27
Lo primero que vio Iñigo al entrar en Oteruelo de la Hoz fueron los conos.
—Buenos días —dijo Nadia, bajando la ventanilla—. ¿Es usted del ayuntamiento?
—Soy voluntario. Estamos cuatro. —Señaló la calle—. Tienen sitio en la era. Julián les ha guardado el hueco de la sombra.
Tres semanas antes, en aquella misma travesía, una mujer con un carro de la compra había esperado veinte minutos a que un grupo se apartara para llegar a su portal.
Se acordó de eso al bajarse y lo apuntó, y después borró la nota, porque no era una objeción. Era exactamente lo contrario: el pueblo había resuelto un problema que ellos habían provocado, y lo había resuelto mejor de lo que lo habría resuelto la productora.
Julián Nespral los recibió con una hoja.
—Buenos días. Tienen la travesía hasta la una, la era hasta las dos y la plaza libre todo el día. —Se la dio a Nadia—. Aquí está el teléfono de los cuatro voluntarios, por si necesitan mover algo. Y esto no lo he hecho por ustedes, lo hemos puesto para el puente y lo dejamos ya.
—¿Va bien la cosa? —dijo Celia.
—Va bien. —Julián no sonrió—. Va bien de una manera rara, pero va bien.
—¿Rara por qué? —preguntó Celia.
Julián se quedó con la carpeta debajo del brazo y tardó en contestar, cosa que en siete semanas no había hecho nunca.
—Porque ahora hay que sostenerlo —dijo—.
Antes yo tenía un problema, que era que no venía nadie.
Ahora tengo cuatro. El del aparcamiento de la era, que se ha quedado a medias porque la subvención sale en marzo.
El de los voluntarios, que son cuatro y los cuatro tienen sesenta años.
El de la basura, que la recogida sigue siendo la misma de doscientas ochenta y una personas. Y el cuarto no se lo digo.
—Dígamelo.
—El cuarto es que a mí me quedan dos años de mandato —dijo Julián— y esto no se arregla en dos años.
Se caló la gorra y se fue a hablar con el conductor del microbús.
Charo tenía las siete habitaciones abiertas y ocupadas. La chica del pueblo de al lado que echaba una mano en verano llevaba tres semanas fija. El bar servía comidas de jueves a domingo y había puesto una pizarra en la puerta.
Y en la tienda de Marisol Quero, en el escaparate de la derecha, seguía habiendo llaveros.
Iñigo entró a las diez, solo, con la excusa de comprar pilas.
—El chico del vídeo —dijo Marisol.
—El del periódico.
—Es lo mismo.
Los llaveros del escaparate eran los mismos de octubre, con la torre de Ávila. Detrás del mostrador, en una caja de cartón abierta, había otros. La torre era románica, cuadrada, con el tejado a cuatro aguas.
—¿Y esos?
—Esos son los nuevos. Llegaron el jueves. —Marisol cogió uno y se lo puso delante—. Me mandó ella una foto, la de producción, con la torre de aquí y con luz de la tarde. Se la pasé al chico de Sepúlveda y me hizo el molde.
—¿Y los de fuera?
—Los de fuera me quedan ciento y pico.
—¿Y qué va a hacer con ellos?
Marisol se apoyó en el mostrador.
—Venderlos.
—¿Con la torre que no es la de aquí?
—Con la torre que no es la de aquí. —Lo miró sin ninguna incomodidad—. Mire, si viene alguien y me pregunta, yo se lo digo. Y hay quien lo pregunta y compra los dos, y hay quien no pregunta. Yo no le voy a decir a nadie lo que tiene que llevarse.
Iñigo pagó las pilas.
—¿Puedo poner esto en el informe del martes?
—Póngalo.
—Va a salir que en la tienda de Oteruelo se venden dos llaveros y uno tiene la torre de otro sitio.
—Pues es verdad —dijo Marisol—. Y ponga también que los pagué yo.
Fermín Aldaz estaba en su portal a las diez y media, como siempre, y cuando Celia pasó por delante le dijo dos cosas.
La primera fue que había leído el acta y que estaba bien.
La segunda fue que en su portal seguía sin haber cámara, y que se lo recordaba no porque pensara que se les había olvidado, sino porque en tres semanas había venido gente a hacerse fotos en su escalón y él había tenido que decirlo veintitantas veces, y ya lo decía por costumbre.
El rodaje del sábado fue el mejor de las siete semanas y terminó a las cuatro y veinte de la tarde.
Todo salió a la primera. Todo.
La luz de las once entró por el hueco de la calle de la iglesia exactamente como Amaya había previsto el jueves con una aplicación, con un margen de cuatro minutos.
La lluvia prevista para las once y cuarenta llegó a las once y treinta y ocho.
El microbús de la última milla, que era el que iba a llevar a los figurantes reales hasta la estación de Segovia, estuvo aparcado en la era desde las nueve con el motor apagado y el conductor leyendo el periódico, y arrancó cuando le dijeron.
Los doce vecinos que Julián había convocado a las nueve para la secuencia de la plaza estaban a las nueve menos cinco.
No hubo que buscar a nadie. No hubo que explicar nada dos veces.
Nadia firmó doce autorizaciones en catorce minutos, con la mesa, las dos sillas y las hojas plastificadas, y cuando terminó tenía la letra tan ordenada que Iñigo, que las revisó una por una, no encontró ni un teléfono incompleto.
Hubo una sola cosa que no salió, y fue tan pequeña que solo la registró Iñigo.
A las doce y cuarto, en la plaza, Fermín Aldaz salió de su portal con una bolsa de basura y se encontró con que había una cámara a nueve metros y catorce personas mirando hacia él.
Se paró en el escalón medio segundo. Después bajó, cruzó por delante del plano sin correr y sin disculparse, y siguió calle abajo.
Rubén paró la toma. Nadie dijo nada.
—¿La repetimos? —preguntó Amaya.
—No —dijo Celia—. Esperamos a que vuelva y luego rodamos.
Esperaron once minutos. Fermín volvió, entró en su casa y cerró.
Iñigo apuntó los once minutos y le pareció, en aquel momento, la cosa más honrada del día. Solo por la noche, oyendo la pista de ambiente, entendió que era también la única vez en ocho horas en que alguien de aquel pueblo les había estropeado algo.
A las dos de la tarde, Rubén dijo la frase.
—Chicos, esto es lo mejor que hemos hecho.
Y tenía razón.
El equipo comió en el bar y estuvo cuarenta minutos de muy buen humor, que era una cosa que no había pasado desde Segovia.
Quique, desde la pantalla del móvil apoyado en una jarra, dijo que con ese material él montaba un episodio en cuatro horas.
Amaya enseñó tres capturas y todo el mundo dijo uf .
Tomás se comió el postre de Nadia con permiso.
Se rió con ellos y estuvo, durante esos cuarenta minutos, francamente bien.
A las cuatro y media, cuando ya recogían, Celia se paró en mitad de la era con las manos en los bolsillos y estuvo un rato sin moverse, que era lo que hacía cuando algo no le encajaba.
—¿Qué pasa? —dijo Iñigo.
—Nada. Que ha salido todo.
—Ya.
—Todo, Iñigo. Los doce a las nueve menos cinco. La lluvia a las once y treinta y ocho. —Se giró—. En seis semanas no ha salido nada a la primera ni una sola vez.
—Puede que hayamos aprendido.
—Sí —dijo ella—. Eso es lo que me está pasando.
Lo encontró Tomás a las siete y cuarto, montando el sonido en el comedor del hostal, y no lo encontró buscando.
—Venid.
Estaban Celia, Amaya e Iñigo. Puso la pista de ambiente de las once y veintitrés y la dejó correr once minutos.
En el minuto dos se oía a Celia, a nueve metros del micro, decirle a una señora: ¿le importa esperar aquí un segundito?
Es que si cruza ahora se le va a quedar la cámara en medio.
La señora decía que no, que faltaría más, y se quedaba donde le habían dicho.
Cuarenta segundos después, la señora cruzaba, y ese cruce era uno de los planos buenos del día.
En el minuto cinco se oía a Amaya, con voz de admiración perfectamente sincera, decirle a un hombre que había estado limpiando el asiento de un banco con la manga: qué bonito eso que ha hecho. Y el hombre, a los treinta segundos, lo volvía a hacer.
En el minuto siete se oía a Rubén preguntando cuánto faltaba para la lluvia y a Nadia contestando que doce minutos, y a Celia diciendo que esperaban.
Y en el minuto diez se oía a la propia Celia, hablando con Julián, decir la frase entera: si los doce están a las nueve, a las nueve y cuarto lo tenemos y no hace falta que estén más rato.
Once minutos. Cuatro cosas.
Nadie se rió.
—Vale —dijo Amaya al final, con la voz un poco rara—. Pero yo no le dije que lo repitiera.
—No —dijo Iñigo.
—Le dije que me había gustado.
—Sí.
—Eso lo dice cualquiera.
—Eso lo dice cualquiera —repitió él—, y por eso funciona.
Ella no había dicho nada desde el minuto dos.
—¿Se ha roto alguna regla? —preguntó, al final.
Lo pensó de verdad, porque era su trabajo pensarlo y porque llevaba diez minutos pensándolo.
—No.
—Dilo bien.
—No se ha roto ninguna. —Se echó atrás—.
Nadie ha grabado a nadie sin permiso. Nadie ha repetido nada que se le haya pedido repetir.
Nadie ha dicho una palabra que sea mentira.
Las doce autorizaciones están firmadas y bien firmadas.
Y esperar a que llueva no está prohibido ni en tu contrato ni en el mío ni en el de nadie.
—Entonces qué es.
—Es que hemos hecho un anuncio —dijo Iñigo.
Nadie contestó a eso durante unos segundos.
—Perdona —dijo Amaya—, pero es que llevamos siete semanas haciendo un anuncio.
—Sí.
—O sea que no entiendo cuál es la novedad.
—La novedad es que hasta hoy nos salía mal. —Iñigo cerró el portátil de Tomás—. Y cuando te sale mal, tienes que ir a buscar lo que hay. Y hoy no hemos ido a buscar nada. Hoy lo hemos puesto.
Amaya se levantó y se fue a la cocina del hostal a por un vaso de agua que no se bebió, y volvió a los dos minutos y siguió de pie.
—Yo lo del hombre del banco lo dije de verdad.
—Ya lo sé.
—Es que lo dije porque me gustó. Yo no soy Damián ni soy... —se paró— ...ni soy nadie de esos. Yo dije lo que pensaba.
—Amaya —dijo Celia—. Nadie te está acusando de nada.
—Es que un poco sí.
—No. —Celia se giró hacia ella del todo—. Lo que estamos diciendo es que hemos aprendido a hacer que la gente haga cosas sin pedírselo, y que lo hemos aprendido los cuatro a la vez y sin darnos cuenta. Yo la primera. Lo mío es peor que lo tuyo, porque lo mío ya me sale con voz de por favor.
La discusión duró hasta las nueve y cuarto y no la ganó ninguno de los dos, porque los dos estaban en el mismo sitio.
—Tú has dejado que Julián pusiera a doce personas en una plaza a una hora —dijo él.
—Y tú te has pasado la mañana ahí de pie viéndolo, con la libreta cerrada.
—Sí.
—No, «sí» no. —Celia se apoyó en la mesa—.
Es que esa es la parte que me interesa. Tú llevas siete semanas parando cosas.
Paraste lo de las autorizaciones bajo la lluvia, paraste lo del bruto del episodio tres, escribiste seis líneas sobre la saturación de este pueblo.
Y hoy no has abierto la boca en ocho horas.
—Porque no había nada que parar.
—Eso es exactamente lo que yo pensaba a las tres de la mañana del veintitrés de septiembre.
Tardó bastante en contestar.
—Vale —dijo—. Eso ha sido bueno.
—No lo he dicho para ganar.
—Ya lo sé. Es peor.
Estuvieron un rato sin hablar, con el sonido de la pista corriendo en bucle porque a nadie se le había ocurrido pararla.
—¿Y qué hacemos? —dijo Celia.
—Dos cosas se pueden hacer. Una, quitarlo todo y montar el episodio con lo que quede, que va a ser poco y va a ser peor. Dos, dejarlo y ponerlo.
—¿Ponerlo cómo?
—Los dos segundos tuyos. —Iñigo señaló el ordenador—. El ¿le importa esperar aquí un segundito? . Con el plano de la señora cruzando justo detrás.
—Eso es enseñar que dirigimos a una persona.
—Eso es enseñar cómo se hace un plano que parece casual. —Se encogió de hombros—. Que es lo que llevamos siete semanas diciendo que íbamos a enseñar.
Se pasó una mano por la cara.
—Va a quedar fatal.
—Va a quedar fatal.
—Y Paula va a decir que qué falta hacía.
—Paula va a decir eso, sí.
Miraron la pantalla.
—Dos segundos —dijo Celia—. Y sin rótulo. Que se oiga y ya está.
—Sin rótulo.
—Porque si le ponemos rótulo, estamos otra vez explicando lo buenos que somos.
Lo montaron a las diez y veinte, y Quique dijo que le parecía una idea horrible y lo montó igual.
Recogieron a las once y media.
El paraguas amarillo estaba apoyado en la pared del comedor desde por la mañana, seco por una vez, con el mango negro de la ceniza del Bierzo, la varilla partida de Oteruelo colgando por fuera y dos manchas grises en el faldón que Amaya llevaba tres semanas prometiendo quitar con agua y jabón.
Amaya lo cogió, lo cerró, le dio dos vueltas a la cinta y buscó la funda en el fondo de la caja de material.
—¿Eso tiene funda? —dijo Tomás.
—Tenía. La compró producción en septiembre y no la hemos usado nunca.
Lo metió. Encajaba raro por la varilla, pero encajaba.
Lo vio hacerlo desde la puerta y no dijo nada, y después subió a su habitación y estuvo un rato sentado en la cama sin encender la luz, haciendo la cuenta que llevaba dos días sin hacer.
Quedaba un viaje de vuelta, un episodio, una semana de máster y el veintitrés de noviembre.
A las doce menos veinte, Celia llamó a la puerta y entró con dos vasos y media botella de agua, se sentó en el suelo con la espalda contra la cama y estuvo veinte minutos hablando de la logística del día siguiente, de la hora del tren, de si Rubén podía llevarse el material en el coche y de si Tomás prefería volverse en su coche.
Ninguno de los dos dijo nada de diciembre.
Cuando ella se levantó para irse a su habitación, ya de madrugada, se paró en la puerta.
—Oye.
—Dime.
—Que mañana es el último.
—Ya.
—Nada. Que ya está.
Cerró la puerta y él miró el techo, y por primera vez en siete semanas no apuntó nada.