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Lo primero que hizo Iñigo el domingo por la mañana fue ponerse donde no le vieran.
No era desconfianza en particular. Era el único sitio desde el que se comprueba una cosa así.
Si te pones al lado del director de producción, lo que ves es lo que el director de producción hace cuando estás al lado.
Se quedó, pues, en el extremo norte de la plaza, apoyado en una columna, con el vaso de café del bar de enfrente, y se dedicó durante cuarenta minutos a mirar lo único que le interesaba: cuántas veces alguien de aquel equipo le pedía a alguien de aquella plaza que repitiera algo.
Llovía otra vez, menos que el sábado y de forma más incómoda, esa lluvia fina que no justifica el paraguas y te empapa igual.
Iñigo llevaba once años haciendo esto y tenía una lista mental de las cosas que se hacen sin darse cuenta.
Colocar una fruta que estaba torcida. Pedirle a alguien que se ponga el delantal que se acaba de quitar.
Retrasar treinta segundos una acción para que entre mejor la luz, que es lo que hace todo el mundo y lo que nadie considera mentir.
En una mañana normal, en un rodaje normal, esa lista se cumple entera antes del café.
Ese domingo la esperó con paciencia profesional, y a los cuarenta minutos llevaba una sola marca.
A los veinte minutos hubo el primer intento.
El cámara freelance, un chico de Valladolid que había llegado el viernes y que era muy bueno y tenía prisa, le pidió al del puesto de quesos que volviera a sacar la cuña grande y la pusiera otra vez encima del mostrador, porque el gesto le había quedado cortado.
El de los quesos dijo que bueno y empezó a sacarla.
Iñigo miró el reloj. Se dio quince segundos.
Tardaron nueve.
—Perdona, Rubén. —Celia, desde tres metros, sin levantar la voz—. Eso no.
—Es un gesto de nada.
—Es un gesto de nada que ya ha pasado. Si lo repetimos, lo repetimos toda la mañana. —Se giró hacia el puesto—. Perdone, David, deje la cuña donde estaba y siga usted a lo suyo, que le estamos entreteniendo.
Y ya está. No hubo discurso, no hubo lección y no hubo mirada a la cámara. Celia se dio la vuelta y siguió con lo que estaba haciendo, que era sujetar una escalera.
Iñigo apuntó la hora. Después apuntó, debajo, que la había apuntado.
A las once menos veinte hubo un segundo caso y ese lo dejó pasar.
Amaya le pidió a una mujer que se apartara medio metro para que no le tapara al de la lona, y la mujer se apartó medio metro.
Eso era colocar a alguien. Técnicamente lo era.
Y también era lo que hace cualquier persona que camina por una acera con una cámara delante, y si él se ponía a levantar acta de eso, en la semana tres iba a estar levantando acta de que alguien pidiera permiso para pasar.
Anotó la diferencia, porque le pareció que la iba a necesitar más adelante. La línea no estaba en si les pedían algo. Estaba en si les pedían que volvieran a hacer algo que ya habían hecho.
Y anotó, debajo, una cosa que no pensaba enseñarle a nadie: que aquella línea la había encontrado el equipo antes que él.
Lo de las hojas de autorización fue distinto y fue peor.
Empezó bien. Nadia llevaba una carpeta de plástico rígido y las hojas dentro, y a las diez ya tenía siete firmadas, todas de gente del mercado, todas con el nombre en mayúsculas y el teléfono. Iñigo las revisó una por una, apoyado en el mostrador de la frutería, y estaban correctas.
El problema llegó a las once y veinte, cuando el agua empezó a caer en serio y quedaban por firmar catorce personas.
Lo vio desde donde estaba. Vio a Nadia sacando la carpeta debajo del soportal, vio a una señora con carro firmando con la hoja apoyada en el capó de un coche, vio a otro hombre firmando de pie, con el bolígrafo de tinta corrida, mientras sujetaba con la otra mano una bolsa de plástico que se le estaba rompiendo.
Vio a Amaya explicando las condiciones a dos personas a la vez, deprisa, en voz alta, porque con la lluvia en el toldo no se oía.
Se acercó.
—Nadia.
—Dime.
—Esta de aquí no se lee.
Nadia miró la hoja. El nombre se había corrido en la mitad de arriba y quedaba la primera letra y una mancha azul.
—Le pido el nombre otra vez.
—No es solo el nombre. —Iñigo pasó tres hojas—. Esta persona ha firmado sin que nadie le lea el segundo párrafo. Lo sé porque estaba a dos metros y he oído lo que le habéis dicho, que ha sido «esto es para poder sacarle en el vídeo del lunes».
—Es que es para eso.
—Es para eso y para el recopilatorio de diciembre, que es otra cosa y está en el papel que ha firmado.
Nadia se quedó con la carpeta en la mano y el agua cayendo del alero justo detrás de ella, y Iñigo entendió, por cómo apretó la mandíbula, que no le estaba diciendo nada que ella no supiera.
—¿Y qué quieres que haga? —dijo Nadia—. ¿Que les diga a catorce personas que se vengan mañana a las nueve a una oficina?
—No.
—Pues eso.
—Quiero que quede escrito que esto se ha hecho así.
—Iñigo sacó la libreta—. Ni voy a tirar el episodio ni voy a decir que las autorizaciones no valen, porque valen.
Valen y están mal tomadas, y las dos cosas son ciertas.
Lo que voy a hacer es ponerlo en el informe del martes, con estas palabras: «El consentimiento se obtuvo bajo lluvia, de pie y con explicación abreviada.
» Y la semana que viene quiero mesa, silla y toldo, aunque haya que meterlos en la furgoneta.
Nadia lo miró tres segundos largos.
—Toldo, mesa y dos sillas —dijo—. Y las hojas plastificadas, que se escribe igual con rotulador.
—Bien.
—Y lo del informe lo pones.
—Lo voy a poner igual.
—Ya lo sé. Te digo que lo pongas. —Nadia cerró la carpeta—. Si no lo pones, dentro de tres semanas me lo van a estar pidiendo a mí con prisa otra vez.
Media hora después, Amaya pasó por delante de él cargando dos cajas y le dijo, sin parar:
—Oye, gracias por lo de ayer, lo de las cajas.
—¿Qué cajas?
—Las del sábado, cuando se puso a llover. Que metiste tres tú. Lo dijo Celia anoche en la cena.
Y siguió andando.
Y ahí se quedó, con el vaso de café vacío en la mano.
No se acordaba. Sabía que había llovido, sabía que había habido cuatro minutos de gente corriendo con cajas y sabía que él había estado ahí.
De lo que no se acordaba era de haber decidido ayudar, ni de que aquello fuera un dato, ni mucho menos de que alguien lo hubiera contado en una cena a la que él no había ido porque a las nueve se había vuelto al hotel a escribir.
Tiró el vaso. Le fastidió, en un sitio muy concreto, la palabra anoche .
A las cinco de la tarde, Tomás resolvió el domingo entero sin proponérselo.
Llevaban dos horas con un problema que no tenía arreglo: el mejor momento de la mañana había sido el del toldo, cuatro hombres atando una lona con la plaza entera mirando, y el sonido era inservible.
La lluvia sobre el plástico tapaba las voces.
Se oía agua y se oía gritar, y no se entendía una palabra.
—Se puede subtitular —dijo Amaya.
—No —dijo Tomás.
Se levantó, cogió una grabadora pequeña y un micro de solapa, y estuvo veinte minutos hablando con el señor mayor de la lona, sentados los dos en un banco, sin cámara. Cuando volvió, puso el archivo.
—Esto es él contándolo. Sin la lona encima.
—¿Y para qué me sirve? —dijo Celia.
—Para ponerlo debajo.
—Tomás, eso no es lo que ha dicho ahí.
—Es exactamente lo que ha dicho ahí. —Se sentó, sin ninguna prisa—.
Yo lo he oído. Vosotros no, porque estabais mirando.
Yo estaba con los cascos puestos a seis metros y he oído a ese hombre decirle a su cuñado, gritando, que la esquina de poniente se suelta siempre y que se lo tiene dicho al del ayuntamiento.
Y lo que acaba de contarme sentado en el banco es eso mismo, sin gritar.
Amaya levantó la vista del ordenador.
—O sea que la imagen sin el sonido no cuenta lo que pasó.
—La imagen sin el sonido cuenta que unos señores se pelean con un plástico —dijo Tomás—. Que es muy bonito y no es lo que pasó.
Lo probaron en el ordenador de Amaya, ahí mismo, con dos pares de auriculares.
La imagen era la de la mañana, los cuatro hombres peleándose con el plástico, y por debajo iba la voz del señor explicando, con toda la calma del mundo, que el toldo lo tenían desde hacía nueve años, que la esquina de poniente se soltaba siempre y que ese día se había soltado antes de lo que tocaba.
Iñigo, que estaba mirando por encima del hombro de Amaya sin que nadie le hubiera invitado, dijo la única cosa que dijo en toda la tarde.
—Eso vale.
—¿Eso vale como qué? —dijo Celia.
—Como que el sonido no esté fingiendo. La imagen es de las once y veinte y la voz es de las cinco, y si lo decís, vale. Si no lo decís, en algún momento alguien lo va a preguntar.
—Se dice —dijo Celia—. Un rótulo abajo. «Grabado después.»
Quique, desde el móvil apoyado en una caja, levantó la voz.
—Chicos, son las cinco y veinte y yo tengo que empezar a montar a las nueve. ¿Qué me mandáis?
—Espera.
Se quedó de pie en mitad del soportal, con las dos manos en los bolsillos, mirando la plaza que ya se estaba desmontando. Iñigo la vio hacer eso mismo que había hecho el sábado, que consistía en no moverse durante bastante tiempo.
—Van los dos —dijo al final.
—¿Cómo que van los dos?
—La avenida y el mercado. Empezamos con la avenida barrida, con la máquina y con el señor del remolque explicando lo del minador, que lo grabamos ayer con el móvil y se ve fatal. Y de ahí saltamos a esto.
—Eso es enseñar que la cagamos.
—Eso es enseñar que lo que teníamos previsto no existía y lo que había era mejor. —Se giró hacia Quique—. Cinco minutos. Minuto y medio de avenida, tres y medio de mercado.
—¿Y la semana que viene? —dijo Nadia—. Porque si esto es así, la semana que viene volvemos a tener dos cosas.
—Pues la semana que viene traemos dos cosas.
Lo dijo sin darle importancia, mientras enrollaba un cable, y a Iñigo le llamó la atención que nadie en aquel equipo pareciera notar que acababa de nacer el formato entero.
—Una planificada y una encontrada —dijo Celia—. Todas las semanas. Y si la planificada sale bien, mejor, pero la encontrada va igual.
—Una cosa —dijo Iñigo, cuando ya estaban recogiendo—. Lo del señor del remolque. El de las hojas.
—¿Qué pasa?
—Que lo grabasteis con un móvil, sin autorización y sin decirle para qué era.
Ella se paró con el cable a medio enrollar.
—Se lo dijo Nadia.
—Se lo dijo Nadia mientras el hombre se subía a un remolque. —Iñigo se encogió de hombros—. Yo no estaba. Lo digo por eso: no estaba, no lo vi, y si sale en el episodio del lunes tengo que firmarlo.
—¿Y qué hago?
—Llamarlo mañana a primera hora y que te lo confirme por escrito. Si dice que no, se cae, y se cae el minuto y medio de la avenida, que es la mitad de lo que has decidido esta tarde.
Celia terminó de enrollar el cable.
—Lo llamo a las ocho.
—Vale.
—Iñigo. —Se colgó el rollo del hombro—. La próxima vez dímelo cuando pase, no cinco horas después.
—La próxima vez estaré ahí.
Salieron de la plaza a las siete y diez, con catorce hojas de autorización dentro de una bolsa de congelados que Nadia había pedido en la frutería, medio kilo de queso que el del puesto les había regalado y que nadie sabía dónde meter, y un montaje que todavía no existía.
En el coche, Iñigo miró la bolsa de congelados encima del asiento, con los papeles arrugados y húmedos dentro, y pensó que aquello era exactamente lo que iba a escribir el martes.