19
El sábado a las diez y cuarto de la mañana, en Arribela de Sanabria había ciento cuarenta habitantes censados y trescientos ocho coches.
Los contó Amaya, que no tenía otra cosa que hacer mientras esperaban a que se despejara la entrada del pueblo, y los contó dos veces porque a la primera no se lo creyó.
—Trescientos ocho.
—¿En serio?
—Están hasta en la era. —Bajó el móvil—. Y hay dos con matrícula de Suiza.
Habían llegado la noche antes en la furgoneta, porque el tren los dejaba en la estación de Sanabria a las nueve y media y desde la estación al pueblo había catorce kilómetros de carretera de curvas. Nadia había hecho el viaje entero con el móvil en la rodilla y la aplicación de la Junta abierta.
—El autobús de línea para en la estación —había dicho—. Está puesto desde el verano. Ribadelago-Zamora y Puebla-Benavente, las dos pasan.
—¿Y viene aquí?
—Aquí no. Aquí no viene nada. —Había cerrado la aplicación—. Aquí se llega en coche o no se llega.
Lo había apuntado, y a las diez y cuarto del sábado, mirando trescientos ocho coches aparcados en las cunetas de un pueblo de ciento cuarenta habitantes, entendió que aquel dato no era un problema logístico. Era el episodio.
Habían discutido el destino el jueves, en Madrid, durante cuarenta minutos.
Paula quería otra vez Oteruelo, porque Oteruelo funcionaba, y Celia había dicho que no por una razón que no era ética sino de oficio: dos episodios seguidos del mismo pueblo con el mismo conflicto y a la tercera semana el formato se muere.
—Necesito diversificar —había dicho—. Si no, esto deja de ser una ruta y pasa a ser una serie sobre un pueblo.
—A mí una serie sobre un pueblo me vale.
—A usted le vale hasta diciembre. En diciembre tiene que vender billetes a siete sitios.
Lo que no había dicho, porque no lo sabía todavía, era que el sitio que había elegido Nadia del listado de la ruta iba a poner el dedo exactamente en la grieta.
Lo que había en Arribela aquel día no se podía comprar.
La panadería abría los sábados de nueve a una y aquel sábado había abierto a las siete y media y había hecho el triple de masa, porque la panadera lo hacía todos los años y todos los años se le acababa. A las once ya no quedaba pan.
El bar tenía puestas ocho mesas fuera con frío y estaban las ocho llenas.
En la puerta del cementerio, que estaba a la salida, había un hombre con un cubo y un carrito vendiendo crisantemos, y no era de allí, y llevaba viniendo el mismo día desde hacía diecinueve años.
Y en la calle, todo el rato, se cruzaba gente que hacía la misma cosa: pararse, mirarse dos segundos y decir un nombre.
—Grabamos eso —dijo Celia.
—¿El qué? —dijo Rubén.
—Eso. La gente parándose. No la cara, no la conversación. Los dos segundos.
Rodaron el aparcamiento, la cola de la panadería a las nueve y media, las ocho mesas del bar, dos hombres cambiando una rueda en la cuneta y a un crío de unos seis años preguntándole a su padre quién era la señora que lo acababa de besar.
Y a las doce menos cuarto, Amaya encontró la imagen del día sin buscarla.
Estaba en la calle de arriba, en la puerta de una casa cerrada, y era una señal de esas de cartón con purpurina que se ponen en los cumpleaños, pegada con celo al postigo. Ponía BIENVENIDOS con una A hecha a mano porque a la plantilla le faltaba.
—Esta casa lleva cerrada desde el año pasado —dijo la panadera, que pasaba—. La abren hoy y el día del santo, y ya.
—¿Y quién ha puesto el cartel?
—La nieta. Vienen de Barcelona.
Rubén lo rodó en cuarenta segundos y Celia supo, mirándolo en la pantalla, que aquel plano valía más que el aparcamiento y que las ocho mesas y que todo lo demás, porque tenía dentro la cosa entera: una casa que se abre un día al año y alguien que se ha tomado la molestia de traer purpurina desde Barcelona.
El cementerio lo rodaron desde fuera, desde la carretera, con el muro y la puerta y la gente entrando y saliendo, y a doscientos metros. Celia lo dijo en la reunión de las ocho de la mañana y no lo repitió: nadie entra, nadie graba dentro, nadie pregunta a nadie por quién ha venido.
—¿Y si alguien quiere contarlo? —había dicho Amaya.
—Si alguien quiere contarlo, viene y nos lo cuenta. Nosotros no preguntamos.
Nadie vino.
A las once y media, sin embargo, se acercó un hombre de unos sesenta con un ramo envuelto en papel de periódico y le preguntó a Rubén, con muy malas maneras, si estaban grabando la puerta.
—La puerta no. La carretera.
—Porque desde aquí se ve quién entra.
—Desde aquí se ve el muro —dijo Celia, acercándose—. Si quiere, se lo enseño en la pantalla.
Se lo enseñó. El hombre miró diez segundos, dijo que bueno, y se fue sin disculparse ni dar las gracias, que a Celia le pareció perfectamente razonable.
—Apúntalo —le dijo a Nadia.
—¿El qué?
—Que nos ha preguntado uno. Y que se lo hemos enseñado.
A media mañana, Nadia se paró en la puerta del bar con el listado del alojamiento en la mano y se rió sola.
—Mira esto.
Eran once nombres, los once de la pensión donde dormían ellos. Había cuatro apellidos y se repetían: tres Chamorro, dos Chamorro-Vidal, cuatro Feito y dos Feito otra vez.
—Es un pueblo de cuatro familias —dijo Nadia—. Y hoy están todas.
Lo grabaron. El libro de registro, abierto, la mano de la mujer de la pensión pasando la hoja, y nada más.
Tomás lo dijo a la una y veinte y lo dijo con una tristeza sincera.
—Aquí no hay rollos de canela.
—¿Cómo que no hay?
—Que no hay. Ni rollos, ni roscas, ni nada. He preguntado en la panadería y en el bar. —Se sentó en el bordillo—. Hay hornazo, y se hace en Semana Santa.
—Tomás, no pasa nada.
—Llevo cinco semanas comiendo un rollo de canela por sitio. Cinco. —Sacó de la mochila una bolsa de papel con dos, comprados en Madrid el viernes, y se comió uno delante de todo el mundo—. Y estos son míos.
—Tomás.
—Míos.
Amaya estuvo veinte minutos negociando y no consiguió nada.
Encarna Vidal vivía en la última casa de la calle de arriba, tenía ochenta y un años y llevaba en Arribela desde siempre menos ocho años que estuvo en Barcelona y que mencionó una sola vez, de pasada, sin dar detalles.
La encontró Iñigo a las once y media, hablando con ella en la puerta, con la cámara colgada del hombro y sin levantarla.
Era su cámara. La suya, la que no era del equipo, la que llevaba en la bolsa desde la primera salida y que Celia le había visto sacar dos veces en cinco semanas.
—Le he pedido permiso para hacerle unas fotos —dijo cuando Celia llegó—. Y me ha dicho que sí. Se lo cuento delante de ti para que quede claro que no es material de la productora.
—¿Y de quién es?
—Mío. Y si sale en el episodio, os lo cedo, y firma ella la autorización vuestra igual que todos.
Encarna los miró a los dos.
—Ustedes hablan mucho de papeles.
—Es que es lo único que tenemos —dijo Celia.
La casa tenía la cocina al fondo, con una mesa de formica verde, una cocina de butano y una ventana que daba al huerto. En el comedor, al otro lado del pasillo, había una mesa larga con doce sillas y doce personas: tres hijos, dos nueras, un yerno y seis nietos, uno de ellos de año y medio.
Los recibió con la puerta abierta desde las once y media y no les preguntó ni una vez qué era aquello. Sabía perfectamente lo que era. Su nuera se lo había enseñado en el móvil el lunes y llevaba desde el lunes contándoselo a todo el que subía.
Lo que sí preguntó, y lo preguntó dos veces, fue si aquello lo iban a ver en Barcelona.
Encarna estuvo toda la comida en la cocina.
No estaba escondida. Entraba y salía, llevaba fuentes, recogía platos y volvía. Pero entre viaje y viaje se quedaba de pie junto a la puerta abierta de la cocina, con un paño en la mano, escuchando el ruido del comedor sin entrar.
Iñigo hizo cuatro fotografías desde el pasillo, sin flash, con la puerta de la cocina abierta y el comedor desenfocado al fondo.
La tercera era la buena.
Se la enseñó a Celia a las tres y veinte, en la pantalla trasera de la cámara, apoyados los dos en el capó de la furgoneta con el frío subiendo del suelo.
Estuvo mirándola mucho rato.
Encarna estaba de perfil, en la puerta, con el paño colgando de la mano derecha. La luz venía de la ventana del huerto y le daba en la cara. Al fondo, a través del vano, se veía el comedor movido: manos, un plato, la mitad de un niño de pie en una silla.
No estaba triste. Eso era lo que hacía la fotografía. Estaba escuchando, y en la cara tenía la expresión concreta de quien está comprobando una cosa.
—¿Esto tiene autorización? —dijo Celia.
—Firmada a las once y cuarenta. Nadia se la pasó allí mismo, con mesa y bolígrafo, y se la leyó entera. Está el episodio, está el máster de diciembre y está la publicidad. Las tres casillas.
—¿Y ella entendió las tres?
—Preguntó qué era el máster. Nadia se lo explicó dos veces.
Celia devolvió la cámara.
—¿Se la has enseñado a ella? —preguntó Celia.
—Se la he enseñado en la cámara antes de irme. Las cuatro.
—¿Y qué ha dicho?
—Ha dicho que salía muy vieja y que la tercera era bonita. —Iñigo bajó la pantalla—. Y ha dicho también que le mandara una copia, y que a la nuera no se la mandara.
Ella se rió.
—Es la mejor imagen de toda la campaña.
—Sí.
—Es la mejor imagen que voy a tener en mi vida en un anuncio, y no la he hecho yo, y no es mía.
—También.
Estuvieron un rato mirando el pueblo.
—Hay un problema —dijo Celia.
—¿Cuál?
—Que esto que estamos grabando hoy no se puede vender.
—Señaló con la barbilla la calle, los coches, la puerta del cementerio a doscientos metros—.
Toda esta gente ha venido porque tiene aquí a alguien.
No han cogido un tren, han cogido el coche a las seis de la mañana desde Palencia y desde Bilbao.
Yo el lunes tengo que poner debajo del vídeo un botón que ponga escapada de fin de semana y no hay escapada. Hay un día del año.
Iñigo guardó la cámara.
—Ese es el episodio, entonces.
—Ese es el episodio y ese es mi problema, y son la misma cosa —dijo Celia—. Que es lo que me pasa desde septiembre.
—Ponlo.
—¿Poner qué?
—Eso. —Iñigo señaló la carretera vacía que salía del pueblo—. Que el tren llega a la estación de Sanabria y que desde la estación hasta aquí hay catorce kilómetros y ningún autobús. Ponlo en el episodio, con el dato.
—Iñigo, yo trabajo para el que vende el tren.
—Ya lo sé.
—Y me estás pidiendo que ponga en el vídeo del cliente que su producto no llega.
—Te estoy pidiendo que pongas que su producto llega hasta la estación, que es verdad, y que desde la estación hasta aquí no llega nada, que también es verdad. —Se encogió de hombros—. Y si no lo pones tú, lo pongo yo el martes, y entonces la frase la escribe alguien de fuera en vez de vosotros.
Delante tenía la carretera vacía y no apartó la vista.
Lo peor de aquel hombre, y llevaba cinco semanas comprobándolo, era que cuando tenía razón no la tenía a medias.