Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 30
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Lo que Celia estuvo haciendo el martes entre las siete y media y las nueve de la mañana, en pijama y con un café que se le enfrió entero, fue buscar una salida.

No lo pensó con esas palabras. Lo pensó como repasar , que es como se llama a eso cuando uno lo está haciendo.

Repasó los cuatro documentos en orden y después los repasó al revés.

El acta del diecinueve de septiembre. Punto cuatro: se verificarán las localizaciones antes de la entrega. La formulación era de Damián y estaba en primera persona del plural, y en aquella reunión había siete personas.

Ahí había algo. Si el compromiso era del equipo y no de una persona, entonces la responsabilidad estaba repartida, y ella podía decirlo el lunes en una sala y sonaría razonable.

Lo escribió en una hoja y lo miró.

Y después escribió debajo lo que iba a contestar Damián, que era: y quién de las siete era la responsable de producción de la pieza.

Tachó la línea.

Repasó el parte de aprobación. Su firma digital, su nombre, la hora. Nada que hacer ahí.

Repasó el hilo del once de septiembre. El mensaje de Amaya, los tres pulgares y ningún comentario. Uno de los tres pulgares era de Damián.

Ahí había algo mejor. Damián había visto ese mensaje. Estaba probado, con reacción y con hora, y no había hecho nada.

Lo escribió y lo miró un rato largo, y lo que se le ocurrió fue una cosa peor que cualquier objeción de Damián.

Que ella también lo había visto.

Que estaba en el mismo grupo, que aquel mensaje llevaba dos meses y medio en su teléfono y que en siete semanas de campaña, con el escándalo encima, no lo había buscado ni una sola vez, porque en el fondo, en algún sitio muy poco iluminado, sabía perfectamente lo que iba a encontrar.

Repasó también, aunque tardó en admitir que lo estaba repasando, la cronología que había mandado el cinco de octubre.

La tenía en enviados. Cuatro folios, sin adjetivos, escrita un sábado por la mañana con café como le había recomendado él, y con la parte fea dentro. Se la leyó entera.

Estaba bien escrita. Ese fue el primer pensamiento y se le hizo raro tenerlo.

El segundo fue peor. En cuatro folios y ciento y pico líneas no había una sola frase que dijera lo que ella había hecho aquella noche. Había fechas, había envíos, había horas y había una línea que decía se aprueba la versión final .

Se aprueba. En impersonal.

No era una trampa. Era como se escriben las cronologías de proyecto, todas, en todas las agencias del mundo, y ella lo había hecho sin pensarlo, del mismo modo que no había abierto el desglose de capas.

A las nueve menos cinco tenía tres líneas escritas y las tres eran ciertas, y las tres, puestas juntas, formaban un texto que decía exactamente esto: yo aprobé, pero.

Miró el pero un rato.

Después arrancó la hoja, la dobló y se fue a la ducha.

Amaya la estaba esperando a las diez menos veinte en la puerta de la sala de montaje, con el abrigo puesto todavía y el móvil en la mano.

—¿Tienes cinco minutos?

—Tengo los que hagan falta.

Entraron y cerró la puerta, cosa que Amaya no había hecho nunca.

—Damián me pidió mi versión por escrito el sábado ocho. —Lo dijo de corrido, como quien lleva días ensayándolo—. Por correo. Sobre cómo se montó el compuesto. Yo llevo diez días escribiéndola y borrándola y no se la he mandado.

—Vale.

—Y ayer por la noche la terminé.

Le pasó el móvil.

Era un documento de dos páginas. Celia lo leyó entero, de pie, y tardó cuatro minutos.

Estaba todo. Que Amaya había montado la maqueta la última semana de agosto con material del banco del cliente y dos archivos de licencia externa.

Que la había marcado como maqueta en el nombre del archivo.

Que el once de septiembre había escrito en el grupo que la pieza seguía pendiente de validación y que nadie le contestó.

Que el veintitrés de septiembre a las dos y cuarenta y siete de la madrugada había mandado la versión de entrega con la marca de agua eliminada, porque eso era lo que se hacía en las versiones de entrega y porque nadie le había dicho lo contrario.

Y en el último párrafo, dos frases que Celia leyó dos veces.

Yo no advertí por segunda vez. Podía haber vuelto a preguntarlo el 15, el 18 o el 22 de septiembre y no lo hice, porque el trabajo estaba aprobado internamente y yo era la única persona del proyecto que llevaba dos años en la casa.

Quiero hacer constar también que el compuesto está bien hecho. No es un descuido ni una chapuza. Es una maqueta de dirección de arte correcta que se publicó sin sustituir, y esas son dos cosas distintas.

Le devolvió el móvil.

—¿Esto se lo has mandado?

—Todavía no. Quería que lo vieras tú antes.

—Amaya, esto te perjudica.

—Ya lo sé.

—Este párrafo de aquí, el de que no advertiste por segunda vez, es exactamente lo que van a subrayar.

—Ya lo sé. —Amaya se metió el móvil en el bolsillo y no se sentó—. Lo he quitado cuatro veces. Y las cuatro veces, cuando lo quitaba, el documento decía que yo avisé y que vosotros no me hicisteis caso, y eso también es verdad y no es toda la verdad, y yo con esa versión no puedo dormir.

Se apoyó en la mesa.

—¿Y por qué me lo enseñas a mí?

—Porque tú eres la que sale peor —dijo Amaya— y porque no quiero que te enteres el mismo día que él.

Hubo un silencio.

—¿Y lo del final? —dijo Celia—. Lo de que el compuesto está bien hecho.

—Eso no lo quito.

—No te estoy pidiendo que lo quites.

—Es que llevo dos meses y medio oyendo que hice una mentira. —Amaya tenía los ojos brillantes y la voz perfectamente firme, que era una combinación que Celia no le había visto nunca—. Y no hice una mentira. Hice un trabajo. La mentira empezó cuando alguien lo mandó sin sustituirlo.

—Ese alguien soy yo.

—Sí —dijo Amaya—. Por eso he tardado diez días.

Estuvo un momento sin saber qué hacer con las manos.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Sí.

—¿Tú estás bien?

Amaya se rió sin ganas.

—No.

—Ya.

—Pero no por lo que tú piensas. —Se sentó por fin, en el brazo de la silla, sin quitarse el abrigo—.

Yo lo que llevo mal no es el marrón. El marrón se pasa.

Lo que llevo mal es que en septiembre yo pensaba que había hecho la mejor pieza de mi vida, y ahora tengo veintisiete años y lo mejor que he hecho es una cosa que la gente usa de ejemplo de cómo se miente.

—Amaya, eso no es...

—Y no me digas que no es verdad, porque lo he buscado. —Sacó el móvil y lo volvió a guardar sin enseñárselo—. Sale en dos artículos y en un temario de una escuela de publicidad de Barcelona. En el temario ponen mi imagen y no ponen mi nombre, que es lo único bueno.

No dijo nada durante unos segundos.

—Voy a escribir yo también una cosa hoy —dijo al final.

—¿El qué?

—Lo mismo que tú, pero de mí. —Se apoyó en la mesa—. Y en la mía va a estar tu segundo párrafo, el del once de septiembre. Entero.

—No hace falta.

—Sí hace falta, y no lo hago por ti —dijo Celia—. Lo hago porque si eso no lo escribo yo, dentro de dos semanas alguien va a decir que tú avisaste y que yo no me enteré, y eso es mentira. Yo lo vi. Le di al pulgar.

Estuvo sola en la sala de montaje desde las once menos cuarto hasta la una.

Abrió el correo del veintitrés de septiembre. No la captura del pdf de Damián, sino el correo original, en su propio buzón, en la carpeta del proyecto, donde llevaba ocho semanas.

Lo abrió entero, con la cadena completa.

Arriba, el envío de Amaya de las 02:47, con el asunto correcto y el adjunto. Debajo, tres líneas automáticas de la firma de Amaya, con el cargo de dirección de arte y sin el júnior , porque en las firmas de aquella casa nadie ponía el júnior.

Y debajo del todo, su respuesta de las 02:51.

Perfecto, adelante con esta.

Cuatro palabras y un punto.

Se acordaba de haberlas escrito. Eso era lo peor y llevaba ocho semanas sabiéndolo.

Se acordaba de la cama, del brillo de la pantalla al mínimo, del cansancio bueno de las tres de la mañana y de la sensación concreta de estar cerrando bien una cosa difícil.

Se acordaba de haber pensado que Amaya iba a alegrarse al leerlo por la mañana.

Lo que no había hecho era abrir el desglose de capas. Y para no abrirlo no había tenido que decidir nada: simplemente no lo había abierto, igual que no se abren cuatrocientas cosas cada semana.

Bajó por la cadena hasta el final y encontró, debajo del todo, una cosa que no recordaba.

A las 02:53, dos minutos después de su respuesta, Amaya había contestado con tres palabras y un signo.

¡Genial! Buenas noches.

Celia miró esas tres palabras un rato bastante largo.

Después subió otra vez, despacio, leyendo la cadena entera en orden, y comprobó lo que ya sabía: que en aquel intercambio de las tres de la mañana no había ni una sola línea rara, ni un aviso, ni una advertencia, ni una duda.

Había una directora de arte contenta de haber terminado y una directora de producción contenta de poder cerrar.

Las dos habían hecho exactamente lo que hace todo el mundo un día de cierre.

Y eso, pensó, era lo que no iba a poder explicarle a nadie nunca. Que aquello no había sido una decisión. Que en ningún momento de aquella noche hubo un instante en el que alguien pudiera haber dicho que no.

Estuvo un rato con la pantalla encendida.

Después abrió un documento nuevo.

Lo escribió en cuarenta minutos y le salió en once líneas.

No tenía título. Empezaba diciendo que, con la fase de máster empezando y con la documentación del proyecto ordenada, quería dejar por escrito una cosa que no constaba con claridad en ninguno de los documentos.

Decía que el archivo final de la campaña de septiembre lo había aprobado ella, a las 02:51 del veintitrés, en cuatro palabras, sin abrir el desglose de capas y sin comprobar si se habían sustituido las localizaciones marcadas como pendientes.

Decía que la dirección de arte había advertido por escrito el once de septiembre de que la pieza seguía pendiente de validación, y que ese aviso no obtuvo respuesta de nadie, y que ella era una de las personas que no respondió.

Decía que en el acta del diecinueve de septiembre constaba el compromiso de verificar las localizaciones antes de la entrega, y que la responsable de producción de esa entrega era ella.

Y terminaba con dos líneas:

No solicito que esto se interprete como una explicación. No la tengo. Lo pongo por escrito porque hasta ahora constaba en cuatro documentos y en ninguno constaba en primera persona.

Lo leyó tres veces.

En la segunda lectura escribió, entre el párrafo tercero y el cuarto, una frase que decía que la decisión de publicar la pieza sin sustituir no había sido consultada con ella con posterioridad al envío.

Era verdad. Era, además, la única frase de las once líneas que apuntaba a otra persona.

La miró treinta segundos y la borró.

No la borró por generosidad ni por estrategia, y eso lo tuvo claro mientras lo hacía. La borró porque llevaba dos días leyendo cuatro documentos verdaderos y buscándoles una lectura que la dejara fuera, y aquella frase era, exactamente, esa lectura. Era pequeña, era cierta y era un pero .

Puso a Damián en el destinatario y a Paula Requena y a Rosa Bao en copia.

Se quedó con el cursor encima del botón un rato.

Fuera, en la sala grande, alguien se reía por teléfono.

Eran la una menos cinco de un martes y en aquella agencia había cuarenta y una personas trabajando en ocho proyectos distintos, y ninguna de ellas sabía que en la sala pequeña había una mujer a punto de mandar once líneas que no le había pedido nadie.

Lo que perdía no era el puesto, ni la sociedad, ni la reunión del jueves. Eso lo iba a perder igual y llevaba dos días sabiéndolo.

Lo que perdía era la versión.

La versión en la que estaba agotada y le habían dado un archivo a las tres menos nueve de la mañana. La versión en la que Damián había pedido verificar y no había verificado nadie. La versión en la que ella era la persona a la que le había caído encima una cosa que habían hecho otros.

Esa versión no era falsa. Era la que había estado contándose desde el veinticuatro de septiembre a las nueve y cuarto de la noche, debajo de una farola, mientras un autobús le mojaba el abrigo, y era la que le había permitido levantarse todos los días desde entonces.

Antes de mandarlo hizo dos cosas más.

La primera fue leerlo en voz alta, de pie, en una sala de montaje vacía, que era un truco que le había enseñado una jefa suya en dos mil quince para saber si un texto está escrito para alguien o está escrito para uno mismo.

Lo leyó entero y sonó a lo que era: once líneas planas, sin ninguna frase que se pudiera citar y sin ninguna que la dejara bien.

La segunda fue mirar el campo de copia.

Damián en el destinatario. Paula Requena y Rosa Bao en copia.

Rosa Bao no tenía por qué estar. Aquello era un asunto interno de la agencia y de su cliente, y meter en copia a la directora del medio que supervisaba el proyecto era, técnicamente, innecesario.

Y era también la única manera de que aquel documento no se pudiera guardar en un cajón.

Lo pensó un momento y la dejó.

Le dio a enviar a la una y cuatro minutos.

Después cerró el portátil, bajó a la calle, se compró un bocadillo que no se comió y estuvo veinte minutos sentada en un banco de Zurbano con el envoltorio en las manos, mirando el portal por el que había entrado con veintiocho rollos de canela ocho semanas antes.

A las dos menos cuarto le sonó el teléfono. Era Damián.

No lo cogió.

Volvió a sonar a las dos y cuatro y tampoco lo cogió, y a las dos y siete le entró un mensaje de cuatro líneas que decía que había leído su correo, que le parecía un gesto que le honraba, que no era necesario y que subiera a hablar cuando volviera.

Celia leyó el mensaje dos veces sentada en el banco.

No era necesario.

Estuvo un rato pensando en esas tres palabras, que eran, se mirara como se mirase, exactamente ciertas: no era necesario.

Nadie se lo había pedido. No había ningún procedimiento que la obligara.

Y a partir de la una y cuatro minutos de aquel martes, la única persona del proyecto que había puesto por escrito y en primera persona lo que hizo la noche del veintitrés de septiembre era ella.

Tiró el bocadillo entero en una papelera, subió a la oficina y no fue al despacho de Damián.

Fue a la sala de montaje, encendió la pantalla y abrió los dos archivos que Quique le había mandado la noche anterior.

El primero eran sesenta y ocho segundos del máster brillante. El segundo eran setenta y uno de material aprobado, montados sin ningún criterio, en el orden en que Quique los había encontrado.

Los vio los dos seguidos.

El segundo no valía nada. Aquello no llegaba a montaje: era una lista, y se le notaba desde el segundo cuatro.

Y aun así, en algún punto entre el segundo cuarenta y el cincuenta y dos, había once segundos que Celia volvió a poner tres veces: la mujer del centro social preguntando si el pueblo se quedaría igual o peor, y el silencio de después.

Once segundos. Justo la misma duración que el aparcamiento.

Cogió el teléfono y no llamó a nadie. Lo que hizo fue abrir el calendario y contar cuántas horas quedaban hasta el miércoles a mediodía.

Veintidós.