Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 20
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El teléfono sonó a las siete y cuatro minutos de la mañana del domingo.

Iñigo estaba despierto desde las seis y media, en la habitación de la pensión, con el portátil abierto y las cuatro fotografías en pantalla. Llevaba cuarenta minutos comparando la tercera y la cuarta y sabiendo perfectamente que la tercera era la buena.

Contestó al segundo tono.

—¿Es el señor de la cámara?

—Soy yo. Buenos días.

—Soy Encarna Vidal. —Una pausa corta—. Que quiero echarme atrás.

Miró la pantalla sin verla.

—De acuerdo —dijo.

—Es que lo he estado pensando esta noche.

—No me tiene que explicar nada.

—Ya, pero se lo digo igual, que no quiero que se piense usted que es por algo suyo.

—Se oía una cocina detrás, agua, algo metálico—.

Yo ayer le dije que sí porque usted me lo preguntó bien y porque me hizo gracia.

Y luego se han ido todos a las once y he estado un rato en la cocina, y he pensado que en esa foto estoy sola.

—Está usted escuchando.

—Estoy sola, hijo.

Iñigo cerró los ojos un segundo.

—Vale.

—No es que me dé vergüenza. Es que yo aquí soy la de la casa de arriba, y no quiero ser la señora que está sola en la cocina el día de Todos los Santos. Que lo estoy. Pero no quiero serlo en un vídeo.

Se puso de pie sin decidir ponerse de pie.

—¿Le ha dicho algo alguien? —preguntó—. ¿Su hija, alguien de la familia?

—No.

—Porque si es eso, yo puedo hablar con quien haga falta y explicarle...

—No es eso —dijo Encarna, y lo dijo con la paciencia de quien está acostumbrada a que la gente busque una explicación mejor que la suya—. Soy yo.

Se hizo un silencio de dos segundos en el que Iñigo entendió lo que acababa de hacer.

—Perdone —dijo.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Le he preguntado si alguien la había convencido, que es una manera educada de decirle que usted no sabe lo que quiere.

—Bueno, hijo, es que todo el mundo hace eso. —Encarna se rió un poco—. Ustedes y el del banco y el de la luz.

—¿Y su hija lo sabe? —preguntó Iñigo, y se arrepintió a mitad de la frase.

—¿Qué tiene que ver mi hija?

—Nada. Perdone. Le he preguntado una tontería.

—Le voy a contestar igual. —Encarna hizo un ruido, como si se sentara—. Mi hija no lo sabe y no se lo voy a decir, porque si se lo digo se pone a llamarme todos los domingos por la tarde durante tres semanas y luego lo deja. Y yo prefiero que no me llame a que me llame tres semanas.

Iñigo no dijo nada.

—Y no me lo apunte usted eso —añadió ella.

—No lo apunto.

—Que sé que ustedes lo apuntan todo.

—No lo apunto, doña Encarna. Le doy mi palabra.

Y no lo apuntó, ni ese día ni ninguno, y fue lo único de toda la campaña que se guardó para él sin que ninguna regla se lo exigiera.

—Doña Encarna, ¿usted quiere que le explique lo que va a pasar ahora?

—Explíquemelo.

Se lo explicó despacio y sin adornarlo. Que la autorización quedaba retirada desde ese momento, que iba a quedar registrado con la hora de aquella llamada, que las fotografías se destruían todas, no solo la tercera, y que él iba a hacerlo ese día y con testigos.

—¿Y usted tiene que borrarlas todas? Si las otras no salen.

—Todas.

—Pues qué pena.

—Sí.

Colgó a las siete y once.

Lo que hizo después lo hizo despacio y en orden, y fue lo único que le salió natural en toda la mañana.

Antes de bajar hizo una cosa que no le contó a nadie.

Se sentó en la cama, abrió la tercera fotografía a pantalla completa y la miró durante cuatro minutos seguidos, que es mucho tiempo para mirar una fotografía.

No lo hizo por sentimentalismo. Lo hizo porque llevaba once años trabajando con la idea de que lo que uno hace bien se queda, y aquella era la única fotografía que había hecho en cuatro años en la que él no aparecía por ninguna parte: no había un encuadre listo, no había una ironía, no había una tesis.

Había una mujer de ochenta y un años en la puerta de su cocina, comprobando una cosa.

Y a las ocho menos veinte iba a dejar de existir, y no iba a quedar copia en ningún sitio, y dentro de diez años él iba a acordarse de ella y no iba a poder enseñársela a nadie.

Cerró el portátil.

Bajó al comedor de la pensión, donde Nadia ya estaba desayunando con el parte del día abierto, y se lo dijo.

—Doña Encarna ha retirado la autorización. Ha llamado a las siete y cuatro y hemos terminado a las siete y once.

Nadia dejó la taza.

—¿Motivo?

—No hace falta motivo.

—Ya sé que no hace falta. Te lo pregunto porque va en el registro y prefiero poner sin motivo declarado a inventarme algo.

—Pon sin motivo declarado .

Nadia sacó la hoja de retirada, que era la que Iñigo había exigido en un mercado de Segovia hacía tres semanas y que hasta ese día no habían usado nunca, y la rellenó a mano con la fecha, la hora de la llamada, el nombre, el alcance retirado y una casilla que ponía material afectado .

—Cuatro fotografías —dijo Iñigo—. No hay vídeo. Ella no sale en ninguna toma del equipo.

—¿Y copias?

—Tarjeta, portátil y la nube de mi medio, que las subí anoche.

—¿Por qué dos? —preguntó Tomás cuando se lo pidió.

—Porque yo soy la persona que quería quedarse con esa foto —dijo Iñigo—. Y porque si dentro de tres meses alguien pregunta si la borré de verdad, no quiero ser la única persona del mundo que pueda contestar.

Tomás dejó la tostada, se limpió las manos y arrastró la silla.

—Venga.

Lo hicieron a las ocho menos veinte, en el comedor, con Nadia mirando y con Tomás sentado enfrente.

Abrió el portátil. Enseñó las cuatro fotografías, una por una, en pantalla completa. Después las borró de la carpeta, vació la papelera, entró en la nube, las borró también y vació la papelera de la nube, que tenía otra papelera. Sacó la tarjeta de la cámara, la puso en el lector y la formateó.

Tardó seis minutos.

—Ya está —dijo.

Nadia firmó, Tomás firmó y él firmó, y la hoja se metió en la carpeta de anillas, en el separador que ponía Salida 5 .

Y ya no había fotografía.

Lo que Iñigo notó, mientras Nadia guardaba la carpeta, fue una cosa muy rara y muy física, que era que le costaba respirar hondo. Se le pasó en un minuto.

En once años había perdido tres reportajes. Uno por una fuente que se retractó, uno por un abogado y uno porque llegó tarde. Aquello no se parecía a ninguno de los tres, porque en los tres había habido alguien a quien echarle la culpa.

Aquí había una mujer de ochenta y un años que había dicho que no quería, que tenía todo el derecho del mundo a decirlo y que se lo había dicho a él por teléfono a las siete de la mañana disculpándose.

Y había otra cosa peor, que tardó dos días en formular y que formuló en un tren.

Aquella fotografía era buena porque Encarna estaba sola. Ese era el motivo, y no había otro. Si en la puerta de la cocina hubiera habido dos personas hablando, la fotografía no valía nada. La había hecho porque vio una soledad y le pareció una imagen.

Y ella lo había visto antes que él.

No la llamó.

Pensó en llamarla. Pensó, durante unos veinte segundos concretos que después recordaría con bastante desagrado, que si iba a su casa y le enseñaba la fotografía en la pantalla grande del portátil en vez de en la de la cámara, a lo mejor la mujer cambiaba de opinión, porque en la pantalla grande se veía la luz de la ventana y en la de la cámara no.

Después se dio cuenta de lo que estaba haciendo, que era buscar una manera de que le dijeran que sí.

No fue. No la llamó. No pidió a Nadia que la llamara ella, que era la versión elegante de lo mismo. Y a las nueve menos cuarto le mandó un mensaje que decía únicamente que ya estaba hecho, que si necesitaba cualquier cosa tenía su teléfono y que gracias por haberle dejado entrar en su casa.

Contestó a las once, con un pulgar hacia arriba.

Y a las once y cuarto, un segundo mensaje que decía: La de la nieta con el cartel de bienvenidos, esa sí que la pueden poner. Es de mi sobrina.

Se lo reenvió a Nadia, que llamó a la sobrina, que dijo que sí, y esos cuarenta segundos de purpurina y celo entraron en el episodio del lunes en el minuto dos.

Fue lo único que salió bien de aquella mañana y no lo apuntó nadie.

Lo vio ella desde la puerta del comedor.

Él no lo supo hasta mucho después, y cuando lo supo tuvo que reconstruirlo de memoria, porque él estaba de espaldas y concentrado en no hacer las cosas mal.

Ella había bajado a las ocho menos veinticinco con las llaves de la furgoneta en la mano y se había quedado en el vano, sin entrar, mientras un hombre de treinta y siete años borraba, delante de dos testigos y sin que nadie se lo hubiera exigido, la mejor fotografía que había hecho en años.

Estuvo allí los seis minutos.

Cuando terminaron, entró, dijo buenos días, se sirvió un café y preguntó a qué hora salían, y Iñigo le contestó que a las doce y media, y ella dijo vale.

Lo que sí notó él, esa mañana, fue que ella lo miró dos veces de una manera que no supo colocar en ninguna categoría de las que usaba.

No era compasión, que la habría reconocido. No era gratitud. Se pareció más, y esto lo pensó en la furgoneta y le pareció una idiotez, a la cara que había puesto ella el sábado mirando la fotografía en la pantalla de la cámara.

El episodio se montó el domingo por la noche y el lunes de madrugada, y tenía un hueco.

Amaya lo llevaba planteado desde la tarde: en el minuto tres y medio, después de la panadería y antes del libro de registro, iba la fotografía, seis segundos, con el sonido de la cocina por debajo.

—Lo dejo en negro —dijo Quique—. Tres segundos.

—Es mucho negro.

—Es lo que ocupaba.

—¿Y ponemos algo?

Lo discutieron veinte minutos y de aquella discusión Iñigo se quedó fuera, porque el material era suyo y porque desde el veintiocho de octubre había cosas de aquella campaña que no podía firmar.

El rótulo que salió tenía una línea:

Aquí había una fotografía. La persona retiró su permiso y la hemos destruido.

Nada más. No decía quién era, ni qué se veía, ni por qué. Amaya propuso añadir como está previsto en el acuerdo y Celia dijo que no, que eso era darse una palmada en la espalda.

Lo vio a las cinco de la mañana, dijo que valía, y no dijo la otra cosa que pensó, que era que aquellos tres segundos en negro iban a gustarle mucho a la gente y que eso le producía una incomodidad que no sabía dónde meter.

A las cinco y diez, cuando ya se levantaba, Celia le puso delante un café de la máquina del portal.

—No te lo he pedido.

—Ya lo sé.

Siguió de pie a su lado, con el suyo, mirando la pantalla en negro con la línea del rótulo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—Vale. —No se movió—. Porque llevas desde las ocho de la mañana muy correcto y muy educado, y eso en ti es lo que hace la gente cuando no está bien.

Se giró.

Llevaba cinco semanas viéndola resolver cosas, y era la primera vez que la veía quedarse quieta al lado de alguien sin ofrecerle una solución.

—Me he pasado la mañana pensando en cómo convencerla —dijo.

—¿Y?

—Y no la he llamado.

—Ya lo sé —dijo Celia—. Estaba en la puerta.