Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 21
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La furgoneta solo tenía cinco plazas y eran seis.

Fue Nadia quien lo resolvió el viernes, cuando repartió el viaje: cinco en la furgoneta con el material, que salía a las once y media del domingo y llegaba a Madrid sobre las tres, y dos en tren, Celia y ella, porque el equipaje de las dos cabía en dos bolsas y porque a Nadia le venía bien pasar por Zamora.

—Salimos a las dos y media de Sanabria AV y a las cinco y media estás en casa —había dicho—. El de las dos y media.

Llegaron a la estación a las dos y cinco.

La estación de Sanabria AV está en Otero, a catorce kilómetros de Arribela y a seis de Puebla, en medio de un campo, con un aparcamiento grande y un edificio nuevo y luminoso que a las dos de la tarde de un domingo de noviembre tenía dentro a cuatro personas.

Nadia miró el panel.

Miró el panel un rato largo, después miró el móvil, después volvió a mirar el panel, y Celia, que estaba sentada en un banco con las dos bolsas, supo lo que pasaba antes de que lo dijera.

—El de las dos y media es de lunes a viernes.

—¿Cómo?

—De lunes a viernes. —Nadia se acercó con el móvil por delante—. Está aquí, en la tabla. Catorce treinta, Zamora-Madrid, y al lado pone L a V con letra pequeña. Yo lo miré el martes, lo cogí y no vi la nota.

Se levantó y lo leyó ella misma.

Estaba. Era una tabla de siete columnas con las notas al pie, y la nota estaba, y era la misma letra que usan todas las tablas de horarios del mundo para lo único que importa de verdad.

—¿Y el siguiente?

—Diecinueve cuarenta y siete.

—¿No hay nada antes?

—A Madrid, no. Hay uno a las nueve y cincuenta y cuatro que ya se ha ido, y luego el de las diecinueve cuarenta y siete, que es diario menos los sábados. —Nadia bajó el móvil—. Hoy es domingo. Ese sí.

Celia hizo la cuenta, que era muy sencilla y que le llevó dos segundos.

Cinco horas y diecisiete minutos.

—¿Autobús?

—El autobús para aquí, en la estación, desde julio. —Nadia ya lo estaba buscando y ya sabía la respuesta—. Domingos y festivos sin servicio.

—¿Y taxi a Zamora?

—Taxi a Zamora son ciento y pico euros y llegamos a Zamora a la misma hora a la que sale este tren. —Se guardó el móvil—. Y la furgoneta lleva dos horas de camino.

Las dos se quedaron de pie en mitad del vestíbulo.

—Nadia, esto es mío —dijo Celia—. Yo aprobé el plan de viaje.

—No. Esto es mío. Lo miré yo, lo puse yo y no vi la nota.

—Bueno.

—No es bueno. —Nadia se sentó en el banco—. Es una nota a pie de tabla y llevo dieciocho años leyendo tablas.

—¿Y sabes cuántas has leído bien en cinco semanas? Ciento y pico. Permisos, horarios, aforos, cupos y una lista de camas de un pueblo que hiciste en cincuenta minutos.

—Eso no vale de nada cuando fallas la que importa.

—Eso es exactamente lo que me digo yo desde el veinticuatro de septiembre —dijo Celia—, y te aseguro que no ayuda nada.

Nadia soltó una risa corta y muy poco alegre.

—Menudo par estamos hechas.

—Menudo par.

Las cinco horas empezaron mal y terminaron siendo la conversación más larga que habían tenido en cinco semanas.

La primera hora la pasaron trabajando, porque las dos eran incapaces de otra cosa. Celia cerró el parte de la salida, revisó los tiempos del montaje con Quique por mensaje y contestó nueve correos. Nadia hizo el cierre de gastos y el plan de la salida seis.

A las tres menos veinte, Celia llamó a Paula para avisarla de que llegaba tarde a una reunión del lunes que todavía no existía, y en mitad de la llamada se le ocurrió lo único bueno de la tarde.

—Paula, ¿usted sabe lo del autobús?

—¿Qué autobús?

—El de aquí. El que conecta la estación con la comarca. Los domingos no hay.

Hubo un silencio.

—¿Y eso lo sabemos desde cuándo?

—Desde que estoy sentada en un banco desde hace media hora.

—Celia miró el vestíbulo vacío—. Nosotros vendemos un paquete de fin de semana con tren al nodo y conexión contratada.

La conexión que tenemos contratada es un taxi con una empresa de Puebla, y funciona.

Lo que no funciona es todo lo demás. Si alguien compra ese paquete y decide moverse por su cuenta, un domingo se queda tirado.

—¿Me está diciendo que retire el paquete?

—Le estoy diciendo que en el episodio del lunes va a salir el dato.

Otro silencio, más largo.

—Que salga —dijo Paula—. Y mándeme por escrito qué dato exactamente, que lo quiero tener yo antes de que lo tenga mi consejo.

A las tres y media se les acabó el trabajo.

Fueron a la máquina, sacaron dos cafés que estaban malos, se sentaron en el banco de la ventana que daba al aparcamiento y estuvieron un rato mirando cómo llegaba un coche cada quince minutos.

—Te voy a decir una cosa —dijo Nadia—. Una, y luego seguimos.

—Dime.

—Lo del quince de noviembre.

Celia dejó el vaso.

—Yo te dije en la primera reunión que ese fin de semana no estaba. Lo dije delante de todos y te pedí que lo escribieras con mi nombre al lado, y tú lo escribiste. —Nadia hablaba mirando al aparcamiento, no a ella—. Y luego lo firmaste igual.

—Sí.

—Yo lo vi en el andén de Chamartín el tres de octubre y no dije nada, y llevo cinco semanas sin decir nada, y ahora estamos las dos aquí cinco horas por una nota que no vi, así que me parece un buen momento.

—Nadia, ese día tenía a Paula encima y el cámara caído de la séptima, y llamarte a las ocho menos veinte de un jueves habría sido...

—Ya sé lo que habría sido. Veinte minutos de teléfono conmigo en el coche.

—Nadia se giró por fin—. Celia, tú proteges muy bien.

Eres la mejor con la que he trabajado protegiendo.

Lo que pasa es que proteger a alguien no es lo mismo que decidir por él, y tú haces las dos cosas a la vez y no distingues.

—Lo distingo.

—No lo distingues, porque si lo distinguieras me habrías llamado.

—Volvió a mirar el aparcamiento—. Yo tengo a mis hijos ese fin de semana.

Lo voy a arreglar. Lo llevo arreglando desde octubre y lo voy a tener arreglado, y me va a costar deberle un favor a una persona a la que no quiero deberle favores.

Y eso no lo sabes tú porque no me lo preguntaste.

Celia abrió la boca.

Lo que tenía preparado era la solución: puedo hablar con Paula, podemos mover el cierre al veintidós, puedo llamar yo a esa persona.

Y era buena. Habría funcionado, y a las cuatro y veinte de la tarde de un domingo, en una estación vacía, habría convertido aquella conversación en un problema resuelto y en nada más.

Cerró la boca.

—Vale —dijo.

—¿Vale?

—Vale. —Se echó atrás en el banco—. Perdona. Y no te voy a arreglar lo del favor.

Nadia la miró un momento con desconfianza.

—Bien.

—¿Bien?

—Bien, porque si me lo arreglas te lo debo a ti, que es peor.

—Te voy a decir yo otra cosa entonces —dijo Celia, y le costó—. El plan de la salida seis lo firmo contigo delante. Y el del cierre también.

—Eso no arregla lo del quince.

—Ya sé que no arregla lo del quince. —Se frotó los ojos—. Lo del quince no tiene arreglo, y si te ofrezco uno, lo que estoy haciendo es quitarme yo el mal cuerpo. Así que no te lo ofrezco.

Nadia tardó en contestar.

—Vale.

—Vale.

—Pues ya está. —Cogió su vaso—. Y ahora, si te parece, dejamos de hablar de esto, porque quedan cuatro horas y como sigamos por aquí acabamos llorando en una estación y yo eso no lo hago.

Estuvieron las tres horas siguientes hablando de otras cosas.

De los hijos de Nadia, que tenían nueve y trece y que ese fin de semana estaban con su padre.

De un rodaje de dos mil dieciocho en el que a Nadia se le había quemado una furgoneta.

De por qué Celia no había vuelto a Valencia en dos años a ver a su hermana.

Del hostal de Charo. De si Amaya iba a durar en la agencia o se iba a ir a los dos años, como se van todos.

Y a las siete y cuarto, ya de noche, con el vestíbulo con más gente y el panel encendido, Nadia dijo la última cosa.

—Y del periodista tampoco me has preguntado nada, ¿eh?

—¿Qué pasa con el periodista?

—Nada. Que también te lo podrías haber preguntado tú sola.

El tren salió a las diecinueve cuarenta y siete.

Llegaron a Chamartín a las once y cuatro minutos.

Nadia se fue en un taxi hacia Villaverde. Celia bajó al metro, hizo dos paradas, subió y paró en la boca de Cuatro Caminos con la bolsa colgada, y en vez de andar hacia su casa, que estaba a seis minutos, sacó el móvil.

Escribió: ¿Estás despierto?

Y lo borró, porque era la frase que escribe la gente que quiere que le pregunten qué pasa.

Escribió: Acabo de llegar. Cinco horas en una estación. ¿Puedo subir?

Iñigo contestó a los cuarenta segundos con la dirección y con una línea que decía que el portal se atascaba y que empujara fuerte.

El piso era pequeño y era suyo, y eso se notaba en cosas que Celia registró sin querer nada más entrar: había una estantería con libros puestos por tamaño, había un cuadro colgado a la altura correcta y había, en la cocina, un cuenco de cerámica con las llaves.

En su propio piso, después de cuatro años, seguía habiendo dos cajas sin abrir en el pasillo.

—¿Has cenado?

—No.

Cenaron tostadas. Ella le contó lo de la nota a pie de tabla y él se rió, y después le contó lo de Nadia, entero, incluido lo que no le había preguntado, y él la escuchó sin decir en ningún momento que Nadia tenía razón, que era exactamente lo que Celia estaba esperando y temiendo.

—¿Tú por qué no me lo has dicho nunca? —preguntó ella al final.

—Porque no soy tu jefe, ni tu amigo desde hace doce años, ni tienes que dormir en la misma furgoneta que yo dentro de cinco días —dijo Iñigo—. Y porque cuando yo te digo algo, tú lo apuntas y lo arreglas en cuarenta minutos, y eso a veces es lo que hace falta y a veces es lo contrario.

Hubo un momento, sobre las doce y media, en que Celia miró la estantería de los libros puestos por tamaño.

—¿Tú llevas mucho aquí?

—Nueve años.

—Nueve.

—Lo compré con lo de un premio y con una deuda que todavía me queda. —Iñigo recogió los platos—. ¿Y tú?

—Cuatro años de alquiler y dos cajas sin abrir.

—¿Qué hay en las cajas?

—No lo sé. Ese es el chiste. —Se rió sin ganas—. Llevo cuatro años pasando por al lado y hace como año y medio se me ocurrió que si no las he abierto en cuatro años puedo tirarlas sin abrir, y desde entonces tampoco las tiro.

—¿Por qué no?

—Porque tirarlas sin mirar es de gente que ha decidido algo.

Él se quedó con los platos en la mano y no dijo nada, que era, a esas alturas, lo que ella prefería que hiciera.

A la una y media se acabó la conversación de una manera muy poco elegante, que fue que a Celia se le cerraron los ojos a mitad de una frase sobre presupuestos.

No hubo nada más. No lo hubo porque ninguno de los dos lo buscó y porque los dos llevaban treinta y una horas levantados.

Durmieron en la cama de él, vestidos casi del todo, encima de la colcha primero y debajo después, porque el piso estaba a dieciséis grados y la caldera se había apagado a las once.

Se despertó a las cinco y veinte con frío en la espalda, se movió medio metro sin pensarlo y se encontró con el pie de él, que estaba caliente.

Y ahí se quedó, sin moverse, calculando el frío.

Y lo que pensó, con una claridad que a las cinco y veinte de la mañana no admite discusión, fue que llevaba cinco semanas administrando aquello.

Había administrado la irritación de septiembre, el respeto de octubre y hasta el beso de Oteruelo, que se había encargado de convertir en un acuerdo con condiciones y con fechas antes de que se le enfriara la boca.

Y que a las ocho menos veinticinco del domingo, en el vano de la puerta de un comedor, se le había acabado el sistema.

Estuvo despierta unos veinte minutos y en esos veinte minutos hizo la única cosa que llevaba dos días evitando hacer, que fue ponerle nombre a lo que había visto el domingo a las ocho menos veinticinco desde la puerta de un comedor.

No se lo dijo.

Se volvió a dormir a las seis menos cuarto y él no se enteró de nada.