Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 10
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El paraguas amarillo apareció a las dos y cuarto de la madrugada, dentro de la furgoneta, debajo del asiento del copiloto, y Amaya lo sacó en alto como un trofeo.

—¡Estaba aquí!

—Baja la voz —dijo Nadia.

—Es que lo hemos buscado en la plaza como media hora.

—Y en la avenida el sábado otra media —dijo Tomás, sin levantar la vista de la mesa—. Ese paraguas nos va a costar más caro que el cámara.

Estaban en la sala grande de brUMA, los cuatro, con las luces del techo apagadas y las de las mesas encendidas, que era como se trabajaba de madrugada porque nadie lo había decidido nunca y todo el mundo lo hacía.

Quique estaba en la pantalla desde las nueve de la noche.

Lo que le habían mandado no eran nueve horas de bruto.

Eran cincuenta y un archivos marcados en campo, tres carpetas y una lista de Amaya con los códigos de tiempo escritos a mano y fotografiados, porque el domingo por la tarde, debajo del soportal, habían hecho la media hora que Celia había prometido que no se tocaba aunque se cayera el mundo, y se había caído medio y no se había tocado.

—Os aviso de una cosa —dijo Quique a las diez y media, con la cara muy cerca de la cámara—. La media hora esa de la selección en campo vale un dineral. Si me llegáis a mandar el bruto entero, ahora mismo yo estaría en el minuto once de nueve horas y os estaría insultando.

—Apúntalo —dijo Nadia—. Que dentro de tres semanas alguien va a querer quitarnos esa media hora.

A la una menos veinte Quique tenía un primer montaje de seis minutos y ocho segundos.

A la una y media, Nadia se puso con las autorizaciones.

Las extendió encima de la mesa larga, las veintiuna, y estuvo cuarenta minutos con una lupa de las de mirar negativos que había en el armario desde antes de que ella entrara en la agencia.

—Diecinueve bien —dijo—. Dos no.

—¿Cómo de no?

—Una no se lee el apellido y el teléfono está incompleto. La otra es un señor que puso su nombre en el hueco de la fecha y la fecha en el hueco del nombre, y me lo puedo imaginar perfectamente porque estaba a mi lado.

Se acercó a la mesa.

—¿Salen en el montaje?

—El del nombre y la fecha, no. Está de espaldas y a veinte metros.

—¿Y la otra?

Nadia tardó dos segundos.

—La otra es la señora del carro. La que está eligiendo tomates debajo del plástico.

Era el mejor plano de los cinco minutos y las dos lo sabían.

—Llámala —dijo Celia.

—Son las dos de la mañana.

—A las ocho. Y si a las diez no la hemos localizado, sale.

—Celia, sin ese plano el minuto tres se queda cojo.

—Ya lo sé. —Cogió la hoja y la miró un momento, con la letra corrida y el número al que le faltaba una cifra—. Se queda cojo. Apúntalo para el informe de Iñigo, que si no lo apuntamos nosotros lo va a apuntar él.

Celia había hablado con el del remolque a las ocho de la mañana del domingo, desde el hotel, y el hombre le había dicho que por él encantado, que si salía se lo dijeran para avisar a su hija.

Nadia le había mandado la autorización por correo a las nueve y el hombre la había devuelto firmada y fotografiada a las nueve y media, con el papel apoyado en algo que en la foto parecía un capó.

Era la única hoja de las veintidós que estaba seca.

Iñigo llegó a las cuatro menos cuarto, con el pelo mojado y sin decir buenos días, y se sentó a ver el montaje con Quique al otro lado de la pantalla.

Tardó veintidós minutos en verlo dos veces enteras.

—Dos cosas —dijo—. El rótulo del sonido no está.

—Está en el minuto cuatro.

—Está en el minuto cuatro en letra pequeña y sale segundo y medio. Ponlo cuando entra la voz y déjalo tres segundos.

—Hecho —dijo Quique.

—Y la del carro tiene la autorización rota.

—Ya lo sabemos —dijo Nadia—. La estamos llamando a las ocho.

Se echó atrás en la silla.

—Vale.

—¿Vale y ya está? —dijo Amaya.

—Vale y ya está. —Se levantó a por agua—. Yo firmo lo que se publica, no lo que os habéis pasado la noche arreglando. Si a las diez está resuelto, no hay nada que decir. Y si no lo está y el plano sale igual, entonces hablamos.

A las cinco y veinte Amaya bajó a por cafés de la máquina del portal, que era la única abierta, y subió con seis vasos en una bandeja de cartón. Nadie se lo había pedido. Tomás miró el suyo, dijo que aquello era agua sucia con pretensiones y se lo bebió entero.

Fue el primero de los siete.

A las cinco y media, Quique dijo desde la pantalla que él también quería café y que le parecía muy injusto, y Amaya le puso un vaso delante de la cámara durante ocho segundos, y eso, que no tenía ninguna gracia a las cinco y media de un lunes, les hizo reír a los cuatro más de lo razonable.

Nadia miró el reloj.

—Faltan doce horas para publicar —dijo—. Y seis salidas.

A las diez menos cinco, Nadia dio con la señora del carro.

Se llamaba Milagros, tenía setenta y dos años, y lo que dijo por teléfono, según Nadia, fue que le parecía muy bien pero que por favor no la sacaran de espaldas, que de espaldas salía muy mayor.

Volvió a firmar a las once y media en el mercado, con una mesa y una silla que Nadia había pedido prestadas en la frutería, y mandó la foto de la hoja seca y legible a las doce menos veinte.

El resto de la mañana fue lo que era, que es una cosa que no se cuenta nunca y que ocupa el sesenta por ciento del trabajo.

Amaya rehízo los rótulos tres veces porque el primero se leía mal sobre el toldo, el segundo tapaba una cara y el tercero tenía una tilde de menos.

Nadia mandó a legal la carpeta con las veintidós hojas escaneadas y numeradas, y legal contestó a las once menos diez con una sola línea preguntando por qué había veintidós hojas y veintiuna personas identificadas.

Nadia contestó explicando lo de Milagros. Legal no volvió a escribir.

Comió medio sándwich de máquina a las once y cuarto, de pie, y se acordó a las tres de que no se había comido la otra mitad.

Legal miró el montaje a las once y no puso ninguna pega. Paula lo miró a las doce y veinte y escribió tres líneas: que el minuto uno era largo, que el rótulo de la última milla tenía que estar dos veces y que el enlace al paquete iba en la descripción y en el minuto cero.

Celia acortó el minuto uno.

El producto quedó así: bajo el vídeo, un botón.

Segovia, fin de semana. Tren más autobús comarcal desde el nodo.

Salía de Chamartín, llegaba a Guiomar, y el autobús salía a y veinte de la estación.

Celia lo comprobó ella misma en la web a las dos menos diez, con el teléfono, hasta el paso del pago, y lo dejó a un clic de comprarlo.

A las seis menos cinco estaban los cuatro alrededor de la mesa de Amaya y nadie hacía nada, que es lo que pasa siempre en los cinco minutos anteriores.

—¿Lo veis vosotros o lo veo yo? —dijo Amaya.

—Dale.

Le dio a las seis y dos, porque el sistema de VIALTA tardó ciento veinte segundos en procesar el archivo, y durante esos ciento veinte segundos nadie dijo absolutamente nada, y Celia se descubrió pensando, con una nitidez que le pareció ridícula, que si aquello salía mal la culpa era de una máquina barredora.

Después apareció el vídeo en la página, con la miniatura de la avenida vacía, y el botón del paquete debajo, y ya estaba.

—Cinco minutos y cuatro segundos —dijo Quique desde la pantalla—. Buenas noches, señores.

Y se desconectó.

Se publicó a las seis y dos de la tarde.

Lo que pasó después Celia lo vio desde su mesa, con la chaqueta puesta y sin sentarse del todo, como se ven estas cosas.

A las seis y cuatro había ochenta comentarios. A las seis y media, mil doscientos.

La gente había ido a ver una humillación.

Eso lo entendió enseguida, por el tipo de comentario de los primeros veinte minutos, que eran chistes sobre el pueblo que no existía y capturas del anuncio antiguo puestas al lado.

Y después, hacia las siete menos cuarto, el tono se le empezó a torcer de una manera que Celia no supo interpretar.

El del remolque explicando lo del bicho de las hojas es lo mejor que he visto hoy.

Esperaba otra cosa y me he visto los cinco minutos.

Ojo que el señor de la lona tiene más autoridad que toda la campaña anterior.

Yo sigo sin perdonaros nada.

Amaya lo leía en alto y Nadia le dijo que parara.

—Espera, que este es bueno.

—Amaya.

—«Han tardado dos semanas en descubrir que España existe.» —Se rió—. Ese me lo pienso tatuar.

—Para.

—Vale.

Paró treinta segundos. Después dijo, con otra voz:

—Hay uno preguntando si la señora de los tomates sabe que sale.

No habló ninguno. Nadia levantó la carpeta de anillas, que tenía encima de la mesa desde las siete, y la dejó otra vez sin decir nada.

Alcance, tenían. A las ocho de la tarde, el episodio llevaba más reproducciones que la campaña original en toda su primera semana.

Celia sabía perfectamente lo que valía ese dato, que era nada.

La gente entra a mirar un accidente. Entra en cantidades enormes, se queda cinco minutos y no compra un billete de tren, y cualquiera que llevara más de dos años en aquello lo sabía y aun así todo el mundo miraba el número de reproducciones, incluida ella, cuatro veces en una hora.

Lo que no tenía era lo otro. Cuánta gente había llegado al final. Cuánta había pinchado el botón del paquete. Cuánta lo había pinchado y había llegado hasta el pago, que era el único número que significaba algo.

De reservas no sabía nada. No lo iba a saber hasta el miércoles, cuando llegara el cuadro de VIALTA con las ocho columnas, y ese cuadro no lo veía ella entero.

A las ocho y cuatro entró el mensaje.

Era de Paula y tenía dos líneas.

Buen trabajo con lo del mercado. Necesito verte el jueves a primera hora, contigo sola, sin Damián.

Lo leyó dos veces.

Sin Damián.

Estuvo con esas dos palabras un rato largo. Podían significar cinco cosas y cuatro de ellas eran malas, y la única forma de saber cuál era esperar al jueves, porque preguntar por escrito qué quería decir aquello habría sido, precisamente, ponerlo por escrito.

Escribió Perfecto y lo borró antes de mandarlo, porque esa palabra le había durado dos semanas en la boca del estómago y no pensaba volver a usarla en un mensaje de trabajo en su vida. Puso Ahí estaré y le dio a enviar.

Después se acordó del jueves.

El jueves era también el día en que empezaba el reconocimiento de la salida dos, porque la vendimia no espera a que las reuniones cuadren, y Nadia tenía que estar a las siete de la mañana en una bodega a cuarenta minutos de Valladolid.

Lo cual significaba que Celia iba a ver a Paula sola, sin Damián y sin Nadia, y que iba a hacerlo con cuatro horas de sueño y con el episodio dos empezando a las nueve.

Lo apuntó en la libreta, debajo de otras seis cosas.

Guardó el móvil.

Después miró la sala. Tomás se había ido a las ocho, como había avisado en la primera reunión.

Amaya seguía leyendo comentarios con la barbilla apoyada en la mano.

Nadia estaba metiendo veintiuna hojas de autorización en una carpeta de anillas con separadores, una por una, sin prisa, y en el lomo había escrito con rotulador Salida 1 , y debajo, más pequeño, quedan seis .