14
El lunes a las siete de la mañana, Celia tenía un episodio de tres minutos y cuarenta que no aguantaba de pie.
Aparcamiento. Mostrador. La señora diciendo tres veces que el cupo estaba completo.
El guarda explicando que el color venía con dos semanas de retraso.
La barrera. Seis personas en un capó con seis teléfonos, que Quique había montado con el sonido de Tomás y que era, con diferencia, lo mejor de los tres minutos y cuarenta.
Y ni un solo plano del hayedo, porque no habían entrado.
—Falta la mitad —dijo Quique.
—Ya lo sé.
—Y falta lo único que la gente quería ver.
—También lo sé.
Amaya llevaba desde las cinco montando el cuaderno de descartes en una carpeta compartida y a las siete y diez lo puso en la pantalla grande.
Eran veintiséis archivos. El mapa de los cuatro hayedos que habían valorado en septiembre, con las anotaciones a mano.
Las capturas de las tres localizaciones descartadas para la salida uno.
El plan de rodaje del sábado, tachado. Las fotos de Nadia del reconocimiento.
Un documento con el listado de todo lo que se había grabado y no se había emitido en tres semanas, con el motivo al lado de cada línea.
Y al final, la carpeta que Celia no esperaba.
—¿Y esto?
—Valdelumbre —dijo Amaya.
Delante tenía la pantalla y no apartó la vista.
—Es el compuesto —siguió Amaya, deprisa—. El original. Como yo lo trabajé, en capas, y el archivo plano a resolución completa. Seis mil píxeles.
—Amaya.
—Escúchame. Todo el cuaderno va de enseñar cómo se hacen las cosas. Si enseñamos cómo elegimos un hayedo y cómo se descarta un plano y no enseñamos la única imagen que de verdad importa, el cuaderno es un adorno.
—Eso que hay ahí es la prueba del delito.
—Eso que hay ahí es mi trabajo —dijo Amaya, y le tembló un poco la voz, y siguió igual—. Y está bien hecho. Lo que está mal es lo que se hizo con él. Si lo enseñamos entero, la gente puede ver las dos cosas a la vez, y ahora mismo la gente solo puede ver una.
Nadia, desde su mesa, dijo lo único que dijo en toda la mañana:
—Legal lo va a mirar.
Legal lo miró a las nueve y contestó a las diez menos veinte con dos líneas: que el material era propiedad del cliente, que no había derechos de terceros identificables salvo la pareja del paraguas, que era de banco, y que si VIALTA autorizaba, no había objeción.
Paula autorizó a las once y cuarto con una sola palabra.
Se lo mandó también a Iñigo, porque el acuerdo decía que todo lo que se publicara pasaba por él, y porque a esas alturas ya lo habría hecho aunque el acuerdo no dijera nada.
Contestó a los veinte minutos, desde el tren, con cuatro palabras.
Sin objeciones. Es vuestro material.
Y era verdad. El compuesto era propiedad del cliente, no había derechos de terceros y publicar cómo se había hecho una imagen manipulada era, desde cualquier punto de vista razonable, lo contrario de manipular. Celia lo leyó, cerró el correo y no volvió a pensarlo.
—¿Tú te das cuenta de lo que estamos haciendo? —le dijo a Amaya, sin apartar la vista de la pantalla.
—Sí.
—Dime lo que estamos haciendo.
—Estamos publicando el archivo original de una imagen falsa a la resolución a la que yo lo monté. —Amaya se cruzó de brazos—. Y sí, alguien va a encontrar cosas que no vio Arce en septiembre.
—¿Y eso te parece bien?
—Me parece que ya las encontrarán con o sin nosotros, y que prefiero que sea con.
Era un argumento de veintisiete años y era, además, bastante bueno.
Celia estuvo un rato largo con el cursor encima del botón de subir.
Lo que iba a pasar en cuanto aquello estuviera en abierto no lo sabía nadie, y ese era exactamente el problema.
Durante tres semanas, todo lo que se había publicado lo habían decidido ellos: qué entraba, qué duraba, dónde iba el rótulo.
Aquello no. Aquello era entregar un archivo de seis mil píxeles a ochocientas mil personas con lupa y decirles que se sirvieran.
Subió el cuaderno a las once y media y el episodio a las seis y dos.
A las siete y veinte, el cuaderno tenía más movimiento que el episodio.
Eso ya era raro. Lo que pasó después fue otra cosa.
A las siete y cuarenta, alguien había recortado el compuesto en cuatro trozos y estaba comparándolos uno por uno con lo que Iñigo había publicado en septiembre, señalando lo que él no había señalado.
A las ocho y diez había tres hilos distintos discutiendo si el bosque del anuncio era polaco o esloveno.
A las ocho y media apareció el primer recorte de la esquina inferior derecha de la plaza.
Se veía un banco corrido de piedra. Y en el respaldo, una placa.
En el vídeo de la campaña original, ese banco medía ochenta píxeles de ancho y la placa era una mancha gris. En el archivo de Amaya medía cuatrocientos y se leía un nombre de varón y dos fechas.
A las nueve menos cuarto, una cuenta con doscientos y pico seguidores escribió cinco palabras que Celia leyó tres veces seguidas.
Ese es el banco de mi abuelo.
Debajo, la misma persona había puesto una foto antigua, de esas escaneadas con el borde blanco: un hombre mayor sentado en ese banco, con una boina y un perro.
Se llamaba Fermín. La placa se la puso el ayuntamiento en el noventa y ocho. Y esa plaza no es de ningún pueblo de anuncio, es la de mi pueblo, y llevo toda la tarde viéndola en la tele.
A las nueve y diez, esa cuenta tenía cuatro mil respuestas y había dicho el nombre del pueblo.
Celia hizo entonces la única cosa que sabía hacer con esa información, que fue comprobarla.
Buscó la fotografía en el banco de imágenes del cliente.
Estaba, con el código que Amaya había puesto en el cuaderno, dentro de una carpeta llamada paisajes corredor noroeste , subida hacía cuatro años, sin localización en los metadatos y con una descripción de tres palabras: plaza porticada, Castilla .
Cuatro años. Cualquiera con acceso a ese banco había tenido esa imagen todo ese tiempo.
Lo que no había tenido nadie hasta las once y media de esa mañana eran los seis mil píxeles.
Amaya lo vio antes que nadie y no dijo nada durante casi un minuto. Después giró el portátil.
—Celia.
Celia leyó. Después leyó otra vez.
Lo que le vino encima no tenía nada de miedo.
Fue el cálculo, entero y en orden, de todo lo que iba a ocurrir en las doce horas siguientes: el ayuntamiento, la prensa local, el gabinete de Paula, alguien de Oteruelo hablando con un periodista sin saber que aquello no se puede desdecir.
Lo vio todo y supo que no podía impedir ni una sola cosa de la lista.
—Oteruelo de la Hoz —dijo.
—Es Segovia. Está a cuarenta minutos del nodo.
—Ya sé dónde está. —Cogió el móvil—. Nadia.
—Dime.
—Necesito saber cuántas camas hay en ese pueblo. Hoy.
Nadia tardó cincuenta minutos y volvió con una hoja escrita a mano.
—Dos casas rurales, seis y cuatro plazas.
Un hostal con siete habitaciones, de las cuales cuatro están cerradas desde el verano.
Un bar que da comidas de jueves a domingo y una tienda que abre por las mañanas.
Doscientos ochenta y un habitantes censados.
—Bajó la hoja—. La señora del hostal me ha dicho que hoy le han llamado nueve personas.
—¿Nueve?
—Nueve. Y me ha preguntado si nosotros somos los del vídeo.
—¿Y qué le has dicho?
—Que sí. —Nadia se sentó—. Porque lo somos.
A las diez de la noche, Oteruelo de la Hoz llevaba tres horas siendo un sitio.
Había fotos de la plaza subidas por gente que vivía allí y por gente que había pasado alguna vez.
Había una comparación del compuesto y de una foto real hecha desde el mismo ángulo, con doce años de diferencia, que se estaba compartiendo más que el episodio.
Había cuarenta o cincuenta personas preguntando cómo se llegaba, y ocho o nueve explicando que se llegaba fatal.
Y había, desde las nueve y media, una discusión que Celia no había previsto y que era la única que importaba: dos personas de Oteruelo, cada una con su nombre y su foto, diciendo cosas opuestas sobre si aquello era bueno o malo para el pueblo.
Los dos de Oteruelo se llamaban Marisol y Fermín, y el segundo era, según se entendía leyendo hacia arriba, el nieto del de la placa.
Ella decía que llevaban veinte años oyendo que allí no se podía hacer nada y que ahora resultaba que había un pueblo entero mirándolos, y que si eso no servía para nada, entonces qué.
Él decía tres cosas y las tres eran razonables. Que su abuelo no había firmado nada. Que la plaza no era de una empresa de trenes. Y que la gente que estaba preguntando cómo llegar iba a aparcar en la travesía, que era donde vivía él.
—Esto se nos ha ido —dijo Amaya.
—Esto no era nuestro —dijo Celia.
Entre las siete y las diez, Celia hizo once llamadas.
A Paula, que estaba cenando y que lo primero que dijo fue si el pueblo tenía capacidad, y lo segundo, cuando Celia le contestó que no lo sabía, que lo averiguara antes de las nueve de la mañana.
Al gabinete, que quería sacar una nota y al que Celia convenció de no sacarla, porque una nota a las nueve de la noche significaba que había algo que explicar.
A Damián, que no cogió el teléfono y contestó por mensaje a los cuarenta minutos con dos líneas y un hablamos mañana .
Y a Marcial, el de la bodega, que no tenía nada que ver con nada y al que llamó a las nueve y media, con el pretexto de una autorización de la semana anterior, solo para tener durante seis minutos una conversación con alguien que no supiera nada de aquello.
—¿Ustedes están bien? —le preguntó él al final.
—Sí.
—Es que salían en la radio.
Iñigo llegó a las diez y veinte, con el informe del martes a medio escribir, y estuvo de pie detrás de ellas mirando la pantalla mucho rato sin decir nada.
Lo notó raro y no supo por qué.
Llevaba tres semanas viéndolo entrar en habitaciones, mirar diez minutos, escribir cuatro líneas y marcharse a un hotel, y era la primera vez que se quedaba de pie detrás de dos personas que no le estaban contando nada.
A las once menos veinte Amaya le preguntó si no tenía que escribir, y él dijo que sí, y no se movió.
Lo que Celia pensó, exactamente, fue que aquel hombre parecía estar más metido en la campaña de lo que le convenía a su medio, y que en algún momento de las próximas semanas iba a tener que decírselo, porque si su propio supervisor perdía la distancia, el problema iba a ser de ella.
Después dejó de pensarlo, porque a las once y once entró el mensaje.
Antes de eso, a las once menos cinco, Iñigo hizo una sola pregunta.
—El archivo. ¿A qué resolución lo habéis subido?
—A la que estaba. Seis mil.
—¿Y el original del anuncio?
—Mil ochenta.
Asintió despacio, dos veces, y volvió a mirar la pantalla. Celia esperó a que dijera algo más y no lo dijo, y como llevaba catorce horas trabajando, lo apuntó mentalmente en la casilla de las cosas raras del día y siguió.
Era un número fijo con prefijo de Segovia y venía por el formulario de la web de VIALTA, reenviado por el gabinete de Paula con tres signos de exclamación en el asunto.
Buenas noches. Soy Julián Nespral, alcalde de Oteruelo de la Hoz. Les escribo por lo del vídeo y la plaza. Aquí llevamos toda la tarde con esto y mañana tengo a la mitad del pueblo en el ayuntamiento.
No voy a pedirles explicaciones. Al revés. Les quiero proponer una cosa y prefiero decírsela antes de que se me adelante otro.
¿Cuándo pueden venir?