Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 24
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Iñigo dijo que no antes de que Celia terminara de leerle el mensaje.

—No.

—Vale.

—Es que no. Yo soy el supervisor independiente de esto.

En el momento en que salgo en cámara dejo de ser el que mira y paso a ser parte del producto.

—Estaban en el bar del hostal de Villafranca, a las once y media de la noche, los dos con la cara todavía medio tiznada—.

Y no es una manía. Es lo único que hace que mi firma valga algo.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué me lo preguntas entonces?

—Porque no te lo estoy preguntando —dijo Celia—. Te lo estoy contando, que es distinto, y porque mañana a las nueve tengo una llamada con Paula y prefiero saber lo que piensas antes que después.

El vaso se le paró a medio camino.

Era, técnicamente, la respuesta que él le habría dado a ella cinco semanas antes, con las mismas palabras, y le fastidió reconocerla.

—Vale —dijo—. ¿Y tú qué piensas?

—Yo pienso que Paula tiene razón.

—Ya.

—No, escúchame, que no lo digo por rendirme.

—Celia dejó el móvil bocabajo—. Los cuatro episodios que han funcionado no funcionaron por el sitio.

Funcionaron porque había alguien discutiendo algo.

La señora del cupo, el guarda, Rocío que no sale, Fermín.

Y desde hace dos semanas hay una parte del público que ya no está mirando el pueblo, está mirándonos a nosotros dos discutir sobre el pueblo.

Eso lo sabe Paula, lo sé yo y lo sabes tú.

—Y por eso mismo no debería salir.

—Y por eso mismo va a salir de todas formas, con o sin nosotros.

—Se echó atrás en la silla—. Iñigo, tú llevas cinco semanas apareciendo de espaldas en catorce planos.

Estás en el episodio uno, en el tres y en el cuatro.

Te has cruzado en cuadro veinte veces. Si mañana yo le digo que no a Paula, lo que va a pasar no es que tú desaparezcas.

Lo que va a pasar es que Quique va a montar el episodio con lo que hay, y en lo que hay estás tú.

No había pensado en eso, y no haberlo pensado le pareció un fallo profesional de los que no se perdonan.

Llevaba cinco semanas midiendo la distancia con una regla equivocada.

Había estado vigilando lo que decía, lo que firmaba y lo que escribía, y no había vigilado ni una sola vez lo que se veía de él.

Un supervisor independiente que aparece de espaldas en trece planos de siete episodios no es un supervisor independiente que no sale.

Es un supervisor independiente al que el público lleva un mes viendo sin saber cómo se llama.

Y en el momento en que alguien pusiera su nombre debajo de esa espalda, y alguien lo iba a poner, la conversación no iba a ser sobre si él había salido o no.

—Y hay otra cosa que tampoco has pensado —dijo Celia—, y esta es peor.

—Dila.

—Que si tú te niegas y yo salgo sola, la conversación de la semana que viene es sobre mí. Sobre la publicista del pueblo falso que ahora sale en cámara poniendo cara de buena. —Se encogió de hombros—. Y me la como yo entera, como todo lo demás.

No contestó enseguida.

—Eso ha sido un golpe bajo —dijo.

—Sí.

—Y es verdad.

—También.

—Enséñamelos.

—Enséñamelos.

—¿Los catorce?

—Los catorce.

Los vieron en el portátil de ella, en la mesa del bar, hasta las doce y veinte.

Estaba en trece. En seis se le veía la espalda o el hombro.

En cuatro se le reconocía la cara de lado.

En dos estaba hablando con alguien del pueblo, sin sonido, y en uno, el del episodio tres, salía de frente durante segundo y medio, cargando una caja.

—Este habría que cortarlo —dijo Iñigo.

—Ese lleva tres semanas publicado.

—Ya.

—Y lo firmaste tú.

—Lo firmé yo.

Los dos miraron la pantalla.

—Entonces la pregunta no es si salgo —dijo él, despacio—. La pregunta es si salgo sin controlar cómo.

—Esa es exactamente la pregunta.

Estuvieron hasta la una hablando de la única cosa que había que hablar, que era el alcance. El sí y el no ya estaban decididos y los dos lo sabían.

Lo llevó Celia, porque era su oficio y porque tenía delante una servilleta y un bolígrafo del bar.

—Hay tres usos y son tres papeles distintos —dijo, y dibujó tres columnas—.

Uno: el episodio semanal. Se publica el lunes, va en la web de VIALTA y en sus redes, y se queda ahí.

Dos: el máster de diciembre. Es el recopilatorio, el que va a ver la gente que no ha visto nada durante siete semanas, y es el que se emite en televisión y en exterior.

Tres: publicidad pagada. Eso es que cojan veinte segundos y los pongan delante de un vídeo que estés viendo, o en una marquesina.

—Y son autorizaciones separadas.

—Son casillas separadas en el mismo papel. Cada uno firma las que quiere.

Iñigo miró las tres columnas.

—¿La gente firma las tres?

—La gente firma las tres. —Celia dejó el bolígrafo—. Firma las tres porque están en la misma hoja, porque se las lee alguien deprisa y porque no marcar una casilla parece de desconfiado. Yo llevo doce años en esto y he visto marcar solo la primera dos veces.

—¿Cuáles?

—Ninguna de este otoño. —Celia se encogió de hombros—. Aquí las han marcado las tres todos. Rocío las tres, y no sabía lo que estaba marcando. Encarna las tres, y a las veinte horas se levantó a las siete de la mañana a llamarte.

Iñigo cogió el bolígrafo y tachó las columnas dos y tres.

—Solo la primera.

—Solo la primera.

—Y si algún día quieren el máster, que nos lo vuelvan a pedir y que sea otra conversación.

—Iñigo, si firmamos solo la primera, Paula va a discutir.

—Que discuta. —Le devolvió el bolígrafo—. Y una cosa más, y esta no la vas a poder arreglar tú. Yo, ese material, no lo puedo firmar.

—¿Cómo que no?

—Rosa me recusó el veintiocho de octubre. No superviso nada donde salgas tú. Y en esa toma salimos los dos.

Delante tenía la servilleta con las dos columnas tachadas.

—O sea que el lunes hay veinte segundos en el episodio que no tienen firma.

—El lunes hay veinte segundos que necesitan otra firma. Y no la mía.

Celia dobló la servilleta.

—Voy a decirte una cosa y te vas a enfadar.

—Dila.

—Que a mí esto me viene bien.

Él levantó la vista.

—Explícate.

—Llevo cinco semanas siendo la responsable de todo lo que sale, y esta semana hay veinte segundos de los que no soy responsable yo sola.

—Se guardó la servilleta en el bolsillo—.

Hay otra persona que los tiene que mirar, que no me conoce, que no cobra de nadie de esta mesa y que me va a decir que no si están mal.

Y me acabo de dar cuenta de que eso me da una tranquilidad que no he tenido en todo el otoño.

—Eso es exactamente lo que yo llevo cinco semanas intentando explicarle a la gente que me odia por escrito.

—Ya.

—Y hasta hoy no me lo había dicho nadie.

—Pues ya te lo he dicho. —Celia se levantó a por los abrigos—. No te acostumbres.

El movimiento de Damián lo vio Iñigo el domingo a las ocho y cuarto de la mañana, en el desayuno, y lo vio de la manera más tonta posible, que fue por encima de un hombro.

Amaya estaba en la mesa del rincón con el portátil y una tostada sin tocar, escribiendo. Llevaba así, según Charo, digo, según la mujer del hostal, desde las siete y media.

Iñigo pasó por detrás con el café y no lo hizo a propósito. El asunto del correo estaba en la parte de arriba de la pantalla y ocupaba una línea:

RE: Cronología del proyecto Valdelumbre — tu versión

Y debajo, la respuesta de Amaya, tres párrafos empezados y borrados, con el cursor parpadeando en el cuarto.

Se sentó dos mesas más allá.

Lo que sabía era esto: que Damián Cifuentes le había pedido a una directora de arte júnior su versión por escrito de cómo se había montado el compuesto, seis semanas después de los hechos, un sábado por la noche.

Lo que no sabía era todo lo demás. No sabía si se lo había pedido a todos.

No sabía si era un trámite del seguro, o de un abogado, o de la propia agencia.

No sabía si Celia lo sabía. Y no tenía manera de averiguar ninguna de esas tres cosas sin preguntarle a Amaya, que era exactamente la persona a la que no le podía preguntar.

Porque él no era el compañero de Amaya. Era el supervisor que publicaba un informe cada martes, y si se acercaba a aquella mesa y le preguntaba a una chica de veintisiete años qué le estaba pidiendo su jefe, lo que iba a conseguir era que la chica se asustara o que se callara, y las dos cosas eran peores que no saber.

Apuntó en la libreta la fecha, la hora y el asunto, tal cual, sin interpretación.

Debajo escribió una línea y la dejó ahí: no es información, es un ruido.

Hubo un momento, sobre las ocho y media, en que Amaya levantó la vista, lo vio y le sonrió.

Fue una sonrisa normal, de las de dar los buenos días a alguien con quien llevas seis semanas subiendo cajas, y a Iñigo le duró bastante rato porque no supo qué hacer con ella.

Aquella chica llevaba una hora y media escribiendo y borrando una declaración sobre la peor semana de su vida laboral, y se giraba a sonreírle a un periodista.

Pensó en avisar a Celia y descartó las tres maneras de hacerlo.

Contárselo entero era contarle que había leído por encima del hombro el correo de una empleada suya.

Contárselo a medias era peor. Y preguntárselo de forma indirecta, con alguna frase del tipo oye, ¿Damián os está pidiendo algo?

, era exactamente la clase de maniobra que él llevaba once años detectando en otros y despreciando por escrito.

Lo dejó estar.

Fue, cuando lo pensó dos semanas después, el error más caro de toda la campaña.

A las nueve menos veinte, Amaya cerró el portátil, se comió la tostada fría de tres bocados y salió a cargar el material como si no hubiera pasado nada, y a Iñigo le quedó claro que llevaba once años clasificando a la gente y de que a esa chica la había clasificado mal desde el primer día.

Celia bajó a las nueve y cinco con el móvil en la mano y la llamada de Paula terminada.

—Ha dicho que sí a la primera columna —dijo—. Refunfuñando.

—¿Y del máster?

—Del máster ha dicho que ya lo hablaremos en diciembre. —Se sentó enfrente—. Que en su idioma quiere decir que va a volver a pedirlo.

—Ya.

—Iñigo. —Celia se apoyó en la mesa—. Rodamos a las seis, con la luz de la tarde. Antes tengo que llamar a Rosa Bao y explicarle lo de la firma, y tengo que hacerlo yo, porque si se lo pides tú parece que estás organizando tu propia supervisión.

—De acuerdo.

—Y esta noche tú y yo tenemos que hablar de otra cosa.

—¿De qué otra cosa?

Celia cogió su café.

—De que llevamos trece días haciendo lo que dijimos que íbamos a hacer, que era no decidir nada, y de que yo hoy me he despertado a las siete pensando en el veintitrés de noviembre.

—¿Qué pasa el veintitrés de noviembre?

—Que es el domingo siguiente al último —dijo ella, y se levantó a por otro café sin esperar respuesta.