Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 13
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El centro de interpretación de Valdelaya abría a las nueve y a las nueve y cuatro ya se sabía que no había nada que hacer.

La mujer del mostrador lo dijo tres veces con la misma amabilidad exacta, que era la amabilidad de quien lo dice cuarenta veces cada fin de semana de octubre.

—El cupo está completo desde el doce de septiembre.

—Ya, pero nosotros...

—El cupo está completo desde el doce de septiembre y hoy no hay bajas.

Nadia lo intentó por los tres caminos. Preguntó si quedaban plazas de las que se liberan por anulación, y sí quedaban, dos, y las dos se habían ido a las nueve y cuatro minutos, que era la hora que marcaba el reloj de la pared.

Preguntó si había pases presenciales, de esos que se dan por orden de llegada, y no los había en temporada alta.

Preguntó, por último y sin ninguna esperanza, si existía alguna vía para trabajos audiovisuales.

—Existe —dijo la mujer—. Se pide con tres meses y va a informe.

Iñigo, apoyado en el panel de las especies del parque, estaba disfrutando de aquello más de lo que le convenía y lo sabía.

Fuera hacía siete grados y el cielo estaba de un azul limpísimo, el mejor cielo que habían tenido en tres semanas, y la pista de tierra subía entre robles hacia un sitio al que no iban a llegar.

—A ver —dijo Celia, ya en el aparcamiento—. Desde el principio.

Nadia abrió la carpeta.

—El dos de octubre, cuando cerramos el plan, entré a reservar. Cero plazas para los fines de semana de octubre. Me apunté a avisos de anulación, llamé el nueve, llamé el catorce y llamé el jueves. Todo eso está en el parte.

—Está en el parte —dijo Celia.

—Está en el parte y te lo dije el jueves por teléfono, y tú me dijiste que subiéramos igual, que en el sitio siempre hay algo.

—Sí.

—Yo no estoy...

—Nadia, no hace falta. Lo dijiste tú y lo decidí yo.

Rubén, que estaba fumando a diez metros, preguntó si entonces qué rodaban, y nadie le contestó.

El guarda apareció a las diez menos veinte con una furgoneta del parque y les explicó, sin que nadie se lo preguntara, la segunda parte del desastre.

—¿Vosotros veníais a por el color?

—A por el color.

—Pues os habríais llevado un disgusto igual. —Se apoyó en la puerta—. Está empezando. La parte de arriba amarillea, sí, pero de la mitad para abajo esto está verde. Con el verano que ha hecho se ha retrasado. Yo diría que dos semanas, y si sigue así, tres.

—¿Y la gente que ha reservado hoy? —dijo Amaya.

—Sube igual. —Se rió—. Llevan la plaza cogida desde agosto. Suben, hacen la foto de la parte de arriba y la ponen. Luego llega el que la ve y reserva para la semana que viene.

Iñigo apuntó esa frase entera.

A las diez y cuarto empezó lo de los móviles, que fue lo único divertido del día y duró cuatro minutos.

La idea era de Amaya y no era mala: el sistema soltaba las anulaciones a las diez y media, así que se pusieron los seis en el capó de la furgoneta, cada uno con su teléfono, con la página cargada y el dedo encima.

Nadia puso el cronómetro. Tomás, que no tenía ningún interés en participar, se puso los cascos, cogió la grabadora y la dejó en el centro del capó.

A las diez y media exactas se oyó una cosa que Iñigo no había oído nunca: seis personas actualizando una web al mismo tiempo.

Duró cuarenta segundos.

—Nada.

—Nada.

—A mí me ha salido una y se ha ido.

—Nada.

—Yo he entrado —dijo Rubén— y me pedía la matrícula, y para cuando he puesto la matrícula, nada.

Tomás paró la grabadora y la levantó.

—Esto sí me lo quedo.

La discusión de verdad fue a las once, en el bar de Cantaloya, con seis cafés y un plato de churros que nadie había pedido.

—Yo puedo llamar —dijo Nadia.

—¿A quién?

—A una persona de la delegación. La conozco de un rodaje de dos mil dieciocho. No te digo que nos meta hoy, pero puede saber si hay alguna forma.

—Eso es un favor —dijo Iñigo.

—Eso es una llamada.

—Es una llamada para saltarse un cupo que existe para que ese bosque no se muera de gente, y que se ha llenado con familias que reservaron en agosto.

—No me estoy saltando nada. —Nadia dejó la taza—. Existe una figura para trabajos audiovisuales, lo ha dicho la señora. Existe. Yo no me estoy inventando una puerta trasera, estoy preguntando por una puerta que está en el reglamento.

—Y que se pide con tres meses.

—Y por eso pregunto, para saber si hay un procedimiento de urgencia. A lo mejor lo hay. Y si no lo hay, colgamos.

Se echó atrás.

—Nadia, si tú llamas y por lo que sea nos dejan pasar, el lunes yo tengo que contarlo. Y va a poner que una empresa privada que vende escapadas de fin de semana entró en un espacio con aforo cerrado porque la jefa de producción conocía a alguien.

—Que lo ponga.

—Va a ser el titular. No va a ser el bosque, ni el color, ni nada. Va a ser eso.

—Pues entonces lo que estás diciendo es que no podemos ni preguntar —dijo Nadia—, y eso ya no es ética, eso es que no podemos trabajar.

Y en ese punto los dos tenían razón, cosa que a Iñigo le pareció el peor sitio posible para estar a las once de la mañana.

Celia llevaba diez minutos sin hablar, con el móvil bocabajo y mirando la ventana.

—No llamamos —dijo—. Y no llamamos por una razón que no es la tuya, Iñigo.

—Se giró—. No llamamos porque si llamamos y nos dicen que sí, el problema no es lo que tú publiques.

El problema es que la semana que viene, cuando algo se ponga difícil, la primera idea de todos nosotros va a ser a quién conocemos.

Nadia la miró un momento y después asintió una vez.

—Vale.

—Y lo que dice de la puerta del reglamento es verdad y lo vamos a hacer bien. —Celia abrió la libreta—. Nadia, pídela para marzo. Con los tres meses. Que quede pedida y que se sepa que la hemos pedido.

—¿Para marzo?

—Para marzo. Y lo contamos el lunes.

Quique llamó a la una y veinte y estuvo cuarenta segundos hablando sin respirar. Que qué le mandaban. Que él con una barrera y un cartel no hacía cinco minutos. Que si no había bosque no había episodio y que se lo dijeran ya para no montar de madrugada para nada.

—Tienes el aparcamiento, la señora del mostrador, el guarda y a nosotros —dijo Celia.

—Eso es un making of de nada.

—Eso es lo que hay.

—Celia, tú lo que me estás diciendo es que publiquemos que la hemos vuelto a liar.

—Te estoy diciendo que publiquemos lo que ha pasado.

Amaya levantó la mano, como en clase, y dijo la cosa que lo arregló.

—Y lo de al lado.

—¿Qué es lo de al lado?

—Lo que se tira. —Se puso a hablar deprisa—.

Yo tengo carpetas de esto de todas las campañas.

Pruebas, encuadres que no valen, capturas de las localizaciones que descartamos, el mapa que hicimos para elegir este hayedo y no otro, y por qué.

Eso existe siempre y no lo ve nadie nunca.

Si el episodio va a ser que no hemos podido entrar, entonces al lado va todo lo que hicimos para intentar entrar.

Hubo un silencio.

—Un cuaderno —dijo Celia.

—Un cuaderno.

La casa de postas era una casa de piedra a las afueras de Cantaloya, con seis habitaciones, una chimenea que tiraba mal y una mujer llamada Sagrario que les puso sopa a las nueve sin preguntarles si querían.

Cenaron los seis en la mesa larga. Rubén se fue a las once.

Nadia se fue a las once y cuarto después de hablar veinte minutos por teléfono con sus hijos.

Tomás y Amaya se quedaron discutiendo sobre si un micrófono de contacto en la barrera del aparcamiento sería una idea buena o una tontería, y a las doce menos veinte ya no quedaban más que dos vasos, la chimenea y ellos dos.

Fue la primera conversación en tres semanas que no trató de trabajo.

Empezó por la sopa, siguió por Sagrario, pasó por un hermano de Iñigo que vivía en Bilbao y al que veía dos veces al año, y llegó, sin que ninguno lo buscara, a una cosa que Celia contó sobre su madre y sobre una casa con seis personas y una sola persona ocupándose de que la casa existiera.

—¿Y a ella se lo agradecía alguien? —preguntó Iñigo.

—Yo creo que ni se planteaba que hubiera que agradecerlo.

—¿Y tú?

Ella se paró con el vaso a media altura.

—Yo tampoco me lo planteo —dijo—. Y me doy cuenta de que eso ha sonado fatal.

Se rieron los dos.

Hablaron hora y media. En algún momento Iñigo contó lo del mapa, la carpeta de cuarenta y siete gigas y la tarde de cuatro horas explicándoselo a otra persona, y lo contó sin ninguna épica, como quien cuenta una mudanza.

Celia no dijo que lo sentía, que era lo que decía todo el mundo.

Preguntó qué era lo mejor que había en esa carpeta, y él se lo contó, y estuvo veinte minutos hablando de bancos de imágenes con una mujer que a las tres de la mañana del veintitrés de septiembre había escrito cuatro palabras que le habían cambiado el año a los dos.

A la una menos veinte apareció Sagrario en camisón, se disculpó por interrumpir y les enseñó una caja de madera que tenía en el aparador.

—Esto lo hacía mi suegra —dijo—. Si escriben una carta esta noche, yo la meto aquí, la apunto en el cuaderno con la fecha y el sello puesto, y la echo al correo el primer día de invierno del año que viene.

La caja no se abre hasta entonces. Hay gente que vuelve a los diez años a preguntar y yo les digo lo mismo: se echó cuando tocaba.

—¿Y la gente escribe? —dijo Celia.

—Escribe todo el mundo. Los que dicen que no, escriben a las dos.

Dejó dos hojas, dos sobres y un bolígrafo encima de la mesa y se fue a dormir.

Estuvieron un rato sin tocarlos.

—Yo no voy a escribir —dijo Iñigo.

—Vale.

—Lo digo en serio.

—Que vale.

Celia cogió una hoja, se llevó el vaso y se sentó en el otro extremo de la mesa, de espaldas, con la chimenea delante, y escribió durante ocho o nueve minutos sin parar ni una vez.

Iñigo estuvo esos ocho o nueve minutos mirando la hoja que quedaba.

Lo que le pasó no fue una revelación. No hubo nada que se le cayera encima ni ningún momento localizable en el que entendiera nada. Fue más bien que se sorprendió calculando, con una precisión de la que se avergonzó en el acto, cuántos fines de semana quedaban, y que la cifra le pareció corta.

Cuatro. Cuatro y el cierre.

Llevaba once años saliendo de sitios. Salía de un sitio en cuanto tenía lo que había ido a buscar, y esa era su única virtud profesional y también, aunque nunca se lo había dicho así, el motivo por el que a los treinta y siete años podía irse a Bilbao un jueves sin avisar a nadie.

Y estaba sentado delante de una chimenea que tiraba mal, contando fines de semana hacia atrás.

Cogió la hoja.

Escribió cinco líneas y tachó tres. Lo que dejó no era exactamente lo que quería decir, porque lo que quería decir no lo sabía decir todavía, pero era lo más cerca que iba a estar aquella noche:

Ojalá dentro de un año no haya encontrado otra razón impecable para marcharme.

Dobló la hoja, la metió en el sobre y lo cerró.

Ella ya había cerrado el suyo. Estaba de pie, con el abrigo en el brazo, esperando para dejar los dos en la caja, y cuando él se acercó no le preguntó nada, y él tampoco.

Sagrario los apuntó a la mañana siguiente en el cuaderno, con la fecha, y les enseñó la línea antes de cerrar la caja. Dos sobres, dos nombres, y en la columna de la derecha, escrito con la misma letra que llevaba haciendo aquello desde antes que ella, el día en que se echarían al correo.

—Al primero de invierno —dijo—. Ni antes ni después.

Iñigo miró la caja mientras la cerraba con la llave pequeña y pensó que en trescientos sesenta y cuatro días él iba a estar en algún sitio, y que no tenía ni la más remota idea de cuál.