Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 22
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El cuadro de la semana llegó el miércoles a las nueve y cuatro y Iñigo no lo vio, porque nunca lo veía.

Lo que vio, a las diez y media, fue a Paula Requena entrando en una sala de VIALTA donde él llevaba veinte minutos esperando con Rosa Bao, y lo que vio en la cara de Paula fue la cosa que él llevaba once años sabiendo leer en las caras de la gente que tiene un número malo.

—Se lo voy a enseñar —dijo Paula—. No tengo por qué, y se lo voy a enseñar.

Giró el portátil.

—Finalización de vídeo: ochenta y uno por ciento. Es el mejor dato de toda la campaña y con diferencia. La gente se ha visto los cinco minutos y medio enteros.

—Bien.

—Clic al paquete: la mitad que la semana pasada.

Reservas: cuarenta por ciento menos que la semana pasada, y la semana pasada fue Oteruelo, así que la comparación es injusta y aun así es la que van a hacer.

—Cerró el portátil—. Y tenemos una cosa que no habíamos tenido nunca, que es gente escribiendo para decir que el vídeo les ha parecido precioso y que no van a ir.

Rosa intervino.

—¿Cuánta gente?

—Suficiente para que aparezca en el análisis de comentarios como una categoría propia. —Paula se sentó—. «Emotivo, no comercial». Ciento y pico menciones.

—¿Y qué significa eso? —dijo Iñigo.

—Que no lo sé. —Lo dijo sin ninguna agresividad—. Puede significar que hemos hecho un vídeo que la gente quiere ver y no quiere comprar. Y puede significar que hemos hecho el único vídeo de esta campaña que alguien va a recordar dentro de seis meses, y que eso vale una fortuna y no lo mide nadie.

—¿Y usted qué cree?

—Yo creo lo segundo y no me sirve de nada.

—Paula se pasó una mano por la cara—. Porque yo no tengo ninguna manera de demostrarlo.

Puedo medir clics y puedo medir reservas.

Lo otro no lo mide nadie, o lo mide alguien que cobra por medirlo y a quien yo no puedo justificar en un presupuesto ahora mismo.

—Hay una cosa que no le he preguntado —dijo Rosa—. ¿Usted qué le va a recomendar al consejo?

Paula tardó.

—Todavía no lo sé.

—Eso no me lo creo.

—Pues créaselo, porque llevo desde el lunes sin dormir por esto.

—Se echó atrás—. Yo tengo dos opciones y las dos son malas.

Una, defender el formato tal cual y que el consejo decida que la campaña ha sido un experimento caro.

Dos, proponerles algo para el máster de diciembre que se parezca más a lo que ellos esperaban en julio.

—¿Y eso qué es?

—Eso es un montaje bonito de tres minutos con lo mejor de siete semanas. —Paula lo dijo sin ninguna vergüenza, mirándolos a los dos—. Se lo digo aquí y ahora para que después nadie diga que no lo vio venir.

Iñigo apuntó esa frase entera y no supo, en ese momento, por qué le pareció importante.

—El consejo se reúne mañana —dijo Paula—. Y me van a preguntar si esto vende o solo emociona.

La investigación salió el miércoles a las dos de la tarde.

Se enteró como se entera todo el mundo, por una notificación, andando por Bravo Murillo con una bolsa de la compra en cada mano.

Paró en un portal, dejó las bolsas y lo abrió.

El titular era bueno. Mejor que ninguno de los que él había pensado en ocho meses, y él había pensado cuarenta.

Lo leyó dos veces solo el titular, que es una cosa que hace la gente cuando algo le duele y todavía no sabe por dónde.

Hablaba de las ocho empresas que le ponen cara a Europa y llevaba debajo un montaje de doce imágenes idénticas usadas por doce destinos distintos.

Lo leyó de pie en un portal.

Estaba bien. Elvira Sanz había hecho un buen trabajo, tenía dos fuentes que él no había conseguido y había encontrado una cosa sobre los contratos marco de los bancos de imágenes que a él se le había escapado en agosto.

Y estaba, también, un tercio menos afinado de lo que él lo habría dejado. Había dos afirmaciones que iban más lejos de lo que aguantaba el material. Había una pieza, la del tejado esloveno, en la que la coincidencia era menos sólida de lo que parecía y donde él habría puesto una línea diciéndolo.

Estuvo un rato en aquel portal, con las bolsas en el suelo y el móvil en la mano, haciendo una cosa que le pareció ridícula mientras la hacía: buscar su propio nombre en el texto.

Estaba. En el segundo párrafo, en una línea que decía que el trabajo partía de material reunido a lo largo de ocho meses por Iñigo Arce, y que él había cedido al incorporarse como supervisor independiente al proyecto de VIALTA.

Era exactamente lo que había que poner y estaba bien puesto.

Y no lo iba a leer nadie, porque nadie lee el segundo párrafo.

A las cuatro de la tarde, aquello llevaba más lecturas de las que había tenido nada suyo en toda su carrera.

A las cinco lo había citado un programa de radio nacional. A las seis y media, dos parlamentarios. A las ocho, una asociación de fotógrafos pidiendo una comparecencia.

Iñigo tuvo, a lo largo de aquella tarde, cuatro conversaciones sobre el tema.

En la primera, Rosa lo llamó para decírselo antes de que lo viera, y ya lo había visto, y le preguntó cómo estaba, y él dijo que bien.

—Iñigo.

—Estoy bien de verdad. Está bien hecho.

—Está bien hecho y está en un sitio que tiene ochenta veces nuestro alcance —dijo Rosa—. Que es lo que iba a pasar y lo que sabíamos los dos en septiembre.

—Sí.

—Te lo digo porque a mí me ha dolido y yo ni siquiera lo escribí. —Se oyó un mechero—. Y porque en enero, cuando esto se acabe y volvamos a la normalidad, quiero que te acuerdes de que la alternativa era publicarlo tú en enero y que lo leyeran cuatro mil personas.

—No es verdad. La alternativa era publicarlo yo en enero mejor hecho.

—Sí. También.

—Rosa, ¿por qué me llamas?

—Porque en once años no te he visto ceder nada —dijo ella— y quería saber si seguías ahí.

En la segunda, un compañero de otro medio le escribió preguntándole si aquello no era suyo, porque le sonaba de habérselo oído contar en un bar en marzo. Iñigo contestó que no, que el trabajo era de Elvira Sanz, y no añadió nada más.

En la tercera, Elvira le mandó un mensaje largo dándole las gracias, nombrándolo dos veces y preguntándole si quería que pusieran una línea de agradecimiento al final.

Iñigo contestó que no hacía falta y que enhorabuena, y lo pensó ocho minutos antes de mandarlo, y en esos ocho minutos redactó dos veces una versión que sí decía que sí.

La cuarta fue a las nueve y veinte, en la sala de montaje de brUMA, adonde había ido a firmar el material de la semana.

Firmar el material de la semana consistía en veinte minutos de una monotonía absoluta: Nadia le dejaba la carpeta de anillas encima de la mesa de mezclas, él sacaba las hojas del separador de la salida, comprobaba una por una que el código de tiempo de cada plano emitido apuntaba a una autorización vigente, y firmaba abajo con la fecha.

Aquel miércoles había veintidós hojas y le llevó dieciocho minutos.

—Oye —dijo Quique, sin quitarse los cascos, cuando iba por la catorce—. Una pregunta que llevo siete semanas queriendo hacerte.

—Dime.

—¿A ti te pagan por hoja o por semana?

—Por semana.

—Pues es una pena —dijo Quique, y se volvió a la pantalla.

Celia levantó la vista y dijo:

—Oye, lo de esta mañana. El reportaje de las imágenes.

—¿Qué pasa?

—Que hay un párrafo que dice exactamente lo que me contaste tú en Cantaloya. Lo de las carpetas con la fecha de descarga.

Iñigo dejó la carpeta en la mesa.

—Ya.

—¿Eso es tuyo?

—Era mío. Se lo di en septiembre.

Ella lo miró un segundo de más.

—¿Entero?

—Entero. Cuarenta y siete gigas.

—Vaya.

—Sí.

Y ya está. No le preguntó por qué, no dijo qué barbaridad y no le puso una mano en el brazo. Volvió a la pantalla, le dijo a Quique que subiera dos decibelios la pista tres, y a los cuatro minutos, sin girarse, dijo:

—Estaba mejor lo tuyo.

—No lo has leído.

—He leído lo que me contaste tú.

—Oye —dijo, ya en la puerta—. Una cosa de trabajo.

—Dime.

—El martes, en el informe, voy a poner lo del autobús de Sanabria. El dato entero, con las frecuencias.

—Ya lo pusimos nosotros en el episodio.

—Lo pusisteis en el minuto cuatro y medio y con una frase muy amable. —Se apoyó en el marco—. Yo lo voy a poner con la tabla.

Ella se giró en la silla.

—¿Me estás avisando o me estás pidiendo permiso?

—Te estoy avisando. Otra vez.

—Vale. —Volvió a la pantalla—. Ponlo con la tabla. Y si puedes, pon también que lo dijimos nosotros primero, que llevo cinco semanas comiéndome yo sola la parte fea y una vez me gustaría que constara.

Iñigo firmó el material y se fue, y en el portal pensó que aquello era lo más parecido a un consuelo que le habían dado en cuatro años y que había durado siete palabras.

El correo entró a las once y cuarenta de la noche.

Era de Paula, dirigido a Celia, con copia a Damián y con copia a Rosa Bao, cosa que Paula no había hecho nunca antes.

No llevaba texto. Solo un reenvío.

Debajo, el mensaje original era de las siete y diez de la tarde, iba firmado por el consejo de VIALTA, y tenía tres líneas y una pregunta.

Vista la evolución de las cuatro últimas semanas y el comportamiento de la conversión, el consejo solicita que la dirección de marketing presente en la reunión del día 20 una valoración del rendimiento comercial del proyecto.

Se solicita asimismo que dicha valoración incluya una recomendación expresa sobre el formato del montaje recopilatorio.

¿Estamos haciendo publicidad o estamos haciendo un documental?

Lo leyó dos veces, de pie en la cocina, con la luz apagada.

Paula no había escrito nada encima. Ni una línea, ni un para vuestra información , ni un hablamos mañana .

Se lo había mandado tal cual, a las once y cuarenta de la noche, a las tres personas que podían hacer algo con él.

Le dio vueltas a eso mucho rato, con la nevera haciendo el ruido de las neveras.

Aquella mujer llevaba cinco semanas peleando por dentro de su empresa por un formato que se le estaba muriendo en las manos.

Había firmado delante de un periodista que se publicaría lo que saliera.

Había dejado pasar una partida de cuatro mil euros que no podía justificar.

Había leído un informe suyo el martes a las once y cuarto sobre la saturación de un municipio de doscientos ochenta y un habitantes y no había contestado, y él llevaba nueve días interpretando ese silencio como desprecio.

Ahora se le ocurrió otra lectura, y le pareció bastante peor.

Paula Requena no había contestado porque no tenía nada que ofrecer.

Y aquella noche, en vez de escribir una línea encima del correo del consejo, había hecho lo único que le quedaba, que era pasarles la pregunta entera a las tres personas de fuera de su empresa que todavía podían intentar contestarla.

Se acordó entonces de una cosa que había dicho aquella mujer por la mañana, en una sala de VIALTA, y que él había apuntado sin saber por qué.

Lo otro no lo mide nadie, o lo mide alguien que cobra por medirlo y a quien yo no puedo justificar en un presupuesto ahora mismo.

Le dio vueltas cuatro o cinco minutos.

Si aquello se medía, se medía. Existían empresas que lo hacían, era caro y era lento, y una campaña que llevaba cinco semanas quemando presupuesto en furgonetas y alojamientos no iba a tener una partida para preguntarle a cincuenta personas qué recordaban.

Aunque, pensándolo bien, eso no lo sabía. Él no había visto el presupuesto de aquella campaña en ningún momento.

Miró la hora. Las doce menos veinte.

Abrió el borrador del informe de la semana siguiente, escribió una línea y la dejó ahí sin desarrollar, porque no tenía todavía manera de sostenerla:

Preguntar a la agencia si alguien ha medido alguna vez el recuerdo.