Un otoño casi perfecto (Casi perfecto 1) 8
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A las siete y diez todavía era de noche y ya se oía la máquina.

La oyó antes de verla, desde el final de la cuesta, ese zumbido gordo de motor pequeño trabajando despacio, y supo lo que era antes de doblar la esquina porque llevaba veinte años oyendo ese sonido en ciudades a las que iba a rodar.

—No —dijo.

La avenida bajaba recta hacia la Fuencisla entre dos filas de castaños de Indias, y el martes anterior había tenido cuatro dedos de hojarasca de acera a acera, marrón oscuro, seca por arriba y húmeda por debajo, con esa cosa que hacen las hojas de castaño de quedarse quietas cuando pasa un coche.

Ahora la avenida estaba limpia.

No parcialmente limpia. Limpia como un pasillo. Al fondo, dos operarios con chaleco iban delante de la sopladora empujando lo poco que quedaba hacia un montón, y un tercero llenaba sacos de rafia y los subía a un remolque.

Amaya llegó por detrás con el trípode al hombro y se paró en seco.

—Ay.

—Ya.

—Pero si el martes...

—El martes sí.

El martes anterior Celia había estado allí a las cinco de la tarde, sola, con el móvil en horizontal, y había grabado cuarenta segundos que llevaba enseñando desde entonces a todo el que se dejaba.

Se los había enseñado a Damián. Se los había enseñado a Paula en la reunión de presupuesto.

La luz entraba de lado, entre los troncos, y el suelo era un naranja sucio y continuo que no se compra en ningún sitio.

Había pensado, mirando aquello, que el primer episodio ya estaba hecho.

Nadia ya estaba hablando con el del remolque. Celia bajó hasta ellos andando deprisa, con la carpeta de los permisos debajo del brazo, componiendo mentalmente las tres frases con las que se resuelven estas cosas cuando se pueden resolver.

—Buenos días. Somos la productora del rodaje de hoy, tenemos permiso municipal para la avenida de nueve a tres.

—Buenos días —dijo el hombre.

—Le voy a hacer una pregunta rara. ¿Esas hojas dónde van?

—A la planta.

—¿Hoy?

—Hoy.

—¿Y no habría manera de...?

—No. —Lo dijo sin antipatía, apoyándose en el remolque—.

Mire, esto no es barrer. Esto es el minador.

Los castaños de aquí llevan cuatro años con la plaga y la hoja se cae en agosto, marrón, medio comida.

El bicho pasa el invierno metido en la hoja del suelo.

Si dejamos la hojarasca hasta noviembre, en primavera tenemos otra vez lo mismo.

Así que en octubre se retira y se lleva a tratar.

—O sea que la limpian por eso.

—La limpiamos por eso. —Se rió un poco—. Si fuera por lo bonito, no la tocábamos. La gente viene a hacerse fotos.

—¿Y cuánto les queda?

—Media hora. Luego seguimos por la de arriba.

Miró el remolque medio lleno.

Lo que sintió no fue rabia. Fue una idea muy clara y muy ordenada, con presupuesto y con horario, que consistía en preguntarle a aquel hombre cuánto le costaría a la productora que descargara dos sacos en la acera durante cuarenta minutos y volviera a cargarlos después.

Se le ocurrió la cifra. Se le ocurrió también quién de la agencia firmaría esa factura sin preguntar qué era.

No lo preguntó.

—Una última cosa y le dejo. ¿Esto lo hacen todos los años en la misma semana?

—Todos los años, en cuanto para de caer y antes de que empiecen las heladas. Este año nos hemos retrasado, que teníamos la máquina en el taller. —El hombre se limpió las manos en el pantalón—. Si hubiéramos venido cuando tocaba, usted habría llegado el martes y tampoco habría hojas.

Celia asintió despacio.

Era, sin que él lo supiera, la información más útil que le habían dado en dos semanas: que aquella alfombra que ella había grabado el martes y había enseñado en tres reuniones no era el otoño de Segovia. Era un retraso administrativo.

—Gracias —dijo—. Y perdone la hora.

—A ustedes. —El hombre se subió al remolque—. Oiga, ¿esto es lo del pueblo ese?

—Es lo del pueblo ese.

—Mi hija me lo enseñó. —Se rió—. Menuda liais.

A las ocho y veinte, con la primera luz gris entrando por detrás del acueducto, el equipo estaba en la furgoneta y Amaya dijo lo que había que decir.

—Podemos traer hojas.

Lo dijo sin maldad ninguna, mientras se ataba el pelo, con el tono de quien propone una solución técnica.

—No —dijo Celia.

—Es que hay hojas a doscientos metros. En el parque de al lado hay un montón así.

—Levantó la mano a la altura del pecho—.

Cogemos cuatro sacos, las echamos, rodamos, las recogemos y las devolvemos.

No estamos inventando nada. Las hojas son de aquí.

Son de esta ciudad, son de esta semana y son de castaño de Indias como esos.

Y ahí Celia se quedó callada, porque era verdad.

Ese era el problema y le costó los treinta segundos más largos de la mañana encontrar por dónde no era verdad, porque Amaya tenía razón en todo lo verificable.

Las hojas eran reales, el sitio era real, la ciudad era real.

Si alguien ampliaba el plano a resolución completa y comparaba una hoja con otra, no iba a encontrar ni una sola diferencia.

—Amaya, ¿tú qué le dirías a alguien que te preguntara si esa alfombra estaba ahí?

—Le diría que sí. Porque estaría.

—¿Y si te preguntara si estaba ahí antes de que llegáramos?

Amaya abrió la boca y la cerró.

—Es esa pregunta —dijo Celia—. No es si es verdad. Es cuál es la pregunta que no queremos que nos hagan. Y si hay una pregunta que no queremos que nos hagan el primer sábado, tenemos exactamente el mismo problema de hace dos semanas con mejores modales.

Nadie dijo nada durante un rato. Tomás, en el asiento de atrás, estaba montando la pértiga y no levantó la vista.

—Vale —dijo Amaya—. Vale. Perdona.

—No pidas perdón, que era una buena idea. Ese es justo el problema.

Iñigo iba en el asiento de la ventanilla con el abrigo puesto y no había abierto la boca desde Segovia. Escribió algo en la libreta.

Y eso fue lo que a Celia le sentó peor de toda la mañana, más que la máquina y más que la conversación con Amaya.

Aquel hombre llevaba cuarenta minutos viendo cómo se le caía el día encima.

Tenía delante a una directora de arte proponiendo exactamente lo que él había destapado hacía dos semanas, y a una directora de producción diciendo que no con la boca pequeña.

Podía haber dicho algo. Podía haber dicho eso no , que era su trabajo y para eso le pagaban en su casa, y en vez de eso había esperado a ver qué hacía ella, y cuando ella lo había hecho bien, lo había apuntado.

Celia decidió que no iba a preguntarle qué escribía y se pasó los siguientes cuarenta minutos calculando lo que quedaba.

Quedaba: un permiso municipal atado a una avenida que ya no servía, una autorización de acera para esa misma avenida, un cámara contratado por doce horas, una previsión que daba cielos cubiertos y cero litros, y ninguna alfombra de hojas en toda la provincia que no estuviera dentro de un saco de rafia camino de una planta de tratamiento.

A las nueve y cuarto lo intentaron en el paseo alto.

Los árboles eran plátanos y estaban verdes.

No amarilleando, no a medias: verdes, de un verde de julio, porque a mil metros de altitud y con el verano que había hecho, el plátano de sombra en Segovia no se entera de que es octubre hasta bien entrado noviembre.

Rubén montó igual, por si acaso, y a los diez minutos Celia miró la pantalla y dijo que no hacía falta seguir.

—Esto es primavera —dijo Amaya.

—Esto es peor que primavera. Esto es una calle.

A las diez y media lo intentaron en un camino de las afueras que Nadia había visto en el reconocimiento. Había hojarasca, había color y había, a cuarenta metros, una nave de chapa con doce coches y un rótulo de neumáticos que salía en todos los planos posibles.

—Se puede encuadrar más cerrado —dijo Rubén.

—Se puede.

—¿Entonces?

Celia miró el camino, la nave, el rótulo y las doce personas que iban a estar mirando ese encuadre dentro de cuarenta y ocho horas con la lupa puesta.

—Que si tengo que cerrar el plano para que no se vea dónde estoy, ya estoy haciendo lo de antes —dijo—. Recogemos.

A las once y veinte empezó a llover, y a las once y veinticinco la lluvia dejó de ser un contratiempo y pasó a ser el motivo por el que había que meter cuarenta mil euros de material en la furgoneta en cuatro minutos.

Lo hicieron entre todos. Celia contó las cajas al cerrar, que era una manía que tenía, y le salieron nueve donde tenían que salir nueve, y solo por la noche, repasando el día, se acordó de que ella había cargado tres.

El paraguas se quedó fuera.

Se dieron cuenta a los veinte minutos, ya en marcha, cuando Amaya preguntó dónde estaba porque quería tapar la cámara para bajarla.

Volvieron. Estaba en la cuneta del camino, boca arriba, lleno de agua hasta la mitad, con las varillas intactas y once euros de tela amarilla brillando entre el barro como un objeto perdido de una película distinta.

Comieron de pie en la furgoneta, con las puertas abiertas y el agua repiqueteando en el techo, y Celia hizo dos llamadas y perdió las dos.

Después hizo la cuenta.

Doce horas de cámara pagadas. Dos días de alojamiento.

Seis dietas. La jornada del sábado gastada entera en tres traslados y ninguna secuencia.

Si el domingo salía bien, el episodio existía.

Si el domingo salía como el sábado, el lunes había que publicar algo y ese algo iban a ser cuatro planos de una avenida barrida.

La contingencia daba para esto una vez. Una.

—Necesito plástico —dijo.

—¿Plástico?

—Plástico de obra, del gordo, y cinta americana. Para tapar las cajas si tenemos que descargar bajo el agua, que a mí el material no se me moja el primer día.

—Hay una ferretería en...

—Voy yo. —Cogió el paraguas amarillo del hueco de la puerta—. Vosotros seguid con el café y a y media nos vemos aquí. Y que nadie mueva la furgoneta, que está en carga y descarga hasta las dos.

Bajó por la calle con el paraguas abierto y la lista mental en tres puntos.

La ferretería que le había dicho Nadia estaba cerrada por vacaciones desde el quince de septiembre, con un cartel escrito a mano y con la persiana a medias.

Se quedó un momento delante, con el agua cayéndole en la espalda porque tenía el paraguas mal inclinado, haciendo la cosa inútil que hace todo el mundo, que es leer dos veces un cartel que ya ha entendido.

Preguntó en un estanco. La mujer le dijo que ferreterías, un domingo, en Segovia, ninguna, pero que en la plaza del mercado había un puesto que vendía de todo y que si el plástico no lo tenía él no lo tenía nadie.

—¿Y hoy hay mercado? Con esta agua.

—Hoy hay mercado —dijo la mujer, como si le hubieran preguntado si hoy había domingo.

Llegó a la plaza a la una menos veinte, con el agua ya cayendo de verdad, y se paró debajo del arco.

El mercado estaba montado en la plaza, al aire libre, veintitantos puestos de fruta y ropa y quesos y un carrito de churros, y llevaba media hora lloviendo encima de todo ello.

Lo que Celia vio, mirando desde el arco con el paraguas amarillo goteándole en el zapato, fue a cuarenta personas trabajando a la vez.

Dos hombres subidos a cajas atando un toldo que se había soltado por una esquina.

Una mujer pasando bandejas de melocotones al puesto de al lado, que tenía techo, mientras la del puesto de al lado le hacía sitio quitando lo suyo.

Alguien gritando que trajeran otra cuerda.

Un señor mayor sujetando con las dos manos una lona que hacía vela, con los pies separados, como si estuviera peleándose con un animal.

Y clientas. Doce o quince señoras con carro y con chubasquero que no se habían ido a ninguna parte y que seguían eligiendo tomates debajo de un plástico que alguien sujetaba.

No estaban recogiendo. Eso fue lo primero que entendió, y tardó un poco en entenderlo porque no encajaba con nada de lo que ella habría hecho en su lugar. Nadie estaba desmontando. Estaban salvando el género y montando otra cosa encima, deprisa, con lo que tenían, y discutiendo mientras lo hacían.

Estuvo cuatro minutos sin moverse.

Después se acordó de una cosa que había dicho Paula en la sala grande de VIALTA, sobre la razón por la que aquella campaña existía, y le pareció que en la vida iba a volver a tener delante algo tan parecido a lo que le habían pedido y tan poco parecido a lo que ella había ido a buscar.

Después sacó el móvil, con la mano que le quedaba libre, y llamó a Nadia.

—Traedlo todo aquí.

—¿Todo qué?

—Todo. La cámara, el sonido, el trípode y a Iñigo. Plaza del mercado, debajo de los soportales. —Miró el cielo, que estaba negro por el oeste—. Y daos prisa, que esto va a arreciar.