Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 28
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El tren de las cinco y cuarto de Segovia a Madrid iba lleno de gente que volvía de un fin de semana y de seis personas que volvían del suyo.

Nadia había comprado media docena de latas en la estación y las repartió en el vagón, y a las cinco y media brindaron.

Fue un brindis bueno. Amaya dijo algo sobre que en septiembre había pensado que la despedían y que ahora había hecho siete episodios.

Rubén dijo que se apuntaba al invierno si había invierno.

Quique, que no estaba, mandó un mensaje que decía decid que he brindado yo también y Amaya lo leyó en voz alta.

Tomás levantó la lata dos centímetros, que era su manera de brindar, y dijo que había sido un otoño decente.

Nadia dijo la única frase que Celia se llevó entera.

—Nos ha salido bien y hemos llegado todos.

Celia levantó la lata y se rió cuando tocaba y contestó cuando le hablaron, y estuvo los cuarenta minutos en un sitio distinto del vagón.

Enfrente, dos filas más allá, Iñigo estaba haciendo exactamente lo mismo con una revista abierta por la misma página desde Segovia.

Y era injusto, porque el brindis era de ellos y era merecido.

Aquellas cuatro personas habían hecho siete piezas en siete semanas, durmiendo cuatro horas los lunes, en cinco provincias, con una contingencia que se acabó el primer sábado.

Nadie se había puesto enfermo más de un día.

Nadie se había ido. No se había perdido ni un permiso ni una autorización, y eso, en producción, es más raro de lo que parece.

Se los quedó mirando y pensó, con bastante claridad, que aquel era el mejor equipo con el que había trabajado y que a ninguno de los cuatro le importaba en ese momento la conversación que ella llevaba desde el sábado teniendo dentro de la cabeza. Y que hacían bien.

A las seis y diez, Amaya le pasó el portátil por encima del respaldo.

—Mira el corte de Quique. Está a falta de sonido, pero mira.

Lo miró con un auricular puesto.

Duraba seis minutos y era el mejor episodio de la campaña.

No había ninguna duda y no había nada que discutir.

La luz de las once entrando por el hueco de la calle.

El microbús saliendo de la era. Los doce vecinos en la plaza sin que se notara que eran doce.

La lluvia llegando cuando tenía que llegar.

El tren entrando en Segovia-Guiomar con la niebla que había hecho el domingo por la mañana, que era exactamente la niebla que Amaya había dibujado en un storyboard en septiembre para una pieza que no existía.

Y en el minuto cuatro, dos segundos de audio en los que se oía a una mujer decir ¿le importa esperar aquí un segundito? , y detrás, en el plano, una señora cruzando la plaza con una bolsa.

Lo vieron los cuatro entre Segovia y Villalba, pasándose el portátil y los dos auriculares, con las cabezas juntas por encima del respaldo de un asiento de tren.

Y les gustó.

Les gustó de verdad, y esa fue la parte que Celia no había previsto.

Rubén se rió en el minuto uno, cuando entra la luz por el hueco de la calle, con la risa concreta del que reconoce un plano suyo.

Nadia dijo dos veces que el microbús saliendo de la era quedaba mejor de lo que ella se lo había imaginado el jueves montando el horario.

Amaya se puso a explicar, sin que nadie se lo pidiera, por qué había puesto el rótulo del nombre del pueblo en el minuto cero y no en el uno cuarenta como en el episodio cuatro, y lo explicó bien, y tenía razón.

Y en el minuto cuatro, cuando entraron los dos segundos del segundito , ninguno de los tres dijo nada.

No porque les molestara. Porque ya no lo oían.

El lunes anterior, en el comedor de un hostal de Oteruelo, aquellos dos segundos les habían durado media hora de discusión. Seis días después iban dentro de un montaje bueno, en el minuto cuatro, entre un plano de una plaza y otro de un microbús, y pasaban como pasa un corte.

—Es que está muy bien —dijo Rubén, cuando terminó.

—Está muy bien —dijo Nadia.

Celia se oyó decir que sí.

Y lo dijo de verdad, ese fue el problema. Durante unos cuarenta segundos, entre Villalba y el túnel, estuvo exactamente igual de contenta que los otros tres, y no le costó ningún esfuerzo, y no se dio cuenta de que estaba contenta hasta que dejó de estarlo.

Se lo devolvió.

—¿Qué te parece? —dijo Amaya.

—Que es perfecto.

—¿Verdad?

—Sí. —Se subió el cuello del abrigo—. Es exactamente lo que pedía el brief de julio.

Amaya tardó tres segundos en entenderlo y después se quedó callada el resto del viaje.

Lo que Celia estuvo pensando entre Segovia y Chamartín, con la ventanilla negra y la cara reflejada encima del campo, fue una cuenta bastante sencilla.

En siete semanas habían aprendido a hacerlo.

En la salida uno les habían barrido una avenida y habían perdido la contingencia entera.

En la dos habían tirado la mejor secuencia.

En la tres no habían podido entrar en un bosque.

En la cuatro habían tenido que reunir a un pueblo para pedirle permiso.

En la cinco habían destruido una fotografía.

En la seis se habían puesto ellos delante de la cámara porque no había otra cosa.

Y en la siete había salido todo a la primera, y no era suerte.

Era que Nadia ya sabía a qué hora había que pedir los conos.

Que Amaya ya sabía decirle a un hombre que le había gustado lo que hacía.

Que ella misma ya sabía pedirle a una señora que esperara un segundito de una manera que sonaba a cortesía y funcionaba como una marca en el suelo.

Que Rubén ya sabía dónde ponerse. Que Julián ya sabía cuántos vecinos hacían falta.

Nadie había hecho nada malo. Todo el mundo había hecho su trabajo, y su trabajo consistía, se mirara como se mirase, en producir espontaneidad.

Y lo que le apretaba en algún sitio no era eso.

Era que a las cuatro y veinte del sábado, cuando Rubén había dicho que aquello era lo mejor que habían hecho, ella había estado de acuerdo durante casi un minuto entero antes de que se le ocurriera ninguna otra cosa.

En septiembre, un pueblo compuesto con cuatro fotos le había parecido precioso a las tres de la mañana.

En noviembre, un sábado impecable le había parecido precioso a las cuatro y veinte de la tarde, con ocho horas de sueño y un equipo delante.

Esa era la única diferencia que había conseguido en siete semanas: el horario.

Le dio vueltas hasta Villalba y encontró, para ser justa consigo misma, tres diferencias más, y las tres eran verdad.

En septiembre no le había preguntado a nadie. En noviembre había reunido a un pueblo entero en una sala con un panel de bingo y había dejado que le dijeran que no.

En septiembre había firmado por seis personas sin llamar a una de ellas. En noviembre había pasado cinco horas en una estación oyendo cómo se lo decían y no había ofrecido una solución.

Y en septiembre habría cortado los dos segundos del ¿le importa esperar aquí un segundito? sin pensarlo, porque quedaban feos.

Las tres eran ciertas y ninguna la consolaba, porque todas tenían la misma forma: eran cosas que había aprendido después de que alguien se las señalara.

Nada de aquello se le había ocurrido sola.

Llegaron a Chamartín a las siete menos veinte.

Se despidieron en el andén como se despide un equipo que se va a volver a ver el jueves: mal, deprisa y con dos abrazos de más.

Nadia se fue la primera porque tenía que recoger a los niños.

Tomás se había vuelto en su coche desde Oteruelo.

Rubén se llevó el material. Amaya se fue con Celia hasta el metro y le contó, en cuatro minutos y sin que viniera a cuento, que estaba mirando un máster de dirección de arte en Barcelona para el año que viene.

—¿Y eso? —dijo Celia.

—No sé. Por mirar.

—Amaya, si te vas a Barcelona te voy a echar de menos y te lo voy a decir ahora, que luego no lo digo.

Amaya se puso colorada y dijo que solo lo estaba mirando.

La acompañó hasta el portal, porque le pillaba de camino y porque hacía dos semanas que le pillaba de camino todo.

—¿Subes?

—No. Mañana tengo que entregar el informe a las once y no he escrito una línea.

—Vale.

—Y tú tienes que ver el corte con sonido.

—Lo veo a las diez.

Hubo un momento en el portal, con la puerta a medio abrir y el frío entrando.

—¿Estás bien? —dijo él.

—Estoy rara.

—Ya.

—Es que ha salido todo bien —dijo Celia—, y estoy rara, y no sé qué hacer con eso.

—Yo tampoco.

—Menudo par.

—Menudo par.

Ella subió, dejó la bolsa en el pasillo junto a las dos cajas sin abrir, se quitó las botas, puso el calentador y estuvo cuarenta minutos haciendo cosas de las que se hacen un domingo por la noche cuando uno lleva siete semanas sin tener un domingo por la noche: una lavadora, tres platos y una llamada a su hermana que duró diez minutos y en la que no contó nada.

A las nueve y cuarto se sentó en el sofá con el portátil para ver el corte con sonido.

Antes de darle al play miró el pasillo.

Las dos cajas seguían allí, contra la pared, con el polvo de cuatro años y con la cinta de embalar amarilleada por arriba.

Encima de la de la derecha había ahora una bolsa de deporte con la ropa de siete semanas, dos cargadores y un paraguas amarillo dentro de una funda que Amaya le había devuelto en el andén diciendo que ella no lo quería en su casa.

Pensó, muy de pasada, que el jueves tenía la reunión de máster, que el viernes había que cerrar los últimos consentimientos y que a partir del veinticuatro no tenía absolutamente nada en la agenda.

Y entonces le entró el correo.

Eran las 21:22.

Remitente: Damián Cifuentes.

Asunto: Aclaración de responsabilidades, por si acaso .

Celia leyó el asunto tres veces antes de abrirlo, de pie, porque se había levantado sin notarlo.

El cuerpo tenía dos párrafos y ninguno de los dos decía nada.

El primero decía que aprovechando que se cerraba la parte de campo y antes de entrar en la fase de máster, había estado ordenando la documentación del proyecto desde el inicio, y que le mandaba lo que había reunido para que lo tuviera.

El segundo decía que no había prisa, que lo mirara cuando pudiera y que hablaban el lunes.

No había una sola palabra rara en ninguno de los dos.

Celia los leyó dos veces buscando una y no la encontró: ni una insinuación, ni un adverbio de más, ni un como sabes .

Era el correo que habría escrito ella misma un domingo por la noche si hubiera tenido que ordenar la documentación de un proyecto.

Ese era, de hecho, el problema. Damián Cifuentes llevaba veintiséis años escribiendo correos que no se podían usar en contra de nadie.

Debajo, cuatro adjuntos.

Se sentó.

Abrió el primero. Era un pdf de una página con la captura de un correo del veintitrés de septiembre a las 02:51, con el remitente, el destinatario, el asunto, la hora y el cuerpo entero, que eran cuatro palabras.

Perfecto, adelante con esta.

Abrió el segundo. Era el parte de aprobación de la pieza final, con la firma digital, con el sello de tiempo y con su nombre completo en el campo de responsable.

Abrió el tercero. Era el acta de la reunión del diecinueve de septiembre.

Estaba entera, con los siete asistentes y los seis puntos, y en el punto cuatro constaba, con la formulación exacta que había usado Damián aquel día y que ella recordaba haber oído sin prestarle ninguna atención, que se verificarían las localizaciones antes de la entrega.

Abrió el cuarto y tardó un momento en entender qué estaba mirando.

Era una captura del grupo de trabajo del once de septiembre. El mensaje de Amaya, entero, diciendo que la pieza seguía marcada como pendiente de validación de localizaciones y que hacía falta decidir qué se sustituía.

Debajo, tres reacciones con el pulgar hacia arriba.

Y ninguna respuesta.

Celia miró la pantalla del portátil con la espalda muy recta y el corte del episodio siete abierto en la otra pestaña, todavía sin ver.

No había ni una sola cosa falsa en aquellos cuatro documentos.

Los cuatro eran verdad, los cuatro existían desde antes de que ella supiera quién era Iñigo Arce, y los cuatro los había citado ella misma, por orden y con las fechas, en la cronología de cuatro folios que Damián le había pedido el treinta de septiembre junto a un ascensor y que ella le había mandado el domingo cinco de octubre a las once de la mañana, escrita entera, sin adjetivos y con la parte fea dentro.

Estaban en el mismo orden.

Hizo entonces lo que hacía siempre, que era pensar en la logística.

Cuatro documentos. Cuatro. No cinco, no diez, no la carpeta entera del proyecto, que tenía cuatrocientos archivos y que un socio director que estuviera de verdad ordenando documentación habría mandado en un enlace.

Cuatro. Y los cuatro exactamente los que hacían falta para contar una sola historia, que era esta: que hubo una reunión en la que se pidió por escrito verificar las localizaciones, que hubo una persona que avisó de que la pieza no estaba validada, que hubo un parte de aprobación con una firma y que hubo cuatro palabras a las tres menos nueve de la mañana.

En esa historia no salía Damián.

En esa historia tampoco salía nada falso.

Miró la hora en la esquina de la pantalla. Las 21:31.

Volvió al sofá y abrió otra vez el primero de los cuatro.

Perfecto, adelante con esta.

Estaba en el mismo cuerpo de letra que el resto del correo, sin negrita y sin subrayar, y era la única línea que había escrito ella. Las otras cuarenta y una líneas de aquel pdf eran encabezados automáticos.

Miró la firma que iba debajo, la suya, la de la plantilla de la agencia, con el cargo y el teléfono y una frase pequeña sobre no imprimir el correo si no era necesario.

Le escribió a Iñigo. Escribió me ha llegado una cosa de Damián y borró la frase entera antes de mandarla, y no porque quisiera esconderlo, sino porque, con el pulgar encima del teclado, entendió que aún no sabía qué era aquello.

Podía ser lo que decía el correo: un socio director ordenando papeles un domingo antes de una fase nueva.

Podía ser también un hombre de cincuenta y dos años con cuarenta y una nóminas encima poniendo por escrito, con la letra pequeña y sin adjetivos, quién había firmado qué.

Y la diferencia entre esas dos cosas no estaba en ninguno de los cuatro documentos.

Cerró el portátil sin ver el episodio.

Se levantó, fue a la cocina, abrió el grifo y lo cerró sin llenar el vaso, y se quedó de pie en el pasillo, entre las dos cajas y la bolsa, con la casa a oscuras y con la sensación exacta y sin ninguna épica de que aquello llevaba ocho semanas esperándola y de que ella lo había mandado por escrito, ordenado y con las fechas, el cinco de octubre a las once de la mañana.