29
El máster duraba tres minutos y cuatro segundos y era precioso.
Lo pusieron a las diez y diez de la mañana del lunes en la sala grande de VIALTA, con la persiana bajada y ocho personas dentro, y cuando terminó nadie dijo nada durante cuatro o cinco segundos, que es lo que pasa cuando algo está bien hecho.
Empezaba con una calle mojada de Segovia y con el ruido de un toldo.
Seguía con manos moradas cortando racimos en una parcela a novecientos treinta metros, con la niebla en el valle.
Con una carretera de puerto y una barrera cerrada.
Con una plaza porticada a la hora en que la luz entra por el hueco de una calle.
Con un aparcamiento lleno de coches en un pueblo pequeño.
Con una hoguera, castañas y la ceniza en las manos de la gente.
Con un tren entrando en una estación con niebla.
Terminaba con un plano de tres segundos del paraguas amarillo abriéndose, sin nadie debajo, y con el logotipo.
Era, sin discusión posible, lo mejor de siete semanas.
Un chico del equipo de Paula, que llevaba tres semanas en la casa y al que nadie había presentado, dijo en voz alta lo que estaba pensando media sala.
—Qué ganas de ir.
Lo dijo con una alegría absolutamente sincera, sin ninguna intención, y a Celia le llegó como le llega a uno un dato.
Porque aquel chico había visto los siete episodios.
Los había visto por obligación, en su primera semana de trabajo, y sabía lo del pueblo falso y lo de la fotografía borrada y lo de la señora del cupo.
Y acababa de ver tres minutos y cuatro segundos y lo único que le había salido era que quería ir.
—¿Adónde? —preguntó Celia.
El chico titubeó.
—Pues... a eso.
—Ya. Es que es lo que iba a preguntarle.
Se hizo un silencio incómodo y breve que a nadie le pareció importante salvo a dos personas de aquella sala.
—Está perfecto —dijo Paula—. ¿Comentarios?
Celia tenía delante el guion técnico impreso, con los códigos de tiempo, y llevaba desde el segundo cuarenta contando.
—Tres minutos y cuatro —dijo—. ¿Cuántos planos?
—Cuarenta y uno.
—¿Y cuántas personas se reconocen?
Paula no contestó enseguida.
—Cuatro. —Óscar Benito consultó una hoja—. Las manos de la vendimia, que no son una persona identificable. El señor de la lona del mercado, de espaldas. Y dos figuras en el aparcamiento, a treinta metros.
—O sea, ninguna.
—Ninguna identificable, en términos de derecho de imagen.
—Ya sé lo que quiere decir. —Celia dejó el guion—. Le he preguntado cuántas personas se reconocen.
Nadie contestó a eso.
Y había algo más, y Celia tardó cuarenta segundos en localizar qué era, porque lo que le chirriaba no estaba en lo que había visto sino en lo que no.
En tres minutos y cuatro segundos no se decía ni un solo topónimo .
Ni Segovia, ni el Bierzo, ni Sanabria, ni Oteruelo. Ni una provincia. Ni una comarca. Cuarenta y un planos hechos en cinco provincias distintas, montados uno detrás de otro, sin una sola palabra que dijera dónde estaba nada.
Y funcionaba. Ese era el problema. Funcionaba mejor sin los nombres, porque los nombres frenan.
Ella pasó las hojas del guion hasta el minuto uno cuarenta.
—Aquí hay once segundos de Oteruelo de la Hoz. La plaza, los soportales, la luz del hueco de la calle y un plano de las macetas. ¿Dónde está el rótulo?
—No hay rótulo —dijo Paula.
—En el episodio cuatro, el minuto cero era un rótulo blanco que ponía Oteruelo de la Hoz, Segovia, doscientos ochenta y un habitantes .
—Lo sé.
—Ese rótulo lo puse yo y me costó una noche entera.
—Lo sé, Celia.
Pasó tres hojas más.
—Minuto dos y once. Once segundos de un aparcamiento lleno al amanecer. ¿Eso de dónde es?
—De la salida cinco.
—Es del uno de noviembre por la mañana. —Celia levantó la vista—. En el episodio, delante iba un rótulo con la fecha y detrás iba la panadería abriendo un día extra. Aquí va entre la plaza y la hoguera.
—Es un plano de coches.
—Es un plano de familias que han conducido desde Bilbao para ir a un cementerio. —Volvió a bajar la vista—. Y sin el rótulo, es un pueblo lleno de turistas un sábado.
Benito escribió algo. Paula no.
—Sigo —dijo Celia—. Minuto dos y cuarenta. Aquí, en el guion, pone pendiente .
Lo que vino después duró una hora y cuarenta minutos y fue, de todo el otoño, la conversación en la que Celia estuvo más segura de tener razón y menos capaz de demostrarlo.
Paula lo llevó por orden y con papeles.
—Le voy a enseñar tres cosas antes de que discutamos —dijo—. La primera.
Puso en pantalla una tabla de la semana del veintisiete de octubre.
—Setenta y uno por ciento. De todas las reservas de aquella semana, setenta y una de cada cien fueron al mismo destino. En una campaña de siete destinos.
—Eso es un éxito.
—Eso es un éxito de audiencia y un problema de operación. —Pasó de página—. La segunda.
Era un listado. Cuarenta y tres líneas.
—Consultas recibidas por nuestro servicio de atención desde el veintisiete de octubre sobre ese destino. Once preguntan por aparcamiento. Nueve por si hay restaurante abierto entre semana. Siete por accesibilidad. Cuatro por si hay farmacia. —Levantó la vista—. Y catorce son quejas.
—¿De qué?
—Nueve de personas que fueron un martes y se encontraron el bar cerrado. Tres de gente que aparcó donde no debía y se llevó una multa municipal. Y dos de personas que dicen que el pueblo no se parece al vídeo.
No se movió.
—¿Y qué dicen exactamente esas dos?
—Que fueron esperando otra cosa. —Paula cerró la carpeta—.
Y aquí viene la tercera, y es la que me quita el sueño.
Yo no puedo garantizar la experiencia de un sitio con siete habitaciones, un bar que abre de jueves a domingo y una recogida de basura para doscientas ochenta y una personas.
No la controlo. No es mía. Y si la meto en un máster que va a estar en televisión y en marquesinas durante tres semanas de diciembre, la estoy prometiendo.
—Entonces no la ponga.
—La estoy quitando. Eso es exactamente lo que estamos discutiendo.
—Está quitando el nombre —dijo Celia—. Y se está quedando la plaza.
—Sí.
—Paula, eso es peor.
—Ya sé lo que va a decirme. —Paula se echó atrás en la silla y lo dijo ella, entera, antes de que Celia abriera la boca—.
Que un paisaje bonito sin nombre y sin gente es exactamente lo que había en septiembre.
Que llevamos siete semanas y trescientos mil euros para volver a un pueblo que no existe.
Lo he pensado yo el jueves a las cuatro de la mañana y lo tengo escrito en mi cuaderno con esas palabras.
Ninguna de las dos habló.
—¿Y aun así?
—Y aun así. —Paula se inclinó hacia delante—. Porque hay una diferencia, y es la única que tengo, y es que en septiembre dijimos que ese sitio existía. Ahora no vamos a decir nada. Y no decir nada no es mentir.
—No decir nada es dejar que lo digan ellos.
—Sí.
—Y usted lo sabe.
—Lo sé perfectamente. —Paula abrió las manos—. Celia, yo no le estoy diciendo que esto sea bonito. Le estoy diciendo que es lo que puedo defender el día veinte delante de un consejo que me ha preguntado por escrito si estamos haciendo publicidad o un documental.
La parte de los papeles la llevó Benito y duró once minutos.
—Para el máster hacen falta autorizaciones nuevas —dijo—. Todas. La autorización del episodio semanal cubre el episodio semanal.
—Lo sé.
—De las treinta y una de Oteruelo, tenemos veintinueve vigentes. Dos personas retiraron su autorización el seis y el once de noviembre.
—¿Motivo?
—Sin motivo declarado, que es como corresponde.
—¿Y de las veintinueve, cuántas incluyen máster?
—Veintiséis. Tres marcaron solo la casilla uno.
Celia hizo la cuenta en voz alta.
—O sea que para meter la reunión del centro social en el máster, tendría que llamar a veintiséis personas para confirmar, localizar a las tres que solo marcaron una casilla y explicarles qué es un máster, y asumir que dos me han dicho que no y que Fermín Aldaz no firmó nunca nada.
—Correcto.
—¿Y para el corte que acabamos de ver?
Benito consultó la hoja.
—Para el corte que acabamos de ver no hace falta ninguna autorización nueva. No hay personas identificables.
Y ahí estaba, en una frase de un abogado que no tenía ninguna intención de decir nada profundo.
Quitar a la gente no era solo más seguro. Era más barato, más rápido y no requería llamar a nadie ni oír una sola negativa.
—Hay otra cosa —dijo Benito—. La toma del episodio seis. Los veinte segundos de usted y del señor Arce.
—Esa está autorizada solo para el episodio seis.
—Lo sé, lo he leído. Está muy bien redactada. —Levantó la vista—. Se lo digo porque en el máster que han visto no está.
—Ya lo he visto.
—Y porque en el guion alternativo que nos ha pedido dirección sí está, en el minuto dos cuarenta, y ese guion existe.
Paula no lo miró.
—Ese guion es una hipótesis de trabajo —dijo.
—Ya —dijo Celia.
Lo que le impidió a Celia levantarse de aquella silla con ninguna clase de superioridad fue una sola pregunta, y se la hizo Paula al final, sin ningún énfasis, mientras recogía.
—¿Usted qué habría hecho el veintiséis de octubre?
—¿Cómo?
—Cuando Nespral le propuso las tres salidas y usted aceptó una. ¿Qué creía que iba a pasar?
No contestó.
Porque la respuesta era que había creído que una salida era menos que tres, lo cual era cierto, y que menos era mejor, lo cual no lo era necesariamente.
Y porque el setenta y uno por ciento de aquella tabla se había producido después de un episodio que había montado ella, con un rótulo que había puesto ella, y que había convertido un pueblo de doscientos ochenta y un habitantes en un sitio.
Aquello no lo había hecho Paula Requena.
—Necesito cuarenta y ocho horas —dijo.
—¿Para qué?
—Para traerle otra cosa.
—¿Otra cosa cómo?
—Otro montaje. —Celia recogió el guion técnico—. Con el mismo material, con las mismas autorizaciones vigentes y con la misma duración. Y si a usted le sigue pareciendo peor, se va el suyo y yo no vuelvo a abrir la boca.
Paula la miró un momento largo.
—Le doy hasta el miércoles a mediodía.
—Hasta el jueves.