Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 11
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La parcela del Alto estaba a novecientos treinta metros y a las siete y cuarto de la mañana hacía cuatro grados.

Celia llegó con la furgoneta detrás del remolque de la bodega, por un camino de tierra con dos roderas y hierba en el medio, y cuando bajó se le empañó el aliento.

Al fondo, hacia el este, había una franja naranja muy fina debajo de una nube larga, y todo lo demás era gris y azul oscuro y catorce personas moviéndose entre las cepas con frontales encendidos.

—No enciendas nada todavía —dijo a Rubén—. Que se acostumbren a nosotros.

La cuadrilla llevaba desde las siete menos cuarto.

Eran nueve mujeres y cinco hombres, casi todos de fuera del pueblo, y trabajaban en pares por línea con una caja de plástico entre los dos.

Nadie cantaba. Nadie hablaba, salvo para pedir caja.

Se oía la tijera, se oía el racimo cayendo en el plástico, se oía a alguien toser al fondo y se oía, cada seis o siete minutos, el motor del tractor arrancando para llevarse las cajas llenas.

Marcial, el de la bodega, se lo había explicado el jueves por teléfono con la paciencia de quien lo explica todos los años.

—A las doce y media tenemos hora de descarga. Si la uva entra caliente, se me va a fermentar en el remolque y me la carga el técnico. Así que a las doce hay que estar bajando, aunque falte media línea.

—¿Y esta parcela por qué es la última?

—Porque es la más alta. Aquí madura quince días después que abajo. —Se rió—. Hace veinte años esto era una ruina y nadie plantaba. Ahora todo el mundo quiere estar arriba.

Celia había apuntado eso y a las siete y media, viendo salir el sol por detrás del páramo, entendió por qué le había sonado importante.

La parcela existía por el calor. La bodega había subido de cota porque abajo la uva llegaba con demasiado grado y sin acidez, y aquella belleza de las siete y media, con la niebla en el valle y las cepas viejas y las manos moradas, era la consecuencia industrial de un problema climático.

Rubén rodó cuarenta minutos sin decir una palabra. Amaya llevaba la lista de tomas. Tomás iba con la pértiga por el borde de la línea, a metro y medio, sin meterse nunca en el plano.

Lo que hacía funcionar aquello, y Celia lo supo a los veinte minutos, era que a la cuadrilla les daba exactamente igual.

Ni una mirada a cámara. Ni un chiste para los de la tele.

Cuando Rubén se puso a cuarenta centímetros de unas manos para coger el corte de la tijera, la mujer de las manos siguió cortando y al tercer racimo le dijo, sin levantar la vista, que se apartara un poco que le iba a dar con el codo.

Cobraban por caja. Eso también lo había apuntado Celia el jueves y no lo había entendido hasta ese momento: nadie iba a interrumpir su ritmo para salir en un vídeo, porque interrumpir el ritmo costaba dinero.

A las nueve y veinte, Celia miró lo que llevaban y pensó que aquello iba a servir.

Paula se lo había dicho el jueves a las nueve de la mañana, en una sala pequeña de VIALTA, con la puerta cerrada y sin Damián.

—El episodio uno ha funcionado en todo menos en lo único que a mí me sirve.

Le había enseñado tres columnas. La gente entraba. La gente se quedaba hasta el final, que era lo raro. La gente decía cosas buenas.

Y después la cuarta columna.

—Cuarenta y un clics al paquete —dijo Paula—. De ciento y pico mil. Y de esos cuarenta y uno, cuatro han llegado al pago.

—Es la primera semana.

—Ya sé que es la primera semana. Se lo he dicho a mi consejo el martes con esas mismas palabras y me han preguntado cuántas semanas hay.

—Cerró el portátil—. Yo no necesito que la gente aplauda.

Necesito que alguien coja un tren. Y por eso quería verla sin su jefe delante, porque a su jefe le voy a decir que vamos bien y a usted le voy a decir la verdad.

Aquella conversación era la razón por la que Celia estaba a las nueve y veinte de un sábado en una parcela a novecientos treinta metros pensando esto va a servir .

Y por eso, cuando Tomás se acercó a las diez menos cuarto con un casco en la mano y la cara que ponía cuando algo no era problema suyo, Celia sintió, antes que ninguna otra cosa, alivio.

—Ponte esto.

Se lo puso.

El micro de ambiente estaba en el poste de la esquina, a diez metros de donde dos mujeres llevaban toda la mañana en la misma línea. La tijera. El plástico. Y se oían dos voces a media altura, tranquilas, hablando de una cosa que no tenía nada que ver con la uva.

Celia escuchó ocho segundos.

Fue tiempo de sobra. Le bastó para saber que era lo mejor que iba a grabar en toda la campaña, para saber que una de las dos era Rocío, y para notar, con una vergüenza que no le cabía en ningún sitio, que se le habían llenado los ojos de lágrimas en una parcela, con el casco puesto, a las diez menos cuarto de la mañana, delante de su técnico de sonido.

Se quitó el casco.

—¿Está en las dos pistas?

—En las dos.

—¿Cuánto dura?

—Dos minutos y medio. Después una de ellas se ríe y ya no se entiende nada.

Celia miró hacia la línea. Rocío llevaba un forro polar rojo y un pañuelo, y en ese momento estaba dándole una caja vacía a la otra mujer y diciéndole algo que las hizo reír a las dos.

—¿Lo ha oído alguien más?

—Yo. Y ahora tú.

Llamó a Paula a las doce y veinte, desde el camino, mientras el tractor bajaba la última carga.

Era la llamada de todos los mediodías y la hizo como todos los mediodías. Contó que la parcela era buenísima, que tenían cuarenta minutos de material sólido, que la bodega colaboraba y que a la una estarían en el horno del pueblo.

Y después, porque era buena en su trabajo, se lo contó.

Se lo contó bien. En cuarenta segundos, sin adornarlo, con la precisión con la que se cuenta a un cliente una cosa que uno quiere que el cliente entienda. Dijo lo que era, dijo lo que duraba y dijo lo que le había hecho a ella.

Hubo un silencio de dos segundos al otro lado.

—Úselo —dijo Paula.

—Paula.

—Escúcheme antes de decir que no. —Se oía que estaba andando—. ¿Ha firmado?

—Ha firmado la hoja de la mañana, con las otras trece.

—Entonces tenemos autorización.

—Tenemos una firma.

—Tenemos una firma, que es lo que tiene todo el mundo.

—Paula se paró; dejó de oírse el eco—. Voy a decirle tres cosas y le pido que no me conteste hasta la tercera.

Una: eso que me acaba de contar es verdad.

No lo hemos provocado, no lo hemos pedido y no lo hemos escrito nosotros.

Dos: es exactamente lo que este país no oye nunca.

Usted lleva tres semanas diciéndome que quiere hacer algo que no sea una postal, y resulta que lo tiene grabado y me está llamando para pedirme permiso para tirarlo.

—Y tres.

—Y tres, que si eso se emite, esa mujer sale bien.

Sale muy bien. Sale con más dignidad que ninguno de los que estamos en esta conversación, y hay ochocientas mil personas que van a entender algo que no entendían.

—Bajó la voz—. Dígame usted qué le hago yo a mi consejo el miércoles con cuarenta y un clics.

Miró la fila de cepas.

—Paula, ¿usted lo ha oído?

—No.

—Yo sí. —Celia se cambió el teléfono de oreja—. Y hay una cosa que usted no puede saber porque no lo ha oído, y es que eso no es una entrevista. Es una mujer contándole algo a otra mujer a las diez menos cuarto de la mañana porque cree que no hay nadie más.

—Todo lo bueno es eso.

—Ya lo sé. Ese es justo el problema.

—Celia. —Era la primera vez que la llamaba por el nombre—. Yo no le estoy pidiendo que le haga daño a nadie. Le estoy pidiendo que le pregunte. Vaya, cuénteselo, y si dice que sí, lo usamos, y si dice que no, se borra. ¿Le parece razonable?

Le parecía razonable. Ese era el otro problema.

—Le contesto esta tarde —dijo.

Y colgó sabiendo perfectamente que no la había llamado para informar.

A la una y veinte fueron al horno.

Era una panadería de las de antes, con dos hornos y una mujer de unos sesenta que se llamaba Puri y que llevaba haciendo lo mismo desde los diecinueve años.

Hacía pan, hacía magdalenas y, los sábados, hacía una cosa que en el pueblo llamaban rosca de canela y que no se parecía en absolutamente nada al rollo del anuncio.

El del anuncio era un caracol simétrico, alto, con glaseado blanco en zigzag. Aquello era una espiral plana, del tamaño de un plato pequeño, más oscura por fuera, sin glaseado y con azúcar por encima.

—¿Esto lleva canela? —dijo Amaya.

—Lleva canela, anís y manteca —dijo Puri—. ¿Qué pasa?

—Nada. Que en el anuncio nuestro salía otra cosa.

—Ya lo he visto, el anuncio. —Puri le dio la vuelta a una con la pala—. Aquello es americano.

—Es de un banco de imágenes.

—Pues eso.

Tomás se comió dos y no dijo nada. Rubén se comió una y dijo que estaba mejor. Amaya se comió tres y estuvo el resto de la tarde diciendo que había que rodar aquello a cámara lenta, y Celia la dejó decirlo porque le venía bien tener a alguien hablando.

Salieron del horno a las dos y media con una caja de doce y con la sensación de haber tenido una mañana muy buena.

Encontró a Rocío a las cuatro y diez, en el patio de la bodega, sentada en una caja vuelta del revés con un café en un vaso de plástico.

—¿Tienes cinco minutos?

—Sí.

Se sentó en otra caja, a su altura, y se lo dijo entero.

Le dijo que tenían un micrófono de ambiente en el poste de la esquina, que ese micrófono no estaba apuntándola a ella pero la había grabado, que lo que había dicho esa mañana con su compañera estaba en dos pistas de sonido, que duraba dos minutos y medio, y que ella lo había escuchado.

Rocío se quedó muy quieta.

—¿Todo?

—Los primeros ocho. Después me lo quité.

—¿Y quién más?

—El de sonido, que es quien me avisó. Nadie más.

Rocío miró el vaso.

—Yo he firmado un papel esta mañana.

—Has firmado un papel esta mañana que dice que podemos usar tu imagen y tu voz en el episodio y en el montaje de diciembre.

Es un papel válido y si yo quisiera usarlo, podría.

—Celia apoyó los codos en las rodillas—.

Y no vale nada, porque cuando lo firmaste tú creías que estabas autorizando que se te viera cortando uva.

—¿Ustedes lo quieren usar?

—El cliente lo quiere usar. Yo he venido a decirte que no lo vamos a usar y a borrarlo delante de ti.

Hubo unos segundos en que no pasó nada.

—Vale —dijo Rocío—. Bórrelo.

Llamó a Tomás. Tomás vino con la grabadora y con el portátil, se sentó en el suelo del patio con las piernas cruzadas y lo hizo despacio, explicando cada paso en voz alta como si estuviera enseñando a alguien: este es el archivo, esta es la copia de seguridad, esta es la papelera, esto es vaciarla, y esto de aquí es la tarjeta, que se formatea, y ya no está.

Tardó cuatro minutos.

Rocío lo miró todo sin decir nada y al final preguntó una sola cosa.

—¿Y lo de la línea? ¿Eso sí sale?

—Eso sí, si tú quieres.

—Eso sí. —Se levantó y tiró el vaso a un cubo—. Que se vea que trabajamos, que aquí la gente se cree que esto lo hacen las máquinas.

Cuando volvieron a la furgoneta, Nadia ya lo sabía y no dijo nada. Amaya lo preguntó dos veces. Iñigo estaba apoyado en el capó, con la libreta cerrada en la mano, y tampoco dijo nada.

—A partir de ahora hay una palabra —dijo Celia, abriendo el maletero—. Si alguien de fuera del equipo dice algo que no sabe que estamos grabando, se dice alto . En alto y una vez. Y todo lo que esté corriendo se para: cámara, sonido y móviles.

—¿Y si estamos rodando otra cosa? —dijo Rubén.

—Se para igual y se vuelve a empezar.

Amaya lo escribió en la hoja del plan, arriba del todo, con rotulador: ALTO .

El teléfono empezó a sonar a las cinco menos veinte, cuando estaban cargando.

En la pantalla ponía Paula Requena, y Celia lo miró tres tonos enteros antes de descolgar.