Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 16
38%

16

El sábado por la noche Iñigo hizo la única cosa que sabía hacer, que era preguntar precios.

Empezó por Marisol, que cerró la tienda a las ocho y media y le contestó de pie, con la persiana a medio bajar.

Trescientos llaveros, cien imanes, sesenta tazas y doscientas bolsas. El chico de Sepúlveda le había pedido la mitad por adelantado y ella había pagado la mitad por adelantado. La cifra que le dijo Marisol no era grande para una empresa y era enorme para una tienda que vendía pilas y medias.

—¿Y si esto se para en dos semanas?

—Pues me como el género.

—¿Y podría?

Marisol terminó de bajar la persiana y se enderezó.

—Mire, joven. Yo en veintidós años me he comido el género de la primera comunión de un año que no hubo niños, y me comí ochenta paraguas de un verano que no llovió. —Se guardó la llave—. Esto no es lo primero que arriesgo. Es lo primero que arriesgo con motivo.

—¿Puedo preguntarle una cosa que le va a parecer impertinente? —dijo Iñigo.

—Pregunte.

—¿Usted sabía, cuando encargó el género, que esto puede durar tres semanas?

Marisol se rió con ganas.

—Joven, yo sé que esto dura tres semanas. Aquí todo dura tres semanas. —Se ajustó la chaqueta—. Hace cuatro años hicieron una serie en Sepúlveda y aquello duró dos meses, y la mujer que puso la churrería todavía se acuerda. Y ganó dinero. Menos del que pensaba y más del que tenía.

—¿Y si esto no llega ni a eso?

—Pues habré perdido lo que gano en dos meses malos. —Lo miró de frente—. ¿Usted qué quiere que le diga? ¿Que me han engañado? A mí no me ha engañado nadie. Yo vi el vídeo el lunes, hice la cuenta el martes y llamé el martes por la noche. Y la hice yo.

Siguió por el hostal.

La dueña se llamaba Charo, tenía siete habitaciones y cuatro cerradas desde julio.

Había llamado el martes a una chica del pueblo de al lado que le echaba una mano en verano y la había puesto a hacer camas el miércoles.

Había comprado sábanas. Había vuelto a dar de alta la línea de teléfono fijo del hostal, que llevaba dos años dada de baja, porque la gente que llama a un hostal rural mira primero si hay fijo.

—¿Cuánto le ha costado eso?

—Menos de lo que me está entrando. —Charo se rió—. Este fin de semana tengo lleno. El que viene tengo cinco de siete. El otro, tres.

—¿Y en diciembre?

—En diciembre no tengo nada, pero es que en diciembre no he tenido nada en mi vida.

Charo lo llevó a ver las cuatro habitaciones que había abierto.

Eran cuatro habitaciones de hostal rural de las de siempre: cama de noventa y cama de ciento treinta y cinco, colcha de flores, un cuadro de un molino, una silla que no se usa nunca. Olía a cerrado y a limpio a la vez, que es un olor concreto y que Iñigo conocía de doscientos sitios.

—Esta la cerré en julio del veintiuno —dijo Charo, dando la luz—. Y esta en el veintidós.

—¿Por qué?

—Porque no venía nadie y calentarlas cuesta dinero. —Apagó—. Yo esto lo abrí con mi marido en el noventa y siete, cuando aquí se paraban los del pantano. Después dejaron de pararse.

Bajaron a la cocina y le puso un café que él no había pedido.

—A mí lo que me da miedo no es esto —dijo Charo, sentándose enfrente—. Lo que me da miedo es enero.

—¿Enero?

—Enero de siempre. —Removió—. Yo enero lo tengo asumido desde hace veinte años. Lo que no sé es si voy a saber tener otra vez un enero después de un noviembre como este.

Iñigo dejó de escribir.

Era, con diferencia, la frase más útil que le habían dicho en todo el fin de semana, y era también la única que no iba a poder poner en el informe sin que sonara a otra cosa.

Terminó, ya de noche, con un hombre que estaba montando una barra plegable en el soportal del bar y que le explicó, sin que le preguntara, que él no había invertido un duro, que aquello era prestado y que si esto duraba un mes, bien, y si duraba dos, ya vería.

Iñigo volvió al hostal a las diez y media con la libreta llena y con el argumento que llevaba tres días preparando hecho pedazos.

Porque el argumento era bueno. Era: no convirtáis un pueblo en un decorado. Era: lo que estáis haciendo aquí es exactamente lo que hicisteis con Valdelumbre, solo que con permiso.

Y el argumento seguía siendo verdad, y ahora tenía una factura debajo.

Se sentó en la cama con la libreta abierta y estuvo un rato haciendo la cuenta de la que llevaba once años escapándose.

Si él conseguía que aquello se parara, Marisol se comía el género y Charo se quedaba con cuatro habitaciones abiertas y sin nadie dentro, y las dos habían tomado esas decisiones ellas solas, con la información que tenían, que era la información que él mismo había puesto en circulación en septiembre.

Si conseguía que no se parara, dentro de tres semanas ese pueblo iba a tener una expectativa del tamaño de una empresa y la capacidad de doscientas ochenta y una personas.

Las dos cosas eran malas y ninguna de las dos era, técnicamente, culpa suya. Ese técnicamente era el sitio exacto donde él vivía desde hacía una década.

Escribió una línea en la libreta y la subrayó: el rechazo limpio también tiene víctimas, solo que no salen en la foto.

Debajo escribió otra, y esa la tachó dos veces y la dejó legible igualmente: ¿esto lo pienso porque es verdad o porque quiero quedarme?

Bajó a cenar a las once menos cuarto y no había nadie en el comedor salvo Amaya, que estaba en una esquina con el portátil, montando el cuaderno de descartes de la semana con una diligencia que a él le pareció excesiva para un domingo que todavía no había llegado.

—¿Tú no duermes?

—Estoy metiendo las capturas de los llaveros.

Se sentó enfrente.

—¿Vas a publicar el llavero?

—Voy a publicar la comparación. La torre del anuncio al lado de la torre de aquí. —Le dio la vuelta al portátil—. Es que si no lo hacemos nosotros, lo va a hacer alguien en tres días y va a parecer que se lo hemos escondido.

Iñigo miró las dos torres en la pantalla, una al lado de la otra, la de Ávila y la románica cuadrada de Oteruelo.

—¿Y no te da miedo? —preguntó.

—¿El qué?

—Que mañana el titular sea que la tienda del pueblo vende souvenirs falsos. Con foto del escaparate.

Amaya lo pensó un momento largo, y a él le gustó que se lo pensara.

—Pues sí —dijo—. Pero es que el titular ese ya existe, lo que pasa es que todavía no lo ha escrito nadie. Y si lo escribimos nosotros, por lo menos ponemos al lado que la señora encargó eso con la información que tenía y que la información se la dimos nosotros en septiembre.

Aquella chica de veintisiete años acababa de tomar sola, a las once de la noche de un sábado, la decisión que a él le había costado once años aprender.

—Amaya.

—¿Qué?

—Que está bien.

Ella se puso colorada y volvió a girar el portátil.

La videollamada con Paula fue a las once, en el comedor del hostal, con los seis alrededor de una mesa camilla y el portátil apoyado en dos libros.

Paula había preparado tres razones y las dijo en orden.

—Una, dinero. Tres salidas en un solo sitio significan un solo desplazamiento largo, un solo alojamiento negociado, un solo bloque de permisos y una preproducción. Ahorramos alrededor de un tercio del coste de campo que queda.

—Vale —dijo Celia.

—Dos, conversión. En veintiséis horas hemos tenido más clics al paquete que en tres semanas. No porque la gente quiera ir a un sitio bonito, sino porque quiere ir a ese sitio. Eso, en mi negocio, es la primera vez que pasa desde que existe la campaña.

—Vale.

—Y tres, que es la que a usted le va a interesar.

—Paula se acercó a la cámara—. Nosotros empezamos esto porque nos inventamos un pueblo.

Si terminamos volviendo al pueblo que sí existía y contando qué le pasa cuando ochocientas mil personas descubren que existe, eso no es una campaña de trenes.

Eso es la única cosa honrada que puede hacerse con lo que hemos provocado.

Se hizo un silencio bastante largo.

Y a Iñigo le fastidió, porque era un buen argumento, y porque la tercera razón era la suya, dicha mejor de lo que la habría dicho él.

Lo que le fastidió todavía más fue el cuándo.

Paula Requena no había tenido esa idea el sábado por la tarde viendo unos datos.

La había tenido el lunes por la noche, cuando el nieto de Fermín publicó la foto de su abuelo, y llevaba cinco días esperando el momento de decirla en una habitación donde estuviera él.

Eso no la hacía menos cierta. Lo hacía todo más difícil.

—Hay una cosa que no ha dicho —contestó.

—Diga.

—Que si concentramos aquí las tres salidas, en tres semanas este pueblo va a tener un pico que no puede sostener, y en diciembre no va a quedar nada más que las camas nuevas de Charo y trescientos llaveros con una torre que no es la suya.

—Eso puede pasar.

—Va a pasar.

—Señor Arce, eso puede pasar igual si nos vamos mañana. —Paula no levantó la voz—. La diferencia es que si nos quedamos, por lo menos podemos contarlo mientras pasa.

Nadia habló entonces.

—¿Y quién rueda eso?

—¿Perdón?

—Que quién lo rueda. —Tenía el plan de campaña delante y un bolígrafo en la mano—.

Tres salidas aquí son tres fines de semana más de este equipo, en el mismo sitio, con la misma gente y con el pueblo entero mirándonos.

Y hay una cosa que no está en su hoja de cálculo, y es que el catorce y el quince de noviembre yo no estoy.

—Eso se puede reorganizar.

—Eso ya se reorganizó una vez. —Nadia dejó el bolígrafo—. Y yo esta vez no voy a firmar un plan que no hemos hablado.

Se giró hacia ella.

—Nadia.

—Ya sé que me vas a decir que tú lo resolverías.

Y lo resolverías, seguro. —Nadia la miró de frente y siguió hablando con una calma que Iñigo encontró casi violenta—.

Pero es que no es solo mío. Son también tres fines de semana de Tomás, que cobra por día y a quien nadie le ha preguntado, y de Amaya, que tiene veintisiete años y va a decir que sí a todo.

Y son también las camas de Charo y el género de Marisol.

Y de eso, aquí, no ha opinado nadie de aquí.

Amaya se puso colorada.

—Yo también puedo opinar.

—Pues opina.

—Es que a mí me parece bien —dijo Amaya—. Y me parece bien por lo que ha dicho ella y por una cosa más: si nos vamos a otro sitio, dentro de dos semanas este pueblo está igual pero solo. Nos habremos llevado la cámara y ellos se quedan con la gente.

Tomás, que llevaba una hora sin decir nada, habló desde el sillón.

—Yo cobro por día y voy donde me digáis. Pero si me preguntáis, tres fines de semana grabando el mismo sitio son tres fines de semana grabando el mismo sitio.

—¿Eso qué quiere decir? —dijo Amaya.

—Que el primero graban lo que hay, el segundo graban lo que se acuerdan del primero y el tercero graban lo que ya han grabado.

—Se rascó la barba—. Y que yo, de sonido, en la cuarta hora del segundo día ya no tengo nada nuevo.

Aquí se oyen tres cosas: el reloj de la iglesia, los coches de la travesía y la gente.

Y la gente, cuando lleva dos fines de semana con una cámara delante, habla distinto.

—Eso es muy pesimista.

—Eso es el trabajo —dijo Tomás—. Y no digo que no lo hagamos. Digo que si lo hacemos, el tercer fin de semana hay que traer algo que no sea la plaza.

Lo que Iñigo estaba esperando era que Celia decidiera.

Lo esperaba porque llevaba cuatro semanas viéndola hacerlo. La había visto decidir en una avenida barrida, en un bar de Cantaloya y en el patio de una bodega, y en las tres había decidido rápido, sola y bien.

Celia cerró el portátil de la videollamada, se levantó y estuvo un minuto entero de pie junto a la ventana del comedor, con la mano en el radiador, mirando la calle vacía.

—Paula —dijo, volviendo a abrirlo—. Le voy a decir que no a las tres salidas.

—Celia...

—Espere, que no he terminado. Le digo que no a las tres, y no le digo que sí ni que no a ninguna. Mañana a las once hay reunión abierta en el centro social, con el ayuntamiento y con quien quiera venir. Y lo que salga de ahí es lo que le propongo.

—Eso es un pleno.

—Eso es un pueblo de doscientas ochenta y una personas que se ha gastado dinero por nosotros sin que nosotros le hayamos preguntado nada. —Celia se apoyó en la mesa—. Y si el argumento tres es de verdad su argumento tres, entonces no puede tener miedo a esa reunión.

Hubo cuatro segundos de silencio al otro lado.

—Mándeme el acta —dijo Paula, y colgó.

Nadia recogió el plan de campaña, lo dobló por la mitad y se lo guardó en el bolsillo interior del abrigo.

—Gracias —dijo.

—No me des las gracias.

—Te las doy porque hace tres semanas no lo habrías hecho.

—Una pregunta —dijo Iñigo, cuando ya se levantaban—. ¿Quién convoca esa reunión?

—El ayuntamiento —dijo Celia.

—¿Y quién la paga?

—Nadie la paga. Es una sala municipal.

—Y quién manda las fotocopias, y quién pone el orden del día, y quién habla primero.

—Se guardó la libreta—. Te lo digo porque mañana a las once vas a estar tú de pie delante de ochenta personas explicando una propuesta que ha hecho tu cliente.

Eso, si sale bien, es una reunión abierta.

Y si sale mal, es una empresa reuniendo a un pueblo para que le diga que sí.

Celia tardó cuatro segundos en contestar.

—El orden del día lo hace Nadia y lo reparte antes de que yo abra la boca —dijo—. Y hablo la primera, pero no propongo. Digo lo que hicimos mal y lo que quiere el cliente, y me callo.

—¿Y si nadie habla?

—Entonces la reunión ha salido mal y yo no decido nada.

Iñigo apuntó la hora, que eran las doce menos veinte, y no apuntó nada más.

Aquella noche los relojes se atrasaban una hora. Lo dijo Amaya subiendo por la escalera, alegrísima, y todo el mundo hizo la misma broma que hace todo el mundo, y ninguno de los seis durmió una hora más.