Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 25
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Volvieron de la era a las siete y veinte con la luz ya perdida y con la sensación rara de haber terminado un trabajo a media tarde.

—¿Ya está? —dijo Amaya, en la furgoneta.

—Ya está.

—Es que son las siete y veinte.

—Pues son las siete y veinte y hemos acabado —dijo Nadia—. Disfrútalo, que no va a volver a pasar.

Habían rodado veinte segundos y habían tardado cuarenta minutos, la mayor parte de los cuales se habían ido en firmar.

Fue, con diferencia, la cosa más incómoda que Celia había hecho en toda su vida profesional.

Estar de pie delante de una mesa de camping que había puesto su propia jefa de producción, con dos sillas, esperando a que le leyeran en voz alta un papel que había redactado ella, con Amaya a cuatro metros haciendo como que revisaba una batería.

—Casilla uno —dijo Nadia, sin ninguna piedad—. Episodio semanal.

—Sí.

—Casilla dos, montaje recopilatorio.

—No.

—Casilla tres, publicidad pagada.

—No.

—Firma aquí, fecha aquí, y el teléfono.

—Nadia, tienes mi teléfono.

—Tengo tu teléfono como jefa. Aquí eres una participante.

—Le pasó el rotulador—. Ponlo. Nadia había sacado la mesa, las dos sillas y las hojas plastificadas, las mismas de siempre, y les había leído las tres casillas en voz alta como se las leía a todo el mundo, y Celia se había oído a sí misma diciendo solo la primera delante de su propio equipo.

Después Rubén había puesto la cámara a doce metros, ellos dos se habían quedado bajo el paraguas amarillo con el mango negro de ceniza, y no había pasado absolutamente nada durante veinte segundos.

Eso era todo. Veinte segundos de dos personas de pie, mojándose poco, sin decir nada que se oyera.

Cenaron los seis en el hostal a las nueve. Tomás se fue a las diez y media a dormir porque salía a las siete. Amaya y Rubén siguieron discutiendo con Quique por videollamada sobre el orden del montaje. Nadia subió a las once.

A las once y veinte quedaron dos personas en el comedor y una calefacción encendida.

—Yo tampoco tengo nada que hacer —dijo Celia.

—¿Cómo?

—Que llevo dos horas esperando a que se acabara la cena para irme a hacer algo, y me acabo de dar cuenta de que no hay nada.

—Miró el reloj—. El material está subido, el plan de mañana está cerrado, los permisos están, el parte lo ha hecho Nadia y el episodio lo monta Quique a partir de las nueve de la mañana.

—O sea que estás libre.

—Llevo cinco semanas sin estar libre a las once y veinte de la noche.

—Ni yo.

—Tú tienes el informe.

—El informe lo escribo el lunes. —Iñigo se levantó a por la botella de agua de la mesa de al lado, que era lo que quedaba—. Y esta semana es el más corto de la campaña, porque no ha pasado nada.

A ella le hizo gracia.

—Ha pasado que hemos salido en cámara.

—Eso lo escribe Rosa.

Subieron a las doce menos veinte y la habitación de él estaba a quince grados.

—Esto es peor que el centro social —dijo Celia.

—Esto es un hostal de montaña en noviembre.

—Esto es una nevera con una colcha.

Ella se sentó en el borde de la cama y se quitó las botas y se quedó ahí un momento, con los codos en las rodillas, oliendo a lo que olía todo el equipo desde el sábado por la noche, que era a humo.

Se les había metido en la ropa, en el pelo y en el forro de las bolsas, y a Amaya le había parecido gracioso y a Tomás le había parecido un problema técnico.

Se miró las manos. Tenía ceniza en las uñas y en la línea de los nudillos, de remover el borde de la hoguera, y ya no se iba con agua.

Él se sentó a su lado.

No hizo nada. Eso fue lo primero que a Celia le llamó la atención, y lo pensó con esas palabras: no ha hecho nada . Se sentó, se quedó, y esperó, con las manos en las rodillas, exactamente igual que había esperado en el centro social de Oteruelo trece días antes.

—Tienes ceniza aquí —dijo, y le señaló la sien con la barbilla, sin tocarla.

—Ya.

—Y aquí.

—Ya lo sé.

Hubo unos segundos de silencio.

Y lo que Celia hizo entonces le costó más de lo que le habría costado cualquier otra cosa de aquella noche, porque llevaba treinta y cinco años sin hacerlo y porque no tenía ningún método.

—Iñigo.

—Dime.

—Quiero pedirte una cosa y no sé pedir cosas.

Él la miró.

—Pídemela mal.

—Es que la voy a pedir fatal.

—Pues fatal.

Se enderezó, se giró hacia él y se lo dijo.

Lo dijo entero, sin envolverlo, sin ponerlo en condicional y sin colgarlo de ninguna necesidad de él, que era lo que llevaba haciendo desde los diecinueve años: pedir las cosas explicando por qué le convenían a la otra persona.

No hubo si te apetece . No hubo no sé si querrás .

No hubo tampoco ninguna broma para dejarse una salida.

Dijo lo que quería, dijo cómo, y se calló.

Y después hizo la parte difícil, que fue no añadir nada durante los cuatro segundos que él tardó en contestar.

—Vale —dijo Iñigo—. Una cosa.

—Dime.

—¿Eso que acabas de decir es lo que quieres o es lo que te parece que se pide?

Celia soltó el aire.

—Es lo que quiero.

—Vale.

—¿Y ya está?

—Y ya está. —Se quitó el jersey y lo tiró a la silla—. ¿Qué esperabas?

—No lo sé. Alguna otra pregunta.

—Te voy a hacer las que hagan falta —dijo él—. Pero de una en una, y cuando toquen.

—¿Y por qué no sabes pedir? —preguntó él, más tarde, cuando ya llevaban un rato.

—Porque si pides, te pueden decir que no.

—Eso le pasa a todo el mundo.

—Ya, pero a todo el mundo se lo dicen una vez y sigue pidiendo. —Celia miró el techo—. Yo hice la cuenta a los diecinueve años y me salió que era más eficiente ser la que resuelve. Si eres la que resuelve, no tienes que pedir nada nunca, porque siempre te necesitan.

—¿Y funciona?

—Funciona perfectamente. Llevo dieciséis años sin que nadie me diga que no.

—Y sin que nadie te pregunte nada.

—Eso es. —Se giró hacia él—. ¿Ves? Esto es exactamente lo que no había que hacer hasta diciembre.

—Ya.

—Pues cállate.

—Vale.

No hubo apagón de luz ni corte de escena.

Hacía frío y no se les pasó, y en algún momento hubo una colcha por encima que llevaba allí desde antes de que ellos entraran y que olía a armario.

Sonaba una televisión dos habitaciones más allá y no se molestaron en identificar el programa.

Ella tenía ceniza en las manos y él terminó con ceniza en la clavícula y en el cuello, y aquello fue, más adelante, lo único de esa noche que se les quedó a los dos como imagen: una marca gris en un sitio raro.

Él preguntó tres veces.

Preguntó la primera con palabras, la segunda con media palabra y la tercera de una manera que no era exactamente una pregunta pero que esperó respuesta igual, y las tres veces Celia contestó concretamente, y en la segunda se oyó a sí misma diciendo lo que quería con una precisión que la habría avergonzado a las siete de la tarde.

No adivinó nada. Eso fue lo que ella pensó después, y lo pensó con cierto asombro profesional: aquel hombre, que se ganaba la vida mirando y deduciendo, no dedujo absolutamente nada en toda la noche.

Hubo también una cosa que salió mal, que fue que a Celia se le enganchó el pelo en la cremallera de algo y estuvieron cuarenta segundos resolviéndolo, y los dos se rieron, y la risa no rompió nada.

Hubo un momento, en mitad de todo, en que Celia se dio cuenta de que llevaba veinte minutos sin pensar en el lunes.

No fue una revelación ni le pareció bonito. Le pareció, si acaso, un poco alarmante, como cuando uno se da cuenta de que ha conducido cuarenta kilómetros sin acordarse de la carretera.

Después se quedaron quietos mucho rato.

Y en algún momento de ese mucho rato, con la cara contra su hombro y la casa entera en silencio, a Celia le llegaron dos cosas a la vez.

La primera era que llevaba cinco semanas trabajando dieciséis horas al día y que no se había parado ni una vez a preguntarse si estaba bien.

La segunda era que aquello, lo de esa noche, no iba a caber en el pacto.

El pacto era no decidir hasta que terminara la campaña, y el pacto seguía en pie porque los dos lo habían dicho en voz alta y porque los dos sabían por qué existía.

Pero el pacto se había hecho el veintiséis de octubre entre dos personas que habían decidido no decidir, y a las dos de la mañana del diez de noviembre lo que había en aquella habitación ya no era una decisión pendiente.

No lo dijo. Habían quedado en que eso se hablaba en diciembre.

Lo que sí dijo, mucho más tarde, cuando ya llevaba un rato sin dormirse, fue otra cosa.

—Oye.

—Dime.

—Cuando esto se acabe voy a tener mucho tiempo libre y no sé qué se hace con eso.

Iñigo tardó en contestar.

—Yo tampoco.

—Ya. Es que tú tienes libros ordenados por tamaño y un cuenco para las llaves.

—Eso es tener sitio donde vivir, no es saber qué hacer.

—¿Y qué haces normalmente en diciembre?

—Trabajar.

—Ya.

—Y en enero, trabajar. —Se movió un poco—. Este año no sé.

Y ahí se quedó, porque los dos entendieron a la vez que aquello era exactamente la conversación que habían prometido no tener hasta el veintitrés de noviembre, y ninguno de los dos la continuó.

Amaneció a las ocho y diez y él seguía allí.

Se despertó a las siete y media con la habitación azul y con frío en un hombro, y lo primero que registró fue que la cama estaba ocupada por dos personas y que ninguna de las dos se había movido a un lado.

Iñigo dormía boca abajo, con un brazo fuera de la colcha y con la marca gris de ceniza todavía en la clavícula.

Ella estuvo un rato despierta sin hacer nada, que era, técnicamente, la primera vez en cinco semanas.

A las ocho menos veinte él abrió los ojos, la vio, y no dijo ninguna de las cosas que se dicen.

—¿Qué hora es?

—Las ocho menos veinte.

—¿A qué hora salimos?

—A las diez y media.

—Vale. —Cerró los ojos otra vez—. Entonces me quedo aquí veinte minutos.

Se quedó cuarenta.

A las nueve menos veinte bajaron a desayunar con veinte minutos de diferencia, que fue una idea de él y que Celia aceptó por no discutir, y que resultó ser completamente inútil porque Nadia llevaba desde las ocho en el comedor con el parte del día y no levantó la vista ninguna de las dos veces.

Lo único que dijo, cuando ya estaban los seis cargando la furgoneta, fue:

—A las diez y media salimos y el tren de León no espera.

Y no dijo nada más, ni ese día ni ningún otro.