Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 17
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A las once de la mañana del domingo, el centro social de Oteruelo de la Hoz tenía sesenta y una sillas puestas y ochenta y tres personas dentro.

Celia las contó desde la puerta mientras Nadia repartía el orden del día en fotocopias, que había sido idea de Nadia y que resultó ser la mejor decisión de todo el fin de semana, porque un papel en la mano cambia lo que la gente hace con las manos.

Había cuarenta o cincuenta personas de pie al fondo y en los laterales.

Había cuatro críos correteando entre las sillas del final, a los que nadie mandó callar en dos horas.

Había, junto al radiador, una mesa con dos termos de café y un plato de pastas que alguien había traído sin que estuviera previsto en ninguna parte.

Y había, apoyada en el marco de la puerta y sin entrar del todo, una mujer de la tele local de Segovia con un cámara, a la que Julián había avisado el sábado por la noche sin decírselo a nadie.

—Eso no —dijo Nadia, en cuanto la vio.

—Es prensa —dijo Julián.

—Es prensa y me parece muy bien, pero si graban, tengo que pedir autorización a ochenta personas antes de empezar y no vamos a empezar nunca. —Nadia ya estaba andando hacia la puerta—. Que se queden, que escuchen y que cuenten lo que quieran. Cámara apagada.

Tardó cuatro minutos en convencerlos y volvió sin decir nada, y Celia pensó que en cuatro semanas no le había dado las gracias por algo así ni una sola vez.

Se sentaron los seis en la primera fila, de lado, para no dar la espalda a nadie. Julián se puso de pie delante, junto al panel del bingo, con el micrófono de la megafonía que solo funcionaba si lo sujetabas por el cable.

—Bueno —dijo—. Pues nada.

Empezó fatal.

Estuvo cuatro minutos explicando el proyecto de la campaña con palabras que había leído en algún sitio, y a los cuatro minutos una mujer de la tercera fila levantó la mano y dijo que se dejara de vídeos y dijera cuántas veces iban a venir.

—Eso es lo que hemos venido a decidir —dijo Celia, levantándose.

Se presentó, dijo su cargo, dijo lo que cobraba la agencia por hacer aquello y dijo quién pagaba, que era el operador, y en la sala se produjo un silencio distinto, porque en ninguna reunión de aquel tipo se dicen esas tres cosas seguidas.

Después dijo la que le importaba.

—Hace cuatro semanas mi equipo publicó un anuncio con un pueblo que no existe. Parte de ese pueblo era la plaza de ustedes. La imagen la sacamos de un archivo del cliente y nadie de aquí sabía que la teníamos. Eso no fue un error de otro. La versión final la aprobé yo.

Nadie dijo nada.

—Lo que ha pasado desde el lunes no lo hemos provocado a propósito, pero lo hemos provocado. Y ahora el cliente quiere hacer aquí las tres salidas que quedan, y yo he dicho que eso no lo decido yo sola.

Un hombre del fondo preguntó qué querían decir con tres salidas.

—Tres fines de semana. Nosotros aquí, rodando, sábado y domingo, y un vídeo cada lunes.

—¿Y eso trae gente?

—Eso trae gente. Este fin de semana han venido once coches sin que hiciéramos nada. Con tres vídeos más, no sé cuántos. Y no lo sé de verdad: quien les diga un número se lo está inventando.

—¿Y ustedes qué ganan? —dijo un hombre desde la cuarta fila.

—Nosotros cobramos por hacer la campaña, que ya está cobrada. Con tres salidas aquí ganaríamos menos gasto y probablemente mejor resultado. —Celia no se movió del sitio—. No le voy a decir que somos neutrales, porque no lo somos.

—¿Y el del periódico?

Iñigo levantó la mano desde la primera fila y no se levantó.

—Yo no cobro de ellos ni de la empresa del tren. Cobro de mi medio, que ha firmado un acuerdo para poder mirar. Y el martes publico lo que vea, les guste o no les guste a ellos.

—¿Y si le gusta?

—Pues lo publico también, que suele ser lo más difícil de creer.

Se oyeron dos risas y aquello aflojó la sala lo justo.

La reunión duró dos horas y diez minutos y no hubo dos bandos.

Hubo, por lo menos, cinco.

Estaban los que querían las tres salidas y las querían ya, que eran sobre todo la gente que tenía algo que vender: Marisol, Charo, el del bar, un hombre que hacía queso en Sepúlveda pero era de allí y una señora que llevaba dos días pensando en abrir la casa de su madre.

Estaban los que no querían ninguna, que eran menos de los que Celia esperaba: cuatro o cinco personas mayores y Fermín, y sus razones no eran las mismas. Los mayores decían que en agosto ya no se podía aparcar y que no querían agosto en noviembre. Fermín decía otra cosa.

—Yo no estoy en contra de que venga gente —dijo, de pie, sin micrófono, con la voz de quien no necesita micrófono en una sala de sesenta metros—.

Estoy en contra de que venga gente a ver una plaza que ustedes pusieron en un anuncio junto a una torre que no es la nuestra.

Que vengan a ver Oteruelo, me parece bien. Que vengan a ver Valdelumbre, no.

Y ahí se levantó un ruido en la sala que Celia no supo interpretar hasta que entendió que la mitad estaba de acuerdo con él y quería las tres salidas de todas formas.

Ese era el tercer grupo, y era el más grande. Gente que sabía perfectamente que aquello era un malentendido y que quería aprovecharlo mientras durase.

—A mí me da igual cómo se llame —dijo un hombre de unos cuarenta, sin levantarse—. Yo tengo la nave de la era vacía desde que murió mi padre. Si vienen doscientos coches, yo cobro tres euros por coche y me da lo mismo si vienen por la plaza o por un vídeo o porque se han perdido.

El cuarto grupo eran cinco o seis personas que no querían decidir nada aquel domingo y que pedían esperar a ver qué pasaba, y a las que la propia dinámica de la sala fue callando poco a poco.

Y el quinto era una sola persona: una chica de veintitantos, sentada al fondo, que levantó la mano cuando ya llevaban una hora y cuarto.

—¿Y por qué tienen que ser vídeos de ustedes?

—¿Perdone?

—Que si viene gente por la plaza, ¿por qué tenemos que salir en la campaña de una empresa de trenes? —Se encogió de hombros—. Podemos hacer lo nuestro. Yo tengo una cuenta con cuatro mil seguidores de cerámica. No necesito que venga nadie de Madrid a contarnos.

Lo apuntó, y fue lo único de aquella reunión que apuntó literalmente.

Julián intentó contestarle y le salió fatal, porque le dijo que aquello era muy bonito pero que una cuenta de cerámica no traía autobuses, y la chica le contestó que ella no quería autobuses, y en ese cruce quedó dicho, en once segundos y sin que nadie lo hubiera preparado, todo lo que aquel pueblo no había hablado nunca.

Después habló una mujer mayor que no se levantó y que no dijo ni sí ni no.

—Yo lo único que quiero saber es una cosa. Cuando ustedes se vayan, ¿esto se queda como estaba o se queda peor?

Nadie le contestó, porque nadie podía.

Y a Celia le pareció, mientras el murmullo se movía hacia otro sitio, que aquella era la única pregunta de las dos horas que tenía respuesta y que la respuesta era que no lo sabía nadie, ni ella, ni Paula, ni el alcalde, y que en cuatro semanas de campaña era la primera vez que alguien la formulaba en voz alta delante de todos.

A la una menos cuarto, Julián cometió el error de la mañana.

Dijo, con la mejor intención del mundo y para animar a la sala, que si las cosas iban bien igual se podía hablar de que aquello se repitiera el año que viene.

Se hizo un silencio raro.

—Julián —dijo Celia, y le costó decirlo delante de ochenta y tres personas—. Eso no lo puede decir usted, y yo tampoco.

—Yo he dicho igual.

—Ya. Y aquí hay gente que ha encargado género con un a lo mejor de la semana pasada.

—Se giró hacia la sala—. Se lo digo por si sirve de algo: esta campaña acaba el dieciséis de noviembre.

No hay segunda temporada, no hay contrato para el año que viene y nadie de mi empresa ni de la empresa del tren ha hablado de eso.

Si alguien está haciendo cuentas contando con nosotros para marzo, que deje de hacerlas.

Marisol, desde la segunda fila, dijo en voz alta:

—Eso ya lo sabíamos.

—Lo sabía usted.

—Lo sabemos todos —dijo Marisol—. Lo que pasa es que a nadie le gusta oírlo un domingo.

La transacción salió a la una y veinte, cuando la gente ya estaba mirando el reloj, y no la propuso ella.

La propuso Nadia.

Se levantó, pidió el micrófono, lo sujetó por el cable y habló durante noventa segundos con la voz que usaba para dar horarios de furgoneta.

—Yo soy la jefa de producción y me toca decir la parte aburrida.

Tres fines de semana aquí significa que nosotros seis dormimos aquí tres fines de semana, y no somos seis, somos siete con el supervisor.

Eso son veintiuna camas ocupadas que Charo no puede alquilar a nadie más.

Significa la travesía cortada seis mañanas.

Significa treinta y una autorizaciones firmadas ahora y las que hagan falta después.

Hizo una pausa.

—Y significa que en la última semana de noviembre nosotros desaparecemos y ustedes se quedan con lo que hayan montado. Eso también hay que decirlo.

—¿Entonces qué propone? —dijo Julián.

—Una.

—¿Una qué?

—Una salida. De las tres que quedan, una aquí. —Nadia miró a Celia y siguió sin esperar permiso—. Las otras dos, fuera, como estaba previsto. Así hay una razón para volver, hay un vídeo más con el nombre de este pueblo dentro, y no montan ustedes una infraestructura para tres semanas.

Se armó un ruido considerable.

Marisol dijo que una era poco. El de la nave dijo que una era una. Fermín no dijo nada y Celia lo estuvo mirando durante todo el ruido, y vio que no decía nada, que era lo más parecido a un sí que iba a conseguir de él.

Esperó a que bajara el volumen y se levantó.

—Una, y la última —dijo—. El fin de semana del quince y el dieciséis de noviembre, que es el cierre de la campaña. No va a ser una salida sobre la plaza. Va a ser el viaje, que era la última cosa que prometía aquel anuncio, y va a empezar aquí y va a terminar en Madrid.

—¿Y por qué la última? —preguntó Charo.

—Por dos razones. Porque si es la última, ustedes tienen tres semanas para prepararse con calma en vez de tres días. Y porque si es la primera, dentro de quince días esto ya está frío y yo no quiero que nadie de aquí monte nada contando con nosotros y luego nos vayamos.

Julián levantó la mano.

—¿Y eso se puede poner por escrito?

—Se pone hoy. En el acta, con fecha, y se manda al cliente esta tarde. —Celia buscó a Nadia con la mirada—. Y hay una condición nuestra, y no es negociable: el vídeo del lunes lleva a Fermín dentro, si él quiere. Con lo que ha dicho aquí.

Fermín se giró en la silla.

—Yo no he dicho que salga.

—Ya lo sé. Le estoy diciendo delante de todos que la puerta está abierta y que si no sale usted, sale su ausencia.

Antes de cerrar, Celia hizo la cosa que llevaba cuatro semanas sin hacer.

Se giró hacia su equipo, delante de ochenta y tres personas, y preguntó en voz alta:

—¿Alguien de los míos tiene algo que decir antes de que esto quede escrito?

Hubo un silencio de dos segundos en el que Nadia levantó las cejas medio milímetro.

—Sí —dijo Tomás, desde la tercera silla, sin levantarse—. Que si la última salida es el quince, yo el quince tengo un cumpleaños y me voy el domingo a las cinco.

—Apuntado.

—Y que aquí el reloj de la iglesia da las horas y las medias, y si rodamos tres días seguidos os lo vais a encontrar en todos los planos. Habrá que hablar con el cura.

—Con el cura no —dijo alguien de la sala—, que ese reloj lo lleva Ramiro.

—Pues con Ramiro.

Y así, en cuarenta segundos y con la sala riéndose, quedó cerrado lo único que a Celia le había costado un mes aprender, que era preguntar delante de la gente en lugar de resolver después.

Firmaron treinta y una autorizaciones entre la una y media y las tres, en dos mesas de formica, con toldo no porque lloviera sino porque Nadia lo había puesto por costumbre, y con dos sillas y las hojas plastificadas y rotulador, como se había acordado en un mercado de Segovia hacía dos semanas.

Treinta y una hojas.

Fermín no firmó ninguna. Se quedó en la puerta del centro social hasta que terminaron, con las manos en los bolsillos, y cuando Nadia recogió las mesas se acercó y dijo una sola cosa:

—Yo el acta la quiero leer.

A las cinco y veinte, cuando terminaron de recoger, ya estaba oscureciendo.

Amaya lo dijo en voz alta, indignada, mirando el cielo desde la puerta del centro social:

—Pero si son las cinco.

—Ayer se cambió la hora —dijo Nadia.

—Ya, pero yo pensaba que era una hora de dormir, no una hora de luz.

Perdieron el plano de la tarde. Estaba previsto a las seis y media y a las seis y media era de noche cerrada, y Rubén, que llevaba dos días de mal humor, dijo que aquello lo sabía cualquiera que mirara un calendario, y Celia le contestó que sí, que cualquiera, y lo apuntó en la lista de cosas que iba a tener que asumir por escrito.

A las seis menos cuarto, Nadia recibió el aviso.

—Incidencia en la línea. Han cortado entre Segovia y Madrid.

—¿Hasta cuándo?

—No lo dicen. Ponen «hasta nuevo aviso», que es lo que ponen siempre. —Estaba leyendo con el ceño fruncido—. Hay un desprendimiento en el kilómetro no sé cuántos. Hoy no sale nada.

—¿Autobuses?

—El último salió a las cinco.

Lo primero que pensó Celia fue en el montaje. Lo segundo, en el permiso de la travesía, que caducaba a las nueve. Lo tercero, ya con cierto retraso, fue que había seis personas cansadas que se habían levantado a las siete.

Sacó el móvil para llamar a Charo y se paró con el pulgar encima.

—Nadia.

—Dime.

—¿Nos quedamos o intentamos la furgoneta?

Nadia levantó la vista del teléfono, sorprendida de verdad, y tardó un segundo entero en contestar.

—La furgoneta son dos horas y media con la lluvia, y el que conduzca lleva desde las siete de pie —dijo—. Yo me quedo. Pero pregúntaselo a Tomás, que él sí que tiene coche aquí.

Tomás dijo que se quedaba y que ya conduciría el lunes. Amaya dijo que se quedaba encantada, con una alegría que a Celia le pareció excesiva hasta que se acordó de que la chica tenía veintisiete años y compartía piso en Madrid.

Celia miró la plaza vacía y las cuarenta y seis macetas y a Tomás cargando la última caja.

Hicieron el cálculo entre los dos en cuatro minutos.

Cinco personas y un supervisor. Cuatro habitaciones en el hostal, que Charo tenía libres porque los del sábado se habían ido a mediodía.

Un episodio que había que entregar montado el lunes a las diez de la mañana.

Y una furgoneta que podía llevarlos a Madrid en dos horas si conducía alguien que no llevara catorce horas de pie.

—Nos quedamos —dijo Celia.

—Nos quedamos —dijo Nadia—. Y montamos aquí.

—¿Dónde?

Se giraron las dos a la vez hacia el centro social, que tenía sesenta y una sillas, un panel de bingo pintado a mano y, según había dicho Julián el sábado con mucho orgullo, seis enchufes y calefacción.