.

—Cuarenta y uno contra veintisiete —dijo Paula.

—Sí.

—Y treinta y cuatro contra veintidós.

—Sí.

—Celia, esto es lo que yo le dije el lunes.

—Es lo que usted me dijo el lunes y tenía razón —dijo Celia—. Se lo digo antes de discutir nada, porque si empiezo por otro sitio va a parecer que le estoy escondiendo la primera fila.

Paula pasó la página y estuvo un rato en las otras dos.

—Confianza, cincuenta y uno contra sesenta y ocho. Rechazo, diecinueve contra siete. —Levantó la vista—. Estos dos también son suyos.

—Estos dos también son míos y no son una victoria. Son un argumento.

—Explíquemelo.

Celia había pasado dos horas preparando aquello y lo dijo en tres minutos.

—Su problema del veinte no es cuánta gente pincha en diciembre.

Su problema es qué pasa en enero. —Puso la hoja encima de la mesa—.

Con el corte A usted va a tener más clics y más reservas en las tres primeras semanas, y va a tener un diecinueve por ciento de gente que sale del vídeo con una impresión negativa de su marca.

Y el sitio al que va a ir esa gente es un pueblo de doscientos ochenta y un habitantes con siete habitaciones, un bar que abre de jueves a domingo y una recogida de basura que no da.

—Eso ya lo sé.

—Ya sé que lo sabe. Lo que le estoy diciendo es que usted ya tiene catorce quejas con siete episodios y sin publicidad pagada.

Ponga tres semanas de televisión encima de un plano sin nombre y sin contexto, y en enero no va a tener catorce, va a tener trescientas, y todas van a decir lo mismo, que fueron esperando otra cosa.

—¿Y el corte B lo arregla?

—El corte B no lo arregla. El corte B les dice a cuántos kilómetros está, que el bar cierra los martes y que el domingo no hay autobús. —Celia se echó atrás—. Va a ir menos gente y va a ir sabiendo dónde va. Y eso lo mide su columna de rechazo.

Paula estuvo un momento largo con las dos manos encima del informe.

—Es un buen argumento —dijo.

—Gracias.

—Y no me sirve.

—Ya me lo imaginaba.

—No, escúcheme, que se lo voy a decir entero.

—Paula se quitó las gafas—. A mí me sirve.

A mí me sirve muchísimo. El jueves veinte yo no me siento delante de mi consejo con un informe de confianza y rechazo, porque en cuanto empiece a hablar de confianza me van a preguntar cuánto vale un punto de confianza en euros, y yo no lo sé, y usted tampoco, y el que diga que sí lo sabe está vendiendo algo.

—Entonces qué le vale.

—Me valdría una tercera fila. —Paula señaló la página—. Aquí falta recuerdo. Y usted lo sabe, porque lo ha puesto en la primera página, y ha hecho bien poniéndolo.

—Llega mañana a las diez.

—Y yo tengo consejo el jueves.

—Hoy es jueves.

—El jueves veinte —dijo Paula—. Que es hoy, a las cinco de la tarde.

Ninguna de las dos habló.

—Hay una cosa que sí le puedo dar —dijo Celia—. Es una fecha, no un dato.

—Diga.

—La ola de recuerdo llega mañana a las diez. Su consejo es hoy a las cinco. —Recogió el informe—. Usted no tiene que decidir hoy el máster. Tiene que decidir hoy qué les cuenta.

—Es lo mismo.

—No. —Celia se levantó—. Usted les puede decir hoy que tiene dos versiones, que ha encargado una prueba, que la primera lectura da esto y que el viernes tiene la segunda. Y que decide el viernes.

—El plazo del veto vence el viernes a las siete y cuarenta de la tarde.

—Y la ola llega el viernes a las diez de la mañana. Nueve horas y cuarenta minutos.

Paula se quedó quieta.

—Usted lo ha calculado.

—Llevo dos días calculando eso —dijo Celia—, porque es literalmente lo único que tengo.

—¿Y qué gana usted haciendo que yo decida el viernes en vez de hoy?

—Nueve horas y cuarenta minutos.

Paula soltó una risa muy corta, sin ninguna alegría, y volvió a quitarse las gafas.

—¿Y qué les va a llevar? —insistió Celia.

—Todavía no lo sé. Y no se lo digo por hacerme la interesante. Se lo digo porque son las once y media y no lo sé.

Damián la llamó a su despacho a las doce y cuarenta y tardó cuatro minutos en decirle dos cosas.

La primera fue que había hablado con los socios la noche anterior y que su entrada en la sociedad quedaba, dijo la palabra, aplazada .

La segunda fue que a partir de ese momento la cuenta de VIALTA la llevaba Óliver.

No hubo gritos. No hubo ninguna frase memorable. Damián lo dijo mirando la mesa la mayor parte del tiempo y con la voz de quien lleva dos noches ensayándolo, y Celia lo escuchó de pie porque no se había sentado al entrar.

—¿Aplazada hasta cuándo?

—Hasta que esto se cierre.

—Damián, esto se cierra el lunes.

—Hasta que esto se cierre y hasta que se vea cómo queda —dijo él—. Y no me pongas esa cara, que sabes perfectamente que ayer mandaste un correo con copia a nuestro cliente y a un medio de comunicación diciendo por escrito que el error fue tuyo.

—Es que fue mío.

—Y eso te honra, y te lo dije, y lo sigo pensando. —Se pasó la mano por la cara—. Y yo tengo que sentarme el lunes con cuatro socios que han leído ese correo y explicarles por qué hacemos socia a la persona que ha firmado eso. Explícamelo tú.

No contestó, porque no había nada que contestar y porque, mirándolo con frialdad, si ella hubiera estado en el otro lado de esa mesa habría dicho lo mismo.

—¿Me estás echando?

—No.

—¿Me vas a echar en enero?

—No lo sé —dijo Damián, y fue lo único de toda la conversación que Celia le creyó del todo.

—Damián.

—Dime.

—¿Tú te acuerdas de lo que me dijiste el treinta de septiembre al lado del ascensor?

—Me acuerdo de muchas cosas de aquel día.

—Me dijiste que escribiera la cronología con café y que la dejara reposar un día antes de mandártela. —Celia seguía de pie—. Y yo me reí.

Damián levantó la vista de la mesa.

—Celia.

—No te estoy acusando de nada. De verdad que no. —Se abrochó la chaqueta—. Es que llevo dos días intentando decidir si aquello fue un consejo o fue otra cosa, y esta mañana me he dado cuenta de que no lo voy a saber nunca, y de que probablemente tú tampoco.

Se miraron unos segundos.

—Yo tengo cuarenta y una personas —dijo él.

—Lo sé.

—Y de esas cuarenta y una hay doce que no saben que están en juego.

—Ya lo sé, Damián. Me lo dijiste el veinticinco de septiembre y era verdad entonces y es verdad ahora. —Cogió el picaporte—. Lo que pasa es que las doce siguen sin saberlo y yo ya lo sé, y eso es lo único que ha cambiado.

Salió del despacho a las doce y cuarenta y ocho.

A las doce y cincuenta, sentada en la escalera de incendios porque era el único sitio de aquella oficina donde no había nadie, abrió el acuerdo en el móvil y volvió a leer la cláusula tercera.

Seguía sin haber notificación a las tres partes.

A las doce y cincuenta y cinco escribió a la dirección técnica preguntando si su acceso a la sala 2 seguía activo hasta el viernes a las veinte, y le contestaron a la una y dos con un sí .

Estaba muerta dentro de aquella empresa y seguía siendo, para VIALTA y para CONTRALUZ, la responsable del proyecto.

Le quedaban treinta horas y cuarenta minutos.

Lo del equipo lo hizo entre las dos y las cuatro, y le costó más que la reunión de Paula.

Empezó por Nadia, que estaba en un rodaje y contestó al tercer tono.

—Te llamo por lo tuyo. Tu contrato de la campaña llega hasta el estreno del máster, que es el veinticuatro, con la última nómina el treinta. Quiero que quede así aunque yo ya no lleve la cuenta.

—¿Y por qué no ibas a llevarla?

—Porque no la llevo desde las doce y media.

Hubo una pausa.

—Vale —dijo Nadia—. ¿Y qué necesitas de mí?

—Nada. Te lo estoy contando, no te lo estoy pidiendo.

—Celia.

—Es que esta parte la quiero hacer bien —dijo—. Voy a hablar con Óliver esta tarde de vuestros contratos, y antes de hablar con él quiero saber una cosa de cada uno de vosotros, y es si queréis seguir hasta el veinticuatro o si preferís que os libere antes.

—¿Nos estás preguntando?

—Os estoy preguntando.

Nadia tardó cuatro segundos.

—Yo hasta el veinticuatro —dijo—. Y no por lealtad, que ya me conoces. Porque he facturado siete salidas y quiero que la octava me la paguen.

—Hecho.

—Y llama a Tomás, que él no te va a llamar.

Quique dijo que hasta el veinticuatro y que le pagaran las horas del miércoles. Amaya dijo que hasta cuando hiciera falta y que si había que ir el domingo iba, y Celia le contestó que no hacía falta ir el domingo y que si se lo volvía a ofrecer se lo iba a aceptar, que era peor.

Y Tomás no cogió el teléfono.

Lo llamó a las tres y veinte y saltó el buzón. Lo llamó otra vez a las tres y cuarenta y saltó igual. Le mandó un mensaje a las cuatro menos cuarto explicándole lo de los contratos y preguntándole si quería seguir hasta el veinticuatro, y no le contestó en toda la tarde.

Lo apuntó en la lista con una interrogación al lado y siguió, porque tenía siete cosas más y porque Tomás Cobo era la única persona de aquel equipo que no había dado nunca una explicación de nada.

Lo pensó dos veces a lo largo de la tarde y las dos veces llegó al mismo sitio, que era que un técnico de sonido freelance de cuarenta y nueve años que se entera de que la responsable del proyecto acaba de perder la cuenta tiene todo el derecho del mundo a no coger el teléfono.

Con Óliver estuvo veinte minutos a las cuatro y cuarto y fue una conversación cordial y transparente que a Celia le dejó un sabor raro precisamente por eso.

—Los contratos hasta el veinticuatro, cerrados —dijo él—. Eso no lo iba a tocar nadie, Celia.

—Ya. Pero ahora está por escrito y con tu firma.

—¿Tú te crees que yo iba a...?

—No me creo nada —dijo ella—. Es que llevo ocho semanas aprendiendo que las cosas que no están firmadas no existen, y me ha costado bastante.

A las cinco y veinte, sola en la sala 2, con las pantallas encendidas y el corte de tres minutos y cuarenta y ocho segundos abierto delante, Celia hizo la única cuenta que quedaba por hacer.

Ya no había premio.

La sociedad estaba aplazada, que en aquella casa quería decir muerta.

La cuenta era de Óliver. El equipo estaba cubierto hasta el veinticuatro con o sin ella.

Y el resultado del pretest no la salvaba, y la ola que podía salvarla llegaba el viernes a las diez de la mañana, doce horas después de que ella tuviera que entregar.

Y había una cosa más, y era la que llevaba dos horas evitando.

Aunque el corte fuera mejor, aunque Paula lo eligiera, aunque el consejo lo aprobara el viernes a las cinco de la tarde, aquello no se publicaba si Iñigo Arce no firmaba la subsanación.

Y Iñigo Arce llevaba cuarenta y una horas sin escribirle, igual que ella a él, porque los dos lo habían acordado en una cafetería el martes por la tarde y porque los dos eran, para su desgracia, gente que cumple lo que acuerda.

Él no había visto el corte. No sabía qué llevaba dentro, ni si había restituido el rótulo del aparcamiento, ni si había hecho lo que él pedía en el acta o cualquier otra cosa.

No lo iba a ver hasta que lo recibiera, con el reloj corriendo, sabiendo que si lo firmaba después de haberla visto perder la sociedad, medio sector iba a decir que lo había firmado por eso.

Celia calculó, por costumbre, cuántas maneras había de que aquello saliera bien.

Le salieron dos, y las dos dependían de personas que no eran ella.

Podía irse a su casa.

Podía mandar el corte B tal como estaba, con lo que tenía, que era digno y que era mejor que el otro, y dejar que Paula decidiera lo que tuviera que decidir el jueves a las cinco.

Miró el minuto uno cuarenta.

—Le falta algo —dijo en voz alta, a una sala vacía.