Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 31
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Iñigo empezó a preparar el veto el lunes por la noche y tardó veintiuna horas en tenerlo, que era el triple de lo que había tardado en desmontar Valdelumbre.

El problema no era el argumento. El problema era el perímetro.

Tenía delante el acuerdo, la cláusula séptima y una lista de tres columnas que había hecho a mano en la primera página de la libreta nueva, porque la vieja se le había terminado en Sanabria.

En la primera columna, lo que podía vetar. Manipulación de material. Uso de material sin consentimiento vigente. Supresión de contexto que altere el sentido de una pieza.

En la segunda, lo que no. Duración. Orden de montaje. Elección de destino. Estrategia comercial. Precio. Calendario de emisión. Y, subrayado dos veces, que me parezca peor .

En la tercera columna había escrito, el lunes a las once de la noche, una sola línea: lo que quiero vetar.

Y debajo: que el corte sea el que es.

Se pasó el martes entero moviendo cosas de la tercera columna a la primera, y no por trampa, sino porque ese era literalmente el trabajo: encontrar dónde estaba, si estaba, el punto en el que una preferencia se convertía en un incumplimiento.

Lo que hizo por la mañana, antes de encontrarlo, fue descartar tres cosas, y las tres le costaron.

La primera fue Oteruelo. Estuvo hora y media construyendo el argumento de que borrar el nombre de un municipio que había firmado treinta y una autorizaciones alteraba el sentido de la pieza, y a las diez y veinte lo dejó, porque cuando lo puso por escrito se le veía la costura: el sentido de aquellos once segundos de plaza no cambiaba por no decir cómo se llamaba. Cambiaba lo que él pensaba de ellos.

La segunda fue la ausencia de topónimos. Cuarenta y un planos en cinco provincias y ni un nombre. Le pareció, y le sigue pareciendo, la decisión más reveladora del corte. Y no era vetable, porque en ninguna parte de la cláusula séptima ponía que una pieza publicitaria tuviera que decir dónde está.

La tercera fue la más difícil de soltar, porque tenía que ver con él. Los veinte segundos del episodio seis no estaban en el máster, y él lo había comprobado dos veces con un alivio que le duró hasta que se dio cuenta de que estaba aliviado.

Lo encontró a las once y cuarenta de la mañana y no era donde él había estado buscando.

No estaba en Oteruelo. Estaba en el minuto dos y once.

En el máster brillante, entre la plaza y la hoguera, había once segundos de un aparcamiento lleno de coches en un pueblo pequeño, al amanecer, con niebla baja.

Era un plano bonito y era de la salida cinco, y en el episodio de aquella semana iba precedido de un rótulo blanco que decía 1 de noviembre y seguido de la panadería abriendo un día extra.

En el máster no había rótulo, no había panadería y no había fecha.

Once segundos de coches con matrícula de fuera en un pueblo pequeño, sin nada alrededor, montados entre una plaza y una fiesta.

Escribió la objeción a las doce y cuarto y le salió en cuatro líneas: que aquel plano, en su contexto original, documentaba el regreso de familias al pueblo el día de Todos los Santos; que fuera de ese contexto, en una pieza publicitaria de tres minutos sobre escapadas de fin de semana, representaba afluencia turística; y que la diferencia entre las dos cosas no era una cuestión de tono sino del sentido de la imagen.

Lo leyó y le pareció sólido.

Después escribió la segunda objeción, que era la de las autorizaciones, y esa era más fácil y más aburrida: veintiséis de treinta y una autorizaciones de Oteruelo incluían casilla de máster, y en el corte no aparecía ninguna de esas veintiséis personas, lo cual no era ilegal en absoluto pero significaba que la única localidad de la campaña que había firmado treinta y una autorizaciones era la única que salía sin nadie dentro.

Esa segunda no era un veto. Era una observación, y lo sabía.

Y a la una de la tarde, delante de las dos objeciones escritas, Iñigo tuvo que sentarse a decidir si aquello daba para retirar una firma o si estaba estirando once segundos de aparcamiento para hacer lo que quería hacer desde el lunes a las diez de la mañana.

Estuvo cuarenta minutos.

En esos cuarenta minutos se hizo dos veces la única pregunta que servía, que era darle la vuelta a todo: si el corte fuera al revés, ¿lo vetaría?

Es decir: si Paula Requena hubiera montado tres minutos con la reunión del centro social entera, con Fermín, con la mujer que preguntaba si el pueblo se quedaría peor y con el rótulo del nombre, y hubiera quitado once segundos de aparcamiento con niebla, ¿habría levantado él un acta?

No. Habría escrito en el informe del martes que el máster le parecía valiente y habría seguido con su vida.

Eso no invalidaba la objeción. Un veto no deja de valer porque al que lo levanta le convenga. Pero le puso encima de la mesa, con una claridad que no le gustó nada, que llevaba veintiuna horas trabajando en un documento que quería que existiera antes de saber si podía existir.

Al final hizo lo único honrado que se le ocurrió, que fue escribir las dos objeciones en un documento, escribir debajo la lista de lo que no podía vetar, y mandárselo entero a Rosa Bao con una línea:

Dime si esto es un veto o soy yo.

A Celia se lo dijo a las cinco y veinte de la tarde, en la cafetería de la esquina de brUMA, porque era el único sitio donde ninguno de los dos trabajaba.

Ella llegó con el abrigo puesto y con cara de haber dormido tres horas.

—Voy a retirar la firma —dijo Iñigo—. Esta tarde, sobre las siete y media.

Celia dejó el bolso en la silla de al lado y se sentó despacio.

—Vale.

—Te lo digo antes por lo mismo de siempre.

—Ya lo sé.

—Y te lo digo también porque quiero que sepas exactamente por qué, y no por el resumen que te va a llegar mañana.

Se lo explicó entero. Los once segundos del aparcamiento. La cláusula. Lo que podía vetar y lo que no. La observación de las autorizaciones, que no era un veto. Y la lista de la segunda columna, incluida la línea subrayada dos veces.

Ella lo escuchó sin interrumpir.

—El plano del aparcamiento —dijo al final—. Ese lo puse yo en el máster.

—Lo sé.

—Lo puse porque era bonito y porque cabía en once segundos.

—Lo sé, Celia. Y no lo puedes vetar tú porque tú no vetas nada, tú produces. —Se echó atrás—. Ese es exactamente el problema de este trabajo.

Estuvieron un momento callados.

—¿Sabes lo peor? —dijo ella—. Que tienes razón.

No un poco. Del todo. Los once segundos del aparcamiento con el rótulo son un pueblo que se llena una vez al año, y sin el rótulo son un pueblo lleno de turistas, y yo lo he montado, y lo he montado el lunes a las cuatro de la tarde sin que se me pasara por la cabeza ni un segundo.

—Ya.

—Y también sé lo que va a pasar mañana. —Celia se pasó las manos por la cara—.

Mañana yo tengo que llevarle a Paula otro montaje, y esta tarde tú vas a levantar un acta que le va a caer encima al mismo tiempo.

Y el miércoles a mediodía esa mujer va a tener dos cosas: una propuesta mía sin terminar y un plazo de setenta y dos horas contigo fuera.

Y va a elegir la suya, y va a hacer bien.

—Puede.

—Iñigo, no es puede .

—¿Y qué quieres que haga? —No lo dijo enfadado.

Lo dijo como quien pide de verdad una alternativa—.

Dime qué hago. Espero al jueves y para el jueves el máster está aprobado por el consejo.

Espero a que tú termines tu montaje y entonces mi veto es un apoyo a tu propuesta, y eso ya no es supervisión independiente, es que dos personas que se acuestan están haciendo la misma campaña.

No contestó a eso, porque no había respuesta.

—Ya —dijo.

—Yo tengo un plazo que no me he inventado. La cláusula dice que el veto se levanta cuando se detecta, no cuando conviene.

—Ya lo sé.

—Y si lo levanto el viernes, cuando ya sé cómo ha ido tu propuesta, entonces lo he usado para ayudarte.

—Que ya lo sé, Iñigo. —Celia levantó la voz un poco y la bajó enseguida—.

Perdona. Es que lo sé todo. Sé por qué lo haces, sé que está bien hecho y sé que si yo fuera tú lo haría hoy.

Y a la vez sé que dentro de tres días yo voy a estar sola en una sala de montaje con el reloj corriendo y tú vas a estar en tu casa, con razón, habiendo hecho lo correcto.

Bajó la vista a la taza.

—Eso es exactamente lo que hago siempre —dijo.

—Sí.

—Lo señalo y me voy.

—Sí.

—¿Y qué quieres que te diga? ¿Que esta vez es distinto?

—No —dijo Celia—. Quiero que no me digas eso.

Estuvieron un rato largo sin hablar. Fuera había empezado a llover otra vez, con esa insistencia sin drama que llevaba acompañándolos desde el cuatro de octubre.

—Yo no me estoy yendo —dijo él al final.

—Ya lo sé.

—Estoy retirando una firma.

—Iñigo, para mí eso es lo mismo hasta el viernes a las ocho menos veinte. —Celia cogió el bolso—. Y no te lo digo como reproche, te lo digo porque es verdad y porque hemos quedado en no decirnos las cosas a medias.

Se levantaron los dos a la vez.

—Esto no es una ruptura —dijo Iñigo.

—No.

—Vale.

—No es una ruptura y no vamos a poder hablar en tres días —dijo ella—. Las dos cosas.

—Una cosa —dijo Iñigo, cuando ella ya estaba de pie.

—Dime.

—El miércoles y el jueves vas a estar sola con eso.

—Sí.

—Y yo voy a poder ver la carpeta del proyecto, porque el acuerdo me da acceso durante el plazo. —Se metió las manos en los bolsillos—. Te lo digo para que lo sepas. No voy a entrar.

Celia tardó un segundo en entenderlo.

—¿Me lo estás avisando o me estás pidiendo permiso?

—Te lo estoy avisando —dijo él—. Otra vez.

Ella soltó una risa muy corta, sin ninguna alegría, y fue lo último parecido a una risa que hubo entre los dos en tres días.

—Pues no entres —dijo—. Porque si entras y ves lo que estoy haciendo, dentro de una semana alguien va a poder decir que lo hicimos juntos.

—Ya lo había pensado.

—Ya lo sé que lo habías pensado. Por eso me lo has dicho.

Le puso una mano en el brazo un segundo, muy poco, y salió a la calle sin paraguas.

Rosa contestó a las cuatro y media y le hizo esperar hasta las siete, que era su manera de no decidir por él.

—Es un veto —dijo, cuando llegó a la redacción—. Los once segundos son un veto. Está bien construido y lo he leído tres veces buscando dónde se te caía, y no se te cae.

—Vale.

—Y lo otro, lo de las autorizaciones, es una observación. Va en el informe del martes que viene y no en el acta.

—De acuerdo.

Rosa se apartó del teclado y giró la silla.

—Ahora te voy a decir la parte que no te va a gustar.

—Dila.

—Que ese acta lleva tu nombre y lleva el nuestro.

—Cogió la carpeta y la dejó en la mesa entre los dos—.

Cuando esto se publique el viernes a las siete y cuarenta, si no lo arreglan, en veinticuatro horas hay ochocientas mil personas leyendo que CONTRALUZ retira su firma de una campaña.

Y de esas ochocientas mil, unas doscientas van a ser gente del sector, y esas doscientas van a mirar dos cosas.

—El acuerdo.

—El acuerdo, que está publicado y está limpio, y eso lo hicimos bien en septiembre. —Rosa levantó un dedo—. Y la nota de conflicto de tu informe del veintiocho de octubre, que lleva tres semanas publicada, que la ha leído nadie y que a partir del viernes la va a leer todo el mundo.

Él no dijo nada.

—Van a decir que el supervisor se ha acostado con la responsable del proyecto y que después ha retirado la firma —siguió Rosa—. Y van a decir las dos cosas juntas, en la misma frase, y ninguna de las dos es falsa.

—Está declarado desde el día siguiente. Y desde el veintiocho no superviso nada donde salga ella.

—Ya lo sé. Lo escribí yo.

—Entonces está bien hecho.

—Está impecablemente hecho —dijo Rosa—, y da exactamente igual, porque a la gente le vas a tener que explicar el orden de las fechas y en el momento en que tienes que explicar el orden de las fechas ya has perdido.

Ninguno de los dos habló.

—¿Me estás diciendo que no lo levante?

—No. —Rosa empujó la carpeta un centímetro hacia él—.

Te estoy diciendo lo que cuesta, que es distinto, y te lo digo ahora porque el viernes ya no sirve de nada.

Si el corte es lo que dices, tienes que levantarlo.

Y si lo levantas, esto no lo pagas tú solo.

Lo pagamos siete personas, una de ellas de baja.

—Rosa.

—Y aun así lo vas a levantar, y yo te voy a firmar el acta. —Se giró otra vez hacia el teclado—. Pero no quiero volver a oír nunca más que tú te vas de los sitios sin que te cueste nada, porque llevo once años viendo lo contrario y esta vez lo van a ver los demás.

Lo levantó a las siete y cuarenta.

Fueron cuatro minutos de formulario. Pieza afectada: montaje recopilatorio, versión del diecisiete de noviembre.

Motivo invocado: cláusula séptima, apartado c, supresión de contexto que altera el sentido de una pieza.

Localización: minuto dos y once, once segundos.

Descripción del material. Propuesta de subsanación: restitución del rótulo de fecha y del plano siguiente, o retirada del segmento.

Firma del supervisor. Firma de la dirección del medio.

Le dio a enviar a las 19:40 y el sistema devolvió el acuse a las 19:41 con la línea automática que llevaba desde septiembre en la cláusula y que nadie había leído nunca en voz alta:

Plazo de subsanación: 72 horas. Vencimiento: viernes, 19:40. Publicación automática en caso de no subsanación.

Rosa se puso el abrigo.

—Vete a casa.

—Voy a escribir el informe.

—El informe es el martes que viene y hoy es martes. —Cogió el bolso—. Vete a casa, Iñigo.

Iñigo se quedó solo en la redacción con siete mesas vacías y la nota del tupper, que seguía pegada desde marzo.

A las ocho menos cuarto miró el móvil.

No había nada de Celia y no iba a haberlo, porque los dos habían dicho en una cafetería, tres horas antes, que no iban a poder hablar en tres días, y porque ninguno de los dos era de los que escriben para comprobar si el otro sigue ahí.

Antes de apagar, hizo una cosa que no tenía ninguna función.

Abrió la carpeta compartida del proyecto, la de acceso de supervisión, y comprobó que seguía teniendo permiso de lectura. Lo tenía. Estaba en el acuerdo: el supervisor conserva acceso al material durante el plazo de subsanación, precisamente para poder verificar la versión corregida.

O sea que durante setenta y dos horas iba a poder ver, en tiempo real, cada archivo que subiera aquella gente a aquella carpeta.

Cerró la ventana.

Y después, porque llevaba once años sin permitirse ese tipo de cosa y porque estaba solo en una redacción vacía, la volvió a abrir y miró la última modificación, que era de las 21:14 del lunes y ponía máster b — Q .

No entró.

Apagó las luces y bajó a la calle.

Estuvo un rato en el portal, con la puerta abierta y la lluvia delante, calculando por costumbre.

Setenta y dos horas. Miércoles, jueves y hasta el viernes a las ocho menos veinte. Tres días en los que él ya no tenía absolutamente nada que hacer, que era, mirándolo bien, el mismo sitio en el que llevaba once años poniéndose.

Lo que había cambiado era que esta vez sabía dónde estaba la otra persona.