23
Llegaron a Villafranca a la una y media del sábado, después de tres horas y media de viaje y de dos cambios de tren, y a Celia le pareció, mirando el reloj, que aquello era exactamente lo que la campaña llevaba cinco semanas sin querer decir en voz alta.
Del nodo de León salía un regional a Ponferrada. De Ponferrada, cuarenta minutos de carretera. Sumado todo, seis horas y media desde Madrid para un sitio que estaba a trescientos ochenta kilómetros.
—El paquete de esta semana lo vendemos con el enlace en León —había dicho Paula el jueves.
—Y con la conexión de carretera contratada.
—Con la conexión contratada, sí, que esta vez nos ha costado lo suyo.
Nadia había cerrado el permiso el martes: solicitud al ayuntamiento para el uso del espacio, comunicación al servicio territorial correspondiente por lo de la hoguera y un extintor de seis kilos que fue lo único que hubo que comprar. Lo llevaba en el maletero desde León.
—¿Y esto lo pide todo el mundo? —había preguntado Amaya.
—Esto lo pide el que enciende un fuego con cámaras delante —dijo Nadia—. La peña que lo hace en su era no pide nada y no le pasa nada, y no es lo mismo, porque a ellos no los está mirando nadie.
El magosto era en la era de arriba, a las siete de la tarde, y a la una y media ya había cuatro hombres apilando leña y una mujer con dos sacos de castañas de veinte kilos que había traído en un carro de la compra reforzado con cuerda.
Hacía siete grados, cielo despejado, y a las cinco y media iba a ser de noche.
—A ver, una cosa —dijo Nadia, con la lista en la mano, antes de bajar del coche—. Esto no es una fiesta para nosotros. Esto es un magosto, se llama magosto, y no vamos a explicar en el vídeo lo que es un magosto.
—Habrá que decir algo —dijo Amaya.
—Habrá que decir dónde estamos. Lo demás se entiende viéndolo. —Cerró la carpeta—. Si ponemos un rótulo que diga el magosto es la fiesta tradicional de la castaña , esto se convierte en un reportaje de una televisión autonómica de mil novecientos noventa y cuatro.
Lo apuntó y añadió, debajo, una regla que llevaba cinco semanas sin escribir y que hasta ese momento no había hecho falta: ninguna palabra de aquí se traduce.
Lo que pasó con Mateo y Pilar ocurrió a las seis y cuarenta, y ocurrió mientras Rubén estaba montando la cámara.
Los habían localizado por la tarde. Él tenía setenta y ocho años, ella setenta y cuatro, llevaban cincuenta y uno casados y eran los que asaban, porque llevaban siendo los que asaban desde antes de que existiera el ayuntamiento actual.
Habían dicho que sí a la grabación por la mañana, con Nadia, con la mesa y las dos sillas.
A las seis y cuarenta estaban los dos en cuclillas junto al tambor, discutiendo.
No lo habían buscado. Eso fue lo que Celia se pasó después dos días repitiéndose, con la irritación exacta de quien sabe que da igual: no lo habían montado, no los habían colocado, no los habían llevado hasta el tambor. Aquellos dos llevaban asando castañas cincuenta años y estaban asando castañas.
Discutían sobre el punto de la castaña. Él decía que aquella hornada llevaba dos minutos de más y ella decía que la que llevaba dos minutos de más era la anterior, la que él había sacado antes de tiempo, y que por eso ahora había que compensar.
Se interrumpían. Se interrumpían mucho, con la naturalidad de dos personas que llevan cincuenta y un años interrumpiéndose, y en un momento dado él le dijo algo en voz baja que ella no llegó a oír bien, y ella se rió antes de saber de qué se reía.
Después quedó un cucurucho de papel con seis o siete castañas. Él se lo dio. Ella cogió dos, le devolvió el cucurucho, y estuvieron un minuto entero pasándoselo el uno al otro sin decir nada.
Lo vio entero desde tres metros.
Rubén estaba a cuatro, de rodillas, con el trípode a medio abrir y la cámara todavía en la bolsa.
—¿Lo has cogido?
—No.
—¿Nada?
—Nada. Estaba montando.
Lo que hizo Celia entonces fue lo que había aprendido a hacer en cinco semanas: no dijo nada durante diez segundos.
Después se acercó a Mateo y Pilar, se puso en cuclillas al lado del tambor y les preguntó, sin adornarlo, si les importaría volver a hacer lo del cucurucho.
—¿Cómo que volver a hacerlo? —dijo Pilar.
—Como lo acaban de hacer. Sin actuar. Solo que otra vez.
Pilar la miró con una cara que Celia iba a recordar bastante tiempo.
—Hija, es que ya nos lo hemos comido.
—Ya. Con otro.
—Pero es que no es lo mismo. —Se limpió las manos en el delantal—. Nosotros no estábamos haciendo nada. Estábamos comiendo castañas.
Mateo, que no había levantado la vista del tambor, dijo la frase.
—Yo eso no lo repito.
—No pasa nada.
—Que no lo repito, digo. No es que no quiera. Es que si lo repito ya no es aquello. —Removió las castañas con un palo—. Aquello ya ha pasado.
—Además, ¿qué quiere usted que hagamos? —dijo Pilar—. ¿Que nos volvamos a reír?
—No.
—Es que es eso. Que nos volvamos a reír de lo que ha dicho este, que ya no tiene gracia porque ya lo he oído.
—Pilar, tiene usted toda la razón y no le voy a insistir más.
—No es que tenga razón. —Pilar cogió el palo y removió ella—. Es que ustedes están todo el rato pidiéndonos que hagamos lo que ya hacemos.
Y siguieron con lo suyo los dos.
Estuvo en cuclillas un momento más, se levantó y volvió con el equipo.
—No lo tenemos —dijo.
—Podemos plantearlo de otra manera —dijo Amaya—. Sin repetirlo. Que sigan comiendo y que en algún momento...
—Amaya.
—Ya lo sé.
—Pues eso.
Y lo que Celia no dijo en voz alta, y le costó no decirlo, fue que había una manera.
La había. Consistía en dejar la cámara rodando dos horas, no decirles nada, esperar a que se les olvidara y coger lo que saliera.
Era legal, estaba autorizado, se hace en todas partes y probablemente habría funcionado.
Se acordó de un micrófono de ambiente en el poste de una parcela y no lo propuso.
Volvió con el equipo y estuvo diez minutos sin decidir nada, que era la parte del trabajo que no se le daba bien.
Tenían el magosto y no tenían la escena. Podían montar un episodio bonito y correcto con humo y castañas y un acordeón, y podían no tener ni un solo momento en el que a alguien le pasara algo.
Fue Tomás el que lo resolvió, y lo resolvió como resolvía él las cosas, que era diciendo una frase y volviéndose a su sitio.
—Lo tengo.
—¿El qué?
—La discusión. La de las castañas. —Se quitó un casco—. La tengo en la pista de ambiente desde las seis y treinta y ocho. Doce minutos. Se les oye perfectamente, y no se les ve.
Ella lo miró.
—Tomás, no tenemos imagen de eso.
—No. Tenéis imagen de otra cosa.
—¿De qué otra cosa?
—De lo que pasó después. —Señaló el tambor con la barbilla—. Que es que se pasaron un cucurucho durante un minuto sin decir nada. Eso sí lo ha cogido el chico, desde atrás y de lejos, porque estaba abriendo el trípode y lo dejó rodando.
Rubén levantó la cabeza.
—¿Eso está grabado?
—Está grabado —dijo Tomás—. Mal. Movido y de espaldas.
Rodaron el magosto entero y fue el material más fácil de la campaña.
Cuarenta y tantas personas alrededor del fuego.
El humo yendo hacia donde no debía. Los cucuruchos de papel de periódico, que allí se hacían con el periódico de Ponferrada y no con papel de estraza.
Un acordeón que apareció a las ocho sin que nadie lo hubiera anunciado.
Y, a partir de las nueve y media, la parte que a Celia le pareció que no iban a poder publicar y publicaron: la gente tiznándose la cara unos a otros con la ceniza fría del borde de la hoguera.
Tomás cumplía cuarenta y nueve años ese sábado. Lo dijo a las ocho, cuando ya llevaban una hora, y lo dijo de la manera más suya posible, que fue quejándose.
—Que conste que estoy trabajando en mi cumpleaños.
—¿Hoy?
—Hoy.
—¡Tomás! —Amaya se puso de pie—. ¿Y por qué no lo has dicho?
—Lo acabo de decir.
Le cantaron. Fue horrible y duró once segundos y él estuvo todo el rato mirando el suelo, y a las nueve y cuarto una señora del pueblo que se había enterado le trajo un plato con dos rebanadas de pan con azúcar y una vela de las de encender el butano clavada en medio.
Tomás se lo comió entero y no dijo nada, y Celia, que lo estaba mirando, vio que se guardó la vela en el bolsillo.
—¿Y tú qué haces normalmente en tu cumpleaños? —le preguntó Amaya.
—Nada.
—¿Nada de nada?
—Mi hija me llama. —Se limpió las manos—. Vive en Bruselas.
—¿Y no vas a verla?
—En agosto.
Amaya iba a preguntar otra cosa y Nadia le puso una mano en el brazo, y ahí se acabó la conversación, y en seis semanas de furgonetas y madrugadas era la primera vez que alguien había averiguado que Tomás Cobo tenía una hija.
A las diez menos cuarto, un hombre de unos sesenta se acercó a Celia con la cara ya tiznada y le preguntó, con toda la educación del mundo, cuánto cobraban ellos por hacer aquello.
—¿Nosotros?
—Ustedes. La empresa esa del tren les pagará.
—Nos paga, sí.
—¿Y a nosotros?
Ella lo miró.
—A ustedes no. A los que salen en cámara no se les paga, se les pide permiso. —Se metió las manos en los bolsillos—. Y eso está mal y no lo he decidido yo, y llevo seis semanas sin saber qué contestar cuando me lo preguntan.
—Es la primera vez que alguien me contesta eso —dijo el hombre.
—¿Y qué le suelen contestar?
—Que es publicidad para el pueblo.
Se rieron los dos, un poco, y el hombre se fue a por más vino.
Lo apuntó en la libreta y no lo comentó con nadie, y aquella fue la única línea de todo el otoño que escribió sin saber para qué la quería.
Del paraguas amarillo se apoderó Amaya a las nueve y media para remover las castañas del borde, porque el palo se había quemado, y cuando Celia lo recuperó tenía el mango negro y la tela con dos manchas de ceniza en el faldón.
—Se limpia —dijo Amaya.
—Ya.
—Se limpia con agua y jabón.
—Que sí.
Lo dejó apoyado en la pared de la era y no lo limpió.
A las diez y veinte, con la hoguera ya baja y la mitad de la gente con la cara tiznada, le sonó el teléfono en el bolsillo del abrigo.
Era un mensaje de Paula y tenía cuatro líneas.
Acabo de ver el bruto que ha subido Quique del magosto. Es bueno y no tiene protagonista.
Los cuatro episodios que mejor han funcionado tienen una cosa en común y no es el sitio.
Necesito que salgáis vosotros dos. Una toma, la que queráis, y lo hablamos mañana.
Celia leyó las cuatro líneas dos veces, con el humo del magosto pasándole por delante y con la mano izquierda manchada de ceniza hasta la muñeca.