26
La delegada de CONTRALUZ se llamaba Elsa Prado, tenía cincuenta y tantos, había hecho verificación durante quince años en un diario grande y llegó a la sala de montaje de brUMA el lunes a las seis y cuarenta de la mañana con un termo propio.
—Yo vengo a ver veinte segundos —dijo—. Lo demás no lo miro.
Rosa se lo había explicado a Celia por teléfono el domingo a mediodía, en dos minutos y sin ninguna simpatía. Que Iñigo estaba recusado desde el veintiocho de octubre para cualquier material en el que apareciera ella, que aquel material era exactamente eso, y que iba a mandar a alguien.
—¿Y lo paga usted? —había preguntado Celia.
—Lo pago yo. Y sale en el acuerdo publicado, en la línea de gastos, como revisión externa por recusación . Con la fecha.
Elsa Prado se sentó, pidió la carpeta de anillas y empezó por las hojas.
—Deme las dos autorizaciones.
Nadia se las dio. Eran las dos hojas plastificadas del domingo por la tarde, con la letra de rotulador de los dos, cada una con tres casillas y una marcada.
Elsa las leyó enteras, las dos, y tardó cuatro minutos.
—Casilla uno: episodio semanal, publicación en canales propios del anunciante. Marcada.
—Sí.
—Casilla dos: montaje recopilatorio. Sin marcar.
—Sin marcar.
—Casilla tres: publicidad pagada, incluida cartelería, exterior y anuncios de pago en plataformas. Sin marcar.
—Sin marcar.
Elsa levantó la vista.
—¿Esto lo entienden los dos?
—Lo redacté yo —dijo Celia.
—No le he preguntado quién lo redactó. Le he preguntado si lo entienden.
—Lo entendemos los dos.
—Bien. —Puso las hojas encima de la mesa, una junto a otra—.
Entonces le digo lo que voy a firmar, para que no haya sorpresas en diciembre.
Voy a firmar que estos veinte segundos pueden publicarse el lunes en el episodio seis.
No voy a firmar nada más. Si dentro de tres semanas alguien mete estos veinte segundos en el máster, ese material sale sin firma de nadie, y yo lo voy a decir en voz alta.
—De acuerdo.
—Y una cosa más, que se la digo porque llevo quince años en esto. —Elsa se sirvió del termo—. Ahora mismo ustedes están contentos y les parece que esto es una tontería. Guarden esas dos hojas donde puedan encontrarlas en enero.
Vio los veinte segundos cuatro veces.
La primera con sonido. La segunda sin sonido. La tercera parando cada dos segundos. Y la cuarta entera, echada hacia atrás en la silla, con el termo en la mano.
—¿Hay más material de esta toma?
—Hay cuatro minutos de bruto —dijo Quique.
—¿Y qué hay en los cuatro minutos?
—Lo mismo. Ellos dos ahí de pie. Al final se ríen de algo.
—Enséñemelo.
Se lo enseñó. Al minuto tres y medio, Celia decía algo que no se oía e Iñigo se reía, y era, objetivamente, mejor que los veinte segundos elegidos.
—¿Y por qué no habéis puesto esto?
Nadia contestó desde el otro lado de la mesa, sin levantar la vista.
—Porque eso no lo autorizaron. Autorizaron una toma. Esa toma son los veinte primeros segundos y así está en la hoja, con el código de tiempo.
Elsa Prado la miró un momento y después escribió algo.
—Bien —dijo—. Es la primera productora que me pone un código de tiempo en una autorización en quince años.
Firmó, escribió tres líneas en el acta y se fue a las siete y veinte sin desayunar.
La recaída ocurrió a las nueve y cuarto y la vio Iñigo entera, porque estaba en la sala por el resto del episodio.
Quique tenía dos versiones de la secuencia del tambor de las castañas.
En la primera, Mateo y Pilar estaban en cuclillas y la cámara los cogía de lado, con el humo cruzando, y se les oía discutir el punto de la castaña. Duraba cincuenta segundos y era buena.
En la segunda, la cámara estaba doce grados a la derecha. Era el mismo momento, el mismo audio y la misma duración, pero desde ahí entraba en cuadro el reflejo del fuego en el capó de un coche y la silueta de dos personas de pie al fondo.
—Esta —dijo Amaya.
—Esta —dijo Quique.
La miró seis segundos.
—Esta.
Y la eligieron los tres, y el que estaba en la sala y no dijo nada fue Iñigo, porque aquella secuencia no llevaba a Celia dentro y por lo tanto era exactamente el material que él sí podía supervisar, y no había absolutamente nada que objetar.
Ninguna de las dos versiones era falsa. Las dos eran la misma toma.
Fue Celia la que se paró, a las nueve y media, con el café a medio camino.
—Espera.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué hemos elegido esa?
—Porque es más bonita —dijo Amaya.
—¿Y qué se ve en esa que no se vea en la otra?
Amaya lo pensó.
—El fuego. En el capó.
—Y en la otra, ¿qué se ve que no se vea en esa?
—Las manos. —Amaya se acercó a la pantalla—. En la primera se les ven las manos moviendo el tambor todo el rato. En esta se les ven cuatro.
Los cuatro miraron la pantalla.
—Ponme la primera otra vez —dijo Celia.
La pusieron. Después pusieron la segunda. Después la primera otra vez.
—Ponme la primera una vez más —dijo Celia—. Y no me la pongáis en la pantalla grande, ponédmela en el móvil.
—¿En el móvil?
—Es donde la va a ver la gente.
Quique se la mandó. La vieron los cuatro apiñados encima de un teléfono, que era como se ve el noventa por ciento de lo que hacían y que era, según Celia había comprobado en cuatro campañas, la única prueba que vale.
En el móvil, el reflejo del fuego en el capó no se apreciaba casi.
Las manos, sí.
—Va la segunda —dijo Celia al final—. Porque es mejor y porque las dos son verdad.
—Vale.
—Pero que quede dicho que la hemos elegido por el reflejo del fuego. Y que lo hemos sabido a las nueve y media. —Cogió el café—. Que dentro de tres semanas, cuando alguien nos diga que hemos aprendido a hacer esto, no digamos que no.
Lo apuntó y no dijo nada.
Lo que apuntó fue la hora, la frase y una línea propia debajo: hoy han sabido lo que estaban haciendo. La semana que viene puede que ya no lo noten.
Y después, porque llevaba dos horas dándole vueltas y porque tenía que escribirlo en algún sitio, escribió lo que de verdad le preocupaba.
Que aquella secuencia no era un problema. Que doce grados de cámara a la derecha no eran una mentira ni de lejos. Que en cualquier rodaje del mundo se elige el ángulo con el reflejo del fuego y no pasa nada.
Y que lo que le había asustado a las nueve y media era la velocidad. Habían tardado seis segundos en decir esta . Los tres a la vez. Sin discutirlo.
En septiembre, aquella gente habría tardado veinte minutos.
El episodio salió a las seis y dos y duraba seis minutos y cincuenta.
Empezaba con los dos sacos de castañas llegando en un carro de la compra atado con cuerda.
Seguía con la leña, con el acordeón que apareció sin avisar, con los cucuruchos de papel del periódico de Ponferrada y con Mateo y Pilar discutiendo el punto de la castaña con el reflejo del fuego en el capó de un coche.
En el minuto cuatro, un rótulo blanco decía: Les pedimos que repitieran un momento que ya había pasado. Dijeron que no.
Y en el minuto seis y veinte, veinte segundos de dos personas de pie bajo un paraguas amarillo con el mango quemado, mojándose poco, sin decir nada que se oyera.
A las seis y veinte, aquello ya no iba del Bierzo.
Lo vio venir en tiempo real y no pudo hacer absolutamente nada, que era, por otra parte, lo que había advertido el sábado por la noche en un bar de Villafranca.
La conversación se movió en cuarenta minutos desde las castañas hasta ellos dos, y a partir de las siete ya solo había una cosa en los comentarios.
Veinte segundos y os habéis quedado a gusto, ¿eh?
El del hilo. EL DEL HILO.
Yo he venido por el pueblo y me quedo por esto, y me da vergüenza.
Alguien le dice a la señora del carro de las castañas que le han robado el episodio.
A las nueve y media, alguien había recortado los veinte segundos y los había puesto en bucle con una canción. A las once, ese recorte tenía más movimiento que el episodio completo.
Y a las once y diez pasó lo que Iñigo llevaba dos horas esperando.
Una cuenta con bastantes seguidores puso los veinte segundos al lado de la captura del hilo del veinticuatro de septiembre, con el nombre completo debajo, y escribió cuatro palabras.
El que la destapó.
Tuvo seis mil respuestas en cuarenta minutos. La mayoría eran bromas. Había unas cuantas, no muchas, que decían la única cosa que a él le importaba, que era preguntar si el señor que había destapado el fraude no estaría demasiado cómodo dentro de la empresa que lo había cometido.
Iñigo las leyó todas.
Tenían razón, y él llevaba desde el veintinueve de septiembre sabiendo que tendrían razón, y llevaba desde el veintinueve de septiembre teniendo una respuesta preparada: que el acuerdo estaba publicado entero, que su medio pagaba sus gastos y que el martes salía un informe que ellos no controlaban.
Lo que no tenía preparado era la parte nueva, que era que en aquel plano estaba de pie al lado de la responsable del proyecto que supervisaba, y que llevaba trece días durmiendo con ella, y que eso estaba declarado por escrito desde el veintisiete de octubre en un documento que no había leído nadie porque nadie lee la nota de conflicto de un informe semanal.
Apagó el móvil a las once y media.
Iñigo apagó el móvil a las once y media y no lo volvió a encender hasta las siete de la mañana.
Cuando lo encendió tenía cuarenta y una notificaciones y un correo.
Era de Paula, de las 23:41, dirigido a Celia con copia a él, a Damián y a Rosa Bao, y tenía tres líneas.
Enhorabuena. El episodio 6 es el mejor dato de la campaña y el miércoles lo veremos entero.
Quiero que exploremos la ampliación de derechos de la toma de los veinte segundos para el montaje final y para soportes de pago. Entiendo que hay una autorización limitada; por eso digo explorar y no usar.
Decidme cuándo podemos hablarlo los tres.
Iñigo leyó las tres líneas dos veces, sentado en la cama, con el teléfono en una mano.
Después bajó a la sala de montaje sin desayunar, encontró a Celia sola delante de la pantalla con el móvil bocabajo al lado del teclado, y supo, por cómo tenía los hombros, que ya lo había leído.
—Explorar —dijo ella, sin girarse.
—Sí.
—Es la palabra más cara que he leído en seis semanas.
—Es una palabra muy trabajada. —Iñigo acercó una silla—. No dice usar, dice explorar. No pide, propone hablarlo. Y lo manda con copia a tu jefe y a la mía a las once y cuarenta y uno de la noche, que es la hora a la que se manda una cosa para que la lean tres personas antes de contestarla.
—¿Tú qué le vas a decir?
—Yo no le voy a decir nada, porque a mí no me toca.
—Se echó atrás—. Esa toma la firmó Elsa Prado, no yo.
Y la autorización la firmaste tú y la firmé yo como participantes, no como partes del acuerdo.
Si dentro de tres semanas alguien quiere meterla en el máster, tiene que venir a pedírnoslo a nosotros dos, en persona, como a Encarna.
Tardó en contestar.
—Nunca lo había pensado así.
—¿Cómo?
—Que somos participantes. —Cogió el móvil, lo desbloqueó y lo volvió a dejar—. Llevo seis semanas al otro lado de esa mesa, poniéndole las dos sillas a la gente, y hasta ayer no me había sentado nunca.
Los dos miraron la pantalla, donde estaba congelado el fotograma de dos personas de pie bajo un paraguas.
Iñigo subió después a su casa, y en la cocina miró el fregadero, donde llevaba desde el domingo por la noche una camiseta blanca en remojo con una mancha gris que no había salido con dos lavados.