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A las siete y cincuenta del miércoles, la tarjeta de Celia abrió el torno del portal y no abrió el ascensor.
Lo probó dos veces. La segunda esperó cuatro segundos con la tarjeta apoyada en el lector, viendo la luz roja, y entendió que aquello no era una avería.
Subió por la escalera.
En la segunda planta funcionó. En la sala grande había tres personas y ninguna la miró de una manera rara, lo que significaba que todavía no lo sabía nadie. Encendió el ordenador y comprobó, en orden y sin prisa, cuatro cosas.
El acceso a la carpeta general del proyecto seguía.
El acceso a la carpeta de facturación había desaparecido.
La reunión del jueves con el consejo de VIALTA, que estaba en su calendario desde el seis de noviembre, ya no estaba.
Y en la lista de distribución interna del proyecto habían añadido a un director de cuentas de la casa que se llamaba Óliver y con el que Celia había cruzado once frases en seis años.
Miró el reloj. Las ocho y cuatro.
Hizo entonces una cosa que hacía siempre y que aquella mañana le sirvió por primera vez para algo que no era producción: una lista de dos columnas.
En la de la izquierda, lo que le habían quitado. Ascensor. Facturación. La reunión del jueves. La cuenta.
En la de la derecha, lo que no. El acceso al material. La firma sobre el presupuesto ya aprobado. Y una figura que estaba escrita en un acuerdo firmado por tres partes y que nadie podía mover sin decírselo a las tres.
Miró las dos columnas. La de la derecha era corta y era exactamente lo que hacía falta.
Un día antes, aquella lista la habría deprimido.
Aquella mañana, a las ocho y cuatro, lo que sintió fue una cosa fría y bastante útil: Damián Cifuentes llevaba dos días haciendo todo lo que podía hacer sin que constara, y de que todo lo que podía hacer sin que constara era, exactamente, quitarle un ascensor.
Después abrió el acuerdo, que llevaba en el escritorio desde septiembre y que hasta ese momento había abierto tres veces, y buscó la cláusula tercera.
La productora designa como responsable nominal del proyecto a Celia Olmedo Serrano, que ejercerá dicha responsabilidad ante el operador y ante el medio supervisor hasta la entrega y aceptación del montaje recopilatorio final.
Cualquier sustitución en esta figura deberá notificarse por escrito y de forma simultánea a las tres partes firmantes.
Lo leyó dos veces y comprobó una cosa más: en su correo no había ninguna notificación. Ni en el suyo, ni, según pudo ver en la lista de distribución, en ninguna parte.
A las ocho y once escribió el correo más corto que había escrito en toda la campaña. Iba dirigido a la dirección técnica de la agencia, con copia a Damián, a Paula Requena y a Rosa Bao.
Solicito acceso a la sala de montaje 2 y a la carpeta del proyecto en calidad de responsable nominal, conforme a la cláusula tercera del acuerdo de 30 de septiembre, para preparar la versión subsanada del montaje recopilatorio dentro del plazo de setenta y dos horas abierto el 18 de noviembre a las 19:40.
Le contestó la dirección técnica a las ocho y veintitrés con un concedido y una hora de caducidad: viernes a las veinte.
Damián no contestó.
A las nueve menos veinte pasó por delante de la sala grande camino de su despacho, se paró tres segundos en la puerta, la vio en su mesa y siguió andando.
Celia levantó la vista a tiempo de verle la espalda.
Llevaba seis años trabajando con aquel hombre.
Le había cubierto dos fines de semana en dos mil veintidós cuando se le puso enfermo un hijo, le había resuelto un rodaje en Málaga con doce horas de aviso y le había escuchado, en un aeropuerto en dos mil veinticuatro, contarle que estaba pensando en vender su parte y que no se lo dijera a nadie.
Y aquella mañana Damián Cifuentes había preferido pasar de largo antes que decirle buenos días, porque decirle buenos días le habría obligado a decir algo después.
No le pareció cobardía. Le pareció, con una precisión que le sentó peor, exactamente lo que ella misma le había hecho a Nadia el dos de octubre a las ocho menos veinte de la tarde: evitar una conversación de veinte minutos porque tenía otras siete cosas.
A las diez menos cinco, Celia llamó a un teléfono que tenía guardado desde dos mil veintitrés y que no había marcado nunca desde aquella agencia.
Se llamaba Berta Nogal, tenía una empresa de cinco personas en Alcobendas y hacía pruebas de recepción para marcas medianas. Se habían conocido en un proyecto de una compañía de seguros y Celia se acordaba de dos cosas: que era rápida y que decía que no.
—Necesito una prueba de recepción a dos versiones. Empiezo hoy y necesito una primera lectura mañana a las nueve.
—Eso no existe.
—Ya lo sé.
—Celia, una prueba de recepción decente son cinco días. Panel, cuestionario, campo, depuración.
—No te estoy pidiendo una prueba decente. Te estoy pidiendo lo que se pueda hacer en veintitrés horas y que sea defendible. —Se cambió el teléfono de oreja—. Y quiero que me digas tú, por escrito y en la primera página, lo que no vale de lo que me entregues.
Hubo un silencio de tres segundos que Celia conocía bien y que en aquel oficio significaba que sí.
—Panel online, cincuenta personas, dos extractos de setenta segundos, cuestionario corto —dijo Berta—. Puedo darte clic simulado, intención declarada, confianza inmediata y rechazo. Mañana a las nueve.
—¿Y recuerdo?
—Recuerdo no. Recuerdo se mide a las cuarenta y ocho horas y no hay manera de acortarlo, porque lo que se mide es que pase el tiempo.
—Entonces mándame lo que puedas mañana y la ola de recuerdo cuando llegue.
—El viernes a las diez.
—El viernes a las diez.
—¿Y esto quién lo paga?
Celia abrió la hoja del presupuesto que llevaba desde el dos de octubre en la misma carpeta.
Línea cuarenta y uno. Contingencia y pretest de recepción. La contingencia se había gastado entera el cuatro de octubre en una avenida barrida. Debajo, sin tocar, cuatro mil euros.
—Lo paga una partida aprobada de esta campaña —dijo—, y tengo firma para ejecutarla mientras siga siendo responsable del proyecto.
—¿Y sigues siéndolo?
—Hasta la entrega.
Berta se rió.
—Eso ha sonado fatal.
—Ya.
Los dos extractos se los mandó a las diez y cuatro, los mismos que Quique había preparado el lunes, con un correo de cuatro líneas en el que Celia dejaba escrito, porque iba a hacer falta que estuviera escrito, que el extracto A correspondía a un montaje terminado y el extracto B a material aprobado sin montaje definitivo, y que la comparación medía intención de una pieza corta y no calidad de dos másteres.
Berta le contestó con un pulgar y, once minutos después, con una llamada de veinte segundos.
—Una cosa.
—Dime.
—El extracto B es peor que el A. Como pieza, digo. Está sin montar.
—Lo sé.
—Te lo digo porque si esto sale mal vas a pensar que es por el contenido, y a lo mejor es porque uno tiene fundidos y el otro no. Y eso no te lo puedo separar en veintitrés horas.
El teléfono se le quedó pegado a la oreja.
—¿Y si te mando el B montado esta noche?
—Entonces ya no te da tiempo al campo y no tienes nada mañana a las nueve.
—Vale.
—Celia, que no te estoy diciendo que no lo hagas. Te estoy diciendo lo que voy a poner en la página uno.
—Ponlo en la página uno —dijo Celia—. Y en negrita.
Quique llegó a las once menos veinte y traía dos cafés y una cara que Celia no supo interpretar.
—Antes de nada. —Dejó los cafés—. ¿Esto me lo va a pagar alguien?
—Sí.
—¿Quién?
—La campaña. Está en la partida y tengo firma. Y si al final resulta que no, te lo pago yo, y te lo digo hoy y no el mes que viene.
Quique se sentó y encendió las dos pantallas.
—Vale. Segunda pregunta. ¿Vamos a hacer un montaje que no ha pedido el cliente, en la sala de la agencia, sin que lo sepa el socio director?
—Lo sabe. Le he puesto en copia esta mañana.
—Eso no es lo mismo que saberlo.
—No —dijo Celia—. Es lo que puedo hacer.
—Tercera pregunta y ya te dejo —dijo Quique—. ¿Qué estamos montando exactamente?
—El mismo máster.
—El mismo máster no, porque el mismo máster ya existe y lo ha hecho otro.
—El mismo material. —Celia abrió las dos carpetas en las dos pantallas—. Mira. Aquí está el corte de Paula, cuarenta y un planos, tres minutos y cuatro. Y aquí está todo lo que hay. Cuarenta y una horas de bruto, siete episodios, tres mil y pico archivos.
—¿Y qué quieres?
—Quiero los mismos cuarenta y un planos.
Quique levantó la cabeza.
—¿Los mismos?
—Los mismos, en el mismo orden y con la misma duración.
—Se sentó—. Si yo cambio los planos, mañana Paula compara dos películas distintas y elige la que le gusta más, que es la suya.
Si dejo los mismos planos y solo añado lo que había alrededor, entonces la comparación es limpia y ella no puede decir que le he cambiado el producto.
Quique miró las dos pantallas un rato.
—Eso es más difícil.
—Bastante.
—Y va a durar más de tres minutos.
—Va a durar lo que dure.
Estuvieron hasta las diez y media de la noche.
Y lo que Celia había temido, que era encontrarse sola en una sala haciendo una cosa demasiado grande, resultó ser cierto durante las tres primeras horas y falso a partir de la una.
A la una y cuarto entró Amaya.
—Me ha dicho Quique que estabas montando.
—Amaya, tú tienes trabajo.
—Tengo tres cosas de la campaña de gimnasios y las tengo hechas. —Dejó el abrigo en una silla—. Y he mirado el calendario y a mí nadie me ha quitado de este proyecto.
A las cuatro y veinte llamó Nadia, desde una furgoneta y en un descanso de otro rodaje, para preguntar si necesitaba los partes de cámara de alguna salida, y estuvo veinte minutos por teléfono localizando dos códigos de tiempo que en la carpeta estaban mal etiquetados.
El trabajo, visto de fuera, era de una monotonía absoluta.
Localizar el bruto de un plano de once segundos. Abrir el parte de cámara de esa jornada. Comprobar el código de tiempo. Buscar los treinta segundos anteriores y los treinta posteriores. Ver qué había ahí. Casi siempre no había nada: alguien tosiendo, una furgoneta, una indicación de Rubén.
A veces sí.
En el plano de la vendimia, cuarenta segundos después, se oía a Marcial explicando que la uva no podía entrar caliente y por qué.
En el del hayedo, justo antes, estaba el guarda diciendo que el color venía con dos semanas de retraso.
En el del mercado de Segovia, medio minuto después, el señor de la lona decía que la esquina de poniente se soltaba siempre.
Nada de eso era nuevo. Todo eso lo habían emitido ellos mismos en su momento, en siete episodios, y estaba autorizado y firmado y llevaba semanas en internet.
Lo único que había hecho el corte de tres minutos era quitarlo.
—Oye —dijo Amaya, sobre las cinco—. ¿Tú te das cuenta de lo que estamos haciendo?
—Dímelo tú.
—El cuaderno de descartes. —Señaló las dos pantallas—. Llevamos seis semanas publicando cada lunes lo que tiramos, y ahora resulta que el máster es eso. Lo que tiramos, puesto al lado de lo que quedó.
Se quedó con la mano en el ratón.
Era verdad y no se le había ocurrido, y llevaba siete horas montándolo.
Ninguno de los tres tenía por qué estar allí.
Celia lo pensó a las siete de la tarde, con Amaya poniendo rótulos y Quique discutiendo con ella sobre un fundido, y lo que sintió no fue gratitud exactamente.
Fue una cosa más incómoda: en seis años nunca había comprobado si aquella gente venía por lealtad o porque les resolvía la vida, y de que estaba a punto de averiguarlo en las peores condiciones posibles.
El corte quedó en tres minutos y cuarenta y ocho segundos.
No era un documental triste. Eso fue lo primero que Celia se propuso a las once de la mañana y lo que estuvo defendiendo contra sí misma todo el día, porque la tentación de hacer una cosa grave y digna estaba ahí y habría sido, además, mucho más fácil.
Empezaba igual que el otro. La misma calle mojada de Segovia y el mismo ruido de toldo. Las mismas manos moradas en la parcela alta. La misma luz entrando por el hueco de la calle de la iglesia.
Los planos bonitos estaban todos.
Lo que cambiaba era lo que había alrededor.
La plaza de Oteruelo llevaba encima, en el minuto uno cuarenta, un rótulo blanco que ponía el nombre del pueblo, la provincia y el número de habitantes, y detrás de la plaza iban once segundos de la reunión del centro social: Marisol diciendo que llevaba veintidós años oyendo que allí no se podía hacer nada, y Fermín diciendo que le parecía bien que viniera gente a ver Oteruelo.
El aparcamiento del uno de noviembre iba precedido de su fecha y seguido de la panadería abriendo un día extra.
En el minuto dos y treinta había tres segundos en negro y una línea que decía que allí había habido una fotografía y que la persona había retirado su permiso.
En el minuto tres había ocho segundos de una tabla de horarios de autobús, en pantalla, con la nota a pie que decía domingos y festivos sin servicio , y encima una voz en off de doce palabras que decía que hasta allí llegaba el tren y que desde allí no llegaba nada.
Y en el minuto tres y veinte, antes del cierre, iban los dos segundos del episodio siete en los que se oía a una mujer decir ¿le importa esperar aquí un segundito? .
Terminaba con el mismo plano del paraguas amarillo abriéndose, sin nadie debajo.
Hubo una discusión a las ocho y media que duró media hora y que Celia perdió.
Amaya quería quitar la tabla de horarios del autobús.
—Son ocho segundos de una tabla en pantalla. Es feísimo.
—Es feísimo y es el único momento en el que decimos que el producto no llega.
—Podemos decirlo con una voz en off y ya está.
—Con una voz en off suena a que lo confesamos. Con la tabla, se ve.
—Celia, es una captura de pantalla de una web de horarios. —Amaya la puso a pantalla completa—. Mira esto. Esto en un máster de televisión es un cuerpo extraño.
—Es que es un cuerpo extraño.
—Vale, pero es que además está mal encuadrada, tiene el cursor del ratón encima y se lee fatal.
Y en eso tenía razón.
Estuvieron veinte minutos rehaciéndola: la volvieron a capturar limpia, quitaron el cursor, aumentaron la nota a pie de tabla lo justo para que se leyera en un móvil, y la dejaron en seis segundos en vez de ocho.
Quedó mejor y quedó igual de fea, y Amaya dijo, cuando la vieron montada, que vale, que la fea era la buena, y que constara que ella lo había dicho.
Amaya lo vio entero a las diez y cuarto de la noche y no dijo nada durante veinte segundos.
—Está bien —dijo al final—. Y hay algo que no está.
—Ya lo sé.
—Yo tampoco sé lo que es.
—Yo tampoco —dijo Celia.
Se fueron a las once menos veinte. Celia siguió otros cuarenta minutos, hizo la copia de seguridad, comprobó que los tres archivos de sonido estaban vinculados y apagó las pantallas.
La lectura preliminar llegaba a las nueve de la mañana. El plazo vencía el viernes a las siete y cuarenta de la tarde. Quedaban cuarenta y cuatro horas y media.