Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 18
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La calefacción del centro social de Oteruelo llevaba encendida desde primeros de octubre porque la caldera solo sabía estar encendida o apagada.

A las nueve de la noche, Iñigo se había quitado el jersey. A las diez se planteó quitarse algo más y decidió que no.

Estaban los cuatro alrededor de dos mesas juntas: Amaya con el portátil bueno, Quique en una pantalla desde Valladolid, Celia con el plan de rodaje y Tomás con los cascos y una regleta que había traído de la furgoneta porque los seis enchufes de Julián resultaron ser tres.

Nadia se había ido al hostal a las diez a hablar con sus hijos. Rubén se había ido a las nueve y media.

Detrás de Celia, en la pared, estaba el panel del bingo, pintado a mano, con los números en dos colores. Iñigo llevaba tres horas mirándolo por encima del portátil sin querer, y ya se sabía dónde estaba el ochenta y siete.

—Otra vez —dijo ella.

Quique lo puso otra vez.

En la pantalla, Fermín Aldaz decía que a él nadie le había preguntado si quería que su portal saliera en un anuncio, y a los cuatro segundos, en el mismo plano y sin corte, Marisol Quero decía que llevaba veintidós años oyendo que allí no se podía hacer nada y que ahora resultaba que sí.

Había accedido a las siete de la tarde, con la sala ya vacía, después de que Celia le dijera que no iba a preguntárselo más veces.

—Los dos enteros —dijo Celia.

—Paula va a decir que enfrenta al pueblo.

—Paula va a decir eso, sí.

—¿Y?

—Que los dos enteros.

No dijo nada. Llevaba desde las ocho sin decir nada de fondo, que era su forma de no gastar el veto en cosas que no lo necesitaban, y ella tampoco le había preguntado.

Era la primera semana en la que no le preguntaba, y él había tardado dos días en entender que eso era una señal buena y no una mala.

A las diez y cuarto pasó una cosa pequeña que Iñigo apuntó y que nadie más pareció registrar.

Amaya, montando, dijo que el minuto tres se le hacía largo y que podía quitar la intervención de la mujer mayor, la que había preguntado si el pueblo se quedaría igual o peor, porque no la contestaba nadie y el silencio posterior duraba cuatro segundos.

—Justo por eso se queda —dijo Celia.

—Es que parece que no sabemos qué decir.

—Es que no sabemos qué decir.

Amaya dejó el cursor en el aire.

—¿Y eso lo podemos publicar?

—Eso es lo único que hay que publicar.

Iñigo escribió en la libreta: el silencio de cuatro segundos se queda. Y debajo, en letra más pequeña, que aquella decisión la había tomado ella antes de que él abriera la boca, y que era la tercera vez que le pasaba en dos días.

A las once menos veinte discutieron lo único que discutieron.

—El plano de la plaza a las cinco —dijo Amaya—. El bueno. El que dijiste que no.

—Ese no va.

—Es que sin ese, la plaza no sale bonita en todo el episodio.

—La plaza no tiene que salir bonita —dijo Celia—. La plaza tiene que salir con gente. Y encima de la plaza, en el minuto cero, va un rótulo con su nombre.

—¿Cuál?

—Oteruelo de la Hoz. Y debajo, la provincia. —Se echó atrás en la silla—. En el anuncio de septiembre esa plaza no tenía nombre. Es lo único que tenemos que arreglar de verdad.

Fuera seguía lloviendo con la insistencia sin drama de un sitio donde la lluvia no es noticia.

El paraguas amarillo estaba abierto sobre el radiador desde las seis, secándose, con una varilla partida por la mitad que se había roto en la travesía cuando a Amaya se le enganchó en el retrovisor de un coche. Colgaba por fuera de la tela como un hueso mal puesto.

—Lo arreglo mañana —dijo Celia, siguiéndole la mirada a Iñigo.

—No se arregla eso.

—Se arregla todo.

A las doce menos veinte terminaron.

Quique dijo que se iba a morir y se desconectó. Amaya se llevó el portátil bueno al hostal. Tomás recogió la regleta, dijo buenas noches y se fue andando bajo la lluvia con el termo debajo del brazo.

Ella se quedó exportando.

Él se quedó porque tenía que firmar el informe y porque no tenía ninguna otra razón que darse a sí mismo.

—Una cosa —dijo—. Lo de aceptar rodar aquí una salida. Sigo pensando que era lo único razonable.

—Pero.

—Pero llevo desde el mediodía esperando a que me den ganas de haberlo firmado.

Ella se giró en la silla. Tenía las mangas subidas y una marca roja en el antebrazo de haber estado apoyada en el canto de la mesa desde las nueve.

—A mí me pasa una cosa peor —dijo—. A mí me han dado ganas enseguida.

—Eso no es peor.

—Sí lo es. —Se frotó el antebrazo—. Es lo que hago siempre. Encuentro la solución que deja a todo el mundo tranquilo, y luego llevo yo la factura sin decírselo a nadie, y luego me extraña que nadie me pregunte cómo estoy. —Se paró—. Perdona. Es tarde.

—No es tarde.

—Son las doce.

—Ya sé qué hora es —dijo Iñigo—. Digo que no es tarde para eso.

Ella lo miró un rato. Él aguantó, que era lo que había aprendido a hacer en las últimas cuatro semanas y lo que no había hecho en los últimos ocho años.

—Yo me marcho —dijo él—. Ese es el mío. Voy, lo cuento, se arma, y para cuando hay que arreglarlo yo ya estoy en otro sitio con otro tema. Y lo llamo independencia porque queda mejor.

—Qué bien nos vendría a los dos un poco de terapia.

—A partes iguales.

Se rieron los dos, poco, y después no dijeron nada durante bastante rato. La barra de exportación iba por el sesenta y uno.

Iñigo pensó en levantarse. Tenía la frase preparada, la de buenas noches, y le pareció que si la decía en los diez segundos siguientes se ahorraba una cantidad considerable de problemas.

Fue ella la que se levantó primero.

Llegó hasta él, se paró a un paso, y él no se movió.

Ella le puso una mano en el hombro, y él siguió sin moverse.

Y cuando ella se acercó, Iñigo se quedó quieto lo suficiente como para que quedara claro que estaba esperando, y esperó hasta que la mano de ella subió del hombro a la nuca y tiró de él con toda la intención del mundo.

Entonces sí.

Después Celia apoyó la frente en la suya y se quedó ahí, respirando, con la mano todavía en su nuca.

—Vale —dijo.

—Vale.

—No voy a decir que ha sido un error.

—Yo tampoco.

—Bien. —Se separó un poco, lo justo para verle la cara—. Pero yo esto no puedo decidirlo ahora. Quedan tres salidas y soy la responsable del proyecto delante de tu medio.

—Y yo soy quien firma.

—Exacto.

—Entonces no decidimos —dijo Iñigo—. Decidimos cuando esto acabe. Lo que hagamos hasta entonces no lo decidimos, lo hacemos.

A ella le salió una risa por la nariz.

—Eso es trampa.

—Es producción.

—No. —Celia le puso una mano en el pecho, sin apartarlo—. Escúchame, porque esto lo digo yo y quiero que quede dicho por los dos. No decidimos el futuro hasta que se acabe. Pero esto no se esconde. Al equipo se lo digo yo mañana antes de coger la furgoneta, y a tu jefa se lo dices tú esta noche.

—Iba a hacerlo.

—Ya lo sé. Te lo digo igual, porque si un día alguien nos pregunta cuándo lo dijimos, quiero que la respuesta sea el mismo día.

Salieron del centro social a la una menos veinte, con la lluvia ya fina, y anduvieron los cien metros hasta el hostal sin decir nada y sin tocarse, porque en la travesía de un pueblo de doscientas ochenta y una personas hay siempre una ventana encendida.

En la puerta, Celia se paró.

—Mañana a las nueve menos veinte se lo digo al equipo.

—Vale.

—Y una cosa más, y esta es fea. —Se subió el cuello del abrigo—. Si en algún momento de las tres semanas que quedan tú tienes que vetar algo mío, lo vetas.

—Ya lo sé.

—No me digas que ya lo sabes. Dime que lo vas a hacer.

La miró debajo de la lluvia, con el pelo pegado a la frente y con esa cara que ponía cuando estaba organizando algo, y entendió que aquella mujer llevaba desde el minuto siguiente al beso pensando en esto.

—Lo voy a hacer —dijo.

—Bien.

—Y tú, si tienes que echarme de un rodaje, me echas.

—Eso lo tenía más claro que tú —dijo ella, y entró.

Le escribió a Rosa Bao a la una menos cuarto, desde la habitación del hostal, con la ventana abierta porque allí la calefacción también era de las de encendido o apagado.

Tardó cuarenta minutos en cuatro párrafos.

El primero decía qué había pasado y cuándo.

El segundo, que la relación era con la responsable nominal del proyecto que él supervisaba.

El tercero, que se lo comunicaba antes de que se lo preguntara nadie y que asumía lo que decidiera la dirección.

Y el cuarto era el que le costó, porque decía que él consideraba que podía seguir supervisando y que era consciente de que esa opinión, en boca suya, no valía nada.

Rosa contestó a las ocho y diez de la mañana, con la brevedad de quien lo había pensado mientras se hacía el café.

Recibido. Dos cosas y no son negociables.

Una: en el informe semanal, desde este martes y hasta el final, va una nota de conflicto declarado con la fecha de tu comunicación. La escribo yo, no tú.

Dos: no supervisas ningún material en el que aparezca ella. Ni un plano. Lo veo yo o mando a alguien.

Y una tercera que no es una condición sino un aviso: si esto sale mal, no vas a poder decir que no lo sabías.

Iñigo leyó la respuesta de Rosa dos veces, sentado en el borde de la cama sin hacer, con la maleta abierta en el suelo.

Lo de la nota de conflicto se lo esperaba. Lo de la recusación también, y era, si lo pensaba fríamente, lo correcto: a partir de ese martes había veinte segundos de material en toda la campaña que él no podía firmar, y ninguno de ellos existía todavía.

La tercera cosa era la que se quedó dando vueltas.

Si esto sale mal, no vas a poder decir que no lo sabías.

Once años saliendo de sitios. Y lo que había hecho la noche anterior, a las doce y veinte, delante de un panel de bingo, era quedarse quieto lo suficiente como para que quedara claro que estaba esperando.

Bajó a desayunar a las ocho y media y se los encontró a los cinco en la mesa del comedor, con las tostadas y el café de Charo, discutiendo sobre si el episodio empezaba por el cartel de la entrada o por la plaza vacía.

Se sentó y estuvo veinte minutos oyéndolos discutir eso, que era una discusión que no le correspondía y en la que no metió baza.

Lo que pensó, mientras tanto, fue una cosa muy sencilla: que en cinco semanas aquellas cinco personas se iban a ir cada una a un proyecto distinto, que Tomás estaría en un rodaje de coches y Quique en una campaña de yogures, y que él estaría escribiendo otra cosa en otro sitio, y que aquella mesa de formica con las tostadas no la iba a volver a ver nunca.

Once años saliendo de sitios y era la primera vez que hacía esa cuenta antes de salir.

A las nueve menos veinte, Celia le contó al equipo lo suyo en la puerta del hostal, de pie, con las bolsas ya en la furgoneta y en cuarenta segundos.

Tomás dijo que vale. Amaya abrió mucho los ojos y se puso muy digna y dijo que le parecía estupendo, y a los diez segundos preguntó desde cuándo, y Nadia le dijo que se subiera a la furgoneta.

Nadia no dijo nada hasta Segovia. Después, en un semáforo, sin girarse:

—¿Rosa Bao lo sabe?

—Desde anoche.

—Bien.

El episodio 4 se publicó el lunes a las seis y dos.

Duraba siete minutos y veinte, que era lo más largo de la campaña.

Empezaba con un rótulo blanco sobre la plaza vacía a primera hora: Oteruelo de la Hoz, Segovia.

281 habitantes. Seguía con la llegada, el cartel nuevo de la entrada, las cuarenta y seis macetas y Julián explicando, sin que nadie le hubiera pedido que se justificara, que las tenían en el almacén desde las fiestas.

Después estaba la reunión. Cuatro minutos de reunión, con el micrófono que había que sujetar por el cable, con Marisol, con el de la nave, con la chica de la cerámica preguntando por qué tenían que salir en la campaña de una empresa de trenes.

Y con Fermín Aldaz, de pie, sin micrófono, diciendo que a él le parecía bien que viniera gente a ver Oteruelo y mal que viniera a ver Valdelumbre.

Terminaba con el acuerdo, dicho en voz alta y con fecha, y con la plaza otra vez, ya de noche, vacía y con los coches de la travesía aparcados donde aparcan siempre.

A las siete y media, aquello era la cosa más vista de toda la campaña.

Y era, además, la primera vez que el episodio funcionaba sin que nadie tuviera que explicar de qué iba.

Las tres semanas anteriores habían necesitado contexto: quién era esa gente, por qué estaban allí, qué había pasado en septiembre.

Aquello no. Aquello era ochenta y tres personas discutiendo en una sala con un panel de bingo detrás sobre si querían que fuera gente a su pueblo, y no hacía falta saber nada más para entenderlo entero.

A las nueve, alguien había subido un montaje de treinta segundos con la intervención de Fermín y llevaba más movimiento que el episodio entero.

A las diez, la chica de la cerámica tenía nueve mil seguidores.

A las once y media, Charo había colgado el cartel de completo para el fin de semana siguiente y para el otro.

Lo vio todo desde su cocina, con el informe del martes a medio escribir en el portátil.

Añadió, en el cuarto párrafo, seis líneas que llevaba escribiendo mentalmente desde el sábado por la noche.

Decían que el proyecto estaba concentrando en un solo municipio de doscientos ochenta y un habitantes una expectativa de visita que ese municipio no había declarado poder absorber; que varios negocios locales habían realizado inversiones propias sobre esa expectativa; y que el supervisor recomendaba que el operador hiciera pública, antes del cierre de la campaña, una estimación de capacidad del destino.

Lo publicó el martes a las once en punto, con la nota de conflicto de Rosa arriba del todo, con fecha.

Paula lo leyó a las once y cuarto. Iñigo lo supo porque el sistema del acuerdo generaba acuse.

No contestó.

Tampoco contestó a la una, ni a las cuatro, ni a las siete y media, que fue cuando él dejó de mirar. Y no era descuido: aquella mujer contestaba los correos en once minutos y llevaba cuatro semanas haciéndolo, incluidos dos domingos.

Lo que sí hizo Paula Requena aquel martes, y él lo supo doce días después, fue reenviar el informe a su director financiero a las once y diecisiete, con una línea encima que decía para el punto cuatro del jueves , y no volver a mencionarlo delante de nadie de la agencia.

El miércoles a las nueve de la mañana llegó el cuadro de la semana a las seis personas que podían verlo, y Iñigo no era ninguna de ellas.