Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 12
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La pregunta que a Iñigo le importaba no era si Celia lo había borrado.

Lo había borrado. Él lo había visto desde doce metros, apoyado en el capó, y había visto también que lo hacía en el patio y no en la furgoneta, delante de la mujer y no en un despacho, y con el técnico explicando cada paso en voz alta.

La pregunta era otra y le tuvo despierto media noche.

El domingo por la mañana, en la nave de recepción de la bodega, se acercó a Tomás mientras montaba.

—Una cosa.

—Dime.

—Ayer, cuando le pasaste el casco. ¿Ella sabía que yo estaba en la parcela?

Tomás siguió enroscando un cable.

—Estabas a cincuenta metros, al lado del tractor, con un abrigo azul marino y midiendo no sé qué con el móvil. —Levantó la vista—. ¿Tú qué crees?

—Creo que sí.

—Pues eso.

Iñigo no se movió.

—Vale. Pero eso no me sirve.

—Ya me imagino que no te sirve. —Tomás dejó el cable—.

Te voy a decir lo que sí. Yo llevo veinte años en esto y he estado en cuatro rodajes donde ha pasado algo parecido.

En dos no se lo dijeron a nadie. En uno se lo dijeron al productor y el productor dijo que lo guardáramos por si acaso.

Y en el cuarto lo borraron, sí, tres semanas después, cuando ya lo había visto el cliente.

—¿Y este?

—Este ha tardado seis horas y ha tenido que decirle que no al que paga.

Cogió otro cable.

—Y lo del casco te lo cuento gratis, porque estás dando vueltas por donde no es. Yo se lo pasé a ella. A ella y a nadie más. Si yo hubiera querido que eso se emitiera, se lo paso a la de arte, que se habría muerto de gusto y lo habría metido en la lista de tomas antes de comer.

Iñigo pasó el resto de la mañana rodando su propia comprobación, que consistía en no comprobar nada.

Se dedicó a mirar cómo entraba la uva en la nave.

Cómo la pesaban, cómo la volcaban en la mesa de selección, cómo dos personas quitaban hoja y racimo pasado a una velocidad que a él le pareció imposible.

Preguntó cuánto pesaba una caja llena. Preguntó qué pasaba si un remolque llegaba tarde.

Marcial le contestó a todo con una minuciosidad de hombre que no habla nunca de su trabajo con nadie de fuera.

Y mientras tanto, por debajo, iba dándole vueltas a lo suyo.

Porque había una versión de aquello, perfectamente defendible, en la que el borrado del sábado era una decisión de producción muy inteligente tomada por una profesional que sabía que tenía a un periodista a cincuenta metros.

Esa versión no era imposible. Era, de hecho, la versión que él habría escrito hacía dos años, y la habría escrito bien.

El problema de esa versión es que exigía que la mujer hubiera calculado, en los seis segundos que tardó en quitarse el casco, que le salía más barato perder el mejor material de la campaña que arriesgarse a que él lo contara.

Y él la había visto quitarse el casco.

A la una del mediodía había llegado a una conclusión que le fastidiaba bastante: que llevaba dos semanas buscando el momento en que aquella gente se cayera, y que el momento había llegado, y que no se habían caído.

Eso no la absolvía de nada. La mujer había aprobado un archivo a las tres de la mañana sin mirarlo y eso seguía estando donde estaba.

Pero era la primera vez desde septiembre que a él se le ocurría que las dos cosas iban a tener que convivir en el mismo informe.

Lo escribió el domingo por la tarde, en el coche, con el portátil encima de las rodillas, mientras Rubén conducía.

Le salió en cuarenta minutos, que para él era rapidísimo. Cuando lo tuvo, hizo una cosa que no había hecho nunca en once años.

Se levantó, fue hasta donde estaba Celia, que iba en el asiento de atrás con el plan de rodaje y un rotulador, y le dijo:

—El martes voy a publicar esto.

—¿El qué?

—Dos párrafos sobre lo de ayer. Te los leo.

Celia levantó la vista muy despacio, con la cara de quien acaba de oír algo que no encaja.

—¿Me los vas a leer?

—Te los voy a leer, no te los voy a consultar. Si me dices que están mal, los cambio. Si me dices que no te gustan, no los cambio.

—Vale.

Iñigo leyó.

Decía que el sábado un micrófono de ambiente del equipo había registrado una conversación privada entre dos trabajadoras que no sabían que estaban siendo grabadas.

Decía que existía una autorización firmada esa misma mañana y que, a juicio del supervisor, esa autorización no cubría aquel material porque quien la firmó no podía saber lo que estaba autorizando.

Decía que la dirección de producción había informado a la persona afectada, había eliminado el material en su presencia y no había solicitado un permiso posterior.

Y decía, en la última línea, que el supervisor consideraba que esa era la conducta correcta y que la señalaba porque no era la habitual.

No decía de qué habían hablado. No decía el nombre. No decía de dónde era.

Ella tardó tanto en contestar que Rubén miró por el retrovisor.

—¿Por qué me lo lees? —preguntó al final.

—Porque el otro día me dijiste que te lo dijera cuando pasara y no cinco horas después.

—Eso era de otra cosa.

—Era de lo mismo.

Ella volvió a mirar el plan de rodaje.

—Está bien escrito —dijo—. Y la última línea sobra.

—¿Por qué?

—Porque si dices que no es lo habitual, la gente va a leer que somos mejores que los demás, y no somos mejores que los demás. Somos los que tienen a un tío en la furgoneta.

Lo pensó cuatro segundos.

—La dejo igual.

—Ya me lo imaginaba.

—Oye —dijo Celia, cuando él ya se levantaba—. ¿Rocío sale en el informe?

—No.

—¿Ni el nombre ni de dónde es?

—Ni el nombre, ni de dónde es, ni de qué hablaban. Sale que eran dos trabajadoras y que una de ellas está identificada por la producción. —Iñigo se agarró al respaldo—. Si pusiera cualquiera de esas tres cosas, el informe sería la segunda vez que alguien publica sin preguntarle.

—Vale.

—¿Eso lo tenías que preguntar?

—Eso lo tenía que preguntar —dijo Celia—, porque llevo desde ayer a las cuatro de la tarde con la sensación de haberme quedado a medias. Le he prometido a esa mujer que lo que dijo no lo va a leer nadie, y esa promesa la tienes tú.

Volvió a su asiento y no dijo nada más en cuarenta kilómetros, y cuando pararon en un área de servicio y ella bajó a por café, se dio cuenta de que estaba esperando a que volviera para seguir escribiendo, y de que eso era exactamente la clase de cosa que él no hacía.

El rótulo lo discutieron el lunes a las cinco y veinte de la madrugada.

—«No se emite una secuencia por motivos de consentimiento» —leyó Amaya.

—Suena a nota de prensa —dijo Quique.

—«Grabamos algo que no vamos a enseñar.»

—Suena a que escondemos.

—Es que escondemos.

—No escondemos —dijo Celia—. Tiramos.

Los tres miraron la pantalla. Nadia, que estaba con la carpeta de anillas y no había participado, dijo desde su mesa:

—Poned lo que pasó y ya está.

Al final el rótulo tenía dos líneas y salía diecisiete segundos en negro, al terminar el episodio, antes del enlace del paquete.

Esta mañana grabamos algo mejor que todo lo que han visto.

No pedimos permiso a tiempo, así que lo hemos borrado.

—Una duda —dijo Iñigo, que llevaba veinte minutos en un rincón sin abrir la boca—. ¿«Mejor» según quién?

Amaya se giró.

—Según nosotros. Lo hemos oído nosotros.

—Lo ha oído ella y lo ha oído Tomás. Vosotros no.

—Es un rótulo, no un acta —dijo Celia.

—Es lo primero que va a leer ochocientas mil personas y dice que teníais algo mejor. —Se apoyó en la mesa—. Yo lo dejaría. Solo os aviso de que a partir de mañana os van a preguntar qué era todas las semanas y no vais a poder contestar ni una sola vez.

—Ya lo sabemos —dijo Nadia, sin levantar la vista de la carpeta.

Lo vio entero a las siete menos cuarto, dijo que valía y se fue a dormir cuatro horas.

El episodio salió a las seis y dos: la parcela del Alto con la niebla en el valle, catorce personas trabajando en silencio, el tractor, la hora de descarga, Marcial explicando que la uva no puede entrar caliente, las manos de Rocío cortando y metiendo el racimo en la caja, el horno de Puri, la rosca de canela que no era la del anuncio, y Puri diciendo aquello es americano con una pala en la mano.

Cinco minutos y cuarenta segundos.

Y el negro con las dos líneas.

Lo que pasó a partir de las siete fue lo que Iñigo llevaba once años sin ver.

No hubo indignación. Hubo, durante hora y media, gente preguntándose qué era lo que habían borrado, cosa que era previsible y que él había avisado en el coche.

Pero a partir de las ocho y media la conversación se movió a un sitio que no había previsto nadie, y era la gente contándose entre sí lo que a ellos les habían grabado alguna vez sin avisar.

Amaya le mandó capturas hasta las dos de la mañana. Iñigo las leyó todas.

Un hombre contaba que en dos mil once le habían grabado en una fábrica diciendo lo que cobraba y que se enteró viéndolo con su madre.

Una mujer contaba que su padre salía en un reportaje sobre pensiones y que nunca supo quién había dado su nombre.

Había también, porque siempre lo hay, ciento y pico personas explicando que aquello era una campaña de tren y que a ver si se enteraban.

Lo que a Iñigo le interesó no fue ninguno de esos mensajes.

Fue el recuento: en ocho meses de investigación sobre imagen y destino, con cuatro operadores y dos patronatos, no había conseguido que nadie hablara de esto.

Y una empresa privada, vendiendo billetes, lo había conseguido en diecisiete segundos de pantalla en negro.

Al día siguiente, martes, publicó su informe a las once en punto con la última línea intacta, y a la una menos veinte una periodista de un diario grande le escribió para preguntarle si la agencia le había pedido que escribiera eso.

Le contestó que no y le mandó el acuerdo entero, que estaba publicado desde el treinta de septiembre, con la parte donde ponía que CONTRALUZ no cobraba de VIALTA.

Las cifras consolidadas no llegaban hasta el miércoles y él lo sabía, y aun así se pasó el martes mirando lo único que sí se veía, que era que la gente se quedaba hasta el final.

El correo de Paula entró a las siete y diez de la tarde del martes.

Iba dirigido a Celia, con copia a Damián y con copia oculta a nadie, porque Paula Requena no usaba la copia oculta.

Tenía cuatro líneas.

Enhorabuena por el episodio, que ha funcionado en confianza. La conversión sigue plana y el consejo lo verá mañana con el cuadro completo.

Antes de la salida 3 necesito que me digas, por escrito, a cuántas secuencias como la de ayer piensas renunciar en las cinco semanas que quedan y qué me vas a dar a cambio.

Lo leyó dos veces, en la pantalla del móvil, de pie en su cocina.

Después buscó en el informe la línea que le había leído a Celia en el coche, la que ella le había dicho que sobraba.

El supervisor considera que esa es la conducta correcta y la señala porque no es la habitual.

La leyó tres veces, de pie, con la cocina a oscuras y el frigorífico haciendo ese ruido que hacen los frigoríficos a las siete de la tarde.

Celia tenía razón. No era una frase sobre lo que había pasado en una bodega. Era una frase sobre quién estaba mirando, y llevaba publicada ocho horas.

Y lo que acababa de escribir Paula, con copia a Damián, era la factura de esa frase: cuánto piensas renunciar, y a cambio de qué.

Iñigo dejó el móvil bocabajo en la encimera y se quedó ahí, sin encender la luz, calculando por primera vez desde septiembre cuántas semanas quedaban.