15
El cartel estaba en la entrada del pueblo, a la derecha, clavado en dos postes de madera nuevos.
BIENVENIDOS A OTERUELO DE LA HOZ
Y debajo, más pequeño, en una tabla que no llevaba allí ni cuatro días:
el pueblo de la plaza
Nadia paró la furgoneta y los seis lo miraron sin decir nada.
—La madera está sin curar —dijo Amaya.
—Ya.
—Y las letras están hechas con plantilla y luego repasadas para que parezcan a mano.
—Amaya.
—Es que lo he hecho yo veinte veces. —Se soltó el cinturón—. Es exactamente lo que hago yo.
Entraron a paso de hombre por la travesía.
Había, en ciento cincuenta metros, cuatro cosas nuevas.
Un panel de madera con un mapa del pueblo dibujado a mano y plastificado.
Dos jardineras delante de la fachada del ayuntamiento.
Un cartel en la puerta del bar que decía abierto también los martes con una flecha.
Y, colgada de un balcón, una sábana con letras de espray: AQUÍ NO SObrA NADIE .
—¿Eso qué es? —dijo Amaya.
—Eso es la mitad del pueblo hablando con la otra mitad —dijo Nadia.
Julián Nespral los esperaba en la plaza con una carpeta y con la cara de quien lleva tres días sin dormir por una razón buena.
Tenía cincuenta y tantos, era el alcalde desde hacía siete años y trabajaba de lunes a viernes en una cooperativa de Segovia, porque el ayuntamiento de doscientos ochenta y un habitantes no daba para dedicación exclusiva.
—Han venido —dijo, y les dio la mano a los seis, uno por uno.
Le devolvió el apretón mirando por encima de su hombro.
La plaza era la plaza. Eso fue lo primero y fue una sensación rara, porque llevaba cuatro semanas viéndola en una pantalla y en el compuesto tenía otra luz, otra hora y una torre al fondo que allí, en la realidad, estaba veinte grados a la izquierda de donde Amaya la había puesto.
Los soportales eran los mismos. La piedra descantillada a la altura de la rodilla era la misma. El banco corrido estaba donde tenía que estar.
Lo que no estaba en ninguna versión eran las cuarenta y seis macetas.
—Las hemos puesto esta semana —dijo Julián, siguiéndole la mirada—. Estaban en el almacén desde las fiestas.
—Ya.
—Y hemos limpiado. Salió un bando el martes.
—Lo he visto.
Lo había visto porque el bando estaba fotografiado en cuatrocientos sitios desde el miércoles. Pedía a los vecinos que retiraran los coches de la travesía entre las diez y las dos, que no sacaran los cubos hasta la noche y que, en la medida de lo posible, mantuvieran recogidas las fachadas.
Estaba firmado por el alcalde y tenía dos faltas de ortografía, y a Celia le había hecho gracia hasta que llegó al último punto, que decía: rogamos comprensión, esto no se repite dos veces en la vida.
—Julián, una pregunta antes de nada. ¿Usted qué ha dicho por ahí que íbamos a hacer?
El alcalde se pasó la carpeta de una mano a otra.
—He dicho que venían.
—¿Y qué más?
—Que venían y que a lo mejor rodaban aquí más veces.
—¿A lo mejor?
—Es que me lo preguntaban. —Bajó la voz—. Mire, el miércoles a mí me llamaron cuarenta personas. Cuarenta. Aquí las llamadas que se reciben son del médico y de la hija. Yo lo que dije fue que a lo mejor, y a la mitad se le quedó que sí .
Lo apuntó, y lo que apuntó, literalmente, fue: ha prometido sin poder prometer.
Después miró el bando otra vez y pensó, sin ninguna satisfacción, que ella habría hecho lo mismo.
El banco estaba al fondo, en la esquina de poniente, y tenía la placa en el respaldo.
Se agachó a leerla.
Un nombre de varón, dos fechas, y debajo una línea que en el compuesto no se veía ni a seis mil píxeles porque quedaba tapada por una sombra: sus vecinos.
—Ese era mi abuelo —dijo alguien.
Fermín Aldaz tenía cuarenta y muchos, llevaba un jersey de cremallera y estaba apoyado en el marco de su portal, que era el número cuatro y que daba justo a la plaza, en el ángulo desde el que Amaya había compuesto la imagen original.
—Encantada —dijo Celia—. Celia Olmedo, de la productora.
—Ya sé quién es.
—Quería preguntarle...
—Y yo le voy a contestar antes de que me lo pregunte. —Se apartó del marco—. Ahí no. En mi portal no me pone usted una cámara, ni un trípode, ni una luz, ni a nadie sentado en el escalón. Y no es contra usted.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo así, sin más?
—Sin más. —Celia sacó la libreta—. ¿Puedo grabar la plaza desde el otro lado, con su portal al fondo?
Fermín lo pensó.
—Al fondo sí. Enfocado no.
—Hecho. ¿Y si alguien se apoya ahí sin darse cuenta?
—Pues me lo dice usted a mí antes que yo a ustedes.
—Otra cosa —dijo Celia—. ¿A usted le importa salir?
Fermín se quedó con la mano en la puerta.
—¿Yo?
—Usted. Hablando. Diciendo lo que acaba de decirme.
—¿Y por qué iba a querer yo salir en su vídeo?
—Porque su abuelo tiene una placa en ese banco y porque usted es la única persona de este pueblo que me ha dicho hoy que no a algo. —Celia se guardó la libreta—. Y porque si no sale usted, el vídeo del lunes va a ser todo el mundo diciendo qué bien.
Fermín la miró un momento largo.
—Me lo pienso.
—No hace falta que me conteste hoy.
—Ya. —Abrió la puerta—. Pero conteste usted a una cosa. ¿Ustedes se van a ir?
—¿Cómo?
—Que si se van a ir. En noviembre, en diciembre, cuando sea. Que si esto se acaba y ustedes se van.
Celia tardó tres segundos de más.
—Sí.
—Pues eso es lo que hay que decir en el vídeo —dijo Fermín, y cerró.
Celia miró el ángulo y echó la cuenta, que era muy sencilla: el encuadre desde el que se había fabricado Valdelumbre era el único que ya no podían usar.
—Eso nos deja el lado malo —dijo Rubén.
—Eso nos deja el lado que hay.
La tienda de Marisol Quero estaba en la calle de detrás y tenía dos escaparates.
En el de la izquierda había lo de siempre: pilas, medias, un expositor de postales descoloridas y una estantería de mercería.
En el de la derecha, montado con una tela verde y tres cajas puestas del revés, había setenta u ochenta llaveros, veinte imanes, una tanda de tazas y una pila de bolsas de tela.
Todos llevaban la misma torre.
La reconoció enseguida, porque llevaba cuatro semanas mirándola: era la torre del compuesto, la de la iglesia de la provincia de Ávila, con el remate de pizarra y la veleta doblada hacia la izquierda.
La torre de Oteruelo estaba a doscientos metros de allí, era románica, cuadrada y no se parecía en nada.
—Buenos días —dijo Marisol—. Ustedes son los del vídeo.
—Somos los del vídeo.
—Pues pasen, pasen. —Salió del mostrador y encendió la luz del escaparate, que estaba apagada porque era de día—. Esto me lo trajeron el jueves. Lo encargué el martes por la noche a un chico de Sepúlveda que hace esto para las bodas.
—¿Cuántos ha encargado?
—Trescientos llaveros, cien imanes, sesenta tazas y doscientas bolsas. —Lo dijo con orgullo y sin ninguna duda—. Llevo veintidós años en esta tienda y este mes voy a facturar más que en todo el verano.
Celia cogió un llavero.
Pesaba poco. Estaba bien hecho. La torre de Ávila brillaba en dorado sobre un fondo azul con letras blancas que decían Oteruelo de la Hoz .
—Marisol, esta torre no es la de aquí.
—¿Cómo que no?
—No es. —Se lo puso delante—. Esta es la del anuncio. La sacaron de otra provincia. La torre de aquí es la de la iglesia, la que se ve desde la carretera.
Marisol cogió el llavero, lo miró de cerca, lo giró y lo volvió a mirar.
—Anda.
—Sí.
—Pues es la que sale en el vídeo.
—Es la que salía en el anuncio de septiembre. En el vídeo de ayer no sale.
Marisol tuvo el llavero en la mano un rato largo, y cuando levantó la vista no había en su cara ni vergüenza ni enfado, sino un cálculo perfectamente visible.
—¿Y la gente lo va a saber?
—La gente ya lo sabe. Está publicado desde hace un mes.
—Ya. —Dejó el llavero en la caja—. Pero la gente que viene aquí a comprar un llavero, ¿lo va a saber?
No supo qué contestar a eso.
Había cuatro respuestas posibles y las tres primeras eran mentira.
La cuarta era decirle a una mujer de sesenta años que había pagado la mitad por adelantado que el llavero que vendía llevaba encima una torre de otra provincia y que eso, tarde o temprano, alguien lo iba a poner en internet debajo de una foto de su escaparate.
—Marisol, ¿usted puede cambiar el diseño?
—Con lo que queda por servir, a lo mejor. Con lo que está hecho, no.
—¿Y cuánto hay hecho?
—Todo lo que ve y otro tanto en una furgoneta que llega el jueves.
Se miraron las dos por encima del expositor de postales descoloridas.
—Le voy a mandar una foto de la torre de aquí —dijo Celia—. Esta tarde. Con luz buena y desde el ángulo que mejor se lee. Para el próximo pedido.
—¿Y esto?
—Esto ya está pagado.
Marisol asintió despacio y colocó bien una taza que no estaba torcida, y aquella fue la primera vez en todo el otoño que Celia se quedó sin argumento delante de una persona que no le estaba discutiendo nada.
Rodaron desde la una hasta las seis y media, y fue el rodaje más incómodo de las cuatro semanas.
No porque nadie pusiera problemas. Al revés: todo el mundo quería salir.
En cuatro horas se acercaron a preguntar diecinueve personas, tres de ellas dos veces, y a las cinco de la tarde había en la plaza más gente de la que había habido en un sábado de octubre en los últimos quince años, y ninguna de esas personas era de Oteruelo.
Había once coches con matrícula de fuera. Había una pareja haciéndose fotos en el banco de la placa. Había un chico con un dron que Nadia hizo bajar dos veces.
Y había, en la travesía, una mujer con un carro de la compra esperando a que un grupo se apartara para poder llegar a su portal.
La vio de reojo mientras revisaba un plano, y se acordó del carro a las nueve de la noche, cuando ya estaban recogiendo, y no supo si el equipo había seguido rodando durante aquello.
Lo peor no fue la gente. Lo peor fue lo bien que salía todo.
A las tres y media, un grupo de cinco personas que habían venido de Valladolid se puso, sin que nadie les dijera nada, a mirar la plaza desde el sitio exacto desde el que se mira una plaza cuando alguien te ha enseñado antes una foto.
A las cuatro, dos señoras del pueblo sacaron sillas al soportal, cosa que según Julián no hacían desde el verano, y se sentaron a ver el rodaje como quien ve una obra.
Y a las cinco menos veinte, Rubén encontró un plano.
Era el mejor plano del día con diferencia: la plaza en escorzo, el banco a la derecha, las macetas nuevas fuera de cuadro y la luz de las cinco entrando por el hueco de la calle de la iglesia. Duraba lo que tenía que durar y no había ni un solo elemento discutible dentro.
Estuvo veinte segundos mirándolo en la pantalla.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no. —Se enderezó—. Ese plano es exactamente el compuesto. Cambia la torre y ya está. Y si el lunes publicamos eso, lo que estamos diciendo es que aquello, al final, era verdad.
—Es que es la plaza.
—Es la plaza a la hora a la que la puso Amaya y desde donde la puso Amaya. —Celia le devolvió el monitor—. Búscame otra cosa. Y si no la encuentras, rodamos el pueblo con la gente dentro, que es lo que hay.
Rubén tardó cuarenta minutos en encontrar otra cosa y era peor, y a Celia le costó no decirlo.
A las seis y veinte, con la luz cayéndose, Julián se acercó con la carpeta.
—¿Puedo enseñarle una cosa?
Eran fotocopias. Un plano del pueblo con seis puntos marcados en rotulador, una lista de precios del hostal, dos presupuestos de una empresa de Segovia para señalización y un folio escrito a mano con el título ideas .
—Esto lo hice el miércoles por la noche —dijo—. Lo del aparcamiento disuasorio en la era, lo de la señalización desde la carretera y lo de abrir el hostal los martes.
—Julián, ¿esto lo ha visto el pleno?
—El pleno somos cinco y tres estaban de acuerdo el jueves.
—¿Y los otros dos?
Julián dobló la carpeta.
—Los otros dos son Fermín y su prima.
—Julián, le voy a decir una cosa y no es un reproche. —Celia le devolvió las fotocopias—. Todo esto que ha hecho usted está bien pensado y no depende de nosotros. Nosotros nos vamos en noviembre.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabe usted o lo sabe el pueblo?
Julián se quedó con la carpeta contra el pecho y miró la plaza, donde en ese momento había cinco desconocidos haciéndose fotos delante del banco de la placa.
—Yo llevo siete años buscando una excusa para lo del aparcamiento de la era —dijo—. Siete. Y no la he encontrado nunca porque aquí no hay excusa para nada. Y ahora resulta que hay. —Se encogió de hombros—. Si ustedes se van en noviembre y a mí me queda el aparcamiento hecho, yo he ganado.
—¿Y si no le queda hecho?
—Pues habré perdido tres meses. Es lo que hay.
El teléfono de Celia sonó a las seis y veinticinco. En la pantalla, Paula Requena.
Se apartó hasta la esquina del soportal para oír mejor, con el frío que ya empezaba a subir del suelo y con la plaza llena de gente de fuera detrás de ella.
—¿Ha visto los datos preliminares? —dijo Paula.
—He visto que hay once coches de fuera en un pueblo de doscientos ochenta y un habitantes.
—Yo he visto otra cosa. He visto que en veinticuatro horas hemos tenido más movimiento que en las tres semanas anteriores juntas, y que la gente ha empezado a preguntar cómo se llega a un sitio concreto. —Se oía un teclado—. Celia, voy a proponerle algo y quiero que me escuche entera.
—Adelante.
—Las tres salidas que quedan las hacemos ahí.
No se movió, con la espalda contra la piedra del soportal.
Enfrente, a doce metros, una pareja se sentaba en el banco de la placa y le pedía a un tercero que les hiciera una foto. Detrás, en la travesía, un coche pitó dos veces porque no podía pasar.
—¿Las tres?
—La cinco, la seis y la siete. Un solo desplazamiento, un solo bloque de permisos, un solo alojamiento. Y una historia que se sostiene sola: nos inventamos un pueblo y acabamos contando lo que le pasó al que era de verdad.
—Paula, eso son tres semanas de este equipo en un pueblo de doscientos ochenta y una personas.
—Sí.
—Y hoy hay once coches de fuera sin que hayamos hecho nada.
—Sí. —Se oyó un silencio de teclado—. Celia, yo también sé sumar. Le estoy proponiendo la única cosa que puede salvar la campaña y sé perfectamente lo que le puede hacer a ese sitio. Las dos cosas caben en la misma frase y no me hace ninguna gracia.
Celia miró el reloj. Eran las seis y veintisiete de un sábado y quedaban dieciocho horas para el montaje.
—Le contesto mañana.