29 #2
—Paula, deme el jueves por la mañana y le traigo algo terminado. Deme el miércoles a mediodía y le traigo algo a medias, y usted va a decir que no a algo a medias, y va a tener razón.
—Ya lo he pensado.
—¿Y?
—Hasta el miércoles a mediodía, y le voy a decir por qué.
Porque el jueves tengo consejo el día veinte y necesito dos días para preparar lo que les voy a llevar.
—Se levantó—. Y una cosa más, y no se la digo como cliente.
Usted me está pidiendo cuarenta y ocho horas para hacer un trabajo que su agencia ya ha facturado.
¿Su socio director sabe que va a estar dos días haciendo un montaje que no le hemos pedido?
—No.
—Pues yo, en su lugar, se lo diría antes que después.
Celia recogió el guion y no contestó.
Cuando ya estaba en la puerta, Paula añadió una cosa más, y la dijo sin levantar la vista del portátil, que era como decía las que le costaban.
—Y una tercera, que no es de trabajo.
—Diga.
—Que yo no quiero ese corte. —Cerró el portátil—.
Que si el miércoles usted me trae algo que yo pueda defender el jueves delante de siete personas que llevan dos meses preguntándome cuándo vendemos billetes, yo me lo llevo.
Y que si no me lo trae, me llevo el de tres minutos y no voy a dormir mal, porque llevo desde julio sin dormir bien y a estas alturas eso ya no es un argumento.
Se paró con la mano en el picaporte.
—¿Y por qué me dice eso?
—Porque llevo siete semanas viéndola hacer bien un trabajo muy difícil —dijo Paula— y no me apetece que se vaya de esta sala pensando que enfrente tiene a una mala persona. Enfrente tiene a una directora de marketing, que es peor.
Salió de VIALTA a la una menos cuarto con el guion técnico debajo del brazo y con una lista de siete cosas que hacer, y en el metro, entre Nuevos Ministerios y Cuatro Caminos, tachó cuatro.
La primera que tachó fue llamar a Iñigo . No porque no quisiera. Porque en el momento en que le contara lo del minuto dos y once, aquel hombre iba a tener una objeción de manual encima de la mesa, y ella no quería ser la persona que se la ponía delante.
La segunda fue hablar con Nadia . Nadia había cerrado la campaña el domingo, había entregado los partes el lunes a primera hora y a partir del jueves empezaba en otro proyecto. Meterla en aquello era pedirle otra vez tres días de su vida sin preguntar, y ya sabía cómo iba eso.
La tercera fue pedir ayuda a la agencia . En la agencia había once personas capaces de montar. Todas trabajaban para Damián.
Y la cuarta fue contárselo a Damián , y esa la tachó dos veces.
Volvió a brUMA a las dos menos veinte y no se lo dijo a Damián.
Subió a la sala de montaje, encontró a Quique con los cascos puestos y una lata de refresco a las dos de la tarde, y le puso una mano en el respaldo de la silla.
—Necesito que dupliques el proyecto.
—¿El máster?
—Todo. El proyecto entero, con los brutos vinculados, en una carpeta nueva y con otro nombre.
Quique se quitó un casco.
—¿Y eso?
—Y luego necesito que me hagas dos extractos cortos. Sesenta o setenta y cinco segundos cada uno.
—¿De qué?
—Del máster que hemos visto esta mañana, uno. Y otro con material que ya esté autorizado y que se pueda comparar con él.
—Celia, eso es media tarde.
—Ya lo sé.
—¿Y para qué es?
Se apoyó en la mesa y le contestó lo único verdadero que podía contestarle a las dos de la tarde de un lunes.
—Para tener dos cosas en vez de una.
—Celia.
—Dime.
—¿Esto lo sabe Damián?
Fue la única pregunta que hizo y la hizo mirando la pantalla, no a ella.
—Todavía no.
—Vale. —Quique se rascó el cuello—. Yo lo hago igual, ¿eh? Solo lo pregunto para saber si lo pongo en el parte de horas o no.
Lo pensó un momento, y aquella pregunta pequeña, de un montador que facturaba por horas y que llevaba once proyectos con ella, le pareció de repente la más importante del día.
—Ponlo —dijo—. Con mi nombre y con la hora, como todo.
Quique la miró tres segundos, decidió no preguntar más y abrió el gestor de proyectos.
—Dame hasta las ocho.
—Hasta las ocho.
—¿Y el nombre de la carpeta?
—Ponle máster b .
—Eso es un nombre horrible.
—Ponle máster b —dijo Celia—, que es exactamente lo que quiero que parezca si alguien la ve.
Estuvieron hasta las nueve menos cuarto.
No montaron nada. Lo que hicieron durante seis horas y media fue lo que en aquel oficio nunca se cuenta y ocupa la mitad del trabajo: separar, etiquetar, cruzar cada plano con su hoja de autorización, marcar cuáles tenían casilla de máster y cuáles no, y hacer una lista de lo que se podía usar sin llamar a nadie.
A las siete y media, Quique paró la música y se giró en la silla.
—Te tengo que decir una cosa y no te la digo como reproche.
—Dila.
—Que lo que estamos haciendo aquí es comparar dos versiones. —Señaló las dos ventanas de la pantalla—. Y comparar dos versiones no sirve de nada si las comparas tú y yo, porque nosotros ya sabemos cuál nos gusta.
No se movió.
—Sigue.
—Nada, que en once proyectos contigo he visto esto tres veces.
Se hacen dos montajes, se enseñan a la agencia, la agencia elige el que ya quería y todo el mundo se queda tranquilo porque parece que ha habido un proceso.
—Se encogió de hombros—. Si vas a pelear con el cliente, necesitas que elija otro.
—¿Otro quién?
—Otro cualquiera que no sea de esta habitación.
Ella lo miró un momento largo y no contestó, y Quique volvió a ponerse los cascos, y ella se quedó con esa frase encima como se queda uno con una piedra pequeña en el zapato.
A las nueve menos cuarto Quique le mandó dos archivos y se fue a su casa.
No los abrió.
Celia se quedó sola en la sala con las luces del techo apagadas y las de las mesas encendidas, y a las nueve y diez le entró un mensaje de Iñigo que decía únicamente: ¿cómo ha ido?
Tardó once minutos en contestar, y contestó: Mal. Te lo cuento mañana.
Después apagó la pantalla y se fue a casa a leer, por sexta vez desde el domingo, cuatro documentos que eran todos verdad.